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Gaceta Literaria de Santa Fe

Año 2006

Gaceta Literaria de Santa Fe Nº 130 - Invierno de 2006

Gaceta Literaria de Santa Fe Nº 130 - Invierno de 2006

 Homenaje a la obra de: Raúl Soldi

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25º ANIVERSARIO

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PÁGINA EDITORIAL

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El empobrecimiento del lenguaje. 

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Cuando se oye dialogar al a mayoría de nuestros jóvenes, advertimos hasta que punto se ha empobrecido el lenguaje. Sería cómico reproducir una de esas conversaciones donde el adjetivo vulgar que designa el gran tamaño de la parte glandular de los órganos genitales culmina cada frase; pero en verdad es dramático, porque el empobrecimiento de la expresión significa también la reducción del pensamiento y esta la de la conducta.

Por supuesto, como todo problema, el que apuntamos no es responsabilidad de nadie en particular sino de todos en general. Ocurre que se conversa confusamente y con mezquinos recursos y se lee menos.

No es un secreto que la aplastante mayoría de los programas en los medios de comunicación cuentan con un repertorio de vocablos  sumamente escaso y rudimentario cuando no obsceno, y ello repercute en la población, que, atrapada por la imagen y por la ley del menor esfuerzo, va esterilizando su iniciativa y por ello su lenguaje.

En verdad, hay que tener en cuenta que la riqueza del don del lenguaje se ha ido incrementando a través de la elaboración y del cultivo popular o académico en un trayecto histórico que abarca muchos siglos, canalizando, así, el pensamiento y permitiendo una comunicación cada vez más matizada y plural con la realidad de los seres y cosas. Es evidente la imposibilidad de una comunicación precisa sin un lenguaje rico. Tal vez se pueda lograr una expresión difusa como la que otorgan la música o la mímica, pero jamás con la objetividad que aporta la precisión de la palabra.

Vivimos la época de la imagen, lo cual no es malo en sí, si la utilizamos como complemento y no como medio exclusivo.

La pobreza contemporánea del lenguaje hablado se percibe más que en anteriores épocas porque atravesamos el tiempo de la masificación y como todas las pobrezas humanas actuales proviene del creciente nihilismo. Muchas veces, sin darse cuenta, quienes hablan con tales escasos recursos lingüísticos son víctimas de una realidad empobrecida por la deshumanización y contribuyen, por tanto, a continuar con ella.Verificamos la trascendencia del lenguaje cuando, en un país extranjero, no conocemos su idioma; cuando nos encontramos huérfanos de comunicación y apelamos desesperadamente a la mímica o al auxilio de un traductor sin lograr más que resultados precarios. Evidentemente necesitaríamos poderes telepáticos que, como aseguran algunos estudiosos, fueron poseídos en tiempos remotos, cuando la vida era más primitiva. De cualquier manera, contando con tales dones, la comunicación sería siempre imprecisa.

Otro factor a tener en cuenta es que si asumimos el profundo sentido de cada palabra es mucho más difícil que equivoquemos el camino que nos conduce a la liberación.

Por cierto que no basta con nuestro solo esfuerzo, pero allí están las palabras, acompañándonos, como canales de un sentido que ha atravesado los siglos y que viene cargado del calor, la pasión, el ejemplo de hechos de miles de personas que han vivido su significado. 

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PÁGINA 2  

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Forastero 

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Por Miguel Raúl López Bréard (Ituzaingó-Corrientes) 

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Aquella tarde cuando ya las sombras de la noche se marcaban sobre la arboleda de la Estancia Yatebu Cua [1] vimos llegar a un paisano montado en un gateado overo. Era más bien alto, de ascendencia negra, aunque de finas facciones. Llevaba un sombrero de paño gris aludo y pañuelo azul al cuello, faja tejida con cinto ancho de cuero de gato onza de dos hebillas de plata, bombacha plisada y canilleras gastadas con espuelas de pigüelos cortos de rodajas pequeñas, calzado de alpargatas y traía una guitarra atada al basto. Se acercó hasta el final del callejón que da a la entrada del galpón de los peones y desde el portón pidió licencia para apearse y pasar la noche.

El capataz salió a recibirlo, indicándole donde podía desensillar, poner sus calchas y bañar su caballo, invitándole a que se sume a la rueda del fogón. Luego de largar su montado en el piquete, el forastero se acercó sombrero en mano al galpón y fue saludando de a uno a los presentes. Da Silva, Luis Da Silva para servirle, fue repitiendo ante cada apretón de mano, hasta llegar a don Colá Benítez [2] a quién le quedó mirando... preguntándole ¿Uted [3] ta [4] no era el puestero de los Barreyro en San Alonzo para el lado de Ñupĩ? [5]. Y sí contestó el viejo... me parece nicó [6] que le conozco, pero no ricuerdo [7] de donde...

La noche se había vuelto oscura, era luna nueva y sólo el Lucero brillaba tempranero. A la luz de un candil enhollinado hecho en una botellita que fuera de Savora, con el resplandor de las llamas del fogón, las figuras de estos hombres curtidos a la intemperie, dibujaban sombras que se alargaban en el alero terroso del galpón.

Don Colá repasaba su memoria buscando recordar de donde conocía a este hombre, ¿Luis da Silva...? de San Alonzo, dijo nicó que se recordaba por mí y de eso có [8] ya hacen más de 30 años...

El hombre tomó su guitarra encordada con binza de toro y alambre de acero, con clavijero de madera, afinándola y mientras templaba fue diciendo que en sus andanzas por los pagos de Yaguareté Corá [9] a un viejo decidor le escuchó este compuesto [10]:  

Permiso señores míos

Por aprovechar la ocasión,

Pero en rueda quiero contar

Lo que paso en Concepción.

Era una niña de plata

Y él un negro charol,

Más en cosas del amor

No interesa la color. 

Y a medida que iba desgranando las estrofas a Colá se le encendían los ojos... ¡era él! Aquel moreno decidor que robó la hija del patrón y que por esa razón se ahorcó Ña Rosa la patrona. Este fue el que trajo la disgracia [11] en la familia, el hermano le mató a la guaina [12] y él se salvó por un pelo, escapándose por unos esteros que daban por detrás del rancho donde se refugiaron.

Claro que era él!. Si hasta en la comentación [13] que levantó, se llegó a decir que era el mismísimo Perú Lima [14] que en sus andanzas metió la cola por esos pagos. Y el decidor seguía: 

"... Esa fue la desgracia mía

por falta de comprensión

más le amaré toda la vida

a aquella guaina de Concepción..." 

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Notas: 

[1]- Yatebu Cua: Del g. Jatevu kua. Yatebu, garrapata. Cua, agujero, lugar. En este caso, lugar de garrapata. Así se llamaba antiguamente la localidad correntina de Loreto.

[2]- Colá Benítez: Colá, apócope de Nicolás.

[3]- Uted: Deformación idiomática. Usted.

[4]-Tá: Del g. Adv. Si, es cierto.

[5]- Ñupĩ: Del g. Topónimo. Sería fondo o pié del campo.

[6]- Nicó: Del g. Suf. Ciertamente, no más, te digo.

[7]- Ricuerdo: Deformación idiomática, regionalismo. Recuerdo.

[8]- Có: Del g. Adv. Seguramente, ciertamente.

[9]- Yaguareté Corá: Del g. Jaguarete. Sería el perro autentico según algunos autores. Zoología, Tigre americano. Corá, hispanismo, corral. Corral de tigre. Así se llamaba antiguamente la población correntina de Concepción.

[10]- Compuesto: Cantar tradicional. Composición poética derivada del romance español.  

[11]- Disgracia: Deformación idiomática, regionalismo. Desgracia.

[12]- Guaina: Del g. Muchacha, piba, chica.

[13]- Comentación: Deformación idiomática, regionalismo. Comentarios.

[14]- Perú Limá: Personaje travieso del cuento folklórico. Posiblemente originado en las tradiciones peruanas. Aunque Ricardo Palma en sus escritos no lo menciona.  

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PÁGINA 3 – IDIOMÁTICAS

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Las lenguas, factor de identidad cultural. 

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Por Jorge Alberto Hernández (Santa Fe) 

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¿Cuántas lenguas se hablaban en América en el momento del descubrimiento? Se calcula que unas 125 lenguas distintas, además de cientos de dialectos. No hay dudas de que los dos grandes imperios: el de los aztecas y el de los incas tuvieron como consecuencia que el nahuatl y el quechua se convirtieran en lenguas mayoritarias que, además, convivieron con las locales que se hablaban en los territorios de esos imperios mencionados. Ello nos da la idea de que el bilingüismo se imponía en gran parte de la población y que ya existía en tierras americanas.

En regiones aisladas de los territorios no dominados por aztecas e incas, se continuaban hablando únicamente las lenguas maternas locales o familiares. Pero a la llegada de los españoles y portugueses, los conquistadores impusieron sus idiomas como mayoritarios en todas las zonas ocupadas. Desde entonces y paulatinamente entre los aztecas y los incas, el español principalmente paso a ocupar el lugar de las dos principales lenguas nativas (el nahuatl y el quechua), convirtiéndose en hablas intermedias de comunicación entre los españoles y los indígenas.

No debemos olvidar la importancia que siguieron teniendo las lenguas nativas, principalmente en nuestra zona el quechua, el aimara y el araucano (mapuche). Tanto es así que en muchas provincias los jueces necesitaban de lenguaraces para la traducción. A partir del Concilio de Lima se estableció la enseñanza del credo católico entre los aborígenes, adaptándose así la Iglesia a la realidad lingüística que los españoles encontraron en estas tierras. Al respecto dice Ricardo Rojas en su Historia de la literatura argentina, que muchos documentos emitidos durante la Revolución de Mayo, lo fueron en quechua, aimara y araucano, lo mismo que se hacía con la predicación del Evangelio.

“Pero, nos preguntamos, ¿qué ha sido del nahuatl y el quechua, lenguas mayoritarias hace más de 500 años? En México se hablan 58 lenguas pertenecientes a siete familias, 22 de esas lenguas son empleadas por menos de mil personas cada una. Las más importantes de las siete familias lingüísticas son la yuto-azteca y la maya-totonoca, también utilizadas por apenas un millón de habitantes. Le sigue en importancia la otomangue…” (Ceride-El Litoral) 

Con respecto al quechua debemos señalar que todavía tiene un fuerte respaldo en Perú, Ecuador, Bolivia, el sur de Colombia y el norte de la Argentina. En cuanto al aimara, se lo encuentra en Bolivia, Perú y unos pocos miles de argentinos y chilenos. En el Paraguay, una buena parte de la población habla el guaraní, además de algunos miles de argentinos y brasileños de los territorios fronterizos.

“De los restantes países iberoamericanos se desconocen datos acerca del bilingüismo de su población indígena, pero se puede concluir que en la mayoría coexisten dos o más culturas –la nacional y la autóctona- con implicancias políticas, sociales, culturales y, sobre todo, educativas” (Ceride).

En una interesante nota de Pierre Dumas, traducida por Graciela Cutuli, que se publicó en la revista Idiomanía, titulada Lenguas en peligro de muerte, se señala que “la colonización económica, la extensión de los medios de comunicación dominantes y la decisión de los poderes centrales causarán en los próximos años la desaparición de más de dos mil idiomas”. La ley del más fuerte también se impone en este campo de la cultura… Afirman los estudiosos que la mitad de las seis mil lenguas que se hablan hoy en la Tierra, desaparecerán. Una realidad si sabemos que un tercio de las utilizadas en el mundo lo son por grupos de menos de mil personas. Por lo que, según los especialistas, sólo unas seiscientas se salvarían. Es decir, apenas una de cada diez. Para los lexicólogos, la desaparición de un idioma lleva consigo la pérdida de pensamientos y experiencias, de metáforas y conocimientos especiales. Decía el lingüista Andrew Woolfield: “cada vez que un idioma muere, perdemos algo que ni siquiera comprendemos”.

Debemos tener en cuenta que, actualmente, la mitad de la población mundial está representada en sólo cinco lenguas: el chino, el inglés, el español, el ruso y el hindi (lengua oficial de la India, cuya principal variedad dialéctica es el indostaní).

Señala Pierre Dumas que “en un plano histórico, hace quince mil años que las lenguas humanas conocieron su apogeo. Los investigadores creen que el número de idiomas se acercaba en aquel entonces a los diez mil, con una población mundial quinientas veces menos importante que hoy”.

La historia es lamentable, en este aspecto, pero ineludiblemente se habrá de repetir durante la próxima década. Algunas lenguas desaparecerán en medio de la indiferencia general. Otras ofrecerán una dramática resistencia, como actualmente sucede con muchas regionales que se hablan en Europa.

Según el académico noruego Einar Haugen, lo único que podría moderar esta situación sería el bilingüismo inteligente, por medio del cual una persona manejaría su lengua materna, familiar, apelando a un segundo idioma, que serviría como comunicación y relación internacional, como sucede en África, donde todos (o casi todos) hablan correctamente al menos dos o tres idiomas: el materno, otro africano y un tercero europeo.

¿Se llegará en el mundo a ese extremo con el fin de salvar el habla legada por nuestros padres y transmisora de toda una cultura que costó tanto edificar? El tiempo lo dirá. 

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PÁGINA 4  

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Hiperdiccionario 

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Por Arturo Lomello (Santa Fe) 

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Lo que las palabras pueden significar cuando escapan de la costumbre. 

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Computar: Acción de prostituir al prójimo por medio de la tecnología.

Confianza: Fórmula para terminar rápidamente las finanzas.

Delirante: Italiano que perdió el que juicio debido a su ambición desmedida por acumular liras. Ahora rechaza el euro.

Dictador: Hombre autoritario y perezoso que en lugar de escribir dicta.

Insolente: Miserable al que solo que queda exponerse al sol.

Mercachifle: Chiflido de alegría de un comerciante venal cuando engaña a un comprador.

Patológico: Individuo que por abusar de la lógica se quedó en Pampa y La Vía.

Sacrificio: Oficio sagrado que casi no tiene cultores.

Tacaño: quien ahorrando procura no terminar en un caño.

Temor: Don de cantante que asegura quedarse sin vecino.

Tumba: Lugar en que se guardan los tumbados.   

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El cazador 

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Por Alfredo Di Bernardo (Santa Fe)  

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Indiferentes a la nieve que se desploma sin cesar más allá de las ventanas, los cazadores celebran el ritual de cada anochecer en la taberna del pueblo. Al amparo de esa rutina viril y cómplice de whisky y tabaco, se acaloran hablando animadamente de mujeres, trampas y licores, pero -él lo sabe- en pocos minutos retornarán, como siempre, al tema que ha desvelado a los lugareños desde tiempos inmemoriales: saber si la presa que buscan en verdad existe, o si es sólo una leyenda. 

"Dicen que tiene la mirada verde", acotará alguno de ellos, enunciando sin saberlo una sospecha alimentada por todos sus ancestros. "Dicen que su hermosura es extraordinaria", agregar otro, y volverá a soñar despierto con el día en que pueda comprobarlo. "Dicen que hay un único ejemplar en todo el mundo", ilustrará un tercero, y refrendar bravíamente ante el resto el desafío de encontrarlo. "Dicen que verla es como comprender el infinito", insistirá otro, y entornará ambicioso sus ojos, imaginando la proeza. Escudado en su parquedad habitual, él los escuchará como lo ha hecho tantas veces, y no podrá ni querrá evitar que sus pensamientos vuelen ansiosos hacia el mágico esplendor del secreto que guarda en su cabaña. Los otros, sin embargo, abstraídos en su eterno torneo de argumentos, no advertirán su callada excitación, su vuelo inmóvil. 

Una carcajada ebria estalla en la mesa de los cazadores, como un trueno escandaloso y procaz. Semejando ecos, otras risas menores la suceden y secundan. Luego, se van desvaneciendo, hasta que sólo queda resonando en el ambiente la música alegre que emite la máquina de discos, matizada por el tintineo nervioso de vasos y botellas. 

"Dicen que es suave y pequeña", arriesga de pronto uno de los cazadores, y la ronda de suposiciones comienza, en efecto, a girar. Él permanece inmutable; guarda prudente silencio y oculta orgulloso en un trago una imperceptible sonrisa de indulgencia. Llama a la camarera, paga sus whiskies, se pone de pie y se enfunda en su abrigo. "Dicen que de noche se esconde en las montañas", lo interpela uno de los hombres, pretendiendo involucrarlo en la conversación. Él se encoge de hombros y manifiesta una fingida ignorancia. "Dicen que anda entre nosotros y que no sabemos verla", contesta, evasivo, y se refugia otra vez en el silencio. El otro, desilusionado, farfulla algo incomprensible y ahoga su disconformidad en un trago de whisky. Él se hunde la gorra de lana hasta las cejas, saluda a los parroquianos, y sale.  

Atraviesa la nieve acumulada en las veredas, trepa a la camioneta y se pone en marcha, silbando entre dientes una antigua melodía. El camino hacia la cabaña no es largo. Sólo cinco minutos lo separan de esa mirada verde, cargada de infinito, que -como todas las noches desde el último diciembre- aguarda su llegada.  

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PÁGINA 5 – NUESTROS POETAS

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hoy renuevo en mi desierto el juego

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las piezas que levantan

mis tormentos

como astillas de huesos

porque el mío

no es desierto de reinas

de arenas negras ni doradas;

mi arena es polvo de hueso

cáscara de humo

y vuelo bajo 

me guardo en tu figura,

sombra errante

sobre barcos que barrieron

vientos ralos 

desdoros, espejismos. .

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Marta Ortiz(Rosario) 

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Decisión 

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Se desprendió del tedio y del cansancio

emergió desafiante desde la piel gastada

arrojó lejos el miedo a no poder.

Y se irguió decidido.

Reaprendió la firmeza de sus pasos,

la persuasiva voz.

Se revistió con galas de esperanza,

soñó proyectos, ensayó la risa

y decidió estar vivo

hasta el exacto día

                               y el momento

                                                    preciso

                                                                 de morir.

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María Amelia Schaller(Esperanza) 

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CASAL-YUNTA 

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ha vuelto al tendedero del patio

ese casal de torcazas plumaje iris arratonado

no sé si son las mismas palomitas que emigraron nueve meses atrás

con los primeros vientos de aquel marzo 

la siesta es gris ahora aunque ya pía, trina y gorjea el aire

y despuntan rebrotes de la llovida, dormida y oscura tierra 

quien fuera amparo de pichones

aguada o claro cuenco para la sed viajera de estas visitas!

quien fuera alpiste, miga de pan,  sacrificial insecto o néctar

restaurando la energía de sus vuelos 

donde deja lugar el vano afán del lucro

la vida es solidaria de la vida y cada célula es arte y parte

humilde y sabiamente cada briznita

cada grano minúsculo, cada criatura,

cumple en su instinto la ley de su especie todo ama con todo aunque no lo diga

nada yace sin yunta en lo natural 

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Rubén Vedovaldi (Capitán Bermúdez)  

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Arracimada de años aún no vividos

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la niña hurga en la basura ciudadana

hurga por su codicia de pan

y sus dos días de ausencia

       por su boca que no tiene palabras

       por su corazón abrumado de soles negros

       por sus ojos ahuecados de luz.

La niña hurga y camina haraposa

mientras el enjambre ciudadano pasa

mira sin ver, se ausenta...  

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Oscar Agú (Santa Fe)

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Milagro. 

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Se hace con la luz

se desliza como el río.

Me invade.

Ya estoy en él.

Respiro.

Estoy viva.

Vuela un pájaro

la flor perfuma

la piedra indiferente permanece.

Todo está bien.

El ritmo es perfecto

en este espacio de Tiempo

que llamamos día.

Repetido milagro

que se nos regala cada vez. 

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Belkys Escudero (Santa Fe) 

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Segundo Inventario 

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Me faltan:

la familia, los amigos argentinos, el idioma, el lunfardo

los campos inmensos, aunque no eran míos...

Me faltan:

el río Paraná, las películas, el teatro

y tantas cosas bellas...

No extraño:

el calor, la humedad insoportable, las coimas,

los políticos fallutos, la C.G.T., los milicos,

la cana, los chorros, los matones, el gobierno de turno,

los chantas y todas las cosas malas de allí...

me faltan:

las islas, los pájaros, los peces, los cultivos,

la sonrisa, Mafalda, Martin Fierro,

la juventud que se fue y no vuelve...

aquí no tengo ni 25 de mayo ni 20 de junio ni 9 de julio

ni 17 de agosto...

pero tengo:

pesaj, iom hatzmaut, lag baomer, shavuot, rosh hashana,

iom kipur, sucot, januca...

Aquí tengo calor cuando allá hace frío..

y frío cuando allá hace calor.

Me faltan:

las callecitas de mi barrio, la pelota de trapo,

las niñas en guardapolvo blanco, la plaza Constituyentes,

las figuritas, la calesita del Parque Garay,

la Costanera y el Puente Colgante...

Me faltan:

El Grillo de Papel, y el Escarabajo de Oro, la Gaceta Literaria

y Poesía Buenos Aires, El Periodista, Borges, Cortázar y Sábato...

Aquí tengo:

esposa, Rosita

y mis hijos Igal, Tamir y Sharon*

la antigua tierra prometida

y tres mil años bajo los pies. 

José Pivín (Haifa-Santa Fe) 

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Jacarandáes en la ciudad 

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Se serena la luz. Es primavera

tras el dorso sencillo de la tarde.

Llegan lentas las sombras desde el río

y un litoral de miel entra en la sangre.

Hay un nudo de voz quieta en la espera;

y hay resinas y savia en las maderas.

Rosario está en la luna de noviembre

cuando el fuego renace de las manos.

Luce el fruto dorado su atavío

y hay susurros copleros en los labios.

Un sosiego en brisas transparentes

es salud en la flor y en las simientes.

Todo es gozo por parque y avenidas.

Han volcado, su añil, jacarandáes

en levedad de plumas esparcidas

(campánulas de lilas en el aire).

Y habrá alfombras azules en el suelo

que han doblado, solemnes, todo el cielo 

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Armando Del Fabro (Rosario) 

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PÁGINA 6 

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Poesía o mercado 

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Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires) 

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La actual travesía por el desierto en que se encuentra hoy aislada la poesía no es apenas, por desgracia, sólo el problema de un género literario.  Al derivar de una honda crisis del lenguaje (como se sabe, fundamento ineludible de nuestra condición), cobra alcances mucho más graves. No fue por azar que un narrador tan exigente como el siciliano Vincenzo Consolo  pudo decir: “Leyendo mis libros y los libros que se escriben en los últimos tiempos, me he dado cuenta de que ya no hay espacio ni tiempo para la literatura entendida en su sentido más alto. Se escribe una infinidad de novelas, pero en ellas ha desaparecido un aspecto esencial del género: la expresividad.” Para agregar poco después, con absoluta claridad: “Hoy a muy pocos les interesa la poesía.” Incluso a los muchos que en la actualidad pretenden ejercerla, me animaría a añadir.

En el prólogo a un libro de Olga Orozco: Eclipses y fulgores, no cualquiera sino un representativo poeta español, Pere Gimferrer, vino espontáneamente a coincidir con lo que imaginé sólo ansiedades personales: “se diluyó hace ya tiempo el diálogo entre las literaturas hispánicas, incluso en nuestra propia península y, momentáneamente, parece eclipsada además en ella la noción de poesía.  Lo  que  sabían por igual Juan Ramón Jiménez, Aleixandre o Cernuda  --es decir: que la poesía moderna, entre otras cosas, es la que sucede a Rimbaud y Lautréamont-- parece hoy olvidado por buena parte de sus coterráneos.” Y, por si fuera poco, reafirma de inmediato: “Se trata de un olvido interesado y no espontáneo, como interesada y no espontánea es la dejación del diálogo de las literaturas, en la medida en que podría servir de recordatorio acerca de la verdadera naturaleza de la poesía en la modernidad.”

Claro que fue alguien al parecer poco afecto a las sutilezas, Mario Vargas Llosa quien, en una entrevista, con ingenuidad o desparpajo planteó nítidamente la inquietante disyuntiva: “El humor en mi obra tiene que ver con la necesidad actual de acercarse a un público que no está dispuesto a invertir mucho esfuerzo intelectual en la lectura.” ¿No es esto confesar que no se crearía ya de acuerdo con cierto ideal de la literatura o del arte, para intentar un diálogo o al menos un contacto con ese fecundamente superyoico tribunal de los mejores que --según el sagaz australiano Robert Hughes-- todo creador legítimo lleva en su conciencia? Ahora, viene a decirnos crudamente el autor de Pantaleón y las visitadoras, escribes para vender o no escribes para nadie.

Pero fue el padre de la novela moderna, Gustave Flaubert, en una carta a Maupassant y ya en 1872, quien había anticipado su propia respuesta para la misma cuestión: “¿Por qué publicar con los horribles tiempos que corren? ¿Es por ganar dinero? ¡Qué irrisorio! ¡Como si el dinero fuese la recompensa del trabajo!”. Y, por si fuera poco, en otra carta a George Sand, ese mismo año, se animó a sentenciar: “cuando uno no se dirige a la masa es justo que la masa no le pague. Es la economía política.” Mientras que nuestro Luis Chitarroni, refiriéndose al insólito dúo que alguna vez formaron nada menos que Joseph Conrad y Ford Madox Ford, apuntó con precisión que “Ninguno de los dos se ejercitaba en las genuflexiones de esa reverencia penosa por el mercado.”

Y yo no consigo dejar de preguntarme, hoy, con más angustia que ansiedad, ¿es que estaremos realmente tan lejos de lo instintivo y lo sagrado como para imaginarnos a Van Gogh reclamando un análisis de mercado antes de arrojarse a pintar sus Girasoles? “Han dejado entrar putas en Eleusis” clamaba, hace tiempo, el políticamente despistado pero artísticamente visionario Ezra Pound. 

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PÁGINA 7           

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La que vino de la lluvia. 

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Por Miguel Ángel Gavilán (Santa Fe) 

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Era un largo manto entre las hojas del parque. Una sombra entrecortada o un hilo de aire desplazándose de un lado a otro, de un cono de luz a un sonido de flautas provenientes de alguna orquesta moribunda.

La mujer era hermosa, casi transparente. Era una silueta ahuecada por la persistente oquedad de la noche. A veces parecía una estatua. A veces era una bailarina griega que trazaba circulares elípticas entre la inmensidad de los silencios. A veces también, los confundidos decían que se trataba de la amante del teniente. Esa amante que nadie conocía pero de la que todos hablaban. A ella se dirigía el eco de la moral, los remilgos de un puñado de seres con espaldas rígidas, sentados a una mesa donde los manteles blancos y la vajilla europea contrastaban con la hipocresía, con las miradas entrecortadas y los calificativos por las nubes.

Por otra parte, el teniente conocía de esas voces pero callaba. Se conformaba con caminar bajo el alero los días de lluvia pensando en ella. Caminaba sin importarle las horas.

Era una ceremonia. Se llevaba a cabo después de dejar por sentado su poder ante la tropa y de quitarse los zapatos. Así, descalzo, caminaba por el empedrado cobrizo. Una tarde se le quedó la mirada vacilante como las gotas del agua.

Sucedió de tristeza. Su esposa, lánguida e infeliz, lo espiaba desde los visillos de su cuarto lo mismo que una intrusa.

El cuarto era amplio y la mujer, fea. Su tono de voz se confundía con el grito de las gallinas entre las legumbres. Pero rara vez hablaba. Su mutismo era similar al de esos gobelinos antiguos donde las mujeres sirven vino todo el tiempo. Ella veía como su marido caminaba descalzo los días de las lluvias grandes y presagiaba otra mujer. Lo intuía en las miradas llenas de velocidades de las mucamas, a lo largo del aire que respiraba en las fiestas o en los frutos maduros que brillaban en las fruteras de su salón.

Se sorprendió tratando de imaginarla durmiendo en la cama que ya no compartían; peinándose con los cepillos delante del espejo, o mirada por el hombre al que nunca supo por qué amó tanto y de pronto dejó de hacerlo.

Esa amante era una figura que estaba sin estar, que emitía ruidos desmayados, que trampeaba las ventanas para impulsar un viento de odio entre ellos.

Esa amante los alejaba. Sí, los alejaba pero al mismo tiempo los unía, los mantenía juntos. Sin ella, la mujer hubiera dejado mucho antes ese papel de vigía tras los cristales. Sin ella, el teniente también hubiera renunciado a su territorio de lluvias descalzadas y ojos románticos entre los sarmientos de la enredadera. 

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La enredadera tenía un encanto particular por la mañana. Todas las hojas brillaban hasta el cansancio sobre las cabezas de las mucamas. Estas pasaban llenando de olor a almidón la galería, mientras recogían las botas del teniente que habían quedado por descuido, cerca del barro. Las recogían y las limpiaban de modo que siempre le quedara un par lustrado en la puerta de su cuarto.

Las mucamas conocían lo de la amante. Entre risas y cofias endurecidas. Lo sabían  cotidianamente. Al cocinar los manjares para sus amos; al dar lustre a la platería mientras oían los compases de "La traviata" que el teniente daba a escuchar en el fonógrafo.  Lo sabían al besar los labios de los soldados que no dormían, o al acariciar la piel de los hombres amados sólo una noche.

A veces reían del asunto. O pasaban delante de la ventana de su señora y se atrevían a adivinar en lo entrecerrado de sus párpados, el dolor de aquella que dominaba la realidad del cuartel.

Pero ellas cumplían sus tareas. Limpiaban la casa, peinaban a la mujer fea y murmuraban detrás de las mesadas el desastre de ese matrimonio.

Por las noches, al ver que el teniente se quedaba descalzo mirando llover, estrenaban enaguas y corrían sigilosamente al encuentro de los soldados.  

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Los soldados eran jóvenes. Algunos, hermosos. Otros adivinaban  la vigilia de su teniente en la voz enronquecida que traía al amanecer. Era una voz húmeda, de sueño atrasado y de noche prolongada. Era una voz que dejaba entrever una porción de llanto aglutinado y de lágrimas tragadas hasta la indigestión. Indigestión de tristeza. Quizás su amante lo había golpeado. Quizás, al estar en la cama, le había confesado que no toleraba los ojos de su esposa y el murmullo de las mucamas.

Los soldados sabían de ella y deseaban conocerla. Deseaban, soñando con sus ojos de uvas maduras y con sus brazos, fuertes como una orden o suaves como la oración de las armas.

Trataban de enredarse en sus vestidos, por momentos rojos, por otros azules, por otros, también, oscuros.

Jugaban a pelear en el amor. A doblegar la imagen que se habían formado de ella sobre los camastros, las sillas de montar, los bancos del vestuario.  

Se quedaban con una idea, nada más. Con una sombra que parecía salir con el aliento cansado del teniente en la mañana. 

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La mañana tenía la fatalidad de lo perdido. Tenía en su vientre, oculta la luz. Y la luz era la ausencia.

Su mujer, allí, parada entre los cortinados. Fea y olvidada al igual que un accidente de carne en la largura de su vida, sentenciaba la presencia de alguien que bailaba tras la lluvia con el teniente.

Las mucamas no tenían importancia al igual que los soldados. Ellos abrigaban como única tarea en sus vidas, la de ser irritantes y olvidables. El dejaba que hablaran de esa mujer que existía como un sueño lánguido y presumido sobre la enredadera. Su sustancia era el sueño. Sólo podía verla cuando el picotear de las gotas ingresaba en el circuito irremediable de su cerebro, hasta el fin en la mañana, las órdenes y su mujer. 

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Su mujer lo vio morir frente a su ventana. Dicen que se quedó mirando algo, desde lejos, desde adentro de él.

Al verlo muerto rozó con sus dedos el anillo de bodas. Después se reclinó en la cama y no volvió a despertar. 

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Al despertar las mucamas supieron que habían muerto. Algunas gritaron ante los cuerpos sin vida de sus patrones. Otras, las más jóvenes, alcanzaron a cerrarles los ojos.

Dicen que vieron en los ojos del teniente una silueta ligeramente desdibujada, una forma que aún danzaba en sus retinas. 

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Las retinas de los soldados registraron el acto patriótico. Dos salvas de cañón y el ataúd cubierto por una bandera. Supieron que nunca conocerían a la mujer de la que tanto hablaban. Aquella que les quitara esa soledad de todos que da el cuartel. 

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En el cuartel cerró los ojos para siempre. Frente a una ventana donde una mujer fea lo veía. Junto a un par de botas mojadas, ante la lluvia que era una cortina, una mujer de vidrio, que era un largo manto entre las hojas del parque.   

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PÁGINA 8  

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Ejecución en la piazza Navona 

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Por Marta Ortiz (Rosario) 

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...la horrible fabricación en serie de la muerte.

Susan Sontag 

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Desde aquí se pierde un poco el entorno, pero por encima y por detrás de los rehenes, el lugar se parece a una escombrera de tierra salitrosa y reseca mezclada con restos de una nieve sucia, amarillenta. De frente a la ancha zanja que abre una brecha oscura a la monocromía del lugar, dos hombres jóvenes, de espaldas a este espectador, acaban de encarar el crucial tránsito regresivo de los apenas segundos que aún los aparta de la muerte.

De rodillas, sostienen el peso inhumano de la intemperie, de la indefensión, del miedo amorfo, ilimitado. Detrás, y a menos de un metro, un tercer hombre les apunta a la cabeza con una pistola.

Los condenados visten unas camisolas rayadas, o tal vez la tela está sucia y no son rayadas, no se distingue con claridad; alguien les ha vendado los ojos con gruesos paños atados a la nuca.

Se enfría mi café en el plato, soy incapaz de beberlo y no puedo quitarles los ojos de encima. Adivino que los pensamientos de ambos fluyen inevitablemente en direcciones opuestas; el de la derecha tiembla penetrado por un frío glacial como si reptara una boa por su espalda al tiempo que murmura palabras regresadas a un origen que roza el balbuceo, el babeo, lo gutural que no alcanza a dibujar la oralidad; el tiempo es apenas un bocado apetecible demasiado breve, el camino que recorre un pétalo al desprenderse de la rosa.

En cambio el pensamiento es una alfombra mágica, viaja más veloz que la luz y por ese intersticio dorado él escapa y olvida que en segundos una detonación mutilará la claridad y lo arrojará de cabeza a la zanja y entonces convoca, en reemplazo de esa imagen, la de la cuna balanceándose al pie de un naranjo coposo y fragante en el viejo patio donde transcurrieron los juegos de infancia. El niño dentro de la cuna lo mira con sus mismos ojos y sueña despierto con la sonrisa de la madre que se ha dormido a su lado en el sillón de hamaca. Las imágenes fluyen vertiginosas empujadas por la premura del acto que el verdugo debe consumar porque para eso ha sido programado y ya no existe escapatoria posible: el dedo ha comenzado una lenta, calculada presión del gatillo. Pero aún resta una ínfima grieta por donde sustraerse al tiempo; un imperceptible movimiento de cabeza me dice que a pesar de que él tiene la boca reseca y los dientes apretados y ya no le interesa ocultar la serpentina de una convulsión, encontró el modo de detener el vuelo en el corazón de la guerra y descender en una plaza sombreada de esmeraldas en aquella pequeña ciudad devastada el día anterior. Percibo en medio de una difusa, creciente opresión que me cierra el pecho, cómo aferra una medalla en su mano izquierda, como si en ese acto que lo lastima, le fuera la vida.

Yo también me aferro, pero a la taza de café, un sorbo apenas tibio me moja los labios de pronto resecos; confirmo que el miedo es contagioso.

El otro rehén no logra abstraerse en la visión de la muerte compartida, al contrario, se disocia y llora o grita o aúlla, no se oye claro desde aquí, el miedo a la soledad última despierta en él el bramido incandescente de la locura. Pero el grito tampoco dura en esa marcha inexorable hacia el fin, cesa tan súbito como empezó; quizá él haya comprendido que el tiempo es una categoría vacía y ya no lo contiene, abandonó sus marcas habituales y le enseñó sin preliminares a convivir con el terror y el sudor frío; somos animales de costumbres, está a la vista – me oigo decir como si no usara mi voz, como si usara la de otro porque suena extraña, como fuera de mí-; y los ojos me arden de fijarlos en la inutilidad de esos cuerpos ya casi muertos que ahora me desgarran por dentro y que en pocas horas habré dejado caer en la memoria del olvido, como a todo. El rehén piensa, apenas piensa porque se le va cerrando el entendimiento, que Dios ya no está en ninguna parte, menos en la zanja donde sólo la humedad de la tierra le abrirá los brazos al caer.

Pero el confuso tibio mordisco de tiempo del que aún dispone, como un último ajado as disponible en la manga, le alcanza para sentirse rodar una vez más las suaves colinas en los alrededores de la bella Estambul y claro, desde tan lejos, la mirada se deja ir también por las murallas, los minaretes, las cúpulas curvas de las mezquitas hasta bajar a la bahía y después tutela al muchachito que sube y baja las callejuelas angostas y al final trepa la empinada escalera que sube al cuartucho sucio y ahumado donde vivió de niño hasta que después, de grande, emigró a ese lugar donde la mujer y el hijo esperan y la campiña verde, siempre como recién llovida...

Sorbía el último trago de mi café atiborrado de azúcar porque –me di cuenta después-,  inmerso en el crimen anunciado, no había usado la cucharita  para revolver, cuando dos disparos redondos rotundos diluyeron la dudosa integridad de esa tarde, la descuajaron de sí, trazaron nítidos círculos de pólvora y óxido y el olor a sangre cruda inundó el aire y la fotografía se vació de contenido. Sólo quedaron los escombros y esa rara clase de nieve empedernida que parecía cubrirlo todo, hasta algunos trechos de esta plaza musical y concurrida, cuando el turista de la mesita contigua cerró abruptamente la página de Internacionales que leía en el Corriere donde la fotografía de muy baja definición de dos ignotos rehenes a un tris de morir en manos de la enésima máscara del verdugo, me había subyugado.  

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Ahora que el humo de la pólvora ha desaparecido y los olores se aquietaron dejando traslucir el aire limpio y un aroma renovado a café y a confituras, vuelvo a los detalles históricos y artísticos de la plaza en el centro de esta Roma atestada de turistas; admiro la teatralidad, la ilusión de vida casi ilusionismo en las esculturas de Bernini, la tensa musculatura móvil de Neptuno brotando del mar bañada en la luz ligeramente azul del crepúsculo. Pago mi café, me embebo en la vista global de mi último día en la plaza y en Roma, les doy a las palomas unos puñados del alimento que compré a propósito esta mañana, y mientras busco una moneda para propina recojo el periódico que el turista sueco dejó en la mesa de hierro naranja que fosforece en la tarde. Lo guardo en mi bolso. Sé que no quiero olvidar para siempre. El contraste es más que un claroscuro, la grieta ilusoria se ha ensanchado y la sangre de allá salpica por acá, me salpica. La plaza asoma a través de un molesto cristal que la enrojece, la encharca.

Despacio voy siguiendo el camino empedrado que me aleja del lugar, no sé si quiero irme, tampoco si quiero quedarme; busco, como quien busca ceñirse en un abrazo, perderme en la peligrosa deriva que la íntima, creciente oscuridad, de la mano de dos o tres enormes nubarrones empetrolados por la luz que declina, de alguna manera va creando.

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PÁGINA 9 – PÁGINAS MEMORABLES

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Jorge Luis Borges nació en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899. En 1914, viajó con su familia a Europa y se instaló en Ginebra, donde cursó el bachillerato. Pasó en 1919 a España y allí entró en contacto con el movimiento ultraísta. En 1921, regresó a Buenos Aires y fundó con otros importantes escritores la revista Proa. En 1923, publicó su primer libro de poemas, Fervor de Buenos Aires. En esa época, se enferma de los ojos, sufre sucesivas operaciones de cataratas y pierde casi por completo la vista en 1955.

Desde su primer libro hasta la publicación de sus Obras Completas (1974), trascurrieron cincuenta años de creación literaria durante los cuales Borges superó su enfermedad escribiendo o dictando libros de poemas, cuentos y ensayos, admirados hoy en todo el mundo. Recibió importantes distinciones y numerosos premios, entre ellos el Cervantes en 1980. Su obra fue traducida a más de veinticinco idiomas.

Falleció en Ginebra el 14 de junio de 1986. 

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MIS LIBROS

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Mis libros (que no saben que yo existo)
son tan parte de mí como este rostro
de sienes grises y de grises ojos
que vanamente busco en los cristales
y que recorro con la mano cóncava.
No sin alguna lógica amargura
pienso que las palabras esenciales
que me expresan están en esas hojas
que no saben quién soy, no en las que he escrito.
Mejor así. Las voces de los muertos
me dirán para siempre.
 

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ODA ESCRITA EN 1966

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Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete
que, alto en el alba de una plaza desierta,
rige un corcel de bronce por el tiempo,
ni los otros que miran desde el mármol,
ni los que prodigaron su bélica ceniza
por los campos de América
o dejaron un verso o una hazaña
o la memoria de una vida cabal
en el justo ejercicio de los días.
Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos.

Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo
cargado de batallas, de espadas y de éxodos
y de la lenta población de regiones
que lindan con la aurora y el ocaso,
y de rostros que van envejeciendo
en los espejos que se empañan
y de sufridas agonías anónimas
que duran hasta el alba
y de la telaraña de la lluvia
sobre negros jardines.

La patria, amigos, es un acto perpetuo
como el perpetuo mundo. (Si el Eterno
Espectador dejara de soñarnos
un solo instante, nos fulminaría,
blanco y brusco relámpago, Su olvido.)
Nadie es la patria, pero todos debemos
ser dignos del antiguo juramento
que prestaron aquellos caballeros
de ser lo que ignoraban, argentinos,
de ser lo que serían por el hecho
de haber jurado en esa vieja casa.
Somos el porvenir de esos varones,
la justificación de aquellos muertos;
nuestro deber es la gloriosa carga
que a nuestra sombra legan esas sombras
que debemos salvar.

Nadie es la patria, pero todos lo somos.
Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante,
ese límpido fuego misterioso.

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UN LECTOR

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Que otros se jacten de las páginas que han escrito;
a mí me enorgullecen las que he leído.
No habré sido un filólogo,
no habré inquirido las declinaciones, los modos,

la laboriosa mutación de las letras

la de que se endurece en te,
la equivalencia de la ge y de la ka,
pero a lo largo de mis años he profesado
la pasión del lenguaje.
Mis noches están llenas de Virgilio;
haber sabido y haber olvidado el latín
es una posesión, porque el olvido
es una de las formas de la memoria, su vago sótano,
la otra cara secreta de la moneda.
Cuando en mis ojos se borraron
las vanas apariencias queridas,
los rostros y la página,
me di al estudio del lenguaje de hierro
que usaron mis mayores para cantar
espadas y soledades,
y ahora, a través de siete siglos,
desde la Última Thule,
tu voz me llega, Snorri Sturluson.
El joven, ante el libro, se impone una disciplina precisa
y lo hace en pos de un conocimiento preciso;
a mis años, toda empresa es una aventura
que linda con la noche.
No acabaré de descifrar las antiguas lenguas del Norte,
no hundiré las manos ansiosas en el oro de Sigurd;
la tarea que emprendo es ilimitada
y ha de acompañarme hasta el fin,
no menos misteriosa que el universo
y que yo, el aprendiz.
 

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UN LOBO

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Furtivo y gris en la penumbra última,
va dejando sus rastros en la margen
de este río sin nombre que ha saciado
la sed de su garganta y cuyas aguas
no repiten estrellas. Esta noche,
el lobo es una sombra que está sola
y que busca a la hembra y siente frío.
Es el último lobo de Inglaterra.
Odín y Thor lo saben. En su alta
casa de piedra un rey ha decidido
acabar con los lobos. Ya forjado
ha sido el fuerte hierro de tu muerte.
Lobo sajón, has engendrado en vano.
No basta ser cruel. Eres el último.
Mil años pasarán y un hombre viejo
te soñará en América. De nada
puede servirte ese futuro sueño.
Hoy te cercan los hombres que siguieron
por la selva los rastros que dejaste,
furtivo y gris en la penumbra última.

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EL HACEDOR

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Somos el río que invocaste, Heráclito.
Somos el tiempo. Su intangible curso
acarrea leones y montañas,
llorado amor, ceniza del deleite,
insidiosa esperanza interminable,
vastos nombres de imperios que son polvo,
hexámetros del griego y del romano,
lóbrego un mar bajo el poder del alba,
el sueño, ese pregusto de la muerte,
las armas y el guerrero, monumentos,
las dos caras de Jano que se ignoran,
los laberintos de marfil que urden
las piezas de ajedrez en el tablero,
la roja mano de Macbeth que puede
ensangrentar los mares, la secreta
labor de los relojes en la sombra,
un incesante espejo que se mira
en otro espejo y nadie para verlos,
láminas en acero, letra gótica,
una barra de azufre en un armario,
pesadas campanadas del insomnio,
auroras, ponientes y crepúsculos,
ecos, resaca, arena, liquen, sueños.

Otra cosa no soy que esas imágenes
que baraja el azar y nombra el tedio.
Con ellas, aunque ciego y quebrantado,
he de labrar el verso incorruptible
y (es mi deber) salvarme.

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LAS CAUSAS

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Los ponientes y las generaciones.
Los días y ninguno fue el primero.
La frescura del agua en la garganta
de Adán. El ordenado Paraíso.
El ojo descifrando la tiniebla.
El amor de los lobos en el alba.
La palabra. El hexámetro. El espejo.
La Torre de Babel y la soberbia.
La luna que miraban los caldeos.
Las arenas innúmeras del Ganges.
Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña.
Las manzanas de oro de las islas.
Los pasos del errante laberinto.
El infinito lienzo de Penélope.
El tiempo circular de los estoicos.
La moneda en la boca del que ha muerto.
El peso de la espada en la balanza.
Cada gota de agua en la clepsidra.
Las águilas, los fastos, las legiones.
César en la mañana de Farsalia.
La sombra de las cruces en la tierra.
El ajedrez y el álgebra del persa.
Los rastros de las largas migraciones.
La conquista de reinos por la espada.
La brújula incesante. El mar abierto.
El eco del reloj en la memoria.
El rey ajusticiado por el hacha.
El polvo incalculable que fue ejércitos.
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del tahúr. El oro ávido.
Las formas de la nube en el desierto.
Cada arabesco del calidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.
Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.

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PÁGINAS 10 y 11 – RESEÑAS DE LIBROS

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Lejos de la corriente – Edel Morales - Ediciones Unión – La Habana – 2004 – 115 páginas. 

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Recién publicado por Ediciones UNIÓN, Lejos de la corriente reúne casi totalmente la poesía de Edel Morales, por lo que su lectura permite apreciar el rigor de su escritura. Porque no se desperdicia ni escribe con ligereza. Y aunque en buena parte de sus versos alude a temas cotidianos o de la intimidad, a vivencias efímeras o a una simple percepción del paisaje circundante, y con un lenguaje cercano, comunicativo, su poesía no se limita a impresiones de superficie. Quiere calar hondo, desentrañar e interpretar lo que está más allá de lo visible. Siempre una intención conceptual acompaña al efecto estético, nada es gratuito ni frívolo, todo aspira a significar.

A partir, entonces, de su propia historia, de su ámbito geográfico y familiar, desde su natal Cabaiguán hasta La Habana, en una aparente crónica poética, más que trazar un itinerario de su todavía joven existencia -ni siquiera de su experiencia sentimental -invita al lector a seguirlo en sus percepciones, en su indagación y búsqueda del sentido de todo lo que de alguna manera lo ha atraído,  intrigado o estremecido. Su poesía va en pos del conocimiento, de la comprensión de la realidad que se le presenta o impone, de la verdadera naturaleza y lógica de los sucesos y las cosas, de pulsiones, móviles y esencias. Porque cree en el poder de intuición y de revelación de la poesía: ...miro a la gente que va y viene despacio junto al mar. / Y me pregunto con el muro a la espalda: ¿tan sólo será la vida / un tiempo posible?’   

Por eso Morales no prefiere los interiores, las penumbras, los marcos cerrados, sino las claridades, la luminosidades, los espacios abiertos, libres, que le ayudarán a descubrir, como los esplendentes mares, la densa claridad de los trópicos, los cielos, los ríos, los puentes y los parques y calles de la ciudad, y muy en especial, las ventanas: …¿quién hizo más por el país? / Escucho esa pregunta desde mi ventana de pasajero / y siento lo efímero de las verdades eternas... También: …Una ventana / es siempre una pregunta /--abierta hacia la luz sin sombras / que engendra el mediodía.

El poeta busca todo signo o señal en su entorno que lo pueda conducir a la verdad, a la posible luz al fondo del túnel de la existencia: ... nunca encontraste una premonición. / Nunca una franja de aire o un alma de pájaro trasmutada / en el mar violeta que sobrescribía tus preguntas.

No por causalidad uno de sus libros se titula Escrituras visibles: “…Todo lo que puedes hacer es un lenguaje / iluminado por esencias / y por la belleza que ves en el conocimiento de las cosas.  El autor intenta hacer visible todo lo que significa: ... Voy por los museos / tras la huella de un pasado / que da sentido a esta hora, / busco en mi vida / el destello inconfundible / que anuncie el momento del cambio, / la cegadora luz de entonces…

En sus textos hasta los cuerpos aparecen, se exponen preferentemente en su desnudez, o sea en su transparente verdad, sin velos que los oculten o disimulen: ... La felicidad adormece mi voz y luego se aleja, /mientras abro completamente desnudo la ventana / y miro. Y también: …En el otro extremo del mundo ella permanecía desnuda.

Pero en su caso no se trata sólo de ver y de saber sino también de juzgar, de abordar el ya clásico tema de lo bueno y lo malo, hurgando en el comportamiento humano, en su razón moral, las posibles contradicciones o incoherencias entre el ser y el deber ser, para evitar que no nos agobie con su fatalismo eso que se ha denominado tan certeramente el sentimiento trágico de la vida. Y podamos entonces encontrarle a ésta una justificación detrás de su dramática apariencia: …Edades / para alcanzar al fin la gran inocencia / --en la vida y en la muerte / hicimos / lo que se esperaba / de nosotros: ... O cuando más adelante dice él mismo de sus versos: ... perdura en ellos la magia antigua del cazador, su fiebre por encontrar la huella en la espesura / su destino entre el bien y el mal. / Los acontecimientos se revelan demasiado visibles, / demasiado vergonzantes para una escritura / sumergida en el smog y en la frialdad / de la época contemporánea.

Y en ese buscar la luz de la conciencia, o ese sol del mundo moral -como diría Vitier-, su poesía también se debate entre dar claridad, transparente legibilidad a las palabras, o caer en la tentación de las atmósferas alusivas, del lenguaje simbólico tan propio de la poesía y del lenguaje hermenéutico. Pero Morales sale airoso en su difícil intento de conjugar las dos tendencias, atemperándolas y reconciliándolas en sus versos, y logrando dotar a éstos, a la vez, de elocuencia y misterio.  

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Basilia Papastamatíu (Buenos Aires-Cuba) 

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La voz sin amo – Rodolfo Alonso – Premio Único de Ensayo Inédito de la Ciudad de Buenos Aires – Alción Editora – Córdoba – Argentina – 2006 – 204 páginas.

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Si como predicaba Stephan George, el poeta es llamado a dar testimonio de su presencia en el mundo, Rodolfo Alonso ha cumplido con generosidad ese deber, y no sólo con su propia obra, sino que acompaña a la prueba testimonial los documentos que sostienen tal testimonio, o sea el incesante asombro vital de sus lecturas.

Al leer las páginas de este libro uno comprueba de qué manera las lecturas que un hombre realiza durante su vida, llegan a constituir una verdadera auténtica, recóndita biografía. Quiero decir, los lectores somos también los libros que leemos a lo largo de nuestros días.

H. D. Thoreau requería a cada escritor que, tarde o temprano, hiciera un sencillo y sincero resumen de su vida. Rodolfo Alonso también ha respondido cabalmente a ese requerimiento y nos entrega, con generosidad inusual, las claves de su propia obra, con la integridad de su conducta como ser humano y como poeta. Al realizar el inventario de sus lecturas –-Rimbaud, Dante, Baudelaire, el digno Saint-Pol-Roux, víctima de la barbarie nazi, y tantos otros--- hace  también el recuento de su propia vida, sus experiencias en el placer y el esplendor de la obra de los demás, de la gloria de la lengua y de la dignidad de las palabras.

Un proverbio finlandés enseña que a medida que envejecemos rejuvenecen nuestros males. Si esto es cierto no lo es menos que, a medida que transcurren los días de nuestra vida, se acumulan los momentos felices que hemos vivido, las lecturas que han alimentado nuestros sueños, la certeza de no vivir en vano, nos dan un cobijo, dulce cobijo, que nos salva del olvido, que añeja y dignifica esos instantes, que son las verdaderas cifras de contar. Todos en realidad estamos solos, pero es el poeta el que desvela un fragmento de la verdad final de la soledad.

Rodolfo Alonso nos da una visión sesgada, digna y humilde de su propia vida a través de las páginas de otros, y eso, además de honrado, hace mucho más imprescindible y placentera su lectura.

El inventario de las meticulosas lecturas de que da testimonio Rodolfo Alonso nos hace pensar en las operaciones selectivas de la memoria, su entendimiento y su alma son como esas cribas en la que los buscadores de oro de la puna recogen las pepitas del puro metal en los torrentes de la cordillera, la arena cae, el oro queda.

¿Para qué cargar la memoria con lo que no sirve para nutrir, admirar y consolar el corazón? Y también nos hace pensar en la frase nostálgica de los Cahiers d’André Walter: “vivir profundamente aunque el  tiempo nos acose”. 

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Héctor Tizón (Jujuy) 

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De Raíz, Flor y Fruto – Nicasia Baunaly – Buenos Aires – Instituto Literario y Cultural Hispánico – 264 páginas. 

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Recibir un libro de impecable  impresión tipográfica, de una muy querida y reconocida poeta (escritora) tucumana, nos regala el placer de su presencia estelar y gozar de su poesía íntima, cósmica. “Sus versos son cristales armónicos, sus imágenes lucen delicadas pero poderosas. El efecto de sus páginas es de una engañosa llaneza de la que cualquiera podría creer ser autos. Basta sin embargo con intentar la redacción de una sola de esas páginas para librarse del engaño”. Lo dice con singular acierto Samuel Schkolnik al comentar la obra en la contratapa del lirbop. La tapa fue diseñada por Nicolás Maisano (h). cinco capítulos componen el libro: “Consolación”, “Rumbos interiores”, “Tarde o temprano”, Tiempo por su cauce”, Los ojos de la niebla” y en cada uno desborda todo su interior. Así, en “Esta historia no tiene protagonistas” en el ítem IV nos dice: “El hombre está cansado de tanto pasado, / la humanidad avanza apartando los huesos del camino / Todos los insepultos de la tierra gritan en otras bocas, / las multitudes están solas / y escuchan un silencio / cada vez más profundo y más terrestre. // La historia es esta caída que no termina nunca / quien trata de aferrarse a lo perenne ha enloquecido /…/ Quien busque redimir y redimirse, / quien sienta que no se salva de la sangre del otro, / quien se esfuerce en asir el corazón de los pueblos / y la lógica humana de la historia, // ya esperó totalmente su esqueleto en la niebla, / ya se quedó vacío / se murió de dolor y no lo sabe.”

En la evocación de su padre, resume en pocos versos toda su vida familiar.

“Te debo yo esta noche y este día. / Tú estuviste primero. / Hiciste el pan, la casa, el mediodía, / creciste el mundo, el gesto, la palabra, / y un día entre otros días / me invitaste a llegar. //…/”. También evoca a su madre: “Cómo decirte, madre, / ahora que te ahondas en la tierra / en tu oscura mortaja de raíces, / que estoy aquí, / buscándote entre cosas que supieron tus manos, / ensaya para mí una canción de cuna / o una sola palabra, la viajera, / la que venga de lejos, / desde la otra orilla de este río, / desde la otra orilla de esta endecha, // una vez más, esfuérzate en amarme, // (no me enmudezcas, madre, / que de eso, / se encargará a su tiempo la señora sin sueño).”

Nicasia Baunaly: “ha sido tocada con la gracia de transmutar la realidad en la sustancia del verbo”. No nos extrañaría que algún inspirado compositor pusiera música a sus versos. 

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Manuel Bande (Santa Fe) 

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Traiciones – María Isabel Clucellas – Editorial Metáfora – Buenos Aires – 2005 – 199 páginas. 

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Largos, interminables, desgastantes, los días se habían sucedido, inevitables, con su eterna ronda de noches, noches de insomnio, de impotencia, de espera dolorosa, inútil, estéril.

No. No fue así. Ella lo consignó como un hecho, una anticipación cierta de algo que no se produjo. Sólo un deseo, el suyo, un deseo inflexible, inclaudicable tal vez, pero sólo eso, un deseo.

Los renglones torcidos, piensa, después de resistirse durante varios días a creer en los hechos. Una defensa. El golpe que acaba de recibir es artero y muy duro.

¿Sería su destino sumar traiciones? Traiciones de sangre. Ahora, traición de los propios.”

Este fragmento de la novela Traiciones, de María Isabel Clucellas, es representativo del nivel de comunicación que la autora establece con sus lectores. Los hace vivir, compartir, involucrarse, acompañarla en cuestiones que, con singular destreza –manifestada anteriormente a través de Los que esperan, El jurisconsulto, entre otras- despliega ante ellos de manera auténtica y realista, dificultándoles el aislamiento del anecdotario básico indiscutible capturado entre redes netamente ficcionales.

A lo largo de Traiciones, se percibe la lucha de la protagonista contra el propio desaliento, la propia desilusión, y su denodado batallar contra una maraña de intrigas, difamaciones, inmoralidades, torpezas y codicia.

La anécdota enfrenta su compromiso ético, su obligación vincular, no sólo a los acostumbrados conflictos sucesorios sino a las dolorosas traiciones de su propia sangre.

Un enfrentamiento donde cada batalla ganada con apasionamiento se transforma en auténtica aflicción ante la pérdida de lazos afectivos.

Sin embargo el empeño de su personaje por no renunciar, por proseguir la lucha hasta alcanzar la satisfacción del deber cumplido, hasta alcanzar la paz con el mandato interior de su conciencia, bien pudiera constituirse en ejemplo a seguir ante otro tipo de conflictos. Y si algo de la personalidad de María Isabel Clucellas ha sido transmitida a su heroína en la ficción, no duden ustedes que, la suya, debe ser una naturaleza descollante. 

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Norma Segades – Manias (Santa Fe) 

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Áspero cielo – Jorge Isaías – Editorial Ciudad Gótica – Rosario – 2006 – 85 páginas. 

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Lo primero que me impresiona es la sobriedad, el despojamiento: ningún adorno, ni colores, ni imágenes. Junto a la sobriedad, la modestia: el nombre del autor, en letras pequeñísimas, apenas legibles. Un poco más grandes, pero tampoco demasiado, las letras del título, y nuevamente en letras pequeñas, el género. Casi imperceptible, la editora, apenas reconocible en sus siglas.

La contratapa, en cambio, me ofrece no lo que esperaría de la costumbre, es decir, algún comentario sobre el libro, sino la abrumadora biografía literaria del autor, premios y reconocimientos incluidos.

Hasta ahora, nada sé del libro, todo lo que las tapas me dicen lo sabía, y me pongo a pensar en el título.

Nada puede ser menos áspero que el cielo, pienso. En realidad, nada puedo saber de la textura del cielo, de su tacto posible o imposible, de su probable intangibilidad. ¿De qué asperezas me hablará este libro? Recuerdo vagamente otro libro que hablaba de asperezas, de otro autor, y no de poemas, sino de ensayos críticos, que se llamaba (lo traduzco, porque era en portugués, pero es casi idéntico en nuestra lengua) El áspero oficio. De oficios hablaba otro título, este sí de Isaías, eran los Oficios de Abdul, nada ásperos, en realidad. Jorge, por otra parte, y para volver con mi pensamiento al áspero oficio de la crítica, no ejerce la crítica escrita, en general, ejerce sólo la escritura poética, abarcando en ella sus relatos. Cuando ejerce la crítica,  lo hace en ese género hoy casi perdido y que deberíamos recuperar para este y otros ejercicios: la conversación inteligente. A todo esto, desde el momento en que recibí el libro y empecé a jugar con el sentido de sus tapas, hasta que pudiera abrirlo y leerlo, pasaron algunas horas, en que el juego se dio mientras me ocupaba también en otras cosas.

Cosa extraña a mis hábitos, leí los poemas unos tras otro, desde el primero al último, sin saltear ninguno, sin retroceder ni avanzar, siguiendo el orden de los números romanos que encabezan estos brevísimos poemas sin títulos. Los últimos, creo, ya los leí entrando en el sueño, y en realidad no sé si fueron leídos o soñados...

Me olvidé de que buscaba asperezas... y ese no fue el único olvido. Olvidé que suelo dormirme a las pocas líneas de lectura, olvidé que la lectura nocturna es un modo de no pensar en esa suspensión del tiempo que me asusta en la noche, olvidé (y es el más dulce olvido) que debía leer el libro para decir algo de él. Lo leí, simplemente, porque no pude dejar de hacerlo.

Del primero al último poema, el libro en realidad es un solo poema compuesto de 37 partes. Cada uno de los poemas que componen el poema puede, no obstante, leerse en forma independiente. Pero luego de leer el primero, que se abre con la imagen de una noche y su silencio, y en el silencio un largo gesto de amor, la lectura se desliza sinuosa, por los meandros de ese río que la mancha gráfica traza en el papel. Si lo áspero está en ese río, que es, como todo río, también un cielo reflejado o invertido, es la aspereza agridulce de una piel de durazno.

Puedo decir, de la primera impresión de esa lectura, que Áspero oficio es un poema de amor. Y el amor, lo sabemos, es un cielo levemente áspero...En medio de ese amor, que ama las lluvias y las estaciones, los pájaros y la mujer, el viento y los caminos, anda el poeta con “un andar en calma / como pisando vidrios...”(poema 10); anda “con un cuaderno / lleno de versos...” (poema 36)

De todas las imágenes que el poema-libro teje, minucioso trabajo de artesano ensayando las infinitas maneras de decir el amor, quiero quedarme con esa del poema 36. Sencillamente, como un niño que ensaya sus primeras letras, el poeta con su cuaderno de versos ensaya en colores sus arañitas... Con el cuaderno, lo imaginamos, va a todas partes, con el poema interminable que escribe a todas horas, hasta que llega a detener su gesto en el momento en que declara su rendición. El último poema, el 37, no el punto final sino la suspensión del aliento en el momento de tomar su cuaderno y entregarlo, se confunde con el momento total, la culminación de una búsqueda, la consumación del amor:

Un robledal / arde / en la lluvia / y entre tus piernas / soy el vencido feliz.

Nada puede ser menos áspero que el cielo, había pensado antes de leer el libro. Luego, al leerlo, sentí que el amor era ese cielo levemente áspero. Después de leerlo, pienso que la aspereza es sólo un artilugio del lenguaje, la falsa cobertura que las palabras fingen para la claridad: esas breves insinuaciones de desazón que en el poema se entretejen para hacer que no veamos a simple vista lo que brilla más allá, pese a todo desengaño. En el poema 25, recuerdo ahora, el que habla de la historia, el poeta nos ha hablado de las claves secretas, de la transparencia que opaca el entendimiento, nos ha dicho que “lo real no es lo que vemos”.

Si hemos recorrido la marcha fluvial de este encadenarse de poemas en un poema, hemos ido trazando con él un camino secreto. Más allá de lo que vemos está lo que el poeta ve. En nosotros está verlo. Intentar, al menos, ver, en ese trazo secreto, otro posible cielo. 

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Graciela Cariello (Rosario) 

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PÁGINA 12

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El profesor 

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Por Patricia Suárez (Rosario-Santa Fe) 

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Ellos llegaron cuando murió el Profesor Douglas. En la investigación hubo cierta confusión acerca de cómo ocurrió su muerte: la policía había encontrado arsénico en una alacena. Nosotras dudamos, entonces, del supuesto infarto que declaró el forense en el certificado de defunción. La gente se preguntaba qué motivos habría podido tener esa alma buena del Profesor Douglas para suicidarse, tan querido como era por sus alumnos, y con todo el respeto que le tenían sus colegas de la Cultural Inglesa, y nosotras meneábamos la cabeza de lado a lado y decíamos: Ningún, ningún motivo tenía para matarse.

Yo lo consideraba un hombre tranquilo. Y mi hermana Isabel le tenía cariño. Una vez que hablé con él, él me dijo:

-¡Ah, Lilián! En un crucero que viajara por el Caribe, yo hubiese tenido una propina de muchos dólares; hubiese sido un muchacho vanidoso. Habría estado siempre de viaje.

Después, cuando llegaron ellos, extraños como nos resultaron, nuestras preguntas se extinguieron igual que velas al fin de una jornada, y nos conformamos con pensar que tampoco el Profesor Douglas iba a quedar para semilla.

Al parecer, la señora que vino a buscar el cuerpo era su hermana. No vivía, sin embargo, en Nueva York, de donde era el Profesor, sino en Seattle, bastante más al norte y en la costa del Pacífico. Sabemos, gracias a las películas, que Seattle es un lugar donde siempre está lloviendo.

La mujer no era bonita; tenía pómulos altos, como una tártara. Su mirada era franca, frontal: estoy segura que esa mujer creía que los ojos son las ventanas del alma. Miraba como si creyera, verdaderamente, que a través de los ojos se ponían en evidencia los pensamientos.

El marido de la señora, en cambio, se nos fue borrando, con el paso del tiempo. Me quedó la impresión de algo gris, como de un día en el que las nubes se van juntando para formar la tormenta. Nadie, ahora, se acuerda bien del color de los ojos de él, ni tampoco quedó en nuestra memoria su color de tez, más allá de que era lo que uno podría llamar, caucásico. Ha pasado por entre nosotros como un fantasma. El apellido de él era Ferguson.

Se instalaron en la casa del Profesor. Isabel fue y les pidió algunos libros, de los que eran de él, en recuerdo. La dejaron elegir. Mi hermana se llevó cuatro. Las hojas de esos libros ya se estaban poniendo amarillas. Uno de ellos estaba subrayado con tinta negra. Decía algo así: "¿Te acuerdas, Ninón, de nuestro largo paseo por los bosques? No sé por qué, me acordé ayer tarde de nuestras viejas cosas, de aquella larga, larga caminata." Y más adelante: "¿Te acuerdas? Daban las once; la habitación, estaba apenas iluminada por una lamparita, sus débiles resplandores luchaban en vano, en vano con la sombra."

Los Ferguson no habrán estado, en total, más de dos semanas: para nosotros fue como dos años. Nos separaba de ellos nada más que una cerca de alambre y un roble cochambroso.

Por el olor a fritanga que nos llegaba a la mañana, dedujimos que ellos desayunaban como se ve en las series: huevo y tocino -que creo que es lo que acá llamamos panceta.

En general, al promediar el mediodía, la señora Ferguson salía con su cámara fotográfica y se metía, ya sea en el Richmon o en Los Inolvidables. Hay que pensar que esos son billares para hombres, y que los hombres que se reúnen en los billares tienen como un aire de marinos en altamar.

La señora Ferguson, forjada con el metal de los audaces, se metía en el billar, y entre los silbidos feroces de los hombres, los fotografiaba.

Supongo, claro, que ella se creía protegida por su flacura y por su fealdad, de la maldad de ciertos hombres.

Cuando salía del billar, se la veía alterada, semejaba un caballo corcoveando y con las dos manos en el aire.

El señor Ferguson la esperaba en la vereda, sudaba por entre las fibras del ambo de piqué, y suspiraba:

-Francés, please. (Él pronunciaba "please" como si "please" fuese una palabra muy larga.)

Y ella le sonreía:-Oh, Curtis.

Día a día repitieron las mismas palabras, y luego el sonido de los suspiros y las disculpas era apagado por el espectáculo del sol, cayendo detrás del río y de la isla.

Unas tardes antes de partir, la señora Ferguson vino a verme. Quería que yo le enseñara el nombre de los árboles de aquí. Eucaliptus, ceibo, palo borracho, paraíso, sauce. A lo mejor ella era botánica en su país. La palabra "sauce" le causaba risa. Pronunciaba "soz", "salsa", en inglés. Repitió las palabras hasta aprendérselas de memoria. Eran nombres de árboles que yo conocía y de los que había fotos en el diccionario que tenía Isabel. Después se fue. No recuerdo que me haya dado las gracias.

Al miércoles siguiente se habían marchado. Se llevaron las cosas que pertenecieron al Profesor, y dejaron la casa vacía.

Entonces, me di cuenta que yo había pasado mucho tiempo pensando en el Profesor Douglas.

Cuando vivía, él tuvo un cuzquito en un tiempo. Como a veces no podía sacarlo a pasear, lo hacía Isabel. Lo llevaba de la correa hasta la plaza y ahí lo soltaba.

Ella decía que lo hacía porque el Profesor era simpático y buena persona. El nunca le decía Isabel: la llamaba Elizabeth. Ignoro por qué. Yo creo que ella estaba enamorada de él; a ella no le importaba que él la llamara Elizabeth.

El perrito del Profesor usaba un collar muy fino, de cuero de antílope. Era gracioso: tenía una mancha negra que le cubría el ojo. El Profesor decía, decía que aquel perro era un hijo para él, y que, verdaderamente, el animalito le había enseñado que son más dignos de amor los perros que la gente.

Era el tipo de argumentos que Isabel detestaba oír. Escuchaba esas cosas y movía de lado a lado su larga cola de caballo negra como un giroscopio.

En aquel entonces, yo no entendía.

Al final, el perrito se enfermó de algo grave, no recuerdo de qué, y el mismo Profesor Douglas hubo de sacrificarlo. No vimos que él llorara.

Igual, después, hubo veces, en que él salía a dar la vuelta de manzana, solo: si se topaba con Isabel sabía decirle que desde que el bueno de Duke había partido de este mundo, él no se sentía la misma persona. Él, el Profesor Douglas, decía que se sentía como la cáscara de un limón, de un limón, así dijo, después que fue exprimido.

Me estuve acordando de las palabras del Profesor Douglas durante un tiempo, cuando su casa quedó deshabitada. Me vino a la mente una frase, de un libro que él le había prestado a Isabel. Decía "¿Somos acaso burbujas de jabón sopladas por un niño?"

Un día ella me lo dijo. Que él nos espiaba a través de la ventana, que ella sabía que él nos espiaba, a la noche, cuando dormíamos, y ella lo dejaba, lo dejaba porque, dijo mi hermana, así era como si él velara nuestro sueño. Ella jamás se hubiera atrevido a decirme que lo que él hacía era una perversión. Ya lo creo. Y sin embargo, yo me pregunté, algo después y para mis adentros: ¿qué es lo que él miraba cuando nos miraba en la noche? Él, el Profesor Douglas, ¿qué?

Miraría, tal vez, el camisoncito de batista blanca con pintas rojas que usa Isabel, lo habría visto subir y bajar a la altura de su pecho; habría mirado el brazo que deja caer fuera de las cobijas cuando duerme; habría visto esa sonrisa ingenua que ella pone en el sueño, y que, cada vez que la veo así, creo que finge dormir, lo creo verdaderamente. También, claro, me miraría a mí.

Después, mi hermana y yo pensamos en él un tiempo, en cómo era y en las cosas que él hacía. (Yo no lograba imaginarme al Profesor cruzando los alambres de la cerca para vernos; nunca había oído sus pasos, seguramente él tendría los pies de cera.) En el perrito, en Duke, también pensamos, ¡tenía aquella mancha tan graciosa! Nos preguntábamos, claro está, si en la lejana y lluviosa Seattle los Ferguson se acordaban de vez en cuando del Profesor Douglas como acá nos acordábamos nosotras. Después, ni eso.

El Profesor, el perrito, el señor Ferguson sudando al rayo del sol y su mujer flaca con ese aire de reloj de péndulo que le daba el tener la cámara de fotografía todo el día colgada del cuello, y las cosas que fueron, también cayeron en el olvido. El olvido tiene una boca tremenda. Ya ni en el billar piensan en la señora Ferguson. Pasó y desapareció como una sombra.

No sé siquiera si Isabel se acuerda de vez en cuando de aquel cuzquito del Profesor que ella solía sacar a pasear. Al fin y al cabo, pienso, ninguno de nosotros va a quedar para semilla. Y menos todavía, claro, menos todavía los recuerdos. 

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PÁGINA 13 – POETAS ARGENTINOS

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El oro de Irlanda

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En la pensión rasposa me sirven un huevo frito con

forma de corazón. Es Dublín

Estrecho pero tenaz, el Liffey tan verde, tan amargo,

serpentea.

Las comisuras de los labios degustaron la última línea

de cerveza. La camarera regresa a casa que no es

Tiflis donde fue banquera diez años sino este suburbio impronunciable pródigo

en kas, intolerancia y sonidos

guturales.

En Dublin amanece primavera en las ovejas recién

paridas y los tojos estirados a más no poder.

Y sollocé ante la abrumadora belleza del Niño

rubicundo del Ucello.

Para dormir atiborrarse de mística porque la noticia es

el nuevo evangelio de los seguidores del Iscariote,

donde, según la fuente el propio Cristo predijo a

Judas, “sacrificarás al hombre que encarno”.

El franciscano que me bendice desde su eczema

porque es domingo de ramos cuenta que estuvo 40

años en wonderful zimbabwe declara que el

susodicho gospell es falso, falso, falso oh yes

Mi Ucello de su cielo se encoge de hombros: -qué,

pero qué nos importa! Seguí caminando por la línea

de la vida, sin apuro, nena, pero seguí.

Gracias por el resplandor, por los leprechauns tan

traviesos que por fuera desordenan las cacerolas y

por dentro los sueños más densos. Siempre con

estrépito.

Anacrónico, el granizo confunde a los junquillos del

lindero.

Soy torcaza migradora y querendona y mi corazón

se merece el oro de Irlanda

Tomé contacto por primera vez con el arpa irlandesa

en una pesadilla antigua y cochambrosa: Arpas

innúmeras tocaban al unísono lamentándose de

algo que hasta hoy mejor no saber.

Un baturrillo de osamentas martirizadas, cruces,

cadenas de hierro y de oro, maderamen podrido de

celtas, druidas y vikingos abonan la capa más

insensata de esta tierra.

El tesoro que custodian los leprechauns es ilusorio

porque a las pocas horas se evapora.

¿Y que nos queda entre las manos?

Tomar el pulso con delicadeza al trébol y auscultar

Ausucultar el cielo. 

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Luisa Futoransky (París-Buenos Aires) 

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¡Felices Fiestas! ¡Felices Fiestas! 

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Esa tarde eran siete

cuatro varones y tres niñas

jugando a la mancha sobre el montículo. 

Después de un largo rato

transpirados de cansancio

cuando el sol brillaba sobre latas vacías de tomate

sintieron voraces mordidas en el estómago

y se sentaron a buscar algo comestible. 

Natalia, la mocosa de cinco años

la de piernas como palitos de helado

encontró un pedazo de guirnalda dorada

la enlazó formando un efímero corazón brillante

y le gritó a sus amigos:

Felices Fiestas!!, Felices Fiestas!!

y rió con picardía

como un esmirriado ángel de alas rotas. 

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Aldo Novelli  (Neuquén) 

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Septiembre.

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Caminos van de mí

hacia la mañana.

Yo tejeré de nuevo

en los telares del aire

los lúdicos tapices

y evaluaré los ritmos

del color y la risa.

Porque soy habitante

de toda la primavera

no temerán mis manos

edificar su parcela de luz

frente a la muerte. 

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Osvaldo Pol (Córdoba) 

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Tracción a sangre. 

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cargo en mi cuerpo una mujer inválida que baila cuando duerme

trenza el cabello blanco de la muerte para ganarse su favor

como una novia ciega que deba conformarse

con la corta memoria de sus dedos

                               despierta cuando miente

lleva un cascote atado a la correa de la lengua

va removiendo un surco tras de mí

una continuación que me persigue como una cola de chatarra

                               se enciende cuando callo

cargo su enfermedad en la penumbra de mis huesos

                       su equipaje de anemia

                       su andamiaje de circo

la quiero al otro lado pero el puente se ha roto

la primera mitad no le interesa

la segunda es negada

vuelvo sobre sus pasos cada noche

para ocultar la huella cada día

como el guardián de un ancla que se oxida

un perro encadenado a un desierto de vidrio

lamiéndose la sombra 

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Laura Yasán (Buenos Aires) 

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La bala perdida.

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Vibra en la contingencia,

y es casual, improbable,

aleatoria, fortuita.

Nadie sabe su origen,

la fuente o arrebato que la impulsa;

acaecer absoluto,

triunfo y esplendor de lo instantáneo,

una bala perdida atraviesa los jardines,

destroza las ventanas, desbarata la siesta,

los gestos, las conversaciones.

Aunque es favorita del azar,

y ambiguo su destino,

ha elegido su meta,

y sin ira, sin odio, sin amor, sin tristeza,

llega certeramente al corazón.

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Máximo Simpson (Buenos Aires)

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PÁGINA 14   

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Dos dientes plateados 

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Por Irma Verolín (Buenos Aires) 

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Yo no sabía que a mi abuelo sólo le quedaban dos dientes que eran el sostén de sus otros dientes artificiales, pagados por él mismo en una dependencia del Servicio Social. Mi abuelo jamás había hablado de sus dos últimos dientes con orgullo o sin orgullo. Sencillamente se había acostumbrado a llevarlos pegados a la encía y cubiertos de metal plateado. Empezó a hablar de ellos por primera vez cuando sintió que se le movían y lo fastidiaban. Sí, los dos dientes se le movían mucho dentro de su boca roja y húmeda, especialmente cuando masticaba. Y en el vaivén se le movía toda la dentadura que había sido enganchada a los dos dientes de metal cuando los dos dientes no eran aún lo que terminaron siendo: dos temblequeos que a veces brillaban. Vaya a saber cómo un buen día mi abuelo dedujo que lo mejor que podía hacer era quitárselos. Sucedió durante la hora de comer. Así se lo dijo a mi abuela, secamente, sin rodeos, y con tono de decisión final. Después enarcó las cejas y corrió con suavidad el plato hacia el centro de la mesa. A mi abuela ese gesto tan típico de mi abuelo, le provocaba tirria, porque quería significar lisa y llanamente: no más comida por hoy. Para mi abuela que alguien no dejara el plato limpio era poco menos que un desprecio al sentido primordial de su vida. Lo cierto es que mi abuela se quedó mirando el plato a medio vaciar sin decir esta boca es mía. Y no se habló más del asunto.

Los dos dientes plateados continuaron moviéndose dentro de la boca de mi abuelo arrastrando en su vaivén a los artificiales, que se defendían bastante bien porque estaban unidos entre sí. Y, por si esto fuera poco, además estaban sujetos por un paladar rosado, muy rosado, de ese color con que se pintan las flores que ilustran los almanaques y que contrastaba con el color natural de la boca de mi abuelo, hecha de carne rojiza, de esa carne bien rojiza y resbalosa que todo el mundo tiene en el interior de su boca.

La mañana en que fuimos al consultorio del dentista llovía. Mi abuelo entró en el taxi como si entrara en una cueva. Yo lo ayudé a doblar la cabeza y los tobillos para que su cuerpo se plegara. Enseguida vi su torso acurrucado, blandito, en el asiento. De inmediato el taxi arrancó. La lluvia platinaba el asfalto y los techos niquelados de los automóviles. El taxista escuchaba la radio, parecía atento, interesado en lo que decían esas voces bien templadas. Le imaginé los ojos soñadores. En la radio alguien hablaba del mundo, de ese dichoso mundo desquiciado del que mi abuelo se iba retirando lenta y astutamente gracias a la estratagema de envejecer. El taxista movía la cabeza para asentir o disentir mientras la lluvia continuaba cayendo y mi abuelo se dejaba llevar con sus dos dientes puestos.

Antes de que mi abuelo se sentara en el sillón, el dentista lo miró de arriba abajo. Enseguida dijo:

- Anestesia a un hombre tan anciano yo no le pongo- y se cruzó de brazos.

Cuando mi abuelo abrió la boca descubrimos que, además de los dos dientes plateados, tenía una llaguita. Era una llaguita insignificante con los bordes de hilo blanco. Mi abuelo cerró la boca y el dentista dijo:

- No.

Al darse cuenta de que tendría que volver a su casa con los dos dientes puestos, mi abuelo se puso a hacer pucheros.

Volvimos en otro taxi escuchando otra emisora de radio. Y de nuevo la lluvia. El taxista, que giraba continuamente la cabeza hacia atrás para darle a nuestra conversación un toque más íntimo, tenía una expresión dura en los ojos. No dejó de darnos consejos sobre la higiene y la anestesia bucal ni de jactarse de no haber pisado jamás el consultorio de un dentista. Si le dolía una muela él se arreglaba solo. Eso dijo. Y lo recalcó tres veces. Los dientes se le caían de pronto, así, inesperadamente, y después tenía que vivir con las raíces dentro de la encía y soportar el dolor. Pero ir a lamerle el culo a un dentista, nunca, a Dios gracias, por lo demás estaba bien conforme con su vida, terminó diciendo el taxista sin dejar de mirarnos intermitentemente con sus ojos inexpresivos.

A mi abuela la descorazonó muchísimo ver todavía los dos dientes tambaleantes dentro de la boca de mi abuelo. Hablamos de la llaguita. Hablamos por hablar, para decir algo, pero el tema se agotó enseguida. Fuera de su ubicación cercana a los dos dientes y de su borde blanco poco quedaba por decir. Entonces mi abuela se puso a preparar sopa y papilla. La vi manotear con una arandela de plástico y con el delantal marrón que, a esas alturas de la vida, estaba plagado de manchas indelebles y tenía roturas que nadie sería capaz de explicarse. Después mi abuela y yo hablamos de los buches con “Filocin” mientras mi abuelo se iba aflojando y aflojando en la silla porque se caía de sueño.

- Abuela –dije- hay que llevarlo a la cama.

- Sí –contestó ella- Fijate, parece un flancito.

Yo me figuré que, poco a poco, desde la silla, mi abuelo iba a ir resbalándose por el mundo hasta desaparecer.

De repente mi abuela dijo:

- Si en vez de aflojársele el cuerpo a este hombre, se le aflojaran de una vez los dos dientes, esa sí que sería una gran suerte.

Yo moví la cabeza hacia delante y me acordé del taxista y de sus ojos soñadores. Y de la lluvia. También me acordé de que la lluvia hacía brillar el mundo, como seguramente estaban brillando ahora en la oscuridad de la boca cerrada de mi abuelo sus dos dientes y el hilo blanco de los bordes de la llaguita que acabábamos de  descubrir. Enseguida, en un ramalazo de la memoria, volví a aquella tarde remota en la que con las piernitas sueltas en la silla de comer, me balanceé con entusiasmo. Mi abuelo, con cincuenta años, sonreía desde un rincón. Una de mis manos apretaba el sonajero, la otra estaba suelta en el aire.  Me balanceé con mayor fuerza hacia delante, hacia atrás, hacia delante, buscando que la sonrisa cómplice de mi abuelo se ampliara más y más. Una, dos veces, y otra y otra y entonces en el mismo instante en el que vi levantarse a mi abuelo con los brazos extendidos y la cara roja de susto para socorrerme, caí de boca. Después vi un charco de sangre con mis dos dientecitos nadando en aquel mar rojo, y me puse a llorar a los gritos sin sospechar que más allá me esperaban los dentistas, los taxis, la vejez, la lluvia, el mundo. 

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PÁGINAS 15  

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Todo perdido menos el honor 

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Por Carlos Roberto Morán (Santa Fe) 

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Dijo "loro" en vez de "coro" pero no lo advirtió y siguió leyendo la invitación para el acto del viernes, aunque "loro" en vez de "coro" modificaba totalmente el sentido de la frase y además de carecer de sentido se había vuelto un texto cómico. Tanto que el operador se rió a carcajadas y llegó a golpear el vidrio que lo separaba de la locutora. Diana quedó sorprendida y descolocada, pero como el operador podía reírse hasta de las moscas que volaban no le prestó atención y siguió con la lectura de la tediosa tanda de avisos en la tediosa noche de la tediosa ciudad.

Después, al final, bostezó. Estaba cansada y con la incomodidad de la menopausia, del peor turno que el desagradecido, porque de qué otra forma definirlo, de Mariano le había asignado y del miedo que le daba la noche. "Imaginate, yo sola y con todas las cosas que están pasando". Pese a lo que podría creerse de sus palabras no exageraba, había mucha violencia y mucha iniquidad en la noche de la ciudad y además era cierto que vivía sola y que no sabía manejar y aunque lo supiera no tendría seguridades de llegar sana y salva a su casa, distante bastantes cuadras de la radio, a esa hora, en la noche boca de lobo, en la noche en el que el mundo entero se pone a aullar.

Por la noche, precisamente, se ve obligada a tomar un taxi. Contesta con monosílabos al taxista porque piensa en Mariano. Tenía ¿dieciocho años? cuando lo conoció, flaco y tímido y vacilante, se tragaba la mitad de las palabras, no acertaba ni para abrir una puerta. Curioso, eso sí, y obcecado, también. Pero Mariano creció. No quiere pensar en eso, en la extendida soledad de la casa ahora sí que no quiere pensar en nada, toma whisky, mira por la ventana la desolación y el peligro del parque, no quiere que la llame Nelly de nuevo, tampoco Orlando, porque sólo contarán amarguras y achaques de la edad. Y del único que quisiera recibir un llamado, mil llamados, "¿estás cómoda?", nada recibe porque ya nada de Héctor puede recibir.

¿Por qué se habrá reído esta vez el operador? El muchacho, tatuajes en los brazos, miraditas despreciativas, no le dijo nada, pero la saludó con evidente sorna cuando a través del vidrio ella se despidió con un ligero movimiento de la mano. Quizás se volvió a equivocar, se sirve el segundo vaso de whisky, era probable, la ley de probabilidades existía y operaba en su contra, como un tribunal dispuesto a condenar de antemano. El parque se cierne sobre ella y lo mejor es correr las cortinas e irse a dormir. Sí, tomar el Valium e irse a dormir de inmediato sin pensar en Mariano, en el furcio que pudo haber cometido o sin pensar en Héctor, que no la puede llamar más. Jamás.

No quiere pensar en el furcio, en Mariano, en el festival, pero piensa. En el parque enorme y grande como boca de lobo, pero también piensa en él, en las sombras furtivas que cree ver o que sólo existen en su imaginación, tercer o cuarto vaso de whisky, un chorrito de agua y algo de hielo y nada más y no pensar. En Héctor, no pensar ni un segundo.

Fue al decir "¡con nosotros!", brillo de su voz y brillo de las estrellas en el cielo generoso del verano, el espejo brillante de la laguna, los miles y miles y miles derramados por la costanera y en los puentes, sobre los canteros, todos para escuchar a esos muchachos de pelos largos y ondulados y voces aterciopeladas que destruían la música nativa a base de bolero y miel y que arrasaban en las bateas de las disquerías, que su voz, por primera vez en toda su puta y larga carrera, se quebró, se volvió un grito de histérica, se quebró con tanta fuerza que fue como romper la más espléndida copa de cristal de Bohemia delante del rey.

Porque el rey, que era el vasto público extendido en el paseo, lanzó el rugido de su rebelión, más bien de su indignación, imitó el "¡nosotros!" dicho con voz de bruja, de caricatura, se rió de manera vulgar, remedó su forma de pronunciar y de inmediato se burló de su vestido verde y de su (excesivo) compuesto peinado. La puso tan en ridículo que no pudo evitar los errores al decir los nombres de las canciones y entonces Tito, el joven animador de brutal saco violeta, la sacó del escenario con un gesto galante pero más que eso pendenciero y quedó dueño del lugar, seguro de sí, controlando al monstruo.

Cuando bajó a la calle, al sector donde estaban los técnicos que la ignoraron, tropezó con la mirada helada de Mariano. El Mariano en el que quiso, fue un instante, buscar sus brazos comprensivos y protectores aunque se contuvo en el límite porque pudo ver a tiempo su rabia e indignación y escuchar, como jamás pensó que iba a hacerlo, el "andate", dicho entre dientes, como navajas que salieran de su boca.

Mejor no pensar. Si Héctor estuviera acá, pero Héctor es otra sombra furtiva que se desplaza por la casa, "te vamos a mantener en el plantel", le faltaba poco para jubilarse, con una pensioncita de mierda, pero pensión al fin, así que aceptó lo que decidió Mariano, la recibió en su nuevo despacho de director artístico. Aceptó la humillación porque no había otra puerta que abrir.

Mariano cumplió con la promesa de no echarla, pero se terminaron para Diana todas las farras, la congeló en el horario nocturno donde recibía llamadas de viejas y viejos oyentes que le decían que con ella se había cometido una verdadera injusticia. Cuando se lo dijeron por cuarta vez, empezó a patinar, a producir leves modificaciones en los textos que debía leer que los volvía tan absurdos como cómicos. Eran deslices de la lengua que ella no advertía y, claro está, no podía contener pero que producían risas estentóreas en la consola y furias incontrolables en Mariano. A quien cuando le quiso recordar cuánto lo había ayudado no sólo que no lo dulcificó sino que sólo logró enfurecerlo más.

- No te debo la vida, bastante te pago con no dejarte en la calle. "Dejarme en la calle", eso sí que no lo podía soportar. Tampoco la casa, que se estaba desmoronando, hoy una canilla que no cierra, mañana el techo que gotea, allí la mancha de humedad, aquí el tapizado del sillón que no puede cambiar. No lo puede soportar, sexto o mil vasos de whisky, siente ruidos diversos, el parque los produce cuando el viento mueve los árboles, cuando las sombras furtivas se deslizan de un lugar a otro. Aúlla la noche.

Y nada más. Esta noche se volvió a equivocar, no sabe en qué, no sabe que dijo "loro" en vez de "coro" y que cambió el sentido y que había hecho un chiste, una broma que terminaba siendo ligeramente procaz. Lo que sí sabía, más allá del alcohol, que le alteraba los sentidos y las proporciones y en parte el entendimiento, es que -puntual- la equivocación llegaría a oídos de Mariano y que vaya a saberse si ese cuarto error registrado en otros tantos días no terminaría en un apercibimiento. O en el despido. Es simple, tan simple como recortarse las uñas, una tijerita filosa en forma de telegrama y a buscar a la gente joven que brilla y no se equivoca.

Héctor hace ruidos en la habitación de arriba. Héctor nunca tiene en cuenta... Pero los mil whiskys no la habían terminado de embotar: el miedo la paraliza, ella está sola, ah, tan sola, tan cruel y definitiva y terminantemente sola que no hay Héctor en el mundo que pueda hacer ruidos, como alguien los hace, en la habitación del primer piso. El parque aúlla.

Se encuentra en la planta baja, a un metro del teléfono. A un metro de la policía, de Orlando o Nelly, de Mariano. A un segundo de pedir compañía, auxilio, comprensión. El ruido del piso de arriba se acentúa. Está a un segundo, la mano se estira hacia el teléfono que parece apurarla, todos vendrán en su ayuda, a sacarla del apuro, tendrá al fin brazos comprensivos que le darán calor. Está a un segundo, dijo "loro" en vez de "coro", gritó con voz de lechuza "¡con nosotros!" y el Tito de brutal saco violeta la sacó del escenario.

Su mano se detiene y en cambio vuelve a servirle un whisky generoso. Se sienta en su sillón favorito, bebe con lentitud, aprobando el buen gusto de la cara bebida, todo perdido menos el honor, como decía la vieja publicidad. Un nuevo ruido. Queda esperando. 

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PÁGINA 16  

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Arturo Marasso 

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Por Carlos Penelas (Buenos Aires)

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 …los poetas hablan en otra lengua  Arturo Marasso 

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El libro es símbolo del universo. Desde la soledad - dolor  y estigma del hombre - descubrimos la contemplación, el conflicto del ser, el drama de la decadencia social, la oculta trama del ojo interior de la palabra. Una obra de arte indica temporalidad pero al mismo tiempo inaugura otra temporalidad. La enseñanza es ad hominen, debe ser dirigida  a cada uno de los alumnos. El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa, escribió Holderlin. Hablar sobre Arturo Marasso, es en el fondo, acercarnos a una estética de la sensibilidad, a un adiestramiento de los sentidos.

Nació en Chilecito, provincia de La Rioja, el 18 de agosto de 1890.  Desde muy joven se vinculó con las actividades docentes de la Facultad de Humanidades de La Plata. Mostró siempre inclinación por una crítica erudita, atenida más a la compulsa de las fuentes y de las influencias que a la valoración de las obras literarias. Hesíodo en la literatura castellana, 1926; Píndaro en la literatura castellana, 1930; Rubén Darío y su creación poética, 1934; Cervantes, la invención del Quijote, 1954; son los principales aportes de Marasso a la crítica. Varios libros de poemas ha escrito Marasso desde el inicial Bajo los astros, publicado en 1911; Tamboriles, 1930 y Melampo, 1931, pertenecientes a la etapa de madurez, revelan por sus solos enunciados la versatilidad de su universo poético. Tamboriles, remeda los aires populares riojanos; Melampo es un extenso diálogo sobrenatural de reminiscencias helénicas. Una Antología poética, editada en 1951, recoge composiciones de los siguientes libros: Bajo los astros; La canción olvidada; Presentimientos; Paisajes y elegías; Retorno; Poemas; La rama intacta. Luego publicará Poemas de integración, 1961.

Debemos recordar su amistad con los compañeros de su generación, César Carrizo, Artemio Moreno  y otros riojanos. Un comprovinciano, Salvador Moreno Muñiz, le arrebatará los versos y  los entrega a una imprenta en Buenos Aires: aparecen en un librito titulado Bajo los astros, 1911. En 1912 Jorge Luna Valdés, también comprovinciano, le dice que Joaquín V. González lo invita a visitarlo. 

A los importantes trabajos mencionados debemos agregar la  Antología de la poesía lírica española (1953) y Estudios de literatura castellana (1955). Fue profesor de la Universidad de La Plata entre 1915 y 1945. Fue, además, uno de los miembros fundadores de la Academia Argentina de Letras y su primer secretario, miembro correspondiente de varias academias, entre ellas de la  Real Academia Española. Muere en Buenos Aires en 1970. Dejamos sin citar otras actividades y antecedentes biográficos y bibliografícos.

En más de una ocasión intenté conjeturar sobre el significado que para mí tuvo el conocimiento de este gran maestro, su percepción poética en mis trabajos, la intuición de lo desconocido. Confieso que me siento agradecido y orgulloso. Lucas Moreno, Luis Franco y Héctor Ciocchini - en ese orden - me hablaron de su sabiduría, de su bondad, de su mirada poética. Y también ellos me guiaron en la dimensión humana de la anécdota. Con el tiempo fui rescatando signos y recuerdos, la misteriosa fuerza que atesora su palabra, la sostenida emoción, la intimidad de la emoción.

Fue Ciocchini quien me inició en Marasso. Él me hizo recorrer y descubrir la significación de sus clases y de sus investigaciones, amar con respeto religioso cada texto, los secretos del lenguaje, la inefable admiración por los clásicos. Marasso es el maestro que nos guía con sentido demiúrgico, desde Ucello hasta la revelación inesperada de un mundo vegetal con todas sus metamorfosis. En La mirada en el Tiempo o en El libro de Berta aborda, con una prosa de extraño abandono, lo simbólico y ancestral.

Como verdadero humanista fue un hombre preocupado por el problema estético y moral, por la energía del universo, por una erudición difícil de comparar. El poeta parte de la Naturaleza, de su lugar natal. En su biblioteca, recordaba el poeta Ciocchini, encontrábamos textos de diversa índole, desde los pitagóricos hasta de ciencia mineral. La analogía de la conducta animal con el hombre es una constante preocupación De allí va descubriendo en la literatura las huellas, la mediación hacia el mundo inteligible. Lo hace desde su concepción panteísta, es un conductor de abismos y de luz, de la apariencia de lo múltiple a la unidad, de la apariencia y la realidad ordenadora. Su incursión en el mundo griego asombra por su diálogo con el silencio, por la contemplación, por su sensibilidad helénica. Junto a él comprendemos el destino de los dioses pero también el de los hombres, la revelación de la naturaleza humana. Su palabra ilumina las obras grecolatinas pero también nos presenta con lucidez  y conmoción universal a Cervantes, Góngora, Darío, Mallarmé. La profunda familiaridad con los grandes textos apuntan a la percepción crítica, a la aristocracia de cada palabra, al ángulo donde debe contemplarse cada obra. La fineza de su ser irradia musicalidad, explora  imágenes, la elegancia, la hondura conceptual. “En el abandono escucho”, repite una y otra vez. Sabe que los poetas nos hacen recobrar la memoria: “tenemos la seguridad de que ya lo conocíamos”, dice Marasso de Amarilis. Este reconocer es adquirir el sentido de lo creado. Lo sustantivamente helénico lo descubre en el espectáculo de la vida, en la identidad de cada cosa, en las interpretaciones de  un trabajo espiritual profundo. Su poesía trasluce esta hondura vital, la inteligencia de los mitos, la complejidad y lo sagrado.

Arturo Marasso transmitía una fe inquebrantable en la tradición, es decir, cada hombre puede compartir un manantial inagotable del saber y de la vida; y lo enseñaba desde el tempo de la creación poética. Todo lo que decía, distraídamente o por azar, generaba admiración y asombro. Solía hablar del “árbol cósmico”. Así nos dice: “Cada ser que siente ve la historia relacionada con la formación de la esfera de la manzana”. 

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El apepú 

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Por Amanda Pedrozo (Paraguay) 

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No es que Toma'i fuera mudo ni escaso de entendimiento. Pero andaba por el mundo como pandorga sin liña. Terminaron por dejarlo en el único lugar capaz de calmar su llanto y esos gemidos como de deudo de muerto. Entonces instalaron al niño frente a la máta de apepú, y desde ese momento todos pudieron desentenderse de su presencia sin gran esfuerzo. Tardes hubo en que el mita'i  se negaba a entrar a la casa. Lo sabían por el silencioso estironeo que los ponía fuera de sí, lo sabían al ver que el enojo le rompía en dos el moco de la cara.

Poco tiempo pasó para que dejaran de esforzarse por quererlo, lo que hicieron sin sentimiento de culpa porque en eso se apoyaban unos a otros y después de todo el niño parecía no querer a nadie. Su delirio acabó con toda la paciencia que había en la casa de una sola vez. Se cansaron verdaderamente y mediante eso Toma'i pudo tenderse en paz los días enteros junto a la planta, sobando con sus deditos el nacimiento de las raíces, sin que nadie perdiese los estribos por eso. La desidia familiar había llegado hacía rato al colmo, pero él parecía agradecido cada vez que olvidaban meterla a la casa cuando llegaba la noche. La abuela Tomasa era la única que se pasaba los días persiguiendo con los ojos la obsesión de la criatura. La abuela Tomasa vivía llena de humillaciones y miedos. Se sentaba en su corredorcito en una hamaca. Se hurgaba la nariz, armaba su rodete con ayuda de un aropi de oro que cuidaba más que su vida o frotaba por sus piernas ensumidas un pedazo de grasa de gallina que nadie más que ella podía tocar. La abuela Tomasa cayó en desgracia desde cierto rapto de taradez que tuviera como fruto de los cuatro vasitos de licor de huevo que se tomó sin respirar en memoria de tío Ceferino, quien murió pidiendo que le acercaran un traste de mujer para no irse al otro mundo con las ganas. Fue cuando eso que la familia aprovechó para confinarla a una piecita en el fondo del patio, y jamás volvió a tomarla en serio aunque ella no volvió a reírse en toda su vida.

A medida que los otros se las arreglaron para no acordarse más de la molestia, Inocencia Socorrida enloquecía de pavor cada vez que veía a su hijo prendido a la planta de apepú. Le corría por la mente la idea de cortar el árbol pero las cuatro veces su intención chocó con las manitas llenas de tierra de la criatura. Inocencia Socorrida terminó haciendo la señal de la cruz cada vez que veía desde la cocina a Toma'i prendido al árbol de sus pesadillas.

La abuela Tomasa miraba cuanto iba aconteciendo y cada vez el rodete le salía más apretado y tenía que pasarse más veces el pedazo de grasa de gallina por las piernas ensumidas si quería contentarse. El apepú ese año reventó de flores y era tan intenso el olor en esa parte del patio, que únicamente Toma'i era capaz de aguantarlo. Juntaba minuciosamente los pétalos blancos que caían en círculo y reconstruía flores sobre las raíces del árbol. Mientras duró el tiempo de las frutas Toma'i se alimentó exclusivamente de la pulpa y hasta las hojas, lo que alivianó a todos del trabajo de llevarle de vez en cuando algo que comer y tomar. A medida que las manos se le quedaban amarillas y agrias el niño fue centrando su silencio y cuando la abuela notó su desesperación se instaló del todo en la hamaca esperando lo que había de pasar sin falta.

La lluvia del Viernes Santo comenzó con un rayo que echó abajo la planta de apepú, momento exacto en que abuela y nieto llevaron corriendo su ansiedad hasta el árbol arrancado de cuajo. Toma'i empezó a cavar con apuro en medio de un llanto que le corría a chorros por el alma y que sólo la abuela podía ver porque era como si tuviera memoria de esas cosas desde antes, hasta que sus manos amarillas y agrias sacaron del todo la cajita de madera podrida que tenía dentro un poquito de tierra y unos cuantos huesos como de paloma muerta.

La abuela Tomasa se acostó esa noche tranquila por primera vez, después de acunar entre sus brazos a Toma'i para irle contando con esmero aquella vieja historia familiar que terminaba con un angelito enterrado en una cajita de madera, hasta esa lluvia del Viernes Santo que comenzó con un rayo.                                                                         

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El pozo. 

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Por Ángel Balzarino (Rafaela) 

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A pesar del cansancio, siguió hundiendo la pala con el mismo ritmo. Lento. Mecánicamente. Como lo había hecho por primera vez, dos días atrás, cuando se produjo la denigrante y jamás pensada rendición de las filas patriotas y entonces los otros, los enemigos que habían soñado y jurado destruir con mayor rapidez y facilidad que aplastar una mosca, se revelaron imponentes y soberbios, dispuestos a emplear un despótico rigor sobre los prisioneros como él. Sí. El peor trabajo. El que nunca imaginé ni hubiera elegido. Sin alternativa para sublevarse. Como tampoco pudo hacerlo aquella tarde cuando llegó a la casa la nota escueta, rotunda, extremadamente fría, que lo urgía a presentarse en el Regimiento del Ejército. Aunque la perspectiva de participar en un conflicto bélico lo sacudió con violencia, procuró mantener la calma para desvanecer el temor que se había apoderado de sus padres y, sobre todo, de Julieta, incapaces de aceptar la idea de tan súbita separación. Será por unos días. Todo se arreglará muy pronto. No logró esgrimir otro argumento, tanto por la necesidad de aferrarse a esa esperanza, bastante débil y nebulosa, como por impulso de la fuerza y seguridad que pretendía trasmitir a través de cada palabra el teniente Bertoldi. La patria está en peligro. Debemos defenderla. Sin miedo ni vacilación. Hasta destruir completamente al enemigo. Probarle nuestra capacidad de lucha. No llegó a sentirse contagiado por semejante fervor, como tampoco la mayoría de los muchachos que ascendieron con él al avión para marchar al frente de batalla en la remota zona austral; más bien el miedo, cierta desorientación y hasta un aire de velada impotencia los embargó cuando padres, hermanos, novias, agitaron los brazos en señal de un saludo que no hacía presentir una separación breve ni pasajera. Parece la despedida final. Como si ya nunca volveremos a vernos. Después, sobrellevando con extrema dificultad el azote del frío, sin llegar a saciar el hambre con la comida escasa y desabrida, debieron superar cualquier gesto de flaqueza y, por imperio de frías disposiciones, armarse de vigor y resolución para cumplir el deber ineludible de echar de las islas a los aviesos invasores. No. No será tan fácil ni terminará tan rápido. La certidumbre creció con la voracidad de un cáncer en el curso de los días, atenuando el optimismo que los mandos superiores pretendían insuflar sobre una pronta victoria. La caída de incontables compañeros acentuó el progresivo pánico ante el poder destructivo de las fuerzas enemigas. Para no caer en el desánimo o tener tal vez bruscos ataques de locura, procuraba evocar sitios familiares, rostros queridos, en una febril tentativa por recuperar todo aquello que había integrado su mundo y ya consideraba remoto, casi perdido. Julieta. La soledad parecía tornarse más aguda cada vez que la recordaba, golpeado por el hecho desgarrador de no poder tenerla entre los brazos, acariciarla, besarla. Hundió la pala en la tierra. Una y otra vez. Ahora impetuoso. Frenético. No por el deseo de acabar cuanto antes el pozo, sino como una forma de apartar el asedio de recuerdos perturbadores o, más bien, para descargar la dosis de rabia, terror, desesperanza. Vanamente. Lo supo con desoladora claridad. Porque ya resultaba demasiado tarde para evadirse de esa especie de trampa. Sin alternativa de elección y obligado a cumplir una disciplina estricta, se había visto precipitado a intervenir, sin preparación y escaso armamento y arrebatado de miedo, en una pugna que de antemano parecía destinada al fracaso. Como si se tratara de una broma macabra y nosotros fuéramos simples muñecos de trapo convertidos en el blanco del ataque de ellos. Desesperado por ser parte de un rebaño que, obediente y sin capacidad para armar una sólida defensa, se afanaba por sobrevivir en desigual puja. Por eso no le sorprendió la rendición. Cayendo prisionero, se vio sometido a reglas que los otros, enseñoreados por el triunfo, se encargaron de hacer cumplir con recia determinación. Sin piedad. Soberbios. Y así le había tocado apuntalar edificios deteriorados por los bombardeos, limpiar los escombros que cubrían los caminos, excavar la tierra para sepultar a los muertos. El peor trabajo. El que jamás hubiera querido hacer. Sobre todo por tratarse de los amigos con quienes había compartido la lucha, el temor, la desolación. Al fin, exhausto, advirtió que el pozo tenía el tamaño de tantos otros. Como lo exigían sus captores. Entonces el grito le hizo volver la cabeza. Notó la firme actitud del soldado que lo vigilaba. Sí. Este es para mí. Lo comprendió súbitamente. Mientras el fusil vomitaba fuego. 

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OTRA CAMPANA POR LERMO  (O de las importancias del maestro vivo) 

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Por Miguel Ángel Federik                     

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Iba decidido a enojarme con él, a preguntarle por qué o de dónde... Al fin de cuentas estaba cerca. Almorzaba con mi atril y LT 10 encendida y acababa de asistir -atónito- a una prolija y meticulosa devastación de ‘La Estatura de La Sed’, que editado por Castellví era mi primer libro de poemas. ¿Y qué? Traspasé las escalinatas de 9 de Julio y me dijeron que estaba grabado, que el Prof. Balbi grababa sus comentarios -supongamos- los jueves a las 20 y ese día era martes y encima mediodía. Volví a mis cebollas y a ‘La voz a ti debida’ de Salinas, edición ’67, Losada, epígrafe de Shelley: ‘Thou Wonder, and thou Beauty, and thou Terror.’

-Chico del ’70, burguesía provinciana, barba negra, el jueves a las 20 estuve ahí como un perfecto soldado de una causa generalmente indefendible: el primer libro de poemas...Pero esas horas habían bastado para hacerme ver lo pretencioso de tanto libro editado en vano, cuando se trata de nadar -o sólo aprender a nadar- en el luminoso torrente de la lengua...Y esa fue la lección que la critica radial de Lermo me había hecho comprender, no sin cierto azufre sublingual.

El magisterio Balbi me llegó antes de conocerlo y tomar algún café entre olores a pizza amanecida en un lugar llamado ‘Las Cuartetas’... justo en el auge del ‘versolibrismo’ (ignorado Lammartine y acostumbrados a la sorda poesía traducida, desde Whitman a Maiacovsky v.gr.)... y que junto a la inveterada ‘inspiración’... o a cuenta de ‘las libertades surrealistas’ cometía a diario todo tipo de crímenes  contra-palabra, por todos los modos y los medios.

El aire era espeso, pero la atmósfera cultural estaba llena de relámpagos bienhechores. Todos creíamos contribuir a la buena lluvia de los dones. Pero llovieron balas. Y muchas... Y aún sigo viendo caer heridas o muertas a las conciencias mas lúcidas de aquellos años (perdón, Allen), más lejanos que el tango y más lejanos que el jazz de Oscar Aleman, las canciones de Lily Marlen o los tapices de Mele Bruniard, que el Benvenutti colgaba en ‘El Galpón’ de calle San Martin.

Lermo me salvó de la insolencia del ‘primer libro’, desmontando esos tics aún no desaparecidos en nuestra ‘galaxia-gutemberg-litoral’ y que son como hongos reincidentes... Lermo fue el maestro vivo que supo suplir -en este entrerriano huérfano de Veiravé que se fue al Chaco, de Zelarrayán que se fue a Buenos Aires o de Calveyra que se fue a París- esa docencia de poetas vivos a poetas nacientes -cualquiera sea su grado de gracia- porque no hay otro modo de transmitir la poesía que el diálogo de los poetas vivos (a los incrédulos remito a Heidegger) y que es esencial en toda formación literaria puesto que nos salva de seguir escribiendo siempre ‘un primer libro’.

Había santafesinos y rosarinos (perdón, son gentilicios naturales) que peregrinaban a Paraná, y más exactamente a allí: donde la calle Buenos Aires duda hasta encontrarse con el río interior de los jesuítas... Y yo era devoto de esa ‘capilla’, puesto que Juanele también había vivido en Villaguay -donde escribo ahora- y era el ‘númen’ de entonces, ¿no? Y Lermo no era devoto de esas costumbres. Más bien era devoto de Eliot, de Rilke, de Emily Dickinson o Carson Mac Culler, es decir de las sobrias soledades cazadoras y creadoras. 

A mi me educó poéticamente Lermo Rafael Balbi. Lermo me enseñó la teoría de los ‘minor poets’. Lermo me enseñó a Pound. Me enseñó a leer a cada poeta real en su lengua. En su casa de calle Necochea leíamos en italiano (la trilogia básica + 1: Quasimodo-Ungaretti-Montale + Saba), o en francés ( Saint John-Perse, Pierre Jean Jouve, Henri Michaux...) o  en griego (Katzasankis, Seferis, Elittis) y en inglés obviamente Eliot y a la ‘beat generation’ y un poquito más: Wallace Stevens, Robert Frost, Williams Carlos Williams. Pero no eran cátedras paralelas o capillitas sectarias. No. Nos juntábamos a cocinar los sábados algún menú sacado del libro de recetas de Asturias-Neruda: v.gr. el cerdo a la cerveza con brotes de bambú que agradaba a Li Po, regado con champagne brut comprado en Marzo y  casi al precio de un ‘Franja amarilla’.

Y leíamos, sólo eso. Leíamos con esa intensidad que sólo dan los desamparos de provincia cuando se lee a los poetas de mundo... Ah, nos reíamos con aquella ocurrencia de Picasso: ‘- Nadie ha nacido en Europa...todos nacemos en un pueblo de provincia‘. Y como nosotros no habíamos nacido siquiera en Argentina, esa frase nos sonaba a declaración de vida... porque ’Nacido en Argentina’ es una marca de origen sólo para porteños. Además, Lermo ya había decidido nacer en Aráuz entre las hopalandas piamontesas dónde la épica era cosa de mujeres: los hombres trabajaban, (‘...el oro está en los brazos...) pero las mujeres sostenían la rotación agraria y celeste del mundo. Años después -sin mérito alguno- descubrí que yo había nacido en ‘Santa Ana’ -una estancia alemana perdida en la Selva de Montiel- quizás porque la patria es la infancia, como martillaba aquel Rainer Maria que solía visitarnos, sábado en tanto en la casa de calle Necochea. Pessoa decía: ‘la patria es la lengua’ pero en Santa Fe, la patria andaba de uniforme y entre sirenas. No es nostalgia. Doy testimonio de su magisterio oral, fraterno, vivo.

Tuve en Lermo Rafael Balbi lo que no pude tener -entrecasa- de Alfonso Sola González, de Guillermo Harispe, de Martinez Howard, de Emma de Cartossio, de Arnaldo, de Alfredo... mis luminarias en intramundos de provincia... Cosas terribles y profundamente divisorias llamadas: ‘peronismo’ o ‘libertadora’ o ‘tres a’ los dispersaron o los silenciaron en el país o en otros países. Comenzaban los ’70 y yo estaba allí: Lermo, Tobi, Richard, Susana, Juan, Lito, Fernando, Artemio y Julio y la otra Susana...Y la vida va siendo menos de lo que esperábamos.

Fortunato Nari me ha escrito días pasados y me cuenta que Lermo sigue publicando. Acabo de leer ‘Orfeo se reembarca’. Seguramente ese texto estaba en una ordenada colección de altas carpetas negras que habitaban su biblioteca en el anaquel tan de abajo, que casi tocaban la tierra. En aquellos sábados de ‘pasta, canto y especias’ el espíritu del Mediterráneo, la gran migración que de la India fue a Egipto, a Grecia, a Roma, a España, amainaba sus oleajes hasta el Aráuz celeste, y brotaba desde las ollas o desde los ecos migratorios de este o aquel poema.   Recuerdo de él esa sonrisa escrutadora, el rictus mandibular y adorable con que esperaba tu respuesta más iluminante que la pregunta misma... Esa es la diferencia entre un profesor y un maestro.

Más de una vez leímos en yunta a Mastronardi y a Pedroni, o a Eliot y a Stephan George o Stephan Spender cambiándonos de mano los libros... leyendo como leen los poetas: para asir mundos instrumentales y recursivos, explorando imaginarios subyacentes, recurriendo al canon inmediato y al anterior mientras crecían las rampas de lanzamiento de la palabra… es decir sabiendo que esa materia viva vive tan delicadamente, que no merece ni soporta la mortaja de las traducciones... Sabíamos que hasta el castellano mismo no tiene ‘una capital’ o un eje de rotación y que podía sonar como en ‘Doña Bárbara’, ‘Los Ríos Profundos’ , ‘Balun Kanan’, ‘Hijo de Hombre’. Tizón lo ha dejado en claro y últimamente Ivonne Bordelois da cuenta del desplazamiento de la poesía hacia lo más sordo de la lengua. Era el ‘boom’ de la novelística y eso ocultaba un mundo desde Auden a Liscano.     

Si: leer como poetas, gozar mientras se aprehende el oficio de obediencia a la belleza prometida. La belleza no es un valor, sino un poder. La palabra es ‘...un virus proveniente de otro planeta.’ (Burroughs,dixit).

Lermo Rafael Balbi ha muerto. Es verdad. Pero también es verdad que se equivocan quienes vienen por omisión de discurso a olvidarlo... tan temprano... ¡Justo a él! que hizo de la memoria creativa un recurso de su poética. El recuerdo es individual y nunca se debe poetizar sobre recuerdos. La memoria es colectiva como el lenguaje. Y nunca está mal que la poesía se parezca a lo mejor de su lengua. Con  él aprendí que no se escribe ‘con’, ni ‘dentro’ de una lengua, sino ‘frente’ a las demás lenguas del ‘mundo’... Y no eran meros juegos preposicionales... En esa elección se nos iría la vida y el hilito de luz que surge o no de esas ‘frotaciones’. Cada generación elige sus nubes o sus soles.

Leíamos en concierto de voces y por eso creo que ‘adscribir’ a Lermo a los poetas o narradores de ‘la inmigración’, es una dulce jibarización de sus poderes. La ‘inmigración’ en Balbi no es más ni menos que la ‘gitanería’ en Lorca. Un tema. Ni más ni menos: un tema. El poeta va por otro lado. Los ‘gitanos’ de Federico se hunden en la tradición solar y mistérica del Mediterráneo. En Lermo, la ‘inmigración’ era el pre-texto, no la crónica. No el marco de la ventana, sino la luz que ilumina ambos lados. Es ‘la continuación de la gracia’ porque ‘Rafaela no existió nunca’ o porque estamos hechos de leche y perla americana.... o porque todos los días elegimos la corbata que no usamos ayer.. .y detenemos el ómnibus con el brazo libre, sabiendo de antemano, que ninguno de estos actos, nos llevará a la belleza prometida... Y el glosario de “Orfeo se reembarca” nos habla de sus amigos griegos, algunos de los cuales ya despuntan en “La Tierra Viva’, libro internamente fechado  en los ’70, que tampoco eran tales sino ‘...una resultante amigos.’ Ahí está Lermo, el poeta sujeto a las cintas súbitas y contemporáneas de su lengua, subiendo peldaño a peldaño las escaleras en sombra de una torre inexistente... Y todo sirve: desde el olor de la cebolla a las volantas de Génova, ‘...el tiempo transcurrido ha descendido muy por debajo de nuestras líneas de esperanza...’ pero está prohibido ‘...angustiarnos / sólo por esta vez, / nuevamente.’ 

Lermo tenía una foto de las trilladoras (o tigras) a vapor o a caballos ¡qué importa eso! y de esas mujeres con sus viandas... y yo le decía: - Son “Las Espigadoras” de Millet... en la secuencia después del cuadro... Y él hablaba de Aráuz...Y los amigos le retrucábamos con los versos de Lubisz Milosz: “- Yo no veré probablemente nunca / ni Arauz ni las tumbas de Lofoten...”- Años después algo así se llamaría ultraje del texto... Para nosotros era un juego de muñecas rusas, de imaginerías verbales, visuales, rítmicas, contra-textuales... Leíamos en concierto de voces y de ecos... La calle estaba llena de patrulleros... Pero en “Necochea”, Boulevard al norte.... tres, cuatro, cinco, leíamos... Y nadie sabía cómo llegaban hasta nosotros esos libros... Las “Seros” nos permitían leer aquellos libros-libros que después rendiríamos a la secreta y argentinísima quema de nuestras “interiores bibliotecas de Alejandría”... Debimos quemar lo que más amábamos... De esa soledad nutricia, de esa harina milenaria está hecha su “inmigración” y su cansancio celeste. Hace siglos que somos inmigrantes y que escribimos las mismas cartas. Graciela Maturo lo dice mejor en el prólogo a “Orfeo...” ¿su último libro? 

Claro está que podríamos volver a preguntarnos: “-¿De dónde sacábamos esa fuerza para predecir,/ para ser más o menos únicos, para encontrarnos / en la sombra de la plaza ya envuelta en la lerda penumbra/ de noviembre, cuando teníamos mas tiempo que edad”. Y él mismo responde: “-...manejamos de una forma distinta los recuerdos que son tan insoportables.”

Dejamos de reunirnos cuando empezaba el ’76, es decir más o menos en Junio o Julio del ’74. La última vez que lo ví fue en Roma en 1999... Bajaba del Coliseo hacia la Columna de Trajano y en un lateral de ese corredor y a contra Foro, había una inmensa foto de Pier Paolo Pasolini con sus anteojos de cuadrado marco negro -tan parecidos a los de Lermo- que la mirada lateral me lo trajo entero... (Lermo funcionario era como Eliot, como persona más parecido a Pasolini).

Y andando un trecho más pude leer en italiano sobre la cartelería de obra pública, un poema de Yannis Ritsos que terminaba diciendo: "Bajo el inmenso sol del Mediterráneo / todo lo que contradiga la diversidad / es la muerte."

En aquellos ’70 ‘Juanele’ traducía del francés a Yannis Ritsos para ‘La Cachimba’... Pero fue Lermo quien me ayudó a recuperar el italiano de mi infancia que era su lengua de sangre corriente. Pero más importante aún es que gracias a él pude entender -treinta años después y tan lejos de casa- ese verso traducido de la demótica: “-...todo lo que contradiga la  diversidad, es la muerte...”                       

Espero encontrarlo cuando visite su Aráuz celeste... El repetía: sin belleza y sin riesgo, no hay milagro... Y nadie subsiste mucho tiempo sin milagros cotidianos. Sé que su primera pregunta será: “- ¿Comprendiste ahora, que la única ‘función social’ de la poesía es hacer visible lo invisible?” Y tendrá esa sonrisa de ojos y ese rictus mandibular, que diferencian al profesor del maestro vivo.

No tengo una foto de los dos juntos. Éramos eternos, entonces. Lo aprehendí y lo devuelvo, como si lo hubiese aprehendido. La Tradición poética, el arte de escribir de todos cuantos fueron a nuestro alcance, no eran ‘uno’ sino todos a la vez... pero al servicio de una palabra situada... una palabra poética a la que siempre se le verán las enaguas de su tierra.... La inmigración fue su tema, no su materia... Su materia era la palabra justa y migratoria. ‘For us, there is only the trying.The reste is not our bussines...’) o ‘Home is where one stars from’ según Eliot, a quien tanto amaba. Y esa casa o esa patria no es ésta. Ni está aquí. Cantó otras cosas con anécdotas de aquí o de allá.  ¿Acaso cuando Helena es una mesera de pechos turgentes en una isla caribeña y entre turistas de los mares de la vida, el Derek Walcott de Omeros no ha hecho lo mismo entre su África y su inglés? Luis Rosales, de cuya casa en Granada se llevaron a Federico, pudo decir: La muerte no interrumpe nada.

Y Lermo sigue publicando...me lo anunció mañana Fortunato Nari.          

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GINA 20 – POETAS OLVIDADOS

María Cristina Gloria Montoya de Daneri. 

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Por Manuel Bande (Santa Fe) 

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Nació en Paraná (Entre Ríos), el 20 de abril de 1936. Fue escritora y pintora. Profesora de Filosofía. Realizó estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de la Nación “Ernesto de la Cárcova”. De aquella época datan sus primeros poemas, nacidos de la añoranza y la lejanía, de la nostalgia por sus seres amados, de su río, de su ciudad sobre la barranca. Fue docente e integró importantes Comisiones Técnicas y Jurados. En 1960 obtiene, por concurso, una beca de la Provincia de Entre Ríos para estudiar arte en París.

Aprovecha para visitar los principales centros culturales franceses, españoles e italianos. En esa época gesta su primer libro de poemas “Adiós a las ciudades y otros poemas”: “…/ mis pasos anduvieron solos el adiós de las ciudades / me puse un sombrero de lluvias / quiero negar que me he ido / llené mi corazón con cascabeles nocturnos / encendí todas las luces / y canté todas las noches a las lunas que me aguardan./…/ yo me quedé –no sé donde- /…/ Hoy no sé donde estoy / me llaman todas las voces // me hice una corona con hojas doradas / prendí a mis ojos sonajeros que lloran // pero cantaré con el mar todos los adioses.”

A esta Antología pertenece “¿Por qué el silencio?”: “yo sé que se hunde atrás de la ciudad el rancherío de adobe / yo sé / yo sé que se hunden atrás de la ciudad millares de ilusiones!  De “Poemario para el niño que nació junto al río”: “…haremos castillos de arena / madre / no / haremos casas de barro y techos de paja / casas de barro / el río llegará a cubrirlas en silencio / tal vez se enrede un pez y camalote / madre / pongamos una muralla de caracol y sueños / para detenerlo.”

Gloria Montoya fue Directora de Cultura de Entre Ríos entre 1977 y 1978. Esa época contiene su mayor actividad: dicta cursos, conferencias, integra mesas redondas, paneles, charlas radiales y visitas guiadas. Figura en nomencladores de plástica y literatura de obras selectas. Publicó tres libros de poemas: el ya mencionado “Adiós a las ciudades y otros poemas” (Colmegna 1967; “El cielo se tragó las estrellas” (Colección Entre Ríos Nº7 – Colmegna 1971) y “Tierra América” (Colmegna 1976)

Dice de ella Luis Saadi Grosso: “Conocedora de lo clásico y moderno en plástica y literatura, está dotada de una de las mentalidades más aptas y suficientes para percibir los vanguardismos e inscribir su estilo personal. Sus condiciones para expresarse en plástica y literatura poemática son parejas. Como representante provincial se ubica en primera fila en ambas especialidades.”

De “Tierra América”: “/…/ Adentro tengo el silencio apretado / con un suncho sangrante /…/ envuelta en el silencio / infame del que calla // la traición de poderosos y tiranos /…/ pero es la liberación americana / la que asume el rostro / casi infantil del estudiante / su voz florece fogatas en el cuerpo / retumba su grito / en la dimensión abierta de la patria / y crecerá la simiente de la libertad / a pesar del fusil y los cañones.”

La Fundación Banco Bica, al cumplir el décimo aniversario de su fundación, publica sus “Historias traspapeladas”, una serie de cuarenta cuentos cortos, a manera de ensayos donde, reiteradamente, se manifiesta su sensibilidad.

Gloria Montoya de Daneri falleció demasiado joven, a los 59 años, en su ciudad natal, el 15 de enero de 1966. Aún se  escuchan sus pasos en las calles, en los claustros y en el recuerdo de sus amigos. Su obra perdurará por siempre en los Museos, en las Bibliotecas y en las Cátedras. 

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PÁGINA 21 

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Tiempo de lavar 

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Por Pilar Romano (Corrientes) 

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No estaba pensando en él. En realidad no estaba pensando en nada, sin embargo su mente, o su alma —quién sabe dónde dormitan estas determinaciones— se llenó de golpe con la decisión de que lo perdonaría. Después de todo, la culpable era ella, por haberse enamorado de un hombre que llevaba en el bolsillo una máscara.

Miró hacia el pequeño jardín; el viento levantaba un polvo seco y agitaba los tallos de las plantas que hacía por lo menos una semana no regaba. Contra un cielo casi metálico revoloteaban, como todas los días a esa hora, unos pájaros parecidos a pedazos de papel chamuscado mecidos por el aire que seguramente también se movía allá arriba. «Cuando extienda la ropa se volverá a ensuciar», pensó, pero siguió cargando con polvo de jabón el lavarropas, como si sus acciones estuvieran desconectadas de la razón.

Sintió que debía hacer un esfuerzo y pensar. Quería estar segura de lo que haría antes de que volviera el fastidio de la noche para enredarla en la incertidumbre. A esa hora el destino siempre le mostraba incertidumbre. Debía estar segura antes de oír de nuevo las palabras de brujo con que él había alquilado su destino, segura antes de ceder a la tentación de encender la lámpara y bailar con falda de gitana sobre las promesas incumplidas.

Aunque no lograra pensar, estaba segura de que lo perdonaría.

«Siempre me inquietó el blanco», recordó; quizá por eso su gata Elka era negra. Sintió el roce tibio de la piel peluda de Elka rozándole las pantorrillas, mientras el polvo blanco del jabón seguía dispersándose sobre el agua. ¿Cuánto haría que sostenía el envase que terminaba de abrir? ¿No sería ya suficiente?

«Debería haber maridos descartables», siguió divagando, «como este envase, como maniquíes casi, pero medio humanos; serían mejores que estos otros con la fidelidad de un gato montés.»

Hizo un repaso de las aventuras de Javier, de aquellas que había logrado soportar y digerir. Lo había absuelto en todas, incluso en la última. Menos una: nunca, hasta ese momento, había podido perdonarle aquélla con la catequista de Elenita. Estaba la nena de por medio. Por la nena había conocido a esa falsa aprendiz de monjita. El episodio se le aparecía siempre como una obscenidad navegando en agua bendita.

Y de pronto, en esa siesta de otoño, la súbita e infundada sensación de que podía perdonarlo. «¿No será demasiado jabón?» Suspendió la carga al sentir un insobornable deseo de descansar, aunque fuera por un rato. Puso en marcha el lavarropas y se sentó en una de las sillas del patio. Quiso tomar a Elka para acariciarla sobre su regazo, pero ella se alejó. «Qué raro...», el olor a jabón en polvo siempre la hizo estornudar... Con los ojos semicerrados, vio cómo la espuma empezaba a desbordarse, a avanzar hacia ella, a ocuparlo todo, pero su mente nada podía articular, salvo la idea de que lo había perdonado. Luego iría al dormitorio para decírselo. Por ahora, se abandonaría a esa placentera experiencia de flotar sobre la espuma, sentada en su silla, recorriendo toda la casa, rodeada de un blanco que por primera vez le pareció bellísimo, interrumpido tan sólo por el luctuoso morado de una de las medias de Javier que se había escapado de la lavadora y flotaba junto a ella.

La silla, arrastrada por la espuma, entró con ella por la puerta de la cocina y le pareció que las tapas de las cacerolas hacían un sonido semejante al de una fanfarria. Luego pasó al comedor; aún no había retirado el mantel del almuerzo. Siguió hasta el cuarto de Elenita y no le pareció vacío esta vez. Ella no estaba pero no le pareció vacío. Desde allí flotó por un pasillo hacia el dormitorio donde descansaba Javier, casi no se lo veía a Javier, tapado por la espuma. Usando las manos como aletas de foca logró dejar el rostro y el torso al descubierto... esa leve cicatriz en el labio inferior que la había incitado a averiguar qué gusto tenía... y esas manos como para dejarlas hacer... no lo despertaría ahora, le hablaría más tarde de su perdón.

La corriente de espuma la acercó a la ventana, que se abrió casi reverente. Su cuerpo le parecía poco más que un juguete, apenas una pequeña pieza de ajedrez en medio de una tregua sin mentiras, apenas el marco de un viejo cuadro que alguien decide descolgar.

Sintió que todo lo que sabía dejaba de tener sentido y no reconoció los lugares por donde iba; le pareció que ella tenía infinidad de nombres y que había infinitos nombres para llamar a las otras personas y a las cosas, que había vuelto a ser pura y que ya nadie, detrás de la espuma, la reconocería. 

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PÁGINA 22  

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Reflexiones praxeológicas siglo XXI 

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Por Fanny E.Trainer (Rosario) 

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El debate actual sobre el poder y su vinculación con el orden, es un tema preocupante en el escenario actual del mundo globalizado y por ende, también, le toca a nuestro país vivir y resignificar dicho tema. En nuestro caso, la mirada que nos permite un acercamiento al mismo es  estudiar dicha relación desde y en el discurso o texto como comunicación estructurada en forma praxeológica. Nos centramos, por ello en la PALABRA ejercida como voz portadora de poder, entendiéndola como acción. Creemos que son posibles nuevos paradigmas que agregan algo de luz a nuestro castigado suelo. 

Algo que me preocupa desde hace tiempo y desde una perspectiva “latinista”[1], es que hablo, hablamos y hablan sobre el poder de unos sobre otros, de otros y de unos... que Bordieu, que Foucault y Barthes; y otros y otras y otros...[2] que Castells, que D’Elia, que Grondona y que Aliverti. Por ejemplo, Mauro ¿también?... Por ejemplo, Jorge ¿también?... O tal vez ¿Mirtha?... Ah no... ¿Susana y Marcelo, quizás?..., más algunos que mi memoria no alcanza.

¿Dónde queda el qué hacer más que el cómo hacer? Tanta “imagen-movimiento”, tanto glamour (¿se escribirá así?) televisivo, tanta fotocopia recortada y traducida y repetida de “memoria-opinión”, digo... ¿dónde queda inmersa la palabra?, ¿dónde quedamos los unos? Me pregunto y te pregunto ¿dónde están los míos?, ¿dónde, los tuyos?, ¿cuándo perdimos el lugar en el camino, aquél que creíamos ascendía sin retorno, el que emergía en “progreso indefinido”? Pero..., no te parece que es bueno presenciar que hay quienes siguen praxeológicamente (cómo hacer) andando mientras otros sólo “pretendemos” saber epistemológicamente (cómo saber) algo.

¿El poder, dije? ¡Ah, sí!; el poder... ¿tendría que agregarle el concepto de orden?; otro lío: congruencia sin fin, contradicción sin síntesis. No... no hablo de ordenar una clase, tampoco una fábrica, ni siquiera un placard. ¿Ordenar es “mandar”?, ¿mandar es dirigir hombres, genéricamente hablando? ¿acaso poder y orden se vinculan?

Bordieu dice que el poder es invisible y simbólico, que no puede ejercerse sino con la complicidad de los que no quieren saber que lo sufren o, incluso, que “lo ejercen”... y que este poder es algo así como un “sistema de estructuras” (arte, lengua y religión) que a la vez estructuran a otras estructuras, y a la vez a otras, etc. etc. y que dicho “sistema de estructuras” funciona y rige como un sistema primigenio (como hijo genio primero). Entonces... ¡qué complicado es descubrir y ejercer el poder! ¡Cómo develarlo! y en todo caso ¿por qué y para qué tanto trabajo epistemológico?

Y el orden..., ¿es posible un orden, una organización social –comunitaria- sin jerarquías (horizontal o transversal), sin subordinar a algunos desde otros que ejercen el poder económico y por ende político?

¿Son las estructuras estructurantes, según Bordieu, las que en el plano simbólico (¿superestructura marxista?) cohesionan las clases, o sectores, o estamentos o clanes o también comunidades –como más te guste- para que cada grupo cumpla su papel social?  

¿Cuál es la diferencia y el rol entre ideología y mito? ¿Es todo comunicación que consolida el poder y la subordinación a través de la hegemonía de la palabra o de su desarticulación, anulación, subestimación, ignorándola hasta llevarla al silencio?

La identidad social-cultural ¿cohesiona?

Te cuento: esto me recuerda algo que alguna vez leí, hace mucho... mucho tiempo, con respecto a la derrota de los aztecas y los mayas frente a los  españoles. Aquello que cuenta como Moctezuma queda mudo y en silencio porque debía “acomodar” los acontecimientos a la profecía. Es decir, ¿perdió la palabra? ¿Perdió su poder al perder la palabra? Quizás esta pérdida se debió a que su discurso fue epistemológico, sin comunicación con los hombres ni con la naturaleza. Al contrario del discurso de Cortés quien pudo contextualizarlo con el mundo material debido a lo cual no perdió el poder de su palabra. Esto no le sucedió a Moctezuma. Su discurso se basó en la comunicación con los dioses... ¿Te parece que es posible creer que la palabra posee poder?  En tal caso, ¿de qué manera se manifiesta tal poder?

Según dicen los estudiosos del discurso, el poder y la palabra son memorias, son acciones, son olvidos dirigidos sin pasión, con dolor: la “palabra” construida con falacias son afasias de identidad. Son persuasión que se convierte en  conducta o en parálisis según los intereses del emisor. 

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1[1].- No deviene del “latín”, antigua lengua imperial, madre de muchos dolores lingüísticos; en todo caso es análoga al cómo miró Bolívar a este rico triángulo terráqueo nuestro (¡ojo! No confundir con el de las Bermudas).

1[2].- No digo que son lo mismo, ni sus acciones, ni sus discursos: los unos son unos; los otros son otros.  

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PÁGINA 23 – POETAS LATINOAMERICANOS

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Vestigio. 

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Huelo la pista sutil que me has dejado.

Bebo de los vientos donde expandes tu fragancia.

Pronto te daré alcance.

Acumulo mi experiencia, en años de seguir tu rastro,

desde aquel momento en que preferiste eludir nuestro combate.

Busco, desde entonces,

la esencia de la tentación con que acentúas tu presencia.

Te perseguía, incluso, desde antes de emprender este viaje:

venías instalada con  mi infancia.

En el acecho de atrapar tu posesión arrebatada,

pasaron días en que el aroma se desvanecía;

entonces pensé en desistir,

la razón me perturbó por un instante

y su bofetada pretendió apaciguarme.

Y otros,

en que el rastro frío pretendió serenarme el ímpetu, 

pero la fiebre por encontrarte

mantuvo mi cuerpo en su temperatura normal.

Ha llegado el momento.

Mis ojos, cubiertos de brumas,

intuyen el camino en que hemos de cruzarnos.

No retrocedí nunca,

fue el atolondramiento de no saber que quería

el que me hizo dar media vuelta y seguir avanzando.

Mi colección de recuerdos se agita

para que te invoque de nuevo

y me incendie en ganas de encontrarte.

Indago en mis nostalgias

para situarme en ese paraíso del que nunca podrás expulsarme.

De entre las espinas saco la rosa

para acariciar, otra vez, la idea de mimarte.

Cae la tarde.

Te acorralo.

Para mí, la oscuridad es otro sol,

pero postergo el momento de tenerte.

En el deleite de los instantes previos no duermo,

descanso en la idea de tu captura.

Llega tu aroma

y con él la certeza de que mañana será el día de tenerte cautiva.

Te espío en los segundos de rebeldía que aún te quedan.

Tu malicia se acuesta con la noche.

La trampa está tendida.

Frente a la hoguera que preparas

el presagio te lleva un escalofrío.

Tiemblas.

Te miro con la inocencia del asombro

y con la sombra llega el delirio.

Baila sola… mientras puedas.

Ya te tengo, sólo es cuestión de tiempo.

Ya no podrás ocultar tu pasado,

toda la tierra te será de vidrio.

Amanece, llega el día. 

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Aymer Waldir (Colombia) 

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La travesía de los espejos. 

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la travesía de los espejos

corre en el borde del abismo

en la sombra del sol

bucea en dirección a un puñal

es perforada 

el perfume salvaje rezuma por las manos 

(una de cada color)

ellas abren un poco más el corazón 

la sombra entra&

         doce pájaros salen del pecho 

una melodía en el desierto

bebe el líquido rojo de las palabras 

la voz se mueve poco a poco

en el pecho

    en la sombra en el puñal 

los cuatro vientos alimentan la melodía

atraviesan los espejos

sus ojos

dos lenguas buscan su dorso

descienden por sus piernas

tocan el abismo

&         vuelven

en las llamas del espejo

el cuerpo        canta 

aguas sin márgenes 

el vientre        rechina

                                    se entierra en el tiempo

                                               ondas de piel 

jardín azteca con sus dientes afilados el grito

                       en la dulzura de las pesadillas

el ritmo de las ventanas

de todas las ventanas

sumergidas en el reloj

dos lenguas

mirando la una a la otra 

la sangre de la noche

la danza de la noche &     su suave barco 

en los párpados la verdad de los dioses

& los doce pájaros en el vientre 

el desierto camina 

joplin se despereza

              desaparece en el calendario 

la tempestad llega 

mis ojos danzan

                    “summertime, time,time.” 

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Geraldo Neres (Brasil) 

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Con cierta elegancia 

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Cierta elegancia

en la boca, cierto desacuerdo,

conviene –corresponde bien–

al modelo que predomina

y triunfa. En la ciudad abigarrada.

En los festines –sexuados–

de sus bares y casonas, conviene:

cierta elegancia en la boca,

cierto desacuerdo.

En las playitas privadas,

en los puentes de una sola dirección,

en las antiguas plazas –solitarias–

que frondosamente te reciben,

conviene mostrar: cierta elegancia

en la boca, cierto desacuerdo.

En la piel seductora de sus hijas, conviene.

No olvides ese dato.

Te recibe amena. Abre

para ti sus galerías. Se entrega

sin reservas –un cuerpo

arreglado para la especulación.

Pero exige. Se entrega y exige,

un resguardo seguro: cierta elegancia

en la boca, cierto desacuerdo.

Conviene: un poco

de travestismo. En la lógica

virtual de los internautas, conviene.

En las rápidas avenidas luminosas,

conviene: bajar velocidades. En

la extensa tradición comentada

por los libros –que vuelven a ser época–

conviene: cierta elegancia en la boca,

cierto desacuerdo.

No olvides ese dato.

Corresponde bien al modelo

que predomina y triunfa. 

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Edel Morales (Cuba) 

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De palabras

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La palabra, tu palabra

es un barco certero hacia el deseo.

Lanza tan primitiva,

caricia tan urgente,

lindando casi con el rojo

mordisco de lo obsceno.

Tu palabra me sobresalta,

me desata, me incita.

De repente, plenamente verbal,

me humedezco de esencias germinales,

y se activan mis manos,

mi cuerpo, mi palabra también

para domar el aire con la tuya.

Tu palabra, furtiva entre mi oído,

antiguo moscardón malicioso,

me cosquillea el instinto.

Si la escucho, subleva mis silencios

y, emparedada de penumbras

nos acerca y nos une

en esa vieja danza

de los cuerpos deseantes y absolutos.

Tu voz y mi voz se están amando

entrecortadas, susurrantes,

plenas de excitaciones, de turgencias,

de alientos agresivos o ternísimos,

entre un silencio despeinado y gozoso.

Palabras que se tocan, se muerden, se estremecen

en esa enredadera de deseos

que es sólo aire empapado y aromoso.

Hacemos el amor también con la palabra.

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Julieta Dobles (Costa Rica)

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PÁGINA 24 – NOTAS DE PARIS

Shakespeare and Company: una librería singular. 

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Por Irma Bignon (Santa Fe) 

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Los visitantes, sin duda de paso en Paris, esbozan una sonrisa cuando recorren el lugar con la debida nostalgia. En este rincón de la “rive gauche”, en el 37 rue de la Bûcherie, frente al Sena y al costado izquierdo de la Catedral Notre-Dame, se encuentra la librería Shakespeare and Company. Conservada al abrigo del tiempo, es interesante pasar por sus laberínticos espacios; detenerse, sin reloj, en el relumbre de los lomos que se alinean en las estanterías sin fin; salvar la temblorosa escalera que conduce a las estancias de su dueño George Whitman, y observar sus paredes imantadas de libros en desorden y de cortinados rojos.

“Dejé que mi imaginación actuara libremente - dice su dueño - para que el asiduo lector pudiera encontrar, junto al Sena, una librería a través de los recovecos que forman las alcobas subiendo hacia mi residencia privada. Recién entonces sentiría la comodidad y el placer de leer los libros de mi librería, sentándose en el suelo, en los escalones o en una silla de mi dormitorio”.

Ya en el umbral inspira una peculiar satisfacción, una creciente admiración al ver tanto libro acumulado, desde el piso hasta el techo. Además, esta librería tiene su historia.

El 19 de noviembre de 1.919, una de las hijas del reverendo Sylvester Woodbridge Beach, Sylvia, oriunda de Baltimore, abría, en el número 8 de la rue dupuytren de Paris, una pequeña librería cuyo nombre Shakespeare and Company, se le había ocurrido casi sin pensarlo, apenas unas noches antes de irse a dormir. Dibujos de Blake, fotografías y manuscritos de Whalt Whitman y Poe, cartas y retratos de Oscar Wilde y de T. S. Elliot en las paredes, denunciaban lo que ella se proponía: dar a conocer en Europa las nuevas o desconocidas plumas de lengua inglesa, y a éstas, las vanguardias parisinas.

Sus amigos y clientes más fieles se solidarizaron inmediatamente. Gide y Maurois serían los primeros “bunnies” (abonados a la sección de préstamo) de Shakespeare and Co., a quienes se irían sumando Larbaud, Duhamel, Valéry, Pound; y a éstos las “legiones” que, finalizada la guerra del ´14, cruzaban el Atlántico en busca de sus dioses europeos.

El carácter de todo editor es minucioso y escéptico. Pero esta vez, Sylvia Beach se mostró concluyente. Fue entonces cuando se propuso editar “Ulises”. El histórico encuentro entre ella y James Joyce se produjo en el verano de 1.920. Siete años llevaba Joyce trabajando en el “Ulises” cuando, aconsejado por Ezra Pound se trasladó desde Trieste a Paris, dispuesto a terminar el manuscrito. “Él era de talla mediana - recordaría Sylvia -, delgado, la espalda ligeramente curva. De un azul profundo y el brillo del genio, sus ojos eran extremadamente bellos. Se expresaba sin énfasis y evitaba superlativos”.

Como siempre, la situación económica de escritor era más que precaria. Así que al día siguiente de conocer a su nueva amiga americana, Joyce dirigiría sus pasos a Shakespeare and Co., con la inmediata intención de lograr alumnos de lenguas que le permitieran sobrevivir. La publicación de sus obras pasaba por un momento crucial. Las puertas británicas se habían cerrado para el escritor irlandés considerado como escandaloso. En ningún país de habla inglesa podría pues ver la luz “Ulises”.

Desolado, James Joyce llevó sus quejas a la librería de la rue Dupuytren. La menuda y emprendedora editora pensó que algo se debía hacer y preguntó: “¿Concedería usted a Shakespeare and Co. el honor de editar `Ulises´?” Joyce dijo sí, iniciándose una de las odiseas editoriales más interesantes del siglo.

Sylvia Beach no contaba con un remanente económico que le permitiera afrontar su ambicioso proyecto con holgura, pero dio muestras de una pasión indomable por la obra de Joyce. Llegó a un acuerdo con el “maître imprimeur Darantière de Dijon” - por cuyas manos habían pasado entre otras, las obras de Huysmans - quien se sintió especialmente atraído por las dificultades que la edición del “Ulises” había encontrado en los países anglosajones. Se organizó, entonces, un fondo de suscripciones para financiar los primeros trabajos de impresión. André Gide fue el primero en acudir a firmar y pagar su suscripción, comenzando así el gran movimiento de solidaridad que llevaron acabo los amigos de Joyce, recorriendo los cafés de la “rive gauche”.

Hubo muchos que se rehusaron, como por ejemplo George Bernard Shaw, que escribió una misiva sin desperdicio: “Soy un gentleman irlandés de una cierta edad, y si usted imagina que algún irlandés consentirá pagar ciento cincuenta francos por semejante libro, es que usted conoce bastante mal a mis compatriotas… Es imposible forzar a leer todas esas obscenidades tan penosas para la boca como para el espíritu”.

Mientras tanto, los trabajos de impresión de “Ulises”, multiplicados por la insaciable corrección de pruebas a que su autor los sometía, continuaba.

Tiempo después, la obra de Joyce se terminó de imprimir, exactamente el día 2 de febrero de 1.922, fecha del cuarenta aniversario del escritor. Con las tapas de un azul griego y el nombre del autor en letras blancas, el texto íntegro de “Ulises” constaba de setecientas treinta y dos páginas. Se habían impreso mil ejemplares.

Shakespeare and Co., pasó a ser -tras la publicación de la obra magna de Joyce - el punto de referencia, la esperanza para quienes pretendían publicar toda clase de obras presuntamente eróticas. Pero Sylvia Beach había decidido ser editora de un único libro - “Ulises” - , de un único autor - Joyce - , rechazando la edición de otras obras.

La histórica librería no logró obviar la guerra del ´39. La ocupación alemana anunció a Sylvia la confiscación de todos sus bienes. Inmediatamente, la editora de “Ulises” desalojó la librería, toda huella de Shakespeare and Co., incluido el rótulo de la fachada. Corría el año 1.941.

En abril de 1.946, un muchacho llega a Paris. Se llama George Whitman. Cursa estudios en la Sorbonne. Cinco años más tarde reúne dinero suficiente y compra el local de una tienda árabe de comestibles, en el 37, rue de la Bûcherie, con la intención de convertirla en la “librería más bella del mundo”. Se llamará “Le Mistral”, y será el “lugar de encuentro de los escritores extranjeros en Paris”.

Un año después, día del aniversario de Shakespeare el dramaturgo, Sylvia Beach cede a Whitman el nombre de su librería y muchos de sus libros. “Le Mistral” se convierte entonces en Shakespeare and Co.

George Whitman es un curioso librero, que hace de su librería un mito. Es un fanático de la lectura. Para él, leer es el más grande de los placeres civilizados.

El 37, rue de la Bûcherie descansa, luego de un día agotador, de un constante entrar y salir de gente que revuelve estantes y hojea libros. Conversando con Whitman, él recuerda una escena de “La Náusea” en la que Sartre dice del dueño de un café, que cuando su tienda se vacía, se vacía también su espíritu. Y luego agrega: “Cuando cierro la librería me convierto en el ciudadano de otro país; reencuentro en los libros algunas de las miles de vidas que habría podido vivir”. 

Gaceta Literaria de Santa Fe Nº 129 - Otoño 2006

Gaceta Literaria de Santa Fe Nº 129 - Otoño 2006

 Homenaje a la obra de: Juan Carlos Castagnino

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PAGINA EDITORIAL 

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Crear y creer 

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No es mera casualidad que verbos como creer y crear se diferencien solamente por una letra y en el presente del indicativo se escriban igual: “yo creo”. Esto tiene muchas implicancias: para crear es necesario creer y, recíprocamente, para creer es necesario crear. Igualmente recordando el refrán “ver para creer” es también cierto lo inverso, es decir, creer para ver.

Lo dicho nos lleva si tenemos la mente abierta a la comprensión de la enorme trascendencia que tiene la creación que se hace notoria sobre todo en la artística y, por ende, en la literaria. Quizás sería más preciso hablar de recreación,  porque el único que crea desde la nada es Dios y el artista hace memoria del origen milagroso de la vida. La recreación es una ventana abierta a la eternidad y de lo que decimos dan testimonio para quien quiera ver las obras de los distintos campos del arte. En el mundo actual hay muchos que asumen  el papel de creadores, cuando no creen en la trascendencia de su obra, aunque, claro está pretenden que trascienda al gran público. De hecho conocemos en la sociedad contemporánea muchos autores que venden cientos de miles de ejemplares declarándose totalmente escépticos y apuntando únicamente al mercado. Es curioso comprobar cómo cerramos nuestra conciencia ante hechos tan evidentes como el de que la belleza es resplandor de lo eterno y que en la obra de los auténticos artistas se abre una ventana hacia la eternidad encarnada en la palabra.

Es necesario ser obtuso e impermeable para no sentir el hálito de lo divino en  la poesía de Dante, de Shakespeare, Goethe, o más actualmente en autores como Tagore, Juan Ramón Jiménez, Leopoldo Marechal,  por nombrar algunos. Idénticamente en la narrativa, Cervantes, Tolstoi, Dostoievski, Alejo Carpentier. Por eso decimos que la creación artística es una ventana, no una puerta hacia la eternidad porque nos permite contemplar y no poseer. Quizás, después de todo, la eternidad es contemplar y no poseer. Y allí la profunda nostalgia que nos embarga al ver, escuchar o leer obras de arte. Es como si así se nos revelara en toda su verdad la descripción bíblica de nuestra caída original cuando habitábamos el paraíso.

Simplemente, entonces, toda creación artística y dentro de ella literaria es un intento, cuando es auténtico, de hacer memoria de lo infinito en lo concreto, es decir, de la belleza de la obra de Dios, el supremo poeta.

Todas las actividades humanas adquieren significado si aportan al sentido del existir. En la literatura lo dicho se concreta mediante la belleza,  la imagen y el concepto. Ello se puede dar implícita o explícitamente y esto se evidencia en el caso en que solo se reduzca a un juego ingenioso cerrado en sí mismo o en un ejercicio de pretensiones puramente académicas.

Cuando se habla de literatura comprometida no se comprende que si nos relaciona con la totalidad de lo viviente está de hecho comprometida en la única forma real, ya que una vinculación reducida a lo estrictamente sociológico, psicológico o político, mutila la realidad, oculta lo trascendente y nos confina en una visión angosta, por más que presente denuncias sobre injusticias y las documente. Nunca ha sido fácil, en un mundo signado por la violencia y problemas de toda índole, producir obras que abran nuestra mirada hacia la belleza y hacia la irrupción de lo eterno en la historia. Pero es lo que finalmente perdura y, por lo tanto, el resultado  del mayor de los compromisos. Indicar la belleza y el sentido en una realidad constantemente convulsionada no es una tarea que no requiera permanentes sacrificios ¡Y qué mayor valor que rescatar lo permanente en un mundo que corre peligro de desintegración! Después de todo el que quiere incidir inmediatamente en el campo social que no se dedique a la literatura sino a la política. 

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PÁGINA 2                                       

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Sucedió un jueves 

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Por Irma Verolín (Buenos Aires) 

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La locura de mi abuela nos tenía a mal traer. Ya habíamos soportado de todo, sus gritos, sus escapadas en medio de la noche, sus relatos absurdos. Sin embargo nos faltaba vivir lo peor. Sucedió un jueves. Estábamos mirando una revista de modas en la que las mujeres se estiraban hacia el borde de la página y echaban la cabeza atrás, todas iguales, para dar a entender que el mundo o los márgenes de la hoja les quedaban chicos. Sobre las telas que les ceñían el cuerpo, brillaban lentejuelas y abalorios y rasos y pedrerías. Mi abuela preguntó:

-¿Qué día es hoy?

-Jueves – le contestamos.

Después vino el silencio con el chasquido delicado de las hojas de la revista que pasaban unas tras otras como volando por encima de nuestra imaginación. Enseguida la abuela volvió a preguntar:

-¿Qué día es hoy?

Creyendo que se refería al número, dijimos:

- Diecisiete, abuela.

Y otra vez la voz de la abuela se hizo oír en el patio.

-¿Qué día es hoy?

Todas levantamos los ojos con un toque despavorido en la mirada. Aquel fue el principio que amenazaba con no tener final. La abuela preguntó montones de veces el día en que vivíamos. Y fue una pregunta fatal. La fatalidad no se debía a que la pregunta nos repercutiera en la cabeza igual que un golpeteo de martillo sino el sentido de la pregunta misma. Tener presente a cada rato el día en que se vive, tiñó nuestra cotidianidad con un barniz filosófico. Yo personalmente sentí que desde algún lugar remoto en el tiempo y el espacio una fuerza machacaba para que yo tomara conciencia, me hiciera preguntas, pensara en la muerte, escapara de lo burdo, de lo material y me adentrara en cuestiones menos superficiales. A tía Margarita la pregunta de mi abuela le deprimió el estado de ánimo. Sintió que la vejez galopante le quitaba las últimas esperanzas de conseguir un novio o cosa que se le pareciera. Cada vez que la abuela preguntaba, a tía se le antojaba que el tiempo se apresuraba en correr. A doña Pepa se le llenó el alma de preguntas inexplicables que   quizá en el futuro ella misma se animara a responder.

No esperamos a que esta nueva obsesión se fuera por sí sola, buscamos amortiguar el peso que gravitaba sobre nuestra vida: Le conseguimos a mi abuela un almanaque. Yo misma fui a comprarlo. Cuando salí del negocio pasé mis dedos muy delicadamente por los números de una de las hojas del cuadernillo, blanca y cuadriculada, e imaginé que el color de los días empezaba a transformarse. El tiempo se detuvo y el mundo se paralizó. Entonces pude asomarme a una enorme ventana sin fronteras y allí, debajo de todo, encontré mi propia imagen, mirándome. Pero duró apenas un segundo la ilusión, recapacité inmediatamente, con solo reconocer que los números se nos habían metido en los relojes y los calendarios, bastaba y sobraba como prueba irrefutable de la derrota humana.

Agarramos con una chinche el almanaque a la puerta de la cocina y le enseñamos a mi abuela que, no bien se levantaba, tachara el día en curso para que cada vez que tuviera ganas de hacer la pregunta, en vez de preguntar, se fijara en los días tachados y supiera si pertenecían al pasado o si aún estaban por llegar. Mi abuela, muy obediente, con su lápiz negro en la mano, fue tachando uno a uno todos los días del almanaque hasta el treinta y uno de diciembre. No bien terminó y el calendario quedó íntegramente tachado, empezó a preguntar nuevamente:

-¿Qué día es hoy?

Aquella mañana, tía Margarita había salido muy temprano, de modo que cuando volvió se encontró con un calendario desahuciado. Quiso desmayarse pero no pudo. Así, lentamente e inclinando su espalda, mi tía se fue arrodillando y empezó a llorar. Lloraba mientras miraba el calendario como si hubiese sido su partida de defunción.

Doña Pepa, empeñada en sacarle el jugo a esta maldición gitana, como insistió en llamar al percance de vivir con una loca en casa, quiso encontrarle alguna lógica a las tachaduras. Creyó que mi abuela había escogido secretamente un orden  al tachar los números, así que puso a contraluz el almanaque e intentó determinar qué tachaduras se veían más intensas que otras para enseguida consultar un libro sobre el significado numerológico que las cifras encerraban. El número cero representaba el infinito, el uno el principio creador,  el cuatro, la construcción. Como los números eran más perfectos que nuestra manera de mirar, doña Pepa quedó encarcelada en esa búsqueda de sentido y orden. Terminó extrayendo conclusiones sorprendentes y hasta, si se quiere, edificantes, pero que no tenían mucho en común con el mensaje cifrado al que la locura de mi abuela podía aludir.

La tía  y yo nos mordimos para no  criticarle a doña Pepa su audaz método interpretador de la desgracia que se nos había caído encima, aunque eso sí,  como no le dijimos ni media palabra, lo cual ya resultaba altamente sugestivo, ella entendió que se había metido en un túnel sin salida. Y abandonó sus investigaciones. Al fin y al cabo el llamado método del almanaque no había servido más que para perder tiempo y gastar el lápiz.

Mi abuela, sin dejar de mirar el mes de diciembre tachado, siguió preguntando lo mismo a cada rato:

-¿Qué día es hoy?

Cansada como nosotras de oír la eterna pregunta, doña Pepa propuso el recurso del pizarrón. No fue una mala idea. El pizarrón, en el caso de no servir de mucho, despertaba la memoria emotiva, los primeros años, las emociones del comienzo.  Por eso, sin pensarlo demasiado compramos un sencillo pizarrón de color negro absoluto que fue colgado en una de las paredes del patio, justamente al costado de la enredadera. Y allí escribimos el día completo: Jueves 17. La abuela lo miró. Nosotras miramos a la abuela, tranquilizadas al ver la palabra “Jueves” tan entera y tan poética. Era una inscripción gráfica y apaciguadora. La letra cursiva se dejaba llevar y ondulaba, iba hacia abajo o se columpiaba en medio de la negra inmensidad. Todo estuvo bien, los planetas giraron en sus órbitas y los músculos del cuerpo pudieron descansar. El mundo con sus tiempos se había vuelto a poner en orden. El blanco de la tiza resaltaba sobre el negro negrísimo del pizarrón recién comprado.  Aquel momento fue el Paraíso para nosotras. La luz del sol cubrió el patio y contorneó aún más nítidamente los perfiles del día y la fecha presentes. La abuela, parada frente al pizarrón, parecía sonreír. Tenía en los ojos una tersura rara que hasta pudo hacernos ilusionar con una mejoría, con un amenguamiento de su locura. Luego el día o el tiempo, siguió pasando mientras mi abuela se acercaba más y más al pizarrón. En cierto momento estuvo tan cerca del pizarrón de espaldas a nosotras en el patio que me causó gracia, porque daba la impresión que la habíamos puesto en penitencia. El aliento y la respiración de mi abuela volatilizaron la tiza y con ella el número y la palabra “jueves”. Entonces la voz de mi abuela volvió a repetir otra vez:

-¿Qué día es hoy? 

Y mi tía Margarita, al escuchar la voz y ver el pizarrón, se dio por no nacida. Y la idea del tiempo que arrasa con nuestra vida volvió a arrasarnos los pensamientos. Extenuadas, decidimos irnos a dormir cuanto antes. 

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PÁGINA 3 – IDIOMÁTICAS 

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Ni “cerca mío” ni “lejos tuyo”. 

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Por Jorge Alberto Hernández (Santa Fe) 

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El idioma es comunicación y debe ser claro para entendernos y no tener la pretensión de aquellos que, equivocadamente, todo lo “ejecutivizan”, todo lo “impactan”, todo lo “adecúan” y todo lo “verticalizan” con esa suficiencia incomprensible, arrogante e inmodesta propia de los necios, que sólo sabe del uso y abuso de sus neologismos “coyunturales”, porque ignoran las vastas posibilidades de nuestra rica lengua, que es el don otorgado al ser para su convivencia social y “la carta de presentación de nuestra cultura”.

Siempre recordamos la expresión de un estudioso como Alfredo Schock: “Entre el lenguaje y el pensamiento hay una íntima vinculación de parentesco, diríamos consanguíneo. El que habla mal, piensa mal”.

Por eso, para evitar en algo que se hable mal y se piense mal, no cesamos en la defensa que hacemos del idioma. Debe tenerse mucho cuidado en la pureza de la palabra. Es permanente el mal empleo que se hace de adverbios en frases como las siguientes: “se colocó ´cerca mío´”, “se puso ´delante tuyo´”, “formó fila ´delante suyo´”,”venía ´atrás mío ´”, “corrieron ´atrás nuestro´”. Debemos tener en cuenta que cerca, lejos, atrás, delante y adelante son adverbios, y que los adverbios indican lugar, tiempo, modo… en que sucede algo, sin variación de género ni número. El error consiste en que, en los ejemplos citados se los trata como sustantivos, ya que se les unen adjetivos posesivos (mío, tuyo, nuestro, etcétera). Es un error decir “cerca mío”, como si fuera el libro mío. Por consiguiente, “cerca mío“ no es cosa mía, sino lo que está “cerca de mí”. Y lo mismo ocurre con los demás adverbios. Se refieren siempre a la acción o situación, en el tiempo o el espacio. Nunca a la sustancia. Si se refirieran al nombre, serían adjetivos y lo mismo podrían ir delante o detrás: “mi libro” o “el libro mío”. Lo que no puede hacerse con los adverbios. Sería absurdo decir “´mi´ delante”, “´tu´detrás”, “´su´cerca”, “´nuestro´ lejos”… y, por supuesto, igual sin sentido se presenta en “cerca nuestro”, “lejos tuyo”, arriba mío”, “delante suyo“, etcétera. Lo correcto es: “está cerca (o lejos, o delante, o detrás, o encima, o debajo) de mí, de ti, de él, de nosotros, etc”. Por otra parte, está mal decir “está ´arriba´ o ´abajo´ de mí, cuando lo correcto es decir “encima o debajo de mí”; ni “adelante o atrás de tí”, sino “delante o detrás de ti”.

En cambio se admiten las expresiones: “él estaba al lado mío”; “ella iba a espaldas tuyas”, “miró en derredor suyo”. ¿Por qué? Porque lado, espaldas y derredor son sustantivos y no adverbios, y, por lo tanto, permiten la adjetivación posesiva.

Para evitar estos errores tan comunes y que tanto afean el idioma –sobre todo si de periodistas, locutores u hombres públicos se trata-, hay un método seguro que pueden emplear los que no quieren tener el trabajo de consultar la gramática o los que dudan permanentemente. Consiste en preguntarse qué es lo mío, qué es lo tuyo, qué es lo suyo, etcétera. Cuando la respuesta es posible, el uso del posesivo es correcto, de lo contrario, no.  

Estaba al lado mío. ¿Qué es lo mío? “El lado”, que es el sustantivo que indica una de las partes laterales del cuerpo. Por lo tanto es lícito. Pero, si decimos: “iba delante mío“, ¿qué es lo mío?, la respuesta es imposible. Luego, el primer ejemplo es correcto, el segundo, no, ya que la construcción lícita es: iba delante de mí. 

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PÁGINA 4  

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Hiperdiccionario 

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Por Arturo Lomello (Santa Fe) 

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Lo que las palabras pueden significar cuando escapan de la costumbre. 

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Abombado: Poseedor de una bomba que demora demasiado en estallar.

Agarrado: Avaro al que le han crecido garras para defender su patrimonio.

Agnóstico: Con semejante denominación no es extraño que sea escéptico.

Bizcocho: Estado de ebriedad por el que se ve doble y en lugar de hacer el cuatro se hace el ocho.

Cancelar: Celos entre clanes.

Criterio: Sensatez que buscamos permanentemente y encontramos por excepción cuando dejamos las cuatro patas.

Impoluto: Contrariamente a lo que sugiere su sonoridad no es un insulto sino la designación de un estado de pureza que sólo se da en el paraíso.

Partitura: Parto con música.

Prójimo: Nuestro semejante cuando le podemos sacar algo.

Reencarnación: Gordura superlativa.

Secreto: Datos de extrema intimidad que asegura máxima publicidad.  

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El escudo blanco

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Por Pilar Romano (Corrientes)

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Soñaba con estar enamorada. Tenía la edad sospechosa del agua que va quedando en el estanque y un latido inexcusable le reptaba por las caderas. Los sentimientos familiares o amistosos no sabían acallar ese latido y soñaba con estar enamorada.

A veces pensaba que el lino blanco del uniforme de colegiala, que perduró en su delantal de maestra, la había convencido de que llevaba un escudo de pureza que la separaba de cualquier experiencia que pudiera rozarle la carne. Ya no usaba el delantal blanco, pero la visión de ese escudo se le presentaba en ocasiones. Cuando viajaba de pie en el ómnibus por ejemplo, o en un ascensor, y se hacía inevitable el roce con un pasajero; imaginaba que sus huesos eran de barro blanco y podían disgregarse si continuaba el contacto. Al mismo tiempo sentía que algo amenazaba con desbordarse de un cántaro y aparecía el impulso de atar a ese hombre a su cintura con un lazo. Entonces, la visión del lino blanco. Y la sensación de que esas manos lo mancharían, que quedaría la secuela del perfil de los dedos sudados luego de que tocaran su piel. Secuela irreversible, delatora. A veces creía que toda ella se había convertido en un delantal blanco desgastado, olvidado en la cuerda de tender la ropa. La invadía esa forma de desesperación que no llega a las lágrimas y no permite que baje la fiebre. De algún modo habían escondido en su mente la idea de que los hombres, todos, caminan junto a cortejos de pensamientos sucios.

No siempre llega el día, pero para ella llegó. Apareció el hombre que por sus méritos o defectos, o por obra de las circunstancias, le avivó el deseo de despojarse del escudo.

Fue en aquel bar en el que esperaba que dejara de llover, sentada en el taburete alto de la barra, bebiendo sola una copa fuerte que no se atrevía a pedir cuando estaba con sus amigas. Antes que nada, escuchó el ritmo de su respiración. En el intento de acomodar su paraguas, él le rozó la pierna un poco más allá de la rodilla, que había quedado descubierta debido a la altura del asiento. Lindas piernas eran y ella lo sabía. Y él se lo dijo, finamente, galantemente. Como toda mujer, llevaba su secreto entre los muslos, y le vinieron unas ganas locas de ser descifrada. Conversaron y se forzó por ser original, interesante. Comenzó y siguió la ronda. La lluvia quería apagarle la sed de otra piel y el antiguo blanco comenzaba a ser subyugado.

Desde aquel día, todos notaron que estaba cambiando, pero ella no quería contar nada; prefería palpar sin testigos los pliegues de esa satisfacción rara, que parecía modificar sus tejidos. En esto pensaba cuando le vino inesperadamente a la memoria el verso final que recitara en coro en el acto escolar, hacía mucho, en quinto grado..." y todos unidos saludamos a la patria". Cosas de la mente, se dijo, pero algo la inquietó. De todos modos, se sentía plena, ejerciendo por fin el oficio de amar.

Habían ido al cine y todo estaba encaminado hacia el encuentro total. Tragó su pudor envuelto en saliva picante y dijo que sí a la invitación. Estaban, por fin, en el departamento solitario. Comenzó a desnudarse y se sintió orgullosa de sus pechos aún erguidos, de su vientre tenso que sería explorado de un modo que no conocía. Sería una nueva manera de tocarse, un contacto húmedo de manos ansiosas en busca de redondeces y cavidades. Su viejo latido tomó un ritmo alucinante y cuando yacía en la posición en que la mujer vence, adoptó súbita e inexplicablemente la cadencia de aquel coro escolar "todos unidos saludamos a la patria"..., y sintió el pelo tirante por las trenzas que le hacía mamá y escuchó el tono absoluto de su recomendación: hacé siempre caso a lo que diga la maestra, ¿entendiste?, y a la maestra de quinto grado ordenando al comenzar los ensayos…, al decir "todos unidos saludamos a la patria" niñas y varones se toman de la mano, pero eso será el día de la fiesta, no antes, no es correcto, sobre todo para las niñas, que se toquen ni antes ni después, ¿entendieron? 

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PÁGINA 5 – NUESTROS POETAS

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Malinche 

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En la borrascosa noche de Tlaxcala

serpientes del oráculo revelan

signos que mis dioses no comprenden.

Junto al lago donde anida el dolor

relucen los pájaros de la lluvia.

Delirio de ardorosos bárbaros

vinos bermejos que auguran la muerte.

Bajo el volcán de profetas y demonios

muerdo el desabrido pan del deseo.

Menos a ti, todo hombre he castrado.

Yo, Marina de Payla,

náufraga en desérticos labios

guío tu lengua al quetzal del vientre tolteca.

Sangre que brota entre dos puñales.

No temo al retumbo de arcabuces,

a vigorosos corceles de fuego

horadando la ciudadela enmudecida.

Menos el silencio, todo he abandonado.

De ignoto saber sospecha mi destino.

Venero este relámpago del asombro

relato de otro dios sobre Tlaxcala.

Mis palabras derrumban un imperio.

Mis palabras construyen la memoria. 

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César Bisso (Santa Fe) 

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"El dolor de los otros, es mi propio dolor”-L.E.L.  

Tu boca sobre mi boca y tu aliento en mí, recorriendo confines de silencio,

de prejuicios, de condenas, de llaves, de candados 

Irrupción

de sal y  lágrimas en este dolor hondo,

en el placer de  la carne

motivada de enseres cotidianos en la esperanza de ser uno y no más

y sin embargo ser muchos en ataduras sin retorno. 

Vivir ese tiempo mortal de la pasión que aquieta el gemido de la piel,

y corre tras las dunas silentes del deseo;

baja los párpados  de la inocencia en la entrega irrepetible

y deja marcas en los sentidos aguzados de esperas . 

Y después, ¿con qué lleno este  corazón deshabitado,

cuando no hay trinos , cuando llega la noche y  la soledad agita las cortinas,

cuando el agua borra las últimas huellas de tus dedos,

y me quedo así, como un panal vacío,

hoja marchita de un invierno que me escupe el paso de los años?.  

Quizás, lo que me quede sea vivir del ayer, del pasado, de prestado,

de  ratos, de minutos.

O morir cada día sin saber quién apagó el fuego,

fijas las pupilas en el almanaque , en las horas sepias crepitando lentamente

en el hogar  de los recuerdos,

mientras a mi lado pasa el tiempo por las calles oscuras,

huidizo de ilusiones, callado y macilento,

cuando  mi corazón espera el beso, 

para alcanzar alturas en la cresta de la despedida

y desaparecer, brizna, espuma, arena mancillada,

sola, sin ataduras, sin andamios, sin soportes, sin almohadas. 

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Lidia Esther Lobaiza de Rivera (Coronda) 

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Luna no conquistada 

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El idiota que burbujea palabras

o el inventor del invento,

el que abre sus manos con aves flamígeras

o el decorador de horizontes no dibujados,

el que mata por derecho o por matar,

el suicida

el bien informado

el enfermo de sol y arena

el que simula vuelos que no tiene

el que al cerrar los ojos no los cierra.

Todo hombre sin importar rango,

color, genética, continente, lengua,

océanos atravesados, guerras hechas y por hacer,

lunas conquistadas, colonias sometidas,

sueños devorados, palabras inconclusas,

gestos alucinados...

Todo hombre, alto, flaco, bajo, gordo,

atlético, deforme, sedentario.

Todo hombre es una señal habitable,

es un cosmos, es dios en su seno,

es la terrible soledad de saberlo,

es la libertad invernando,

es la duda que mora en la respuesta,

es la verdad inconclusa,

es un cielo a dibujar,

es una luna no conquistada. 

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Oscar Agú  (Santa Fe) 

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Llueve,

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el mundo se va a acabar y no parece importarnos. 

te contemplo desde los pies,

duermes como duerme un pétalo,r

espiras con la calma que tienen las nubes para no caminar de prisa. 

en silencio,

sosegado,

te descubro con el meditativo asombro que tenemos  al observar las cosas brillantes,

voy recorriéndote lentamente, con tacto de ciego o de equilibrista. 

te amo como desde una isla,

a flechazos,

te encuentro entre las sábanas como se encuentra al sol entre los dedos,

la vida se ha convertido en esto que nos hace sentir el pecho lleno de luceros tibios, tormentas en el bosque, poemas de pizarnik, caricias silenciosas y palabras que te dije al oído. 

te miro mientras duermes y puedo cerrar los ojos porque te he memorizado de a poco, de forma minuciosa y exacta,

te llevo conmigo como llevo los dedos o mi amor por la botánica,

te guardo escondida en un maletín de aire o de corales violáceos,

             permaneces conmigo entre las uñas y los párpados. 

intento mantenerte intacta entre yo y el yo que te mira,

            entre voces y caminos que se superponen en mí y en el mundo, 

te amo con una constancia arácnida, 

con empecinamiento y premeditación budista. 

te amo hasta que nos quedamos dormidos

             hasta que tu mano y mi mano son una,

            hasta que me duele,

hasta el silencio.        

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Arturo Castro (Venezuela-Santa Fe)

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El paisaje es la gente

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      quisiera salir esta tarde

de sol o de lluvia

hacia el oeste de mi vieja calle

a escalar la más alta montaña 

en la magia cambiante de sus colores; 

entre nubes y llamas

aguiluchos y cóndores iría

pero al oeste de mi simple pueblo

que es liso y llano 

no hay ninguna montaña o montañita 

quisiera jugar con la nieve

independiente en el parque junto al lago

o esquiar entre verdes pinares

pero en mi pueblo hace años que no nieva

y nunca he visto en trineo a los niños

   entre lobos y perros  

o amasando muñecos con copos

                      radiantes               

salir por mi calle hacia el este quisiera

hasta dar con la orilla marina

y trepar a los altos barcos anclados

al viejo puerto de ultramar de Juan Ortiz 

pero mi pueblo nunca ha dado al mar  

el paisaje más lindo -dijo mi padre- 

es la cara de los viejos amigos 

y casi todos mis viejos amigos 

siguen viviendo aquí 

sin ir más lejos 

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Rubén Vedovaldi (Capitán Bermúdez) 

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PÁGINA 6 

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La voz de Gelman 

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Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires) 

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No es usual, por desdicha, que algún libro de un poeta argentino contemporáneo llegue a ser publicado hoy por una gran editorial. Y, mucho menos aún, que no se trate de algún título aislado sino de la reedición de prácticamente todo el conjunto de su obra. Hay quien dirá que, en el caso que ahora nos ocupa, ello se debe quizá al hecho de haber llegado a convertirse en hombre público, y que los avatares de su historia personal (por otro lado tan entreverados con la historia de todos) han venido a convertirse en algo así como una caja de resonancia para su poesía.

Y si bien es verdad que, ya desde su mismísimo primer título: Violín y otras cuestiones (1956), su innegable lirismo surge ineludiblemente confundido con sus nada conformistas opiniones políticas y sociales, también es cierto que desde allí mismo comienza a hacerse acaso patente la mutua honestidad que ya lo constituye desde entonces y que no le iba a permitir convertirse para nada, en absoluto, apenas en un módico transmisor de consignas.

Esa tensión, fecunda como tantas otras, entre su doble fidelidad a la poesía y a sus ideas, no se ha manifestado apenas en lo superficial, en lo aparente, en el concepto y, por tratarse de un escritor de raza, se ha trasladado como aliento vivo al cuerpo mismo de su propia escritura, la cuestiona y la sostiene, la inquieta y la alimenta. Y si una prueba de fondo de su autenticidad en tal sentido la manifiesta su absoluta imposibilidad, casi visceral, orgánica, para aprovechar su propia historia, en tantos sentidos trágica, como muchos otros tan diferentes de él manejan hoy sus relaciones públicas o su marketing, si todo nos asegura que la resonancia obtenida ha sido totalmente espontánea, inocente, fruto maduro de las circunstancias y nunca de su voluntad, hay otra prueba más reciente en el mismo sentido. Y es el hecho de que su propia escritura haya ido ahondando legítimamente su experiencia, en el sentido de lo raigalmente humano e incluso metafísico pero, como debe ser, por el libre fluir de su propia espontaneidad creadora, sin artimañas ni dobles intenciones.

Quiero decir que en el merecido éxito de Gelman como poeta, que ha de incluir probablemente también sus vicisitudes de hombre público, que allí se entremezclan en gran medida, el hecho de que él mismo haya ido abandonando ciertas temáticas demasiado evidentes para profundizar en otros sentidos, tal vez menos redituables desde el punto de vista del negocio editorial, no me parece sino otra prueba de aquella doble honestidad a que antes hacía referencia. Y que lo digan si no esos dos libros ejemplares, en ese y otros sentidos, que son Dibaxu (1994) e Incompletamente (1997).

Por ejemplo, en el volumen que hoy consideramos: Interrupciones 1 (Seix Barral, Buenos Aires, 1997), donde se reúnen otros siete libros que van desde 1971 hasta 1980, es decir signados en la mayor parte por su exilio, si en gran medida su estilo continúa aquí diferenciándose no sólo por su peculiar construcción, por su nada demagógico abandono de las mayúsculas y de los signos de puntuación tanto como por su particular escandido, de riquísima, escasamente populista y conmovedora entonación, se vuelve también significativo en ambas direcciones por la absoluta preponderancia de las preguntas (¿de los cuestionamientos quizás?), temblorosas y tocantes, antes que por las afirmaciones. Y aquellas honduras desprendidas de lo anecdótico comienzan a aparecer, en forma natural, casi desde antes de la mitad de este volumen, para confluir en una profunda elaboración de impensadas referencias, sin embargo a la postre claramente comprensibles, que van desde Santa Teresa y San Juan de la Cruz hasta Homero Manzi o Gardel y Lepera, que afinan y ahondan su expresión también en lo que podríamos llamar formal, ya que, si bien sostenida siempre por el mismo aliento poético, va dando lugar casi instintivamente a la emergencia de formas clásicas del lirismo de nuestra lengua, a veces sólo barruntadas o rozadas, aunque por supuesto animadas por la entereza y la originalidad de siempre.

Es que, me animaría a sugerir, si hubo alguno de aquellos primeros momentos en que pudo hablarse de la hasta lógica presencia de alguien como César Vallejo en el desarrollo de su obra, en el ejemplo humano y poético del gran poeta peruano que no podía, vistas sus peculiares inquietudes, dejar de seducirlo y atraparlo primero por su sonoridad y su contacto, exteriores, de piel, hoy bien podríamos decir que ya se han abandonado aquí todas estas y otras superficies para ahondar en el meollo esencial de la existencia y del lenguaje que, también, por otro lado, es el Vallejo esencial cuando logramos adentrarnos en lo pleno de su vivencia, en lo que nos contagia antes que en lo que apenas logra transmitirnos. Inocente, como él, y aunque no se lo proponga, por propia deriva de su ser, de todo lo que no sea lirismo esencial, vida y muerte desnudas, Juan Gelman logra también contagiarnos su vivencia, su evidencia, incluso más allá de que a cada lector le toque coincidir o no, total o parcialmente, con sus opiniones. 

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PÁGINA 7   

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El más vivo de todos 

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Por Carlos Roberto Morán (Santa Fe) 

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El más vivo de todos es el Rauli que ayer se cayó a las casas con un pollo entero. El abuelo ni lo dejó respirar porque ya estaba arrancando las maderas de la ventana y preparaba el juego y después de sacarle las partes podridas lo puso al juego y le tiró vinito del tetra y quedó tan rico que era para bailar.

La Laucha dijo que era una porquería, que todo era una porquería y se puso a llorar, pero a la Laucha ni hay que llevarle al apunte porque para ella no alcanza ni el castillo de Alibabá, así que mejor salir por el aujero del fondo y buscar, aunque cada vez hay menos de menos y ni te alcanza ni para esto.

El problema verdadero es el frío, la mama se abriga y se abriga pero no hay manera, porque el techo está todo con aujeros y te entra un chiflete que te agarra hasta el corazón y se te paspan los labios y no se puede ni decir ni una palabra porque en seguida te viene el dolor de garganta.

Más problema hay cuando vuelve la lluvia que te moja todo y ni te podés defender porque cae por los aujeros del techo que el abuelo ni sabe arreglar ni el hombre que anda con la mama ni nadie y a mí tampoco porque ni sé por dónde empezar. Así que hay que meterse en los rincones y aguantarse. Uno, acá, tiene que aguantarse.

Por ai se cae un cacho de la pared y hay que correrse rápido para otro lado porque si no ni te salvás del chiflete, pero en el otro lado está el abuelo o está la Laucha o está el hombre que lo único que sabe es chuparse con el treta y te da una con esa mano grande que tiene que ni te deja un hueso sano pero suerte que soy flaco y rápido y no me puede alcanzar.

El agua sigue al lado mismo de las casas y tiene un olor a repodrido que no hay quien se la aguante pero la mama dice que más mejor no podemos estar y que tenemos que dar graciaadió que encontramos las casas cuando ni sabíamos ni para dónde ir.

Porque el agua llegó de pronto al barrio y vino con el frío y vino con el chiflete y nos rompió la pieza y nos dejó con el culo al aire y don Juan no apareció más y nadie supo y nadie sabía nada en el barrio que era un puro griterío con los ladridos de los perros y los caballos que se ponían como locos y uno que andaba con los nervios de punta porque no había ni un lugar donde esconderse.

En las casas somos como mil y hay que andar con cuidado porque se viene cada uno oloroso y con faca en la cintura y vino el Gurí que trajo el revólver y cuando se ponen con el treta se ponen como loco y mejor rajarse por el fondo y irse lejos, a ver si pescamo una mojarra o un sábalo o un bagre pero ni eso, el otro día saqué una zapatilla toda rota y después un tarro y lo único que pasan son la caja del tetra vacía, do botella y las bolsitas de plástico.

El problema es el tetra y el otro problema son la pastilla porque cuando se ponen con esas se ponen todos locos y lo mejor es irse un poco lejos pero no hay lugar porque siempre está lloviendo y te pasan cerca los coso de Prefetura y te miran como si te quisieran bajar de un hondazo y hay que hacerse el tonto y hacer como que no esisten. Yo pesco, siempre ando con el ril y la caña y trato de sacar algo pero el agua se pudrió y los pescados salen todos muertos y podridos y lo que saco es una zapatilla rota y una botella de la cocacola.

Los de Prefetura te tienen podrido porque ni hay una que los conforme. Vienen, miran, revuelven que te dejan las casas que es una porquería y después se van sin decir la menor palabra como dice la mama que cuando los ve vení dice otraveotraveotravé y se manda mudá a los fondos de donde vuelve cuando ya es de noche y hay que guardarse porque llegan lo tiro y cuando llegan lo tiro no te perdonan ni así.

Decí que el hombre tiene una mano grande como un ropero y anda calzado y mejor ni te le acerqué porque te baja de la manopla que te da, pero lo negro quieren sacarte todo, hasta la botella vacía de la cocacola. Y se la quieren llevar a la Laucha. El hombre dijo que sí y le pidió al Gurí como tre treta y la puta que lo parió de plata pero la mama dijo que no y se puso mala y lo sacó a los sillazos y nosotros la ayudamos con las piedras. Pero de seguro que van a volver porque cuando hay hambre de mujer no hay quien te los pare, como dice el abuelo.

Lo que tenemo es hambre de comida, cuando viene el camión de los soldado todo está bien porque ellos te dan la polenta y el arró y lo fideos, pero cuando no vienen porque se rompió el puente y hay un barro asqueroso que es todo un chiquero el hambre te empieza a apretá y a apretá y la panza te hace unos chiflidos y el dolor de la panza ni con el agua ni con el mate se te va, qué se te va ir.

El abuelo necesita la indición, pero ni uno quiere venir para las casas para ponérsela, así que el abuelo anda medio que se cae y medio que se tira en las cubijas y no habla con nadie y a vece da miedo porque parece que se murió nomá.

Tiene que tomá cosas caliente, dice la mama pero no hay de dónde, y ella dice que lo va a perder y entonces no aguanto más y me voy al fondo y salgo de la casa y tiro el ril a ve si sale algo y no sale ni mierda ni la botella de la cocacola nada porque lo único que hay acá es el barro y el plástico y la lluvia finita que se mete por toda parte, que no te deja ni cuando andas dispierto ni cuando te dormí.

A lo negro lo que no se le pasa es el hambre de la Laucha, así que vuelven, la relojean, la siguen, le dicen barbaridá y la mama se pone bizca de la rabia que le da y le dice al hombre que lo saque a lo negro y al Gurí y el hombre no tiene gana, a él lo que le importa es la plata, aquí en las casas no hay ni un guita, grita el hombre, y ésta come por mil, y la señala a la Laucha que se viene conmigo y se sienta y ni quiere hablar con nadie porque lo que quiere es encontrar al Marcial y al Marcial ni se lo vio más desde que vino el agua.

La Laucha viene y me dice que tiene un miedo que se caga toda, porque el hombre la quiso vendé por poca guita nomá y que la mama apenas que si se enteró y que si no se entera ya estaría con el Gurí que es más pior que las arañas y capá que la lleva a Buenosaire y ni la vemo más.

El hambre es como un aujero en la panza que ni te deja respirá y la mama se queja y el abuelo parece muerto tirado entre las cubija y la Laucha llora porque el Marcial ni aparece y vinieron el Gurí con lo negro para hablá con el hombre y mandarse mudá con la Laucha y hasta a la mama parece que le está dando lo mismo así que la Laucha viene y me pide que la ayude.

¿Y de qué la voy a ayudar si con lo flaco que soy me hacen pomada con que me miren no más? Así que me voy a pescar y la primera vez que voy y saco un pescado flaquito que me lo como crudo, así como está y aunque me clave las ejpinas me siento mejo y si ella no quiere ir con el Gurí que no vaya que para eso ella decide así que mejor que se lo busque al Marcial y que se vaya porque en las casas ya ni se puede vivir como dice la mama.

El que la tiene que ayudá es el Rauli porque es el más vivo de todos pero el Rauli se mandó mudá porque dijo que en las casas ni se puede estar y si vienen lo negro te machucan todo y no te van a dejar sano ni el cerebelo, así que se fue y si te he visto no me acuerdo como dice la mama y la Laucha tiene más miedo todavía.

Qué la voy a ayudá, mejor vuelvo a ver si saco la mojarrita, si saco el bagre, si saco el sábalo si saco mucho sábalo podemo comer como lo reye como decía el abuelo que ni se levanta más y la mama dice que si tuviera la indición seguro que se sana pero lo de Prefetura te miran con un odio que te achuran todo y después se van y si te he visto no me acuerdo, así que se va a morir y la Laucha llora más porque esa te llora hasta cuando cae la lluvia así que ahora te llora todo el tiempo y en las casas hay miedo porque si no para seguro que el agua se viene y nos lleva como hizo con el barrio que ahora no está por ningún lado y hay agua y nada más.

El abuelo tiene un ronquido feo, el hombre se pone loco y toma más y me manda un mamporro que suerte que soy flaco y puedo correr que si no me come todos los huesos, la mira a la Laucha y dice está noche te me va con el Gurí y la mama llora y ya no habla más.

La única luz que llega viene de la calle porque en las casas ni velas tenemo. La mama le pone la compresa al abuelo y le quiere dar un mate cocido pero el abuelo lo gomita así que se vuelve un enchastre y ronca más y el hombre se pone loco y me larga un mamporro que me pega en la cabeza porque no me agaché a tiempo y quedo medio boludo mientras lo negro se me cagan de la risa.

Después me pongo en un rincón y me limpio lo moco y ni en pedo voy a llorá, lo único que quiero es un chumbo para darle en la cabeza al hombre y a la negrada boluda que la miran a la Laucha y el Gurí que se la quiere llevá pero ella lo quiere al Marcial que desde que vino el agua ni se vio y no volvió nunca más.La Laucha viene y me dice ayudame que me va a llevá esta noche el Gurí.

Pero en la noche y en lo oscuro el abuelo deja de roncá y la mama lo sacude y lo vuelve a sacudí y también lo sacudo yo y lo sacude el hombre pero el abuelo no responde y lo que pasa es que se murió.

La mama se descompuso y le dijimos que se acostara un poco que cuando vinieran los de la Prefetura le vamos a decir que se murió el abuelo para que se lo lleven. Al hombre no le interesa esa cosa y se pone a tomá del treta con el Gurí que vino a llevarse a la Laucha y ya está, y ella me agarra el brazo y se pone a temblá y yo siento lo moco que mojan toda la cara y digo que el Rauli tendría que estar ahora y también el Marcial pero no hay ni en las casas ni en ningún lugar.

La mama no puede más y llora y yo le digo acuéstese mama y los otros, lo negro, el Gurí, el hombre, andan en pedo no más y yo le digo duérmase que yo me quedo dispierto y la mama se envuelve en las cubijas y se pone a roncar y me apuro y le digo a la Laucha andate patrás y ni respirés.

Los coso de la Prefetura me miran como se mira a un moco, a un poquito de mierda, pero a mí ni me importa y les digo que se murió el abuelo y que lo vayan a buscar. Hay un frío de mierda y me tiemblan los güesos pero todavía hay que volver a las casas y va a ser lo mejor que lo negro y el Gurí y el hombre se empeden porque si me abarajan de un mamporro seguro que me matan.

Es más pesau que las piedras el abuelo, ayudame, le tengo que pedir a la Laucha, ni hablé ni grité ni que te escuchen. Suerte que en lo oscuro no se ve ni lo que se respira. Tiramos, tiramos, salimos por el aujero del fondo, ni hablé, le digo a la Laucha hablando bajito, no doy más pero hay que seguir hasta el agua que está ahí no más. Y entonces llegamo. Y entonces lo tiramo. Chau abuelo digo al ruido que se hunde.

Después voy y le digo a la Laucha que se ponga en las cubijas del abuelo y ella que no, que no quiere, pero cuando estoy por chirliarla escucha la carcajada del Gurí y deja de protestar y se escuende y se tapa toda sin que yo le diga nada más.

Después vienen los de la Prefetura y piden por el cuerpo del abuelo y que quién les avisó dice el hombre pero ellos no dicen nada y yo me escuendo y la mama llora cuando uno agarra de una punta la cubija y el otro la agarra de la otra y de un golpe seco la ponen al fondo del camión y se van.

Pior que a un perro, llora la mama y yo me quedo afuera mirando cómo se va la luz chiquita del camión hasta que no la veo más. No bien afloje la lluvia y salga otra vez el sol me voy a ir a pescar. A lo mejor saco un bagre entero y se lo llevo a la mama y lo comemo y lo regamo con vinito y lo ponemo a bailar. 

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PÁGINA 8  

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La sirena del aire. 

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Por Alejandro Maciel (Corrientes) 

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En algún año del siglo XVII hubo un capitán que, amargado por la enfermedad de la nostalgia y el abandono de sus amigos, se hizo a la mar buscando una isla. En la isla, según decían sus camaradas, vivía un monje ermitaño muy sabio que podría ayudarlo.

Zarpó al mediodía cuando el sol rutilaba en el cabrilleo marino y dio instrucciones tan confusas al timonel y al piloto que la fragata se perdió en la bruma de un pasaje que todos llamaban "el silencio tenebroso". Nada se movía en la quietud mórbida de esas aguas espesas cuyos miasmas parecían supurar una niebla verdosa y picante que escocía los ojos. El capitán sabía que traspasada la calma especiosa y malsana, se encontraba la isla. Y en la isla una cueva. Y en la cueva un león que custodiaba la entrada al cenobio donde el monje escribía cláusulas a los textos sagrados.

Pasó un día y el barco seguía inmóvil, como amarrado a las fuerzas de las profundidades. Al segundo día el piloto se acostó en la amura y abandonó el timón inútil en la parálisis de la nave que no podía avanzar ni retroceder porque el aire se había coagulado a su alrededor. Al tercer día se escucharon golpes en la quilla, hacia babor. El capitán bajó una escala de gato y por ella trepó una bellísima Sirena.

Era una criatura límpida, de tez parecida al alabastro, casi traslúcida. En sus ojos, si no habitaba la divinidad, estaban los rastros de esa visión.

-He vivido mil años en las profundidades, -dijo con voz tímida-. Ya no soporto las tinieblas ni el hondo pesar del mar. Quiero vivir en la luz.

El capitán se limitó a encogerse de hombros; no buscaba redimir a nadie ni librar a un inocente de sus culpas. No buscaba ayudar: buscaba ayuda. Buscaba en el mar al monje que le daría paz a su vida.

-Puedes vivir en mi barco, -respondió sin dar mucha importancia a sus palabras que seguían lánguidamente a sus pensamientos.

La Sirena suspiró hacia la lejanía y respondió sin alzar los ojos:

-Sigue siendo el mar.

El capitán pensó un momento, algo inquietante le había cedido la extraña criatura envuelta en algas que pisoteaba su propia cola con dos aletas del color del acero bien pulido. Ahora, repentinamente, sentía una infinita lástima por la Sirena pensando que también ella sentía el dolor de la nostalgia; que vivir diez años en las profundidades sería un castigo insoportable; pero mil años ya ofendía el pensamiento.

-¿Quieres que te deje en algún puerto? ¿Quieres vivir en tierra?

-Yo misma podría haber llegado al puerto más próximo. Necesito el aire, ¿acaso ignoras que las sirenas fuimos criaturas aladas en el pasado? El vértigo de volar es la libertad. Han pasado más de mil años pero aún recuerdo la libertad. Nunca se olvida el origen de la vida.

El capitán se puso pensativo. Atardecía con un cielo desgarrándose en rojos y violetas cuando empezó a soplar el viento. El barco se puso en movimiento y el piloto despertó de su largo sueño para retomar el timón.

-Sé lo que haré contigo-, dijo al fin el capitán. Te izaré en la cúspide del campanil de la iglesia más alta que encontremos. Allí serás feliz indicando a cada cual el rumbo de su libertad.

-¿Cómo puedo indicar a nadie la felicidad si yo misma no la conozco?, preguntó la Sirena con dulzura.

El viejo capitán recordó que durante una tempestad, en la nasa, habían rescatado del fondo agitado del mar una lira de oro que él guardaba celosamente en su camarote. Bajó a buscarla sin decir nada y al acariciarla sintió que algo muy delicado estaba a punto de suceder. La lira de oro parecía temblar como esas gaviotas que a veces caían exhaustas en la cubierta de la nave. Se la dio a la Sirena.

-Si puedes tañirla sabrás lo que es la felicidad y dónde encontrarla, señaló mirando fijo la frente nacarada de la doncella del mar.

No bien la tuvo en sus manos la Sirena meció sus dedos traslúcidos y era como si un cristal rozase el oro desprendiéndole la música más sublime que jamás se había escuchado. La música de los ángeles.

El capitán comprendió enseguida que se había unido dos partes del universo que se necesitaban desde los lejanos tiempos de la primera luz. La Sirena empezó a cantar y su voz llenó el vacío que había impuesto la tristeza al capitán, que había removido viejas culpas e hizo que el sueño huyese de sus ojos.

El piloto, diestro en el manejo de la rosa de los vientos, señaló a lo lejos una vieja iglesia de piedra recostada contra el farallón. Tenía una torre y en lo alto, el sitio de la veleta estaba vacío junto a la cruz.

-Allá serás dichosa, dijo.

Han pasado muchos más de cien años. La Sirena con la lira de oro sigue allá en lo alto, temblando, asida a los vientos para indicar el sitio exacto donde éstos van a extinguirse en la calma. Con sus dedos de anémonas de cristal hace la música que indica a cada cual el sitio desde el cual puede perdonar el pasado y bendecir el futuro. El capitán comprendió que en ese sitio empezaba la paz que estaba buscando.

Ya no necesitó encontrar la isla, ni despertar al león de su letargo. El monje escribiría entonces, en los márgenes de un texto sagrado:

"La belleza nos enseña a salvarnos de nosotros mismos". 

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PÁGINA 9 – PÁGINAS MEMORABLES

Vicente Aleixandre

Poeta español nacido en Sevilla en 1898.

Su infancia transcurrió en Málaga, y aunque desde los trece años se trasladó con su familia a Madrid, el mar dejó una profunda huella en su poesía. Fue miembro de la Real Academia Española y uno de los grandes valores de la poesía del siglo XX.

Su primer libro, «Ámbito», fue publicado en 1928, al que siguieron, «Espadas como labios» en 1932, «Pasión de la tierra» en 1935,  «Sombra del paraíso» en 1944, «Mundo a solas» en 1950, «Nacimiento último» en 1953, «Historia del corazón» en 1954, «Poemas de la consumación» en 1968, «Diálogos del conocimiento» en 1974   y póstumamente «En gran noche» en 1991.

En 1934 fue Premio Nacional de Literatura y en 1977 recibió el Premio Nobel de Literatura.  

Falleció en Madrid en 1984.

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Nacimiento del amor

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¿Cómo nació el amor? fue ya en otoño.

Maduro el mundo,

no te aguardaba ya. Llegaste alegre,

ligeramente rubia, resbalando en lo blando

del tiempo. Y te miré. ¡Qué hermosa

me pareciste aún, sonriente, vívida,

frente a la luna aún niña, prematura en la tarde,

sin luz, graciosa en aires dorados; como tú,

que llegabas sobre el azul, sin beso,

pero con dientes claros, con impaciente amor!

Te miré. La tristeza

se encogía a lo lejos, llena de paños largos,

como un poniente graso que sus ondas retira.

Casi una lluvia fina  -¡el cielo azul!-  mojaba

tu frente nueva. ¡Amante, amante era el destino

de la luz! Tan dorada te miré que los soles

apenas se atrevían a insistir, a encenderse

por ti, de ti, a darte siempre

su pasión luminosa, ronda tierna

de soles que giraban en torno a ti, astro dulce,

en torno a un cuerpo casi transparente, gozoso,

que empapa luces húmedas, finales, de la tarde

y vierte, todavía matinal, sus auroras.

Eras tú, amor, destino, final amor luciente,

nacimiento penúltimo hacia la muerte acaso.

Pero no. Tú asomaste. ¿Eras ave, eras cuerpo,

alma solo? Ah, tu carne traslúcida

besaba como dos alas tibias,

como el aire que mueve un pecho respirando,

y sentí tus palabras, tu perfume,

y en el alma profunda, clarividente

diste fondo. Calado de ti hasta el tuétano de la luz,

sentí tristeza, tristeza del amor: amor es triste.

En mi alma nacía el día. Brillando

estaba de ti; tu alma en mí estaba.

Sentí dentro, en mi boca, el sabor a la aurora.

Mis ojos dieron su dorada verdad. sentí a los pájaros

en mi frente piar, ensordeciendo

mi corazón. Miré por dentro

los ramos, las cañadas luminosas, las alas variantes,

y un vuelo de plumajes de color, de encendidos

presentes me embriagó, mientras todo mi ser 

                                                             a un mediodía,

raudo, loco, creciente se incendiaba

y mi sangre ruidosa se despeñaba en gozos

de amor, de luz, de plenitud, de espuma.

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Reposo

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Una tristeza del tamaño de un pájaro.

Un aro limpio, una oquedad, un siglo.

Este pasar despacio sin sonido,

esperando el gemido de lo oscuro.

Oh tú, mármol de carne soberana.

Resplandor que traspasas los encantos,

partiendo en dos la piedra derribada.

Oh sangre, oh sangre, oh ese reloj que pulsa

los cardos cuando crecen, cuando arañan

las gargantas partidas por el beso.

Oh esa luz sin espinas que acaricia

la postrer ignorancia que es la muerte.

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El poeta se acuerda de su vida

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Perdonadme: he dormido.

Y dormir no es vivir. Paz a los hombres.

Vivir no es suspirar o presentir palabras que aún nos vivan.

¿Vivir en ellas? Las palabras mueren.

Bellas son al sonar, mas nunca duran.

Así esta noche clara. Ayer cuando la aurora

o cuando el día cumplido estira el rayo

final, ya en tu rostro acaso.

Con tu pincel de luz cierra tus ojos.

Duerme.

La noche es larga, pero ya ha pasado. 

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El olvido. 

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No es tu final como una copa vana

que hay que apurar. Arroja el casco, y muere.

Por eso lentamente levantas en tu mano

un brillo o su mención, y arden tus dedos,

como una nieve súbita.

Está y no estuvo, pero estuvo y calla.

El frío quema y en tus ojos nace

su memoria. Recordar es obsceno,

peor: es triste. Olvidar es morir.

Con dignidad murió. Su sombra cruza.

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Unas pocas palabras

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Unas pocas palabras en tu oído diría.

Poca es la fe de un hombre incierto.

Vivir mucho es oscuro, y de pronto saber no es conocerse.

Pero aún así diría. Pues mis ojos repiten lo que copian:

tu belleza, tu nombre, el son del río, el bosque,

el alma a solas.Todo lo vio y lo tienen. Eso dicen los ojos.

A quien los ve responden. Pero nunca preguntan.

Porque si sucesivamente van tomando

de la luz el color, del oro el cieno

y de todo el sabor el pozo lúcido,

no desconocen besos, ni rumores, ni aromas;

han visto árboles grandes, murmullos silenciosos,

hogueras apagadas, ascuas, venas, ceniza,

y el mar, el mar al fondo, con sus lentas espinas,

restos de cuerpos bellos, que las playas devuelven.

Unas pocas palabras, mientras alguien callase;

las del viento en las hojas, mientras beso tus labios.

Unas claras palabras, mientras duermo en tu seno.

Suena el agua en la piedra. Mientras, quieto,

estoy muerto.

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Sin fe

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Tienes ojos oscuros.

Brillos allí que oscuridad prometen.

Ah, cuán cierta es tu noche,

cuán incierta mi duda.

Miro al fondo la luz, y creo a solas.A solas pues que existes.

Existir es vivir con ciencia a ciegas.

Pues oscura te acercas

y en mis ojos más luces

siéntense sin mirar que en ellos brillen.

No brillan, pues supieron.

Saber es alentar con los ojos abiertos.

¿Dudar...? Quien duda existe. Sólo morir es ciencia.

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PÁGINAS 10 y 11 – RESEÑAS DE LIBROS

Pájaro Azul, Cuentos de Gloria de Bertero. Editorial Vinciguerra -Nuevo Cauce. Buenos Aires, 105 págs.  

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En este reciente libro de Gloria de Bertero se pone de manifiesto su exquisita sensibilidad y ese amor inclaudicable que siempre hace presente por la Felicia natal, pueblo que motiva su carácter de escritora, que es “el sitio de encuentro con la esperanza más próxima”, como bien lo anota Lidia Vinciguerra en el reverso de este volumen que hoy llega hasta nosotros.

Biógrafa, ensayista, poeta y periodista, ha recibido numerosas distinciones provinciales, nacionales e internacionales  con sus libros de ensayo, poesías y cuentos traducidos a diversos idiomas y estudiados en talleres del país y universidades del extranjero. Partícipe de más de treinta antologías, su Quien es Ella en Santa Fe, tomos I y II (actualmente está preparando el Tomo III), fue declarado de Interés Cultural por la Subsecretaría  de Cultura de la Provincia de Santa Fe, en 1996 y 200l. Conferenciante y jurado en narrativa y poesía en concursos organizados en Buenos Aires y Santa Fe, ha sido Faja de Honor de la ASDE y  la SADE y sus libros se tradujeron al italiano, portugués, ruso, inglés e hindi.

Esta sensible escritora se hace presente en la oportunidad con una obra del género Cuento: Pájaro Azul, que no hace más que poner de manifiesto su idoneidad literaria, esta vez con historias sencillas y representativas de diversas situaciones íntimas remitidas sobre todo a etapas de su quehacer familiar. Como cuando en la pieza titulada Pobre grandeza, expresa: “Yo fui aquella que un día hizo noche de lágrimas la Tierra, y un hongo de almas se elevó a los cielos dejando una Hiroshima de muerte, nada más que de muerte”.

Su entrega a los demás se pone de manifiesto en Quien es Ella en Santa Fe, donde su dedicación desinteresada a conocidas o ignoradas mujeres santafesinas vinculadas con el arte y las relaciones humanísticas, llevó a una editorial alemana a pedirle “autorización para publicar biografías de los dos tomos de la obra en el Archivo Biográfico de España,  Portugal e Iberoamérica hasta 2001, que figuran en Quien es Ella en Santa Fe, aparecerán en dichos libros en el año 2006, aproximadamente”.

En realidad es una enorme satisfacción para los santafesinos (en especial) tener una representante de tal jerarquía en las letras que supieron de la calidad de escritores como Luis Di Filippo, Gastón Gori, Mateo Booz, José Pedroni, Diego Oxley y muchos más.

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Jorge Alberto Hernández (Santa Fe) 

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Desde otras voces – Alebrijes – Norma Segades – Manias – Edición de la Universidad Tecnológica Nacional – 86 ps. 

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Este es un libro que viene precedido de auspiciosos comentarios. Desde la opinión de la escritora y editora Lina Zerón, responsable de la primera edición mexicana (“Norma Segades es una mujer de temple y garra que tiene prohibido renunciar a la poeta que vive en sus entrañas, a pesar de los obstáculos. Es una poeta bien plantada que desea libertad para su gente, que presta su voz al marginado, a los que sufren, a los que tienen hambre. En este libro, encontró Musas en el brillo de poemas de otras poetas hermanas. Le damos gracias por regalarnos su talento.”), pasando, entre otras, por la valoración de la escritora Lourdes Vázquez, premio Juan Rulfo de poesía 2002, residente en los Estados Unidos (“Los alebrijes de Norma danzan un baile de sobrevivientes sin máscaras. Aún más, sobre baldosas desarrolla una poesía desgarrante, como nuestro continente.”) o el juicio de Liz Durand, escritora y artista plástica mexicana (“Los versos de Norma muerden, como la verdad. Hacen sentir más cerca la otra mano, hacen que la esperanza sea una sábana tendida al aire, henchida de luz. Sus versos detienen a la llaga para ponerla con ternura en nuestros ojos, sin la estridencia de pus que los lastime. Así, su libro es una de las cuentas en este dolor universal, collar que ciñe corazones y conciencias. Mi admiración por ese manejo cirujano del lenguaje, y sobre todo, por esa comunión con el dolor que nos iguala.”), hasta la crítica de Esther Andradi, escritora y periodista residente en Berlín, quien estuvo en la ciudad de Santa Fe para realizar la presentación de la obra (“Norma Segades-  Manias hace del encadenado y desencadenado de poesía un arte. Como las bisabuelas bordadoras que se pasaban los puntos unas o otras, la poeta santafesina toma de sus colegas la letra,  la punta del ovillo, y desenreda, organiza, estructura con fabuloso oficio sus poemas - alebrijes, aquellos que aprendió a mirar y a sentir en México. Treinta y dos poemas hilados a partir de la palabra de otras treinta y dos poetas: Pinceladas de Munch, monstruos del Bestiario, descarnados trazos de Otto Dix. Miseria, gozo, el dolor de ser o la piedad. Los filosos poemas - alebrijes de Segades - Manias cortan el rostro. Cualquier cosa menos el olvido.”)

Y ello ocurre porque Norma Segades – Manias ha escrito un poemario contra la indiferencia. Se ha empeñado en presentar un canto triste, una descripción atinada y salvaje, un dolor intenso, inmenso, hecho jirones. Se ha obstinado en mecer, en sus brazos de noble poeta, la realidad sangrante que contempla. Se ha impuesto cultivar  su remota  y diminuta esperanza en frases, en palabras, que pugnan por salir triunfantes del espanto.

Con  desnudez inusual de mujer, de ciudadana irredenta, señala dónde están las llagas, los golpes, la indecencia, habla desde la aspereza de la realidad sin olvidar las caricias ni las utopías, se atreve a desmenuzar con paciencia de condenado, la sociedad huérfana de alegrías en la que crece y espera.

Así nos habla de tú a tú. Mirándonos a los ojos. Y nos demuestra que nadie permanece inalterable después de dejarse atravesar por estos textos, porque en ellos hay ese algo excepcional, esa verdad lacerante que atraviesa los siglos, los países, los idiomas.

Los poemas que forman este libro, van precedidos de un epígrafe escrito por mujeres poetas que ella conoció en el País de las Nubes, México, en noviembre 2003.

Epígrafes que son utilizados como muro protector, como escudo desde donde poder alejarse, quizá un poco, de ese dolor larvado durante años en su país, para analizar desde otros ojos, desde otras filosofías, desde otras realidades, la suya propia.

Leamos, entonces, Desde otras voces, busquemos, en nuestro entorno, cada uno de los personajes que deambulan por sus versos y preocupémonos, en definitiva, si nuestra mirada cobarde no los encuentra. 

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Silvia Delgado Fuentes (Euskal Herria) 

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Sonetos bíblicos, precisamente – Pedro Casaldáliga – Editorial Claretiana – 64 ps. 

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El Centro Nueva Tierra presenta estos veinticinco sonetos del escritor y poeta Pedro Casaldáliga.

Nacido en España, el autor es también ordenado sacerdote en su país de origen, donde se hace misionero claretiano. En 1971, y ya en Sudamérica, es ordenado obispo de Sao Felix de Araguaia (Brasil), donde es autor de tantos libros como discos y videos, y es conocido su compromiso evangélico con la justicia y la paz, constituyéndose en un firme representante de la Teología de la Liberación.

“Pocas cosas existen más frágiles que la palabra”, dice la Presentación para Argentina de estos sonetos. La misma añade que “esa misma fragilidad es capaz de contener verdades, bellezas y maravillas.” Y remarca que esto no sucede “a pesar de la fragilidad de las palabras, sino que es posible debido a esa fragilidad. Sutiles como el viento o como el aliento de los hombres, las palabras son capaces de contener mundos enteros…”

Pastor y poeta, Don Pedro Casaldáliga recrea en este pequeño libro veinticinco poemas bíblicos, en los que la voz del autor habla de una vocación. “Queremos ser y hacer hijos y hermanos / sobre la tierra madre compartida, / sin lucros y sin deudas en las manos, / sueltos los ríos claros de la vida…” (Soneto I-El paraíso).

Desde este canto inicial, nos lleva al encuentro con Abraham, y a conocer el sabor del éxodo; pero sobre todo a descubrir a Jesús. El de la Navidad y Nazaret. Pero también al Cristo de la Cruz. Y sobre todo al Señor de la Pascua.

Para el Obispo Pedro Casaldáliga la solicitud por los pobres, en sintonía con el Evangelio, es lo cotidiano; pero también su posición pública y ampliamente conocida. La cual marca su vida. En el soneto 11, que rememora el primer milagro de Jesús en las bodas de Caná, él escribe: “La verdad es que no tenemos vino. / Nos sobran las tinajas y la fiesta / se enturbia para todos, porque el sino / es común y la sola sala es ésta // (…) Sangre nuestra y de Dios, vino completo, / embriáganos de Ti para ese reto / de ser iguales en la alteridad…”

El poemario concluye, y no podía ser de otro modo en esta peregrinación lírica de un hombre de fe, con un soneto referido a la visión última de Dios, claro que resaltando la transformación del hombre en la visión beatífica. Del soneto 25 son estos versos finales. “Como eres Tú el que fuiste, humano, hermano, / exactamente igual al que moriste, / Jesús, el mismo y totalmente otro, // así seremos para siempre, exactos, / lo que fuimos y somos y seremos, / ¡otros del todo, pero tan nosotros!” 

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María Teresa Rearte Basla (Santa Fe) 

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Palabras – Revista-libro de integración cultural - Alejandro Maciel – 170 ps. - Editorial Servilibro – Asunción del Paraguay -  

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La revista-libro Palabras es una idea original del novelista paraguayo Augusto Roa Bastos, defensor de este ideal de fusión propicio al diálogo cultural entre escritores de Brasil y el resto de Hispanoamérica. Pero solamente los nueve años compartidos con el mejor escritor paraguayo convencieron a su director acerca de la importancia de lograr la integración de los pueblos a través de la cultura y a Editorial Servilibro de hacer realidad el proyecto del Premio Cervantes 1989.

En este primer volumen participan autores de Argentina: César Bisso, Marta Cwielon, Marcelo Fernández, Esteban González, Pilar Muñoz Romano, Darío Schvetz y Norma Segades – Manias; Uruguay: Miguel Angel Campodónico, Juan Carlos Mondragón, Teresa Porzecanski y Omar Prego Gadea; Paraguay: Alejandro Maciel, Luis Hernáez, Pepa Kostianovsky y Amanda Pedrozo: Brasil: Francisco Alvim, Cacaso, Cláudi Celso Alano, Alai Diniz García, Orides Fontela, Armando Freitas, Sebastiao Nunes, Roberto Piva, Cristóbal Tezza, así como académicos de Canadá (José Carlos Guerrero),  España (José Vicente Peiró, docente de la Universidad Jaime I de Castellón), EE. UU. (Jennifer French) y Francia (Eric Courthés).

Incluye, además, un discurso pronunciado por Augusto Roa Bastos en la Universidad de Florianópolis (Brasil), en donde el escritor habla de la necesidad de contar con un material que sirva de "puente" para los pueblos, "más allá del mercado y las postales de turismo".  

Ofrecida al público en la sede de la Embajada de Brasil en Asunción, estuvieron presentes, entre otros, el hijo de Roa Bastos, Carlos Roa Mascheroni; la catedrática argentina Ana María Donato; Norma Segades – Manias y Pilar Muñoz Romano como integrantes argentinas del Comité Editorial; el Rector de la Universidad de Integración de las Américas y, en representación del Señor Embajador, el Señor Secretario de Comercio del hermano país.

De aparición semestral, ya se han recibido nuevos aportes de críticos especializados pertenecientes a prestigiosos centros universitarios como La Sorbona, París X, y las universidades de Toronto, Massachussets, Valencia y Bolonia.

Actualmente la Universidad Federal de Florianópolis trabaja en la traducción al portugués de estos volúmenes que tendrán presencia activa en los dos mundos: Brasil e Hispanoamérica, aislados durante siglos por el mutuo desconocimiento.   

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El vuelo de la noche – Marta Ortiz – La Editorial Universidad de Puerto Rico – 228 ps. 

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Difícil arte el del cuento, ese texto que dice tantas cosas sin decir casi ninguna; ese texto que llega silenciosamente, con sólo una voz en sombras que murmura algo sobre alguien o sobre otro algo que se confunde con el paisaje o sobrevuela como los instantes de dolor una playa desierta, una habitación en la tarde. Difícil arte el del cuento, al que se llega por caminos impensados, como en un  relámpago, pero al que hay que ir trabajando, cuidando,  abrigando, guiando y, cómo no, obedeciendo a la voz nebulosa que se confunde con el recuerdo y la premonición, con el deseo y con  el rechazo.

Difícil por todo eso que estoy tratando de decir y difícil  porque la forma es traicionera: mucho pero poco. Poco, muy poco, pero de ser posible todo y si no, mucho. ¿Cómo hacer eso? ¿Cómo lograrlo en palabras? ¿Cómo decirlo? ¿Cómo engañar a la gramática? ¿Cómo hacer para que una simple tajada de vida, un detalle, una ocurrencia, ocupe nada más que los párrafos necesarios, los menos, y nos envíe, a veces brusca, torpemente, a todo lo que fue una vida y a su final o su resignación?

Muchos lo supieron y nos dejaron un espejo en el cual mirarnos, páginas en las que hundirnos hasta no poder respirar más que eso, palabras y pausas y maneras de decir lo de siempre pero no como siempre. Muriel Spark lo supo, ella que acaba de morírsenos en su Inglaterra, la que la consagró como “nuestra gran dama de la narrativa”; Poe, ahogado en su propia desdicha,  Maupassant, el Cortázar de los primeros libros, Borges, claro está.

Muchos, muchas, tratamos de aprenderlo y se nos va la vida en la felicidad de ese aprendizaje. Y a veces pasa que nos encontramos con quienes están recorriendo ese camino, tratando de llegar a la iluminación de un cuento, desplegando palabras y ámbitos y acontecimientos y fulgores que nos han de  conducir a alguna parte, a un ignorado refugio en donde nos espera el  sentido de toda una vida a la que no se nombra sino que se alude.

Marta Ortiz sale con éxito de ese aprendizaje, eso que no se aprende nunca pero que se practica y con lo cual  se hiere y se fascina. Sus cuentos tienen la dosis exacta de lo que hay que decir y lo que la letra no debe expresar jamás.  En “El Vuelo de la Noche”  el misterioso aroma de ámbar de Clarice Lispector, que tan adecuadamente preside los textos,  deja entrever pálidamente a veces, a golpes de color y sonido otras veces, las vidas de esas mujeres y de esos hombres que atraviesan las páginas, sus difíciles relaciones, el modo en el cual se engañan a sí mismos y a los demás.

En ambientes sofocantes, casas, restaurantes, escritorios sobre los que se escriben misivas de amor y de venganza, detrás de ventanales mojados por la lluvia, en paraísos destartalados, bajo la tormenta,  alguien espera o resuelve, algo salta inesperadamente, coincidencia o resultado de un secreto juego de pasiones que ha ido madurando bajo apariencias de tranquilidad o de indiferencia.

El juego que allí se juega, en todos los cuentos de este libro con tanta justicia premiado en la Bienal Internacional de Literatura de Puerto Rico, el juego que allí se juega, es el de todos los días, es lo  que se desea y se espera y es al mismo tiempo lo que se teme y resiste o se resiste. Que se trate de pasiones o de sentimientos y sospechas, eso hace a lo que cada una de nosotras, cada uno de nosotros pueda encontrar en el texto. Son lo suficientemente ricos, todos y cada uno de ellos, como para  deslizar ante nuestros ojos perspectivas e interpretaciones diferentes.

Pero en todos los casos es la escritura de esos ambiguos movimientos del alma lo que interesa. A primera vista quien lee podría pensar en una escritura que tiende a lo  barroco, que trata de no dejar intersticios ni grietas de sentido o de eufonía. Hay que advertir que eso también puede ser engañador, como las relaciones y las reacciones de los personajes.  

Tiene la escritura de Marta algo de minimalista, algo de la transparencia de un Ishiguro o un Kawabata, y conste que es a propósito que hago mención de dos autores japoneses. Hay una voluntad de azogue, de devolución de imágenes, de hitos en un camino pedregoso, que va llevando a quien está de este otro lado del libro, a una conclusión que puede parecer endeble o inestable y que sin embargo nos deja prisioneros de lo que vamos pensando. Concluimos que  todas las piezas del cuadro ocupan su lugar y que, sin embargo, nos invitan a dar otra vuelta de tuerca a lo que se ha dicho.

Lo importante es que se haya dicho y cómo se lo ha dicho. Los cuentos de Marta dejan de pronto de pertenecerle porque los vamos incorporando a medida que leemos, sumándolos a la rica experiencia  de todos aquellos que pasaron la vida aprendiendo a decir y no decir, a contarnos un cuento, a enseñarnos a no quedar en silencio. 

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Angélica Gorodischer (Rosario) 

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El amanecido – Leopoldo Castilla - Edición El Mono Armado – Buenos Aires (2005) 

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Conocí la poesía de Leopoldo (Teuco) Castilla a partir de su libro Nunca, (Último Reino, 2001) que le ha ganado un merecidísimo Premio Municipal, al que siguieron  Libro de Egipto, Línea de Fuga, Bambú y El amanecido. Espero conocer en algún momento la totalidad de su labor para consagrarle  la atención que merece. Estas líneas, dedicadas a su último libro El amanecido sólo en parte salvarán esa deuda contraída conmigo misma al descubrir, hace pocos años,  a tan singular como valioso  poeta.

Pienso que Teuco Castilla, a quien su padre dio este apodo indígena con que le nombran sus amigos,  es como Monsieur Jourdain, que hablaba en prosa sin saberlo. Lo reconozco como un metafísico que se declara ateo y agnóstico, y acaso ignora  la estética metafísica de Platón, o  las elucubraciones de Heidegger sobre el poeta como pastor del Ser. De todos modos su poesía, que dista de ser ingenua, es una equilibrada combinatoria  de tradición y modernidad, es decir  de visión religiosa y espíritu crítico.

Toda su poesía se halla abierta a la disolución de las fronteras que separan la vida sensible del sueño y las realidades ultraterrenas.  Al instalarse en ese territorio indiviso que Eduardo Azcuy denomina continuum metafísico,  Teuco mantiene una permanente familiaridad con la muerte, mira desde la visión suprarreal – que no llamo surrealista por mantener su figura al margen de toda capilla literaria -  y se muestra más próximo de  la cultura popular que de las estéticas modernas. 

Con inocultable arraigo en su provincia, Salta, donde  se formó junto a su padre, el gran poeta Manuel Castilla – omnipresente en sus libros- su madre y sus hermanos, en la proximidad de personajes ligados a la tierra, la copla, las devociones y el vino;  formado asimismo en una cultura intelectual, cimentada en vastas lecturas, viajes y confrontación de ideas,  Teuco se ubica en una encrucijada cultural  que la decadencia de la vida moderna parece haber agudizado.  Apuesto, por mi parte, a que su cuota de pensamiento crítico no ha  logrado  abolir  las fuertes vivencias de su infancia ni su contigüidad con mitos y devociones propias de su región natal. Por el contrario, es esa lucidez  adquirida con el tiempo la que le ha permitido valorizar esa herencia, dinamizada por su disposición poética y visionaria.

Sólo así se explica este bello libro – ¿y qué cosa es la belleza sino el estremecimiento que produce el esplendor de lo sagrado? -  donde un hablante que no se oculta en modo alguno pero tampoco se muestra ostensiblemente, oye las voces del silencio, percibe y comunica el misterio real,  dialoga familiarmente con sus muertos, prevé y convive con su  propia muerte. Teuco Castilla, como ya he dicho, toma la suficiente distancia como para visualizar su propio estar,   su situación existencial en el tiempo y en el mundo, las características de su actitud personal,  declarada en el poema que inicia el libro,  dedicado  a Pedro González:  

Bebo con mis dioses/ con Xangó, dios del trueno/ protector del ebrio y el amante/ (...) Bebo con Vishnú, a quien no pude despertar de su lento absoluto... Bebo con la Pachamama, porque le pertenezco.... y con el Señor del Milagro, que brillaba como un fruto / en el terror / en el luto/ y el espejismo del alma de mis abuelos (...) Y estoy yo, ateo, sin iglesias/ milagroso/ y en otro rincón7 también yo con siete años/ mirándome mirar/ los sentires de mi madre7 y a mi padre ardiendo7 maravillado7 herido 7 entre cantores difuntos (...)

El sentido de la “irrealidad” que se superpone a su visión cotidiana lo acerca, tanto a un cuadro de Magritte como a las ancestrales tradiciones del  Norte Argentino, que se abren a la América Latina. El surrealismo. por imperfecto que haya sido,  fue como dice Pierre Mabille un donner à voir, una apertura hacia otras órbitas culturales que pocos de sus actores europeos se atrevieron a transitar. Lo evoco naturalmente cuando leo en el texto de Leopoldo Castilla  “De esas dos mitades sólo una es real. /Hechizada por su aparición,/ y antes que la luz la disuelva / engendró la otra para verse.”  o bien  esta otra declaración, que surge de un grupo familiar que mira cómo el muerto se va de la fotografía:: El hombre (...)nada, sonambulo, en el cardumen de los antepasados/ y va tenue de pensamiento/ a ese otro pensamiento/ que es la muerte.”

Si me permito atribuir al poeta una actitud implícitamente religiosa lo hago en base a su relación con lo tremendo y fascinante que los antropólogos han definido como zona sagrada ,y no por un concepto de Dios, o una teología dogmática.  Hablar del hueco de dios es percibir de alguna manera  el polo oculto de la realidad, la otra cara de lo visible. Desde esa percepción ampliada se visualiza toda realidad natural como espectral, fugitiva, tendida a su propia consumación  ineludible. Frecuenta Teuco la proximidad de un saber que es del hombre supersticioso, con quien en cierto modo se identifica porque él  también  vuela insurrecto por su cristalería.  del campesino, que  el primero de agosto, en Salta, sahuma su casa y ofrenda a la Pachamama. Dicen los campesinos que el primero de agosto las piedras paren. ... Desfilan por las páginas de Teuco otros personajes, de su patria y de otras patrias, una griega nonagenaria a punto de desnacerse vuelve a ser  la niña  Kiriaki Silves, naciendo donde nada se ha salvado.  Otro, ya desapareciendo del cuadro, necesita cada vez más mundo para aparecer.

Vemos paisajes de trasmundo,  tardes cotidianas atravesadas por un aire de muerte,  hombres que van hacia dios y otros que se despeñan hacia sí mismos. Y los amigos Francisco Madariaga, Joaquín Giannuzzi, que  han transpuesto   el límite de lo diurno, evocados en  poemas antológicos.

Finalmente, los padres vuelven a tener su lugar en la poesía de Leopoldo Castilla, una poesía no elegíaca sino  trágica, pero casi despojada de dramatismo: poesía donde la tragicidad del vivir y el morir es  aceptada como esencia de la  condición humana, es  su prodigio  inagotable,  su paulatina revelación. 

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Graciela Maturo (Buenos Aires) 

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PÁGINA 12  

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No más de diez palabras 

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Por Orlando Van Bredam (Formosa)

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                                                                                                          In memoriam de J. 

Dicen que he matado. Eso dice el tordo que me visita. Yo no estoy seguro. Tengo la memoria tapada como con humo. Como con humo de una quemazón de pasto fresco. Todo va y vuelve en mi cabeza. A veces hay como un viento que disipa todo. Se va el humo y veo claro. Pero no siempre. Ahora, cuando escribo me pasa eso. Empiezo a ver más claro. Veo el cuerpo desnudo de Rita. Nunca pude decir mi vieja. Como decían todos.  O mi madre, como se dice en la escuela. Hasta cuando escribo digo Rita. No más de diez palabras por oración. Así nos pedía el profe: no más de diez. A mi padre lo veo mejor. Ahora, después de todo, lo veo mejor. En realidad no sé si era mi padre. De todos modos me puso su apellido. Escalera.¿Cómo pudo llevar un apellido así? Era bajito y retacón. Mis hermanos también. Yo fui el único alto de la familia. El único que hizo honor al apellido. Alto, pesado y barbudo. Con una  mirada que  asusta, me dijo mi madre. Una mirada con luces fijas, con fuego quieto.

Mi compañero de celda come cucarachas. Es hábil para cazarlas. Las sostiene de un ala . Las suelta vivas dentro de la boca. No las mastica, sólo las traga. Le gusta llamar la atención. Cuando llegué, él ya estaba. Me presenté. El se abrió la bragueta . Escribió Rulo con orina en la pared. Se reía. Tuve que reírme.

De afuera llega el  olor de los jazmines y chivatos. La luz dura más en la ventana. Es primavera.

Cierro mi cuaderno. 

El tordo me pregunta por mi viejo. Yo prefiero hablar de Rita. Ella me había desgraciado la vida. Desde chico. Tampoco estoy seguro si fui a matarla. La quise amenazar como otras veces. Empezó a los gritos. “Hijo, no” decía. 

“Por favor, hijo, no”. Mi viejo estaba ese día en casa. Nunca estaba, pero ese día sí. El tordo me pide que siga hablando. Yo desconfío y callo. Todo lo que diga será usado en su contra. Le recuerdo esa frase. Se ríe. Me dice que no podrá defenderme si me callo. No me defienda, le digo. Tengo la memoria tapada con humo, le digo.

Rulo tiene un porro. Fuma y me lo pasa. Yo me tiro sobre el colchón. Rulo camina en puntas de pie con los brazos extendidos. Le devuelvo el porro. Le da una pitada larga. Se sienta sobre mi colchón. Me pone la falopa en los labios. Lo siento agitarse sobre mí. Me acaricia el cabello. Le detengo la mano y me levanto.

Es de noche. La primavera arde afuera. 

Mi padre era un hombre importante. Mejor dicho: había sido importante. Fue el primer dentista de Raíces. Llegó recién recibido y recién casado. Dicen que Rita era hermosa. No había una mujer más hermosa en Raíces. Tenía una cinturita así. Vestía como una reina. Las mejores marcas. El dentista hacía dinero rápido y fácil. No era muy bueno pero era el único. Siempre de chaqueta blanca. Y cuando salía, traje y corbata. Esa maldita corbata.

“Un hombre sin corbata no es un hombre”.

Se lo digo al Rulo. El Rulo baila sobre un pie como un marica. 

Un día me puse una corbata y un saco. Me le aparecí a Rita en la cocina. “Sacate eso antes de que venga tu padre”. Sólo eso me dijo. “Sabés que no le gusta que toquen sus cosas”. Sólo eso me dijo. Yo quería que ella me viera. Desde que nacieron mis hermanos no me veía más. Los hombres importantes usan corbatas. Mi padre dejó de usar corbatas. Dejó de ser importante. Ni siquiera para su mujer. Mi padre renunció a las corbatas. Y renunció a nosotros.

El Rulo está eufórico. Se ha parado sobre su cama y grita. “Todos los guardias son cornudos” grita. Nadie le hace caso. Ni los guardias. 

Dicen que Rita era hermosa. En una caja de zapatos yo guardaba fotos de ella. Cuando nació mi último hermano se desmoronó. Engordó hasta deformarse.  A esa altura, todos estábamos desbarrancados. El primero en caer fue mi padre. Dejó las corbatas en el placard para siempre. La chaqueta ya no estaba muy blanca. Yo era chico pero vi los cambios. No discutían. Nunca los vi discutir. Sólo escuchaba desde mi pieza la voz de ella. No era enérgica ni implorante. Nunca supe de qué hablaban en realidad. Al otro día, él desaparecía. Por varios días. Cargaba las líneas, la conservadora, la escopeta.  Y se iba.

El Rulo me asegura.”No te van a dar menos de diez años”. Y asegura también: “ Si te portás bien, salís en seis”. Sólo hace tres meses que estoy aquí. El Rulo me convida con una cucaracha. No acepto. 

Rita era hermosa y codiciada. Muchos hombres la codiciaban. Tenía un cabello rubio, largo, natural. Me gustaba verla cuando se peinaba. Cuando soltaba esos cabellos sobre los hombros desnudos. Y esa piel. Y esa elegancia de mina fina. Muchos hombres la miraban. Entiendo que no podían no verla. Yo me daba cuenta y sufría. Todos se volvían estúpidos delante de ella. Algo tenían que decirle o insinuarle. Sólo los muy pobres o los secos se callaban. Ella sonreía feliz. Disfrutaba de ese juego. Yo me llenaba de vergüenza.

El Rulo me dice que sólo los pobres caen presos. Y los giles. Que a él le falló un diputado que si no. Le digo que mi familia está en la ruina. Que mis hermanos no me quieren suelto. Soy el monstruo de Frankenstein, le digo. 

Esa noche, no era muy tarde, escuché voces. En realidad, no eran voces. Eran gemidos. Pensé que Rita se sentía mal. Abrí la puerta del dormitorio y los vi. Ella desnuda. Toda desnuda. De espaldas a la puerta y sobre él. Ninguno de los dos podía verme. Cerré y salí. No se dieron cuenta.

“Fue algo raro - le digo al Rulo. “No sentí rechazo ni vergüenza”. Cuando descubrí que no era mi padre la odié. Mi padre no estuvo esa noche. Ni las siguientes. 

Estoy seguro de que mi padre no era mi padre. No tenía nada de él. Ni su cara, ni sus ojos, ni su altura. Mucho menos ese gusto por la caza y la pesca. A mí, a los catorce, me prendió fuerte la magia. La magia negra. Esoterismo y esas cosas. Con un vago del barrio Mitre nos juntábamos a leer. Leíamos un libro de magia oriental. Después entramos en el hipnotismo y toda esa onda. Queríamos hipnotizar una mina y gozarla. Yo practicaba todo el día en casa. La miraba fuerte a Rita  para ver qué pasaba. Querido, tu mirada me asusta me dijo un día. Eso me alentó. Probé con una compañera de curso en un recreo. Qué te pasa, preguntó. Tenés luces en los ojos, como un fuego quieto. Dormite, le decía, dormite. Le daba órdenes pero ella sólo se reía. Nada me altera más que la gente que se ríe. No puedo soportar que se rían de mí. Me pongo loco. La dormí de un piñazo. Me echaron de la escuela.  

“A mí también me echaron” dice el Rulo. “La escuela es para los giles. O para los ricos”. 

Una sola cosa saqué de la escuela. “No usés más de diez palabras por oración. No te compliqués” nos decía el profe de lengua. Le hago caso. Escribo en este cuaderno  no más de diez palabras. Me hace bien. Me distraigo. Vuelo lejos.

El Rulo me respeta cuando escribo. Me mira con cierta admiración. O extrañeza. 

Cuanto más me miraba en el espejo, menos parecido. No tenía nada de él. Mi  cuerpo era grande, blanco, perfecto. Estaba seguro de  que él no tenía un palo  así. Si no, Rita no hubiera buscado a ese otro. Yo era hijo de ese hombre. De ese hombre sin rostro. Todo el pueblo tenía que saberlo. Las mujeres tenían que saberlo. Escalera no era mi padre. Ni esos otros, debiluchos, enfermizos, eran mis hermanos. Un día me subí al techo de la casa. Me puse a tomar sol desnudo. Completamente desnudo.

“Armaste un flor de revuelo” comenta el Rulo. “Me imagino las caras de las viejas”.

“Se les hacía agua la boca” le digo. 

Mi padre cambiaba chaqueta cuando la mugre era indisimulable. Casi no tenía pacientes. Había conseguido un sueldito en el hospital. Y otro sueldito en la escuela. El auto, el último Falcon quedó abandonado en la cochera. Los yuyos rodearon la casa. La pobreza y el abandono comenzaron a acorralarnos. Rita, sin embargo, seguía siendo linda todavía. Un día me descubrió mirándola vestirse. “Qué hacés acá? Sos grande ya” me dijo sin escándalo. “Claro. Cumplí 18 el martes o te olvidaste?” le dije. Me sonrió. Era viernes. Todos los viernes mi padre se iba de caza y pesca. Ella también. Se había puesto un vestido rojo, entallado. Se paraba segura, elegante, frente al espejo. Lo mejor que tenía mi madre era esa cola erguida. Puse un poster del Che Guevara sobre la cama. Le pregunté “ese es mi padre?”. Me miró espantada. “Pregunto si ese es mi padre” insistí. “Tu padre...es tu padre” me dijo. Balbuceante. La tomé de un brazo.  La hice volverse hacia el poster. “Mentira- grité- ése es mi padre”. Cuando cayó sobre la cama la cubrí con el poster. “Este es el hombre que te hace el amor” grité. Fui cortés. Tenía palabras terribles. Me las guardé. Lloró. Acurrucada, lloró. Yo también lloré, claro. 

“En realidad, yo no quise matar a nadie” le digo a mi abogado. El abogado me mira como a un loco. Todos piensan en Raíces que estoy loco. Que siempre estuve loco. Pasa que yo era distinto a los demás. Era hijo de un ser superior. Un hombre importante que vino de lejos. Y pasó sobre mi madre. Y me hizo en una noche o en varias noches. No debió ser tan fácil hacerme a mí. El abogado está incómodo, tiene ganas de irse. “Usted no está sano” se anima a decirme. “Podríamos intentar llevarlo a otro lado” se anima. Entonces no hablo más. Me callo. Se va.

“Qué es la locura, viejo?” me pregunta el Rulo. “A mí también me querían hacer pasar por loco”. Rulo enciende otro porro y gime y gime. Como un animalito castigado. 

Con el vago del Mitre nunca pudimos hipnotizar una mina. Lo intentamos muchas veces. Nos apostábamos a la salida del nocturno. Ahí venían minas piolas. Yo me fui de corbata para ser más importante. Les salíamos en la oscuridad, de sorpresa. Nada. Gritaban, era un quilombo. Una noche se nos sumó un borracho con un  tetrabrik. En su media lengua nos dijo “invítenla con vino”. Una alumna me pegó un carterazo y escapó. El borracho se reía. Me miraba y se reía. Entonces me abalancé sobre él. Cayó boca abajo. Fue su perdición. El vago del Mitre se fue a dormir.  

“En mi casa siempre hubo armas” le digo al tordo. “Escopetas y revólveres” aclaro. Ese revólver estaba en la cómoda del dormitorio. Siempre estaba descargado. Esa tarde no. ¿Mi padre lo había cargado? ¿Por qué?. Yo lo usaba para asustar a Rita. Mejor dicho: para que Rita se hiciera la asustada. Era un juego. Los viernes se bañaba a las seis en punto. Una hora después que mi padre se iba. Cuando ella estaba vistiéndose, yo entraba. Ella simulaba un reproche. Yo sacaba el revólver de la cómoda y la  encañonaba. Ella pedía clemencia. Yo apoyaba el revólver en su cabeza. Le rogaba que me mostrara cómo me había hecho. Aquellas noches, claro. Con el Che Guevara. Ella lloraba. Yo abandonaba el juego.

“Vos sí que estás pirado” me dice el Rulo. No se ríe. No me gusta la gente que se ríe. 

“Sacaste la sonrisa de él. Y la mirada” me dijo Rita un viernes. “¿Del Che?” pregunté ansioso. “De tu padre, Escalera es tu padre”.

La odié. Desde ese día la odié más que nunca. No esperé que fuera viernes para amenazarla. Cualquier día y cualquier hora me daba lo mismo. Esa tarde la obligué a desnudarse completamente. “Hijo, no” me decía. “Por favor, hijo, no”. Ya no era la  mujer codiciada. Había perdido  las formas. Yo solo sentía repugnancia y odio, mucho odio.  El estaba ese día en casa. Nunca estaba pero ese día sí. Abrió la puerta del dormitorio y se interpuso. Me pidió el arma. Me reí. Le dije que no haga quilombo, que era un juego. No me creyó. Avanzó hacia mí para quitarme el revólver. Apreté el gatillo para asustarlo. Dos o tres veces. “Eso fue todo” le digo al tordo. 

No más de diez palabras. Reviso las oraciones de mi cuaderno. Ninguna tiene más de diez palabras. Se la entrego al tordo. Me prometió hacer una copia en su PC. Sin errores de ortografía. Le advierto: no más de diez palabras. Sonríe y guarda el cuaderno. Se va mejor que anoche. 

Estoy aprendiendo a cazar cucarachas. Después de un año no es tan difícil. Las sostengo de un ala. Las suelto vivas dentro de mi boca. El Rulo me aplaude. 

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PÁGINA 13 – POETAS ARGENTINOS

Paisaje 

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Sólo a través de estas hojas que caen

te vuelvo a ver, como en el alba,

a una colina. 

Cualquier ave es la última,

y es también la primera.

Entonces, por el cielo, 

yo abro los brazos en la más tenue cruz. 

Y sí a tus pies, igual

que un agua entre las piedras,

el balbucir de lo que aún no ha muerto. 

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Alejandro Nicotra (Córdoba)

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Una tarde los lagos olvidaron su orilla

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Y se fueron despacio a copiar otros cielos,

otros pájaros mansos y otros árboles quietos.

Recuerdo que cantabas con tu voz de presagios

una canción que hablaba de palomas perdidas

y que el viento paraba de repente en tu pelo

y que andaban las sombras desparramando ocasos. 

Yo dibujaba soles de tibiezas amables

alumbrando paisajes de imposible memoria

en la arena por donde descalza acariciabas

otras huellas remotas, otros atardeceres.

No se si el horizonte no guardaba silencios

para llover, en nubes de palabras gastadas. 

Tal vez haya cedido a la primera sombra

el privilegio mío de tocarte callada.

Tal vez. No se. Imagino que no supiste nunca

cuantos dolores caben en un recuerdo solo,

tantas palabras vanas, tantas desolaciones

y tanto miedo exhausto de inútiles batallas. 

Cuando te fuiste nada se quedó con mi sombra,

te acompañó en la ausencia mi rutina de bocas

compartiendo el milagro de la sed insaciable.

Se me acaban las ganas, la impaciencia, las horas,

los motivos arcanos. Sólo la sed perdura. 

Y aún quisiera beberte, y aún quisiera estrenarte. 

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Leo Sabranski (Entre Ríos) 

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Quien iba a creer

que el futuro era esto.

Estar sentado frente a una ventana

que no tiene cielo,

solo letras y números desconocidos

que me recuerdan que el futuro es esto.

Ver nuestras figuras virtuales en una pared

y no poder abrazarnos

por temor  a desaparecer.

Ya no existen las cinco, las seis,

la hora del encuentro,

la hora del café.

Sólo una señal que anuncia el fin del día

que no vemos desde que éramos niños.

Desaparecemos con los dedos limpios,

porque las teclas  no  manchan,

y los ojos secos.

Las lágrimas  las risas y el amor,

ya ni se recuerdan. 

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Esteban González (Chaco) 

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Tanto esfuerzo para apartarse de sí,

perder su rastro y andar a la deriva en esa mesa : tabla con

             una astilla metafísica donde la luz golpea y

             vuelve a sí misma. 

Ese hombre merodea para no estar:

esto se ve en la mañana inmóvil frente al vaso

y sobre todo en la técnica mayor:

             dejar que la mirada caiga hacia afuera

             y se extinga lejos de él como un rumor imaginario. 

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Santiago Sylvester (Salta) 

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En el principio 

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en el principio fue un silbo

apoyado en los álamos

transcurriendo sin prisa 

después surgieron los armónicos

misteriosos

acompañantes imperceptibles 

desde el prado

llegaban

los ecos de los pasos

y un batir de palmas 

allí estaba la música

pero no lo sabíamos 

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David Lagmanovich (Tucumán)

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PÁGINA 14   

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El señor y la señora Schultz 

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Por Patricia Suárez (Buenos Aires) 

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Durante varios días las nubes ocultaron las montañas. Podía adivinarse que allí estaban los contornos azules, pero mientras tanto, esperaban que las montañas se presentaran a la vista.

Una gran tipa blanca ocupaba el campo visual desde la ventana de la habitación 311. Más allá, dos acacias juntaban sus copas como dos muchachas fornidas que secretean al cabo de la jornada. También había en el parque del hotel un granado y los Schultz iban diariamente a comprobar si habían madurado ya los frutos. Siempre estuvieron verdes las granadas.

En el comedor, debido a los días nublados, estaban encendidas todas las luces. Los haces de luz tocaban un punto y disparaban luego en diagonal: parecía que huían. Solamente dos lámparas estaban concentradas sobre la larga mesa americana con los postres. El repostero, un hombrón morocho, de unos ciento treinta kilos, blandía el cuchillito en el aire y lo hundía después en los postres. Tartas con crema y frutas: kiwi, cereza, banana. Manzanas con caramelo y tajadas de melón.

El Sr. Schultz no quería postre. Quería café, pero en el hotel no lo servían.

La Sra. Schultz dijo:

-Podríamos salir y tomar un café afuera.

-Es tarde - dijo el Sr. Schultz-. Se levantó de la mesa y llevó consigo la llave de la habitación. Hizo un trecho, dos metros o menos, se volvió y preguntó.

El Sr. Schultz:

-¿Venís enseguida, Ana?

La Sra. Schultz:

-Cuando termine el libro.

El Sr. Schultz observó que a ella le faltaba un tercio para acabar el libro.

Dijo:-¿Vas a leer todo eso ahora?

Ella asintió.

El Sr. Schultz frunció las cejas. Dijo:

-¿Te salteás páginas?

Ella contestó:

- No. Después sonrió.

La Sra. Schultz tenía en sus manos un libro de psiquiatría. Debía traducirlo al alemán. La Sra. Schultz conocía el alemán a la perfección. Lo hablaba desde que era pequeña.

En el libro, una tal Srta. Helene X. afirmaba "que no tiene más cerebro, ni nervios, ni pecho, ni estómago, ni intestinos; sólo le quedan la piel y los huesos del cuerpo desorganizado". Se llamaba delirio hipocondríaco la dolencia de la Srta. X.

La Sra. Schultz cerró el libro y paseó la vista por la mesa de los postres. El repostero estaba adormilado sobre una banqueta que apenas le ocupaba las dos quintas partes de sus nalgas. Un perro aulló afuera, y el repostero se sobresaltó en la banqueta. A la Sra. Schultz le vino a la memoria Argos, el caniche que el Sr. Schultz no le quiso dejar traer. Argos era un caniche de unos treinta centímetros de alzada, juguetón; ahora estaba muy viejo y perdía el pelo. Nadie se detenía en la calle, cuando ella lo paseaba, para palmearlo.

La silla crujió cuando la Sra. Schultz se levantó para ir a la mesa de postres. También crujió el hueso de sus caderas rotas tiempo atrás y unidas por un clavo desmañado. (Ella solía oír el crujido, el acomodarse y desacomodarse del clavo en la pelvis cuando hacía el amor con el Sr. Schultz. El Sr. Schultz, en cambio, no escuchaba nada).

Cuando llegó a la mesa, ella dijo:

-Qué rico.

Estaba contenta. Hacía meses que no traducía y ahora tenía un buen trabajo. Ella quería que "Del delirio hipocondríaco en una forma de grave de la melancolía ansiosa" de Jules Cotard, se convirtiera, en los círculos psiquiátricos, en una traducción prestigiosa. Que fuera recordada. Como la Moby Dick traducida por Pezzoni -o hasta como la "Lolita", que, por temor a la censura, Pezzoni tradujo y firmó con seudónimo-, o como los Deuterocanónicos por San Jerónimo.

Dijo:

-Es difícil elegir.

El repostero se repantingó. Era ancho como la barrica de roble francés que contenía cabernet sauvignon en la bodega del hotel.

Bostezó:

-Sí, ¿no?

Ella dijo:

-Déme un poco de ésa.

Señaló la tarta de kiwi.

Con la tarta en el plato, ella dijo:

-Qué tentación todas estas tortas. Sonrió. Usted- dijo al repostero- sería el marido ideal para mí. Si yo fuera soltera, le pediría a usted que se casara conmigo.

El repostero trató de sonreír. Sabía estar tan absorto en sus propios pensamientos que había perdido el reflejo natural de la sonrisa.

Muequeó:-¿Cómo se llama?

La Sra. Schultz dijo:

-Helena.

-Helena - repitió el hombrón.

No acabó el libro. La luz mermó en el comedor, y se oyó, lejano, el chistido demoledor de una lechuza. Había muchos pájaros en esa región, pájaros que ella no conocía. Águilas, buitres, cuervos.

Saludó al repostero, con los ojos y agitando cuatro dedos de la mano derecha, al salir. (En su interior pensó, primero, ¿Oirá este hombre el chillido del clavo en mi cadera? Y después, se preguntó, Si me acostara con un hombre tan pesado, ¿no acabaría él con el dúo entre el hueso y el clavo?)

El repostero dijo:

-Adiós.

La oscuridad en el pasillo era aún mayor que afuera, en el parque. Ésa noche era de luna nueva. La Sra. Schultz oía el zapzap de sus muslos gordos al entrechocarse.

Dijo, en voz baja:

-¿Estará dormido?

Al sonido de sus pasos, una sombra delgada corrió a través del pasillo hacia las habitaciones pares. Huyó como un ladrón. Una puerta se abrió y se cerró velozmente. La Sra. Schultz se apuró a llegar a su habitación. Movió el picaporte: al notar la puerta abierta, pensó:

-Nos han robado.

Paseó la vista, rápida, por el cajón donde guardaban el dinero y los pasaportes. Recién entonces ella se fijó en el Sr. Schultz.

La expresión de él estaba alterada. Estaba desnudo, con las sábanas enrolladas alrededor del torso y con las medias puestas. Eran unas medias de streech azul oscuro. Se notaba que no había estado acostado. Parecía como si hubiera pasado el tiempo andando de un lado a otro como un animal enjaulado.

Ella se acercó y lo miró a los ojos. (Los ojos de él eran pardos, alargados).

La Sra. Schultz dijo:

-¿Qué pasa?. Su voz estaba levemente alarmada.

El Sr. Schultz:

-Nada, Ana.

Él miró hacia otro lado, y de súbito, abrió los postigos de la ventana. La noche era una sábana sin una arruga, una sábana recién tendida.

La Sra. Schultz preguntó:

-¿Por qué dejaste abierto? Cualquiera podría entrar y...

El Sr. Schultz hizo algunos pasos hasta ella. Puso las manos sobre sus hombros y la miró un largo momento. Ella frunció los labios y apoyó una mano, maternal, sobre su frente. Él sudaba.

Ella dijo:

-¿Estás bien, Víctor?

Él contestó:

- Sí. Claro.

La noche entera pendía sobre ellos.

El Sr. Schultz preguntó:

-¿Y vos?

Ella lo besó en la boca, cálida y lejana. El beso no hizo ningún chasquido dentro de la habitación.

Luego, apoyó su mano sobre el abdomen. La tarta cortaba por dentro el estómago de la Sra. Schultz.

Trató de recordar la sombra que había visto por el pasillo. Era azul, era, vagamente, la silueta de una mujer, una mujer que salía apresurada de la habitación de su marido. Era una silueta, una mujer azul como el contorno de las montañas a lo lejos. Ya mejorarían los días, se desnublarían, entonces, quizá, ella podría subir la montaña, y conocería todas aquellas clases de pájaros de los que nunca había sabido antes. Los jotes, por ejemplo, que vuelan en redondo cuando huelen un animal muerto. Ya vendría la Sra. Schultz a enterarse cómo era un jote en cuanto pudiera subir la montaña, y hasta tal vez lo viera volando sobre ella, y ella podría decir, entonces, como la Srta. Helene X. de su traducción: "que no tenía ya más cerebro, ni nervios, ni pecho, ni estómago, ni intestinos, ni sentimientos..."

Miró el orujo que era el Sr. Schultz, pálido y sudado, sentado sobre la cama y ovillando su secreto, y luego, despaciosamente, la Sra. Schultz comenzó a desvestirse. 

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PÁGINAS 15 y 16  

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Apuntes sobre el tremendismo 

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Por Ivonne Bordelois (Buenos Aires) 

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Esta reflexión, que he bosquejado en compañía de mi amigo Héctor Zimmerman hace algunos años, tiene como punto de partida un placer compartido, una común afición a rememorar ciertos poemas que se han inscripto, en la memoria de muchos de nosotros, como monumentos de una retórica  muy especial. Acaso fuera difícil  definir en primera instancia esa retórica; pero en primer término, lo que nos ha acicateado en busca de su definición ha sido, precisamente, su misteriosa eficacia, de la que da evidente y abundante prueba la persistencia con que estos poemas se han grabado en nuestra mente.

He querido llamar a esta tendencia poesía tremendista. El tremendismo se despliega en un amplio espectro que se puede presentar en diferentes variables: como exageración goyesca o hiperromántica (en el Nocturno de Silva); como arte mayor (en Byron o Vallejo) o bien como parodia sosa, el kitsch de la angustia de no saber nada de Dios; como simple burla sin otro valor que el parpadeo de la sorpresa pasajera.

No se trata tanto de propiedades estructurales como de determinados temas y tonos, de una voz altisonante que a menudo se traduce gráficamente en la profusión de signos de admiración, y poéticamente en imágenes particularmente llamativas y giros contorsionistas del lenguaje.

En efecto, ¿quién no recuerda el célebre "Me gusta un cementerio de muertos bien relleno" o bien, atravesando fronteras idiomáticas, el justamente famoso cuervo de Poe? Más allá del regocijado revival que puede significar esta empresa, cabe preguntar, sin embargo, por la motivación profunda de estos poemas, por su verdadera intencionalidad estética  -a despecho, quizá, del propósito de sus mismos autores. En una palabra, se plantea la pregunta por el tipo de poética en la que se incluyen, poética que, si bien roza en ciertos aspectos las fronteras de lo grotesco, ciertamente no parece agotarse en ellas. 

Tratemos de puntualizar algunas de estas distinciones. El tremendismo es, indudablemente, un avatar de lo barroco; pero es demasiado brutal para ser considerado modernista, y demasiado esperpéntico para ser clasificado como romántico. Aun cuando una permanente e hipnotizada atracción por lo exagerado domina en esta poesía, no parece encontrarse en estos poemas -como ocurre en general en la literatura grotesca- la veta de lo propiamente satírico. Si bien en muchos casos, como veremos,  la protesta social o política se halla presente, un elemento naïf  irrenunciable la vuelve irremediablemente  cómica o lírica, muchas veces dentro de un patetismo exhibicionista, antes que convertirla en instrumento de justa cólera contra los opresores. La mirada se concentra en el lenguaje de quien protesta antes que en los injustos poderosos que lo rodean y atacan; en muchas ocasiones un tono de megalomanía y de martirio voluntario no es ajeno a estas diatribas. Porque a pesar de su apostrofismo y altisonancia, el tremendismo parece actuar como catarsis solitaria, desahogo limitado en uno mismo.

El poeta que padece dentro de la sociedad se coloca voluntariamente al margen para apostrofarla, cubrir de anatemas su destino, el destino de la criatura humana. En nombre de Dios se arroga el punto de vista de Satán. A veces la condena social no va mas allá de un amor que por su propia culpa, por imperio de su sino, expulsa al poeta de un imaginario paraíso: "la alegría de haber sido y el dolor de ya no ser", como canta casi todo Discépolo. De esa existencia que le es negada, resta el papel de testigo de cargo, de fiscal que habla en nombre de la Pureza, la Inocencia, en oposición a las lacras de su condición de miserable, de descastado, de paria. El sudor, la gleba, lo que lacera sin piedad son "marcas" que le han sido impuestas, a veces desde la cuna, otras desde una "caída" que puede ser causada por el desengaño, la intrínseca condición de estar vivo y en contacto con los otros. La miseria material acentúa y favorece ese sentimiento al compararse el poeta con "otros", aquellos que se conducen como usurpadores, ladrones de felicidad, que lo desprecian, o -lo que es mucho peor- lo ignoran por completo. Desde la autocompasión con que reivindica el tremendista ataca a los injustos que lo rodean acechándolo. Aquí se abre la dialéctica del cóndor y el renacuajo.

Muchas son las causas que llevan al poeta a adoptar el papel de un evangelista en harapos, a predicar un credo, pleno de escepticismo, una religión de la blasfemia. En la pocilga, en el muladar, en el albañal, levanta su púlpito Almafuerte y para dirigirse a la masa, a su pueblo, a "su" ralea, recurre a una retórica, una suerte de kitsch al revés que opone a lo bello, a lo lindo, a lo aliñado, a los sentimientos bien vestidos y peinados, las greñas de una denuncia que provoca, desarraiga, estremece. En sus Sonetos Medicinales descubrimos una curiosa versión anticipada de las vertientes actuales de la autoayuda, que desecha, sin embargo, la palabra edulcorante para paladear el acíbar: el único néctar que nos será deparado.

Si nos deslizamos al plano de lo erótico, algunas de las características mencionadas acerca de la poesía tremendista en su aspecto social se encuentran también curiosamente presentes en este género, tipificado por Lugones, Herrera y Reissig, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou -entre otras y otros. Aquí los poderes, muchas veces injustos y torturantes, siempre aterradores, se desplazan, naturalmente, a las y los amantes inmóviles, sádicos  o embajadores de la muerte, ante quienes los poetas -tanto ellos como ellas- se estremecen masoquísticamente, arrogándoles magias de ultratumba.

Sin duda, la muerte es el referente imprescindible de la poesía tremendista. No se trata de la muerte medieval, liberadora de la carne para los cristianos, niveladora de las diferencias sociales para los escépticos, promesa y gaje de renacimiento para los rabelaisianos. Tampoco se trata de la muerte romántica, tantas veces puerto último de encuentro definitivo para los amantes en desacuerdo con las trampas del mundo burgués, portadora de trascendencia mística y de absoluto final. La muerte tremendista es calamidad truculenta, una suerte de máscara omnipresente, tan siniestra como cómica, tan cómica como siniestra: ni el amor ni el otro mundo la  convocan, sino simplemente el terror, el pánico visceral: el antiguo, eterno y cobarde miedo humano.

Como antesala de esa muerte, habría que tener en cuenta además el papel de la enfermedad, presentada en tonos cruentos y con detalles concretos e inapelables. También campea el alcoholismo, muy en especial la tisis -asociada con el hambre- y más todavía la sífilis "Inocularte mi veneno hermano" (Baudelaire); "¿Puedo dar más de lo que a mí me dieron?" (Becquer). Vallejo, por su parte, hablará de los bismutos y mercurios (drogas antivenéreas en esa época). La guerra y la mugre conviven en la belle epoque entre las copas de fino bacarat y el polvo de arroz. La ironía  deviene sarcasmo, truculencia, Grand Guiñol.

La mayor parte de las expresiones tremendistas -también las  mejores- parecen encontrarse a fines del XIX y principios del XX. Para muchos de estos poetas se trataba, muy probablemente, del placer irresistible de pinchar el globo romántico de la idealización. En efecto,  mientras lo romántico une el amor a la belleza, lo tremendista alía lo cómico a lo terrorífico. La particular eficacia del tremendismo se vuelve  tanto más profunda en cuanto un romanticismo decadente y acartonado comienza a ajar sus fatigadas pompas y a sonar hueco y deliberado, traicionando su primer ímpetu para volverse amaneramiento y mentira. El tremendismo va eliminando los misterios místicos y delicados del romanticismo para internarse en una oscura atmósfera conmocionante, muchas veces brutal: no sublima, sino que revela, de modo enceguecedor, en una suerte de flash nocturno e imperecedero; no emociona, sino que estremece; no busca la intimidad, sino que intimida.

Lo interesante del tremendismo es que conmueve a pesar de nuestra propia resistencia. El chapotear placentero en la muerte o en lo sexual grotesco a la manera tremendista es la tendencia del niño, ese perverso polimorfo que llevamos todos a cuestas, inadvertidamente pero siempre. El apelar a las imágenes más sensacionalistas o tremebundas para despertar nuestra simpatía social, nuestra piedad o nuestro escándalo puede evocar a veces nuestra sonrisa o nuestro desdén, pero no deja de suscitar las tendencias más subterráneas de identificación en nosotros mismos.

Podemos preguntarnos acerca de la vigencia del tremendismo en nuestra época. La teatralidad farsesca del tremendismo, vista a la distancia,  actúa como una luz inocente que refleja y a la vez contrasta con lo perverso y nefasto del teatro del mundo, irrumpiendo en nuestra realidad como una lava destructora. Como un llanto empapado de risa, reconocemos en nuestras reacciones, en otro prisma, la indignación afligida, la incredulidad impotente, la risa a pesar de nosotros mismos  que nos embarga ante el tremendismo de lo real que nos rodea. 

Al mismo tiempo, la pregunta acerca de la autenticidad de la poesía tremendista, desde el punto de vista subjetivo, no deja de plantearse. Cuando Espronceda escribía "Me gusta un cementerio de muertos bien relleno" ¿ejercía una parodia autoromántica" ¿o bien daba en reírse de sí mismo y de sus lectores, con sus lectores? ¿Era con una verdadera sonrisa de lascivia o con un rictus de ironía que Lugones o Herrera y Reissig perpetraban sus lujuriosos -y maravillosos- sonetos eróticos? ¿Intentaba Almafuerte sólo indignarnos cuando atacaba a Rosas en versos tan indelebles como ridículos?

Aunque imposibles de evitar, estas preguntas no tienen respuesta por ahora, y sería difícil o pretencioso de nuestra parte responderlas fehacientemente con pruebas al canto: dejamos a estudiosos o a eruditos más avezados o felices que nosotros el cuidado de contestarlas. La verdadera intencionalidad de estos poemas se nos escapa, pero entendemos que hay una unidad de género en estos textos que despiertan la complicidad regocijada del lector y obliga a su memoria a retener muchos de estos acentos.

En otras palabras, el tremendismo se destaca porque es más una lectura que una escritura, y esta característica es quizá la prueba más contundente de su contemporaneidad. Un cierto espíritu de revival muy propio de la cultura de fines del XX y principios del XXI anima la mirada con que hemos reunido estos textos y la suerte de nostalgia simpática que inspiran. Su actualidad nos aparece irrebatible: al fin y al cabo ¿no es ante todo tremenda -antes que posmodernista- la época que estamos viviendo?

De algún modo, el tremendismo enarbola una bandera revolucionaria en la estética literaria de nuestros días. Es la protesta subyacente contra las consignas de lo  "cool" y lo "light" que parece haber ha dominado la escena poética de nuestro tiempo por demasiado tiempo. Está más cerca de las buenas películas de terror que de las complicadas y prolongadas estructuras novelísticas a las que nos somete el mercado editorial global. Es el terror inocente, que no se ejerce desde el poder ni desde el resentimiento, sino desde la palabra lúdica, liberada de pesadas consignas propagandísticas, ideológicas o políticas. Es la reacción ante lo gris y lo catatónico que ha emergido como respuesta primera, reacción acaso necesaria ante las innegables catástrofes históricas que hemos vivido. Se aparta decididamente de lo intelectual y de lo cínico, de las pequeñas referencias, autoreferencias  y contrareferencias culturales, de los chistes hiperintelectuales que afectan nuestros snobs.  El tremendismo es el retorno de una pasión colorida y no avergonzada de sí misma, una pasión vital y verdaderamente apasionada. El tremendismo proclama el derecho a la pasión; aún desde una perspectiva circense, es el regreso innegable, irresistible, a la pasión.

Hasta aquí hemos dicho. Ciudadanos y hermanos del mundo de las letras: saludemos al Tremendismo.  

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El resucitado 

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Por Amanda Pedrozo (Paraguay) 

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La única que se animó a vivir con el resucitado, además de su perro Aniceto, fue Ester. Vecinos, amigos y también parientes procuraban olvidar que lo conocían aunque sea de vista. Los que no podían borrarlo de su entendimiento dejaron de dormir y dejaron de comer porque no soportaban la responsabilidad del misterio. Decían que Nicolás Teodolito había muerto una vez y que desconsideradamente volvió a la vida cuando ya lo llevaban a darle cristiana sepultura. Uno contó haciendo en el nombre del Padre por si acaso que en noches de luna llena que es cuando se gestan las niñas y los empayenamientos hacen efecto, el resucitado arrastraba su maldición por las calles del pueblo con cuerpo de perro negro y cara de infelicidad.

Matilde Asunción Resquín, la madre de Nicolás Teodolito, no pudo aguantar más tiempo sin abrir las piernas. El miedo no la dejaba respirar tranquila y aunque estuviera en el catre yacía como bien muerta, no sea que el propio hijo de sus entrañas le pasara por en medio y le trasmitiera la marca de la desgracia.

Consecuentemente y considerando su tendencia natural que era contraria a tanta modosidad en el sentarse y pararse, llenó de pindo karai trenzado el nicho de San Miguel y como ya no tuvo tiempo para pedirle protección, dejó prendida una vela y fue a instalarse para toda la vida en la casa de su cuñado, con quien en vida de su marido se le había ido la rienda tres veces seguidas pero sólo por necesidad carnal y sin pecar verdaderamente, puesto que se arrepintió como es debido con la ayuda de la Virgencita, a quien regaló en agradecimiento sus zarcillos de filigrana.

Cuando los vecinos, amigos y también parientes la vieron abandonar al hijo de sus entrañas, los que habían podido olvidar que conocían a Nicolás Teodolito recordaron de repente y los otros pudieron confirmar así el espanto. Entre lunes y miércoles y en la hora en que todo el pueblo tenía los ojos más abiertos y las piernas más cerradas se escuchaba por todas partes la preocupación de los perros y era en ese momento justo que Ester abrió el portón de tacuara para hacerle el favor al resucitado y de paso a sí misma puesto que ya había cumplido sobradamente su obligación de viuda con el que en vida fuera.

Nadie supo nunca en qué momento Ester comenzó a parecerse a su compañero. De su palidez se dieron cuenta los vecinos repentinamente cuando la vieron arrancando hojas de ruda en el patio, y enseguida todos hablaban de premoniciones y sueños extraños. A los pocos días Matilde Asunción Resquín volvió por única vez a pisar la casa, para mirar a su nuera muerta y cumplir su sagrado deber de madre contándole a su hijo lo que se andaba diciendo.

-Creen que le pasaste entre las piernas a Ester.

-Dios me libre y guarde.

-Y que le chupaste la respiración....

Era lunes de luna llena cuando un perro negro con cara de infelicidad cruzó el cementerio. Era martes antes del cocido y la tortilla cuando los vecinos llegaron allí corriendo con el pálpito en el alma. Con esa mirada de los que ya sabían abarcaron por turno el cajón abierto, la tapa arrancada, los pedazos comidos de Ester, la que se animó a vivir con el muerto.

Matilde Asunción Resquín procuró cruzarse con su hijo para contarle lo que se andaba diciendo.

-Creen que fuiste vos.

-Dios me libre y guarde.

-Y tenga misericordia de la finada.

Al día siguiente de eso, Nicolás Teodolito murió desangrado. Nadie supo nunca si se mató de vergüenza o de dolor. Los vecinos, amigos y también parientes que entraron al fin a la casa después de nombrar uno a uno los misterios, tuvieron tiempo de ver cómo el perro Aniceto todavía estaba desgarrando, revolviendo pedazos, seleccionando huesos, comiendo. 

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Estaciones 

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Por Jorge Isaías (Rosario) 

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Era como si nunca hubiera existido el verano. Adiós crepúsculos ardiendo contra los altos eucaliptos, en ese monte tupido, allá lejos, en la estancia “Maldonado”.

El verano que también había traído su remanso de lluvia tumultuosa, la libertad de correr descalzos por las calles hondas que se hundían a cada paso, poder atravesar los zanjones inmensos intentando cazar ranas con ese trozo de carne que se ata fuertemente a un hilo. O la pesca de bagres y mojarritas en los cañadones que rebalsaban agua hacia los campos, el espectáculo de los potrillos saltando bajo el inmenso arco iris, en los potreros inundados o los terneros que como un rito brincan y saltan hacia el sol del atardecer. Las cigüeñas, que regresan como pequeños trapos blancos para hacer sus nidadas entre los juncos de los bañados y todo ese hervor de las bandurrias como carbones sucios o el grito alto de los siriríes en las noches.

Y sobre los postes: lechuzas vigilantes y biguás caracoleros, que esperan con paciencia su presa y su alimento.

Eso es pasado.

Ahora enseñorean las escarchas más duras, el hielo se hace vidrio en las cunetas y en el más mínimo charco. Paspaduras, sabañones, el paso penoso, pisando barro hacia la escuela. Ni botas, ni capote. Poco abrigo: guantes, medias, bufanda y gorro tejidos por la madre hacendosa y vigilante, puro amor contra la contra que trae la pobreza. De la lluvia nos protegíamos con una bolsa de arpillera, triste remedo de la magnífica capa de “El Zorro”, visto en las películas gastadas del cine “La Perla”.

Los padres se orientaban en las juntadas hacia el camino del rastrojo: escarcha y yuyos que guardaban el agua para caer sobre la cintura como húmeda y gélida guadaña, el surco que se hunde, la chinchilla que molesta, el chamico traicionero. Todo dispuesto para impedir que las espigas terminen en las bocas de las ávidas maletas, mitad lona mitad cuero, la que quiebra sin perdón todas las cinturas.

El cielo era tan limpio que las noches se ponían blancas con esa luna de fantasmagórico paisaje, que dejaba ver trechos largos, como si no fuera noche.

Si no temiera redundar con la figura, diría que los campos, el pueblo, las calles, los árboles, ese perro que ladraba solitario y ese camino largo que llevaba hacia las chacras, remedaban la idea de un auténtico paisaje lunar.

Transitar esos meses duros, de fríos intensos y de pajaritos muertos no era tampoco recluirse en las casas siempre. Quedaba lugar para las exclusivas y bravas partidas de pelota a paleta en la cancha descubierta del Club y también quedaba el fútbol eterno y tesonero de las tardes.

Pero un día, una hojita, una sola, asomaba en la puntita de una rama, un pájaro corría con un gajito en el pico tembloroso o con un velloncito de lana y buscaba una horqueta para el nido futuro, un hornero chillaba llamando a su compañera desde un charco, para ir construyendo esa casita que tanto admirábamos, en ese lugar elegido, el  palo más alto del telégrafo.

El que mataba un hornero, no tenía un solo minuto de perdón. Era sin lugar a dudas, el único pájaro que respetábamos, y nunca se vio a nadie que matara uno.

De todos modos eran las primeras señales inequívocas de que el invierno se nos iba con su poncho húmedo y siniestro. Eran atisbos de primavera al margen de lo que dijera el almanaque.

Entonces, uno podía, con un pequeño esfuerzo de imaginación comenzar a soñar con el verano, que vendría con una profusión de mariposas y la tentación casi certera que nos ofrecían las sandías listas para el hurto –disponibles- en todas las chacras que rodeaban el pueblo. 

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Historias de gente sin importancia. 

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Por Jorge M. Taverna Irigoyen (Santa Fe) 

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Fedor.

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Trapecistas hay muchos, pero ella es única. Tiene un violinista por amante, que toca pizzicatos cuando ella está en la pista. Es única como María, la ecuyére ciega, su confidente. El resto del circo, para qué hablar. Cada vez más sumido en su propia agonía. Hasta los programas se hacen a mano. Y cualquier día ni el trompetista continuará con ellos. Quien nada dice es Fedor, el del violín. A él nada le preguntan y él a nadie interroga. Está allí por accidente y escapa a todo compromiso. Sin embargo, sabe que todo esto tiene un final cercano. Y no quiere estar bajo esa carpa cuando la hora llegue. Le propone a su amada partir. En Viena tendrá trabajo. En la función de esa noche, ella dará la respuesta. En el segundo salto de la muerte, sin red, cierra los ojos, abre los brazos en cruz y susurra Fedor. 

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Quiromancia.

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Enriqueta pone su estudio en la última habitación de la casa. Cercana a las glicinas. Y a los gallos. Enriqueta lee las líneas de las manos. Reparte ilusiones con cuidado. Y a veces, cuando el tiempo lo permite, se explaya en algún consejito más o menos apropiado. Hoy llega una mujer anciana. Está desesperada. Ha perdido a su hija y la busca hace más de treinta años. Enriqueta le toma las manos, las mira, se las cierra bruscamente y oye cantar los gallos. 

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Mediodía.

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Es mediodía y ella procede a su rito habitual. Saca la olla mediana, la llena de agua y abre el fuego de la cocina. Cuando está por levantar el hervor, busca en la alacena un paquete de sal y echa un puñado dentro. Medio minuto después, cierra el gas. Toma la olla por sus asas, y con cuidado la transporta hasta la pileta y la vacía por completo. Después, echa un poco de agua de la canilla sobre el utensilio, y finalmente lo seca con el repasador blanco. Guarda la olla en el estante del medio. Hasta mañana. 

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Metempsicosis.

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Compró el lobo cuando era cachorro. Desde ahí, algo se transformó en él: se volvió huraño, agresivo, duro. El lobo, manso y domesticado, recibió siempre todos los cuidados. Cuando la Maestranza Municipal quiso sacárselo, por ser animal peligroso para el barrio, montó en cólera. Forcejeos, gritos, llantos del hijo. Al fin, una lazadera lo subió al carro. Dos colmillos le salían de los labios y bufaba, bufaba. Como un hombre. 

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Metáfora siniestra.

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El gondolero rema hasta cerca de La Fenice. Allí, junto a un palacio, el hombre de negro comienza a tirar a las aguas decenas de faldones, miriñaques, corpiños, calzas, manguitos, albornoces, refajos, enaguas, camisones. Cada prenda hace un remolino, y se hunde. Al final, él mismo hunde la cabeza entre sus manos. Como un ritual. Más tarde, el gondolero sabrá que se llama Henry James. Y que las prendas, que nadie quiso por pertenecer a un suicida, fueron de Constance Fenimoore Woolson. Es en Venecia, un día de abril de 1894. Hay un extraño aroma de azahares... 

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Un escritor.

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Escribe libros que nadie publica. Poemas que sólo lee él. Pero celebra su soledad. Es la propuesta a dirigir un taller literario, lo que transmuta su alma. Y al aparecer su nombre y apellido en letras doradas, al frente del local, siente que ha entrado en el Olimpo. Un Olimpo que comienza a cerrarle todas las puertas: no llega a tiempo a un solo certamen de poesía; olvida las etimologías y no pocas reglas de sintaxis; quiebra el orden de los gerundios. La pérdida del  último alumno del taller le certifica que, como escritor, es un fracaso olímpico. 

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Triángulo de amor.

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Ettore murió a los 28 años, igual que su primo Umberto. Era singularmente bello, igual que su primo. Los dos fueron amados y traicionados por la misma mujer: Angelina. Y terminaron sus vidas unidos por la sangre del otro. Cuando Angelina murió, desbarrancada de la montaña más alta de Alessandria, todos dijeron sin decir: las madres los vengaron. Ellas, sólo respondieron con un silencio mortal. Y no lloraron a ninguno de los tres. 

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La nera veritá.

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Las dos sabíamos y callábamos, en nuestro dolor de madres. Y Angelina, poveretta, que amaba en cada uno a los dos, sólo confiaba en que algún día el azar decidiría la elección. Nosotras sabíamos que se iban a las afueras de Alessandria, y se acostaban en los campos de lino, y se abrazaban y se besaban y se penetraban una y otra vez. Era una pasión enfermiza, que los inundaba de celos. Después, la cortina de Angelina, para que nadie nada imaginara. Ella, que pensaba con tristeza que Ettore era tímido, y que quizá, en otra instancia, Umberto recuperaría su virilidad. El día aquél en que, a pedradas, juntaron sus sangres para siempre, la muerte los encontró abrazados. Bellos, aún. 

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La nieve, la nieve.

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Una semana que no salimos de la casa. La puerta está trancada, las ventanas ocluídas de un espesor blanco que no deja un solo resquicio de vidrio para otear más allá. Adentro, nuestro paisaje familiar es igualmente frío. Pedro no habla. El abuelo Sigor, que regresó hace un mes de Kiev totalmente perdido, ríe y llora sin sentido. Las mellizas, Tatiana y Karenina, hace tres días que no toman ni un plato de sopa. No hay leña. Las últimas provisiones se terminaron ayer. No puedo lavar la ropa, las cañerías se han congelado. Miro mis manos. Miro mis manos. Y tapo mi cara con ellas para que no me vean llorar... Las agujas de cristal hacen sangrar mis dedos. 

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PÁGINA 20 – POETAS OLVIDADOS

Daniel Elías 

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Por Manuel Bande (Santa Fe) 

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“Daniel Elias, el enorme poeta se ha marchado a hacer versos a una estrella. La Cruz del Sur ya tiene a su Jesús…”Leoncio Gianello 

Junto a Delio Panizza, Guillermo Saraví y Leoncio Gianello, integra una época de la lírica entrerriana. Nació en Gualeguaychú, Entre Ríos, el 10 de marzo de 1855 y murió por autodeterminación –tal como lo hicieran Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni- en Concepción del Uruguay, el 29 de noviembre de 1928.

Cabe recordar que su abuelo paterno, don Ángel Elías, sirvió en el Ejército del General Urquiza y participó en la batalla de Caseros.

Pasaron las pesadillas / de los años enemigos / y vibran surcos y trigos / sobre las patrias cuchillas. / Ya no se quiebra en astillas / la chuza de la victoria, / y en la paz propiciatoria / bajo el cielo montielero / a la sombra de un alero / duerme su sueño la historia.

Siendo muy niño –contaba sólo tres años- fue llevado por sus padres a la estancia que poseían en Mojones Norte, Departamento Villaguay.

Doce años pasó Daniel en aquellos campos montieleros, conociendo la vida rural y conviviendo con personajes gauchos que quedaron grabados en su mente y que luego afloraron en su producción literaria.

A los 16 años ingresa como interno en “La Fraternidad” del histórico colegio de Concepción del Uruguay, fundado por don Justo José de Urquiza. Viene del monte más cerrado y por su maneras torpes, su rústico semblante y su espíritu zahareño, redobla su desconfianza al nuevo medio y hacia sus burlones compañeros que lo llaman, despectivamente, “Jabalí” -apodo que asumió porque afirmaba su condición de “macho”- y que otros lo nombren  “poeta del campo y de la selva”, condiciones que quedaron en los primeros versos publicados en la revista estudiantil.

Espléndida mañana. Si no fuera / esta diaria rutina del empleo, / largarse por el campo de paseo / a impregnarse de sol y primavera.// Aspirar en los húmedos pesebres / el perfume bucólico del heno, / y bajo el palio del azur sereno / correr y retozar como las liebres.// Sorprender junto a un toldo de glicinas / las jóvenes palabras campesinas / que Eros preside en el jocundo idilio.// Con la inacción ociosa de una larva / soñar echado sobre alguna parva / con Fray Luis de León y con Virgilio. (SonetoXVI)

Al allanarse a su nueva condición, participó de la bohemia que imperaba entre la mayoría de los estudiantes de escasos recursos económicos.

Estos recuerdos felices de su vida se reflejaron luego, con nostalgia, en su prosa y en sus versos.

Despierta el alma ingenua de la finca / al conjuro del sol que se levanta, / y la calandria impenitente canta / y el recental infatigable brinca. // La primorosa luz con sus reflejos / hila una tela de brillante franja, / y trisca en los dominios de la granja / una blanca alegría de conejos.// Canta el labriego su canción sencilla / que huele a parva fermentada, a trilla / a sudor a romero y a violeta. // Canta el labriego su alegría, canta / pues parece que lleva en la garganta / la desgracia feliz de ser poeta (Soneto XVII)

Con el título de bachiller en su poder y animado por su capacidad adquirida, probada y demostrada en la secundaria, ingresa a la Facultad de Derecho en la Universidad Nacional de La Plata, por ser menos costosos los estudios y más baratas las pensiones.

Lloró el ternero en el corral sombrío / su tristeza infantil de hallarse solo, / y en la huerta limítrofe el chingolo / pronostic una ráfaga de frío.// Por allá tintineaba en los caminos / la lágrima sonora de un badajo, / y un perro heroico al regresar nos trajo / el olor peculiar de los zorrinos. //… (Soneto XXXIII)

Durante los cinco años que duran sus estudios, vuelve a vivir la bohemia, y, el 22 de octubre de 1914 obtiene su diploma de Abogado, como alumno distinguido.

Allí conoció a Almafuerte con quien trabó una estrecha amistad.

Ese mismo año fue designado Defensor de Pobres y Menores en la ciudad de Gualeguay donde contrajo enlace con Emma Bousquet. Su primer hijo nace en esa ciudad (1919) y, casi simultáneamente, es nombrado Juez en lo Civil y Comercial en Gualeguaychú, su ciudad natal.

En la dócil quietud de tu pestaña / tembló un rayito de aquel sol estivo, / como un insecto aurífero cautivo / en la urdimbre de seda de una araña /…/ Tu risa se calló como la tarde. / Bajé los ojos, me encerré cobarde / en la desolación de mis motivos: / pero observé por tu actitud coqueta / que indultaba a la audacia del poeta / el perdón de tus ojos compasivos.

La sociedad aristocrática no lo aceptó a pesar de ser ya un destacado profesional y un poeta consagrado, circunstancias que lastimaron su espíritu sensible.

Con profunda decepción se trasladó a Concepción del Uruguay (1920). Contaba 37 años de edad. Allí consiguió sosiego en el reencuentro con antiguos compañeros de su época de estudiante. Pero una tarde de fines de noviembre, tomó un coche –un viejo “mateo”- y, tras un largo paseo, se quitó la vida.

Sus restos, después de ser velados en su domicilio, fueron conducidos a “La Fraternidad”, de la cual era presidente, y al Colegio Nacional, antes de ser sepultados en el Cementerio Municipal.

En los distintos actos hicieron uso de la palabra Delio Panizza (en nombre del Centro Cultural), el Profesor Antonio Noguera Santos (en nombre del Club Social del que Elías era vice-presidente) y el Dr. Lacava (en nombre del Foro).

Casi todos los diarios y revistas del país dedican sentidas notas. “El Diario” (Paraná) dio la noticia en una extensa nota: “En uno de los ímpetus de su lírica condición, amasado como estaba su espíritu con sueños e idealismos reñidos con la huma estructura, Daniel Elías, el poeta dilecto de Entre Ríos, ha resuelto fugarse de la tierra para platicar con las estrellas” [1]  

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1]Los datos biográficos y la ilustración de Gito Petersen, fueron extraídos del ensayo: “Daniel Elías-El poeta del sol”, (Premio Fray Mocho 1985), de Adolfo Argentino Golz 

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Taller literario 

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Por José Gabriel Ceballos (Corrientes) 

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Son relatos extraordinarios. Nos cuesta mucho superar los efectos de sus lecturas. Cada vez que el alemán lee uno en el taller, nos quedamos como zombies, y todo se prolonga por varios días y noches. El poeta Ceferino Miranda sólo emborrachándose hasta la inconsciencia logra reponerse, según sus propias palabras. La señora Lila y don Lisandro sufren insomnios invencibles. Para la mayoría de los talleristas las peores consecuencias son las pesadillas. El Chiche Miqueri me suele llamar por teléfono en plena madrugada, recién salido de un sueño horroroso engendrado unas horas antes en el taller. Desconozco recetas para disipar tanta angustia, por supuesto, pero al parecer la conversación telefónica lo ayuda un poco al Chiche. También en mí esos textos siembran horribles pesadillas. Me llenan el cerebro de agonías. Don Otto Reiser apareció en el pueblo unos treinta años atrás, con su mujer doña Emilce y los dos primeros hijos. Ni el señor ni la señora Reiser cambiaron mucho desde entonces. El alemán ya tenía esas manchitas en la cara y completa su calvicie; su pequeña esposa ya se parecía a una muñeca por esa como máscara de cosméticos y pasmo que —bien se podría creer— tal vez la preserva del tiempo. El hombre ya cargaba con esas gruesas cejas blancas que producen un vivo contraste con la piel trigueña y los ojos celestes, su enjutez no perdió derechura. Poco después de que ocuparan el chalet contiguo al Centro Cívico, que alquilaron y más adelante compraron y en cuyo garaje el alemán enseguida instaló su relojería, doña Emilce informó en el vecindario que el señor Reiser había llegado al país huyendo de la guerra y que ambos se habían conocido en Santa Fe, de donde venían ahora. Pronto les nacería aquí el tercer y último hijo. Pronto la familia Reiser se integró al pueblo cuanto la natural reserva de un desterrado permite suponer. Por dar ejemplos, aunque se ganó al pueblo entero por clientela el señor Reiser jamás solicitó que se lo admitiera como socio en el Club Social, pero su esposa ejerció varios cargos en la Congregación de la Virgen. En fin, acabamos por sentir a don Otto como un vecino más, pese a su parquedad para el trato.

Ahora debo referirme a nuestro taller literario. Lo bautizamos "El Rincón de Polimnia" porque al principio sólo leíamos poesía. Los cuentos románticos del Chiche Miqueri, los capítulos de una novela infinita que la señora Lila escribe desde hace medio siglo sobre sus antepasados, y los editoriales que don Lisandro Arzuaga pergeña para su semanario "El Progreso", determinaron poco después que lo llamáramos simplemente el taller literario. Empezamos cinco: el poeta Ceferino Miranda, la Neneca Gaúna, el Chiche Miqueri (que reemplazó sus versos de amor por sus cuentos desde cierto juicio cruel de Ceferino Miranda), la señorita Jazmín y yo. No sé bien si la idea se le ocurrió a la Neneca o al Chiche; ambos anduvieron juntos difundiendo la iniciativa. Desde la primera sesión nos juntamos en el salón municipal, que el Chiche consiguió con su primo el Intendente. El poeta Miranda asumió la dirección por unánime decisión de los otros cuatro fundadores y continuó dirigiendo el taller hasta hoy. Aunque con frecuencia el poeta nos hace la rabona, seguramente por obra de bebidas espirituosas, y otras veces concurre con lucidez sólo suficiente para permanecer sentado y a los cabezazos contra el sueño, su dirección no se discute, debido a su brillante trayectoria literaria, la cual incluye publicaciones en los diarios de la capital provincial. La señorita Jazmín concurrió tres meses nada más, hasta que sus males seniles la postraron para siempre. Llegó a leer unos ovillejos dedicados a unos santos. Sus funerales constituyeron la primera oportunidad para que el taller se mostrara públicamente; mandamos una corona pagada en partes iguales y la Neneca Gaúna leyó una oración fúnebre en representación del grupo. En la reunión siguiente se presentó don Lisandro Arzuaga, quien confesó no haber participado antes por su archiconocida enemistad con la señorita Jazmín, odio nacido de un remotísimo amor borrascoso. Ceferino Miranda saludó dicha incorporación como "un ejemplo de sublime humildad", en consideración a la larga experiencia acumulada por el nuevo tallerista en el oficio de escribir. Hubo quien sintió tal saludo como una genuflexión del poeta tendiente a garantizar su espacio lírico habitual en el periódico de don Lisandro. Éste nunca falta, y cada jueves nos lee su editorial para la semana siguiente, sin dejar de recordarnos que el periodismo es también un género literario. Por la época en que se agregó don Lisandro ya habíamos cambiado el horario. Primeramente nos reuníamos los jueves al anochecer. En cuanto fijamos el horario de las veintiuna y treinta se sumó más gente. Siete personas, con don Lisandro. Dos comerciantes, que por sus negocios tenían el tiempo demasiado justo para concurrir al anochecer: el mercero Nassim, sonetista aceptable, y el boticario, que corrige y corrige unos acrósticos escritos en su adolescencia para una muchacha a la que amó desesperadamente. También se incorporaron por entonces cuatro mujeres. La del juez de paz, la del dentista y su prima la costurera fueron para espiar nada más. Se entusiasmaron con los chismes de las charlas preliminares, se aburrieron hasta los bostezos durante las lecturas y acabaron por abandonar el taller. María Antonia no. María Antonia resultó una revelación. Don Ceferino el poeta ha pronosticado un futuro glorioso para esa poesía profunda y dolorosamente sensual, angustiosamente erótica, que las malas lenguas del taller atribuyen a la añeja virginidad de su autora. Dice el Chiche Miqueri: si María Antonia conociera la cara de dios, chau poesía. María Antonia parece a salvo de estas maledicencias. Su semblante trágico, ojeroso, bello quizás antes de que su dueña se convirtiera en una solterona definitiva, no refleja el aquí y el ahora sino cuando ella saluda al llegar y al despedirse y cuando don Cefe la alaba.

Pero la mayor revelación del taller es don Otto.

El alemán se incorporó hace un año y pico. Los primeros meses los pasó sin leer nada. Se sentaba y permanecía todo el tiempo escuchando, tieso, grave. Como aún hoy, no se comprometía con opiniones sobre los textos ajenos. Hasta que un jueves lluvioso que estábamos unos pocos pidió turno para leer algo propio.

Lleva leídos unos diez relatos. Uno mejor que el otro. Porque no se puede cuestionar semejante calidad literaria. Dostoyevski, Kafka, se dice en el taller, y ninguna comparación parece suficiente. Las pesadillas, las angustias, las depresiones y demás efectos que nos provocan esos textos prueban su valor literario. El problema es otro. Me explico, ya nadie duda en el taller de que, por su fuerza, dichos textos están fundados en vivencias personales y de que el punto de vista del narrador es el de uno de los verdugos. Además, si bien no hay ninguna expresión que identifique al narrador con los verdugos (loas a la raza aria, por ejemplo) tampoco aparece piedad hacia las víctimas. Y hay algo más, algo tremendo, que hoy también tenemos por cierto: el narrador no sólo pertenece al bando de los verdugos sino que está entre los jefes. Las narraciones contienen detalles elocuentes al respecto.

Pero qué literatura, qué literatura. "Amanecer en el campo de concentración", "Los alaridos", "Cuando llegan los trenes", "El que encendía los hornos", por citar algunos títulos, relatos imborrables, demoledores. Y don Otto lo sabe. Hay que verlo actuar en el silencio que sigue a su lectura, doblar los papeles con morosa solemnidad, pararse, arrojarnos un seco buenas noches, golpear suavemente los tacos y marcharse lento, con los celestes ojos todavía brillantes, algo todavía aflojándose en su aquilina nariz y sus mejillas, un rictus casi imperceptible en sus labios.

Los demás nos quedamos un rato sin hablar. Por fin nos levantamos y vamos saliendo entre balbuceos. Cada jueves se nos hace más difícil enfrentar los efectos de esos malditos relatos, más difícil volver a creer que tal vez el alemán nos miente, que tal vez él no sea el autor. 

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PÁGINA 22  

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Mauthner en Borges 

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Por Fernando Báez (Venezuela) 

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"Yo soy un lector, simplemente. A mí no se me ha ocurrido nada.
Se me han ocurrido fábulas con temas filosóficos,
pero no ideas filosóficas...". (J. L. B.)
 

Una de las reseñas incluidas en Discusión le sirvió a Borges para mencionar el Diccionario de la Filosofía de Fritz Mauthner como uno de los cinco libros más anotados y releídos por él, calificándolo de admirable y traduciendo una frase del tercer volumen: "Parece que los animales no tienen sino oscuros presentimientos de la sucesión temporal y de la duración. En cambio, el hombre, cuando es además un psicólogo de la nueva escuela, puede diferenciar en el tiempo dos impresiones que sólo estén separadas por 1/500 de segundo...".

El 30 de abril de 1937, en El Hogar, reiteró que junto con Schopenhauer y Lidell Hart, la obra de Mauthner le causaba un goce ejemplar. Entre los libros consultados para escribir su ensayo La doctrina de los ciclos (ver Historia de la eternidad) destacó el Wörterbuch der Philosophie, en una edición de Leipzig de 1923. En el prólogo de Artificios, fechado en 1944, comparó, como uno de sus autores predilectos, a Mauthner con De Quincey, Stevenson, Chesterton, Shaw y León Bloy.

La admiración no desapareció con el tiempo, hecho nada raro en un relector como lo era él, y en El idioma analítico de John Wilkins escribió que Mauthner le fue imprescindible para elaborar la nota, con una variación: esta vez la edición o el tomo utilizado fue de 1924. En Atlas (1984) hay un texto titulado Ars Magna, donde Borges recordó a su autor querido: "Mauthner observa que un diccionario de la rima es también una máquina de pensar", frase que casi textualmente repite una empleada en un artículo sobre Raimundo Lulio y su máquina de pensar, publicado en El Hogar el 15 de octubre de 1937: "Agudamente anota Fritz Mauthner —Wörterbuch der Philosophie, volumen primero, página 284— que un diccionario de la rima es una especie de máquina de pensar...".

Esta pasión de Borges por Mauthner, novelista, crítico y filósofo alemán nacido en 1849 y muerto en 1923, sentenciado a un olvido de alquiler por todos los diccionarios que conozco, ha pasado completamente desapercibida.

Un poco lo que dice Enrique Anderson Imbert en El éxito de Borges (incluida en su libro El realismo mágico y otros ensayos): "Se buscan coincidencias entre Borges y Lévi-Strauss, Foucault, Todorov, Barthes o Steiner en vez de señalar que la fuente filosófica de Borges fue el viejo Wörterbuch der Philosophie de Fritz Mauthner".

No imagino las causas de tal elusión, pero sí sé que una obra tan feliz como La filosofía de Borges de Juan Nuño llega al escamoteo de una cita a pie de página. Ninguna biografía propone siquiera la más leve sugerencia. En el caso de las entrevistas, de las excesivas entrevistas que Borges concediera, tampoco encuentro algo que sobresalga.

Hasta la fecha, el único aporte que resguarda, analiza e historia la influencia del pensador alemán sobre el argentino es un estupendo ensayo de Silvia G. Dapía, aún sin versión castellana. Su libro, Die rezeption der Sprachkritik Fritz Mauthner im Werk von Jorge Luis Borges (Böhlau, 1993), austero, erudito, magníficamente dispuesto, rescata el enorme tejido de relaciones existente entre Mauthner y Borges. Restituir el trasfondo de esa obra en este artículo, aun cuando sólo sea en forma breve, creo, permitirá abrir un camino que, entre nosotros, constituiría una aproximación indispensable e inusual.

W. M. Urban ha escrito ya que "el lenguaje es el último y el más profundo problema del pensamiento filosófico". J. M. Briceño Guerrero, en El origen del lenguaje", apoya esta tesis señalando que "la estructura del conocimiento es lingüística". Mauthner lo sabía: pionero con voluminosos estudios, puso de manifiesto que la realidad de la filosofía es, esencialmente, lingüística. De ahí que Dapía prefiera en su texto ignorar cualquier otra vertiente de influencia de Mauthner sobre Borges que no sea la demostración, en 8 relatos fundamentales, del uso de una interpretación crítica del lenguaje como tema. En Pierre Menard, autor del Quijote, encontraríamos la interpretación temporal del lenguaje; en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius estaría presente la Sprachkritik de Mauthner, por la discrepancia entre lenguaje y realidad; en Emma Zunz se expondría la Wortaberglaube o superstición de la palabra, creencia que respaldaría la existencia de una palabra por la existencia de un objeto; en Tema del traidor y del héroe se impondría el mismo aspecto; en Tigres azules estaría la tesis mauthneriana de la insuficiencia lógica del lenguaje; en El otro, se vindicaría la naturaleza metafórica de todo lenguaje; en El inmortal se defendería el poder arquetipal sobre los procesos mentales individuales y en El Congreso, el relato más ambicioso de Borges, se probaría la arbitrariedad de los sistemas de clasificación lingüística.

Alguna vez Borges admitió que no era filósofo ni metafísico, sino un explorador de las posibilidades literarias de la filosofía.

En algún punto, esa exploración incluyó los prodigios de Plotino, Berkeley, Schopenhauer, Hume, Spinoza, Russell: gracias a Silvia G. Dapía sabemos que también tuvo al misterioso Fritz Mauthner como centro. 

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PÁGINA 23 – POETAS LATINOAMERICANOS

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Carta de Lorien a su intitutriz inglesa 

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Cómo saber si un día serás grito

que logre hundir lo oscuro de mi casa,

cómo saber si notarás el rito

de convertirme, al verte, en una brasa.

Es mucha la penumbra, yo me aterro,

de que falten del prisma las orillas,

y los enajenados de este encierro

nunca logren atar sus pesadillas.

Es tanta la orfandad inconsecuente,

que temo sucumbir en el desnudo

sin encontrar jamás tu coordenada.

Así, cómo saber si de repente

precisas del adagio más agudo.

Hay demasiada niebla, demasiada. 

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Lídice Alemán (Cuba) 

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Estadio del espejo. 

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¡Ah los ojos que me veían!

¡Cómo yo era bello y gentil a ciertos ojos

                                                   que me veían!

Ahora, delante de mí mismo,

no soporto esta cosa horrenda que brota

de mis suaves rostros, que muere y nace. 

¿En los ojos de quién habré perdido mi rostro? 

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Cacaso (Brasil)

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Uniformidad

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Somos equivalentes

a las sílices y los océanos

sinónimos del desierto

de la policromía de las palmas

de los pasos guardados

en Manhattan, Pau, Agra

o Buenos Aires

Somos del mismo telar

de la sabiduría

afines a la gracilidad errante

de los cometasMas que nada

somos uno a uno

con la luz

y el movimiento ubicuo

del universo 

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Rosa Tezanos-Pinto (Perú) 

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Un gran país.

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Vivo en un país tan grande que todo queda lejos:

la educación,

la comida,

la vivienda.

Tan extenso es mi país

que la justicia no alcanza para todos. 

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Lina Zerón (México)

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Poema 28 

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Yo no entiendo porqué los poetas

-los malditos poetas-

tienen esa costumbre

-maldita costumbre-

de mirar a los ojos.

Saltan el cerco pudoroso

de las pestañas

y se meten, tan anchos,

en nuestras íntimas intimidades,

como si nada

o como si anduvieran por su casa.

Se acomodan

en nuestros cojines preferidos,

revuelven nuestro armario,

nuestros colores cotidianos,

se beben nuestro vino

y destapan nuestras ansias,

largo tiempo añejadas.

Destartalan

e invaden con temblores

nuestro precario orden,

tocan nuestras vergüenzas,

nuestro archivo de ocultas pasiones,

sostenidos apenas

con blandos alfileres,

sosegados en arduas,

pacientes batallas interiores.

Y se instalan, impunes,

en el desvelo,

sin preguntar si pueden

quedarse un rato más,

riéndose con toda el alma

de nuestro asombro

desparramado sin remedio

de nuestros ojos que tampoco

pueden ya despegarse de los suyos.

Desarmados, perdidos,

sin poder balbucear y rogarles:

Tengan un poco de piedad

de estos poetas grillos solitarios,

acostumbrados

sólo a su propio canto,

sólo a su propio pozo.

Tengan piedad de estos

poetas-grillos-ojos

acostumbrados sólo

a su pequeño, húmedo y oscuro círculo

y a su cielo redondo, abarcable

de menguadas estrellas.

Yo no entiendo porqué los poetas

tienen esa costumbre

de mirar a los ojos. 

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Susy Delgado (Paraguay)

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PÁGINA 24 – NOTAS DE PARIS

Samuel Beckett

                                                       A 100 años de su nacimiento 

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Por Irma Bignon (Santa Fe) 

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Muy alto y muy delgado, ojos azules cercados por un pequeñísimo par de anteojos fijos en una máscara arrugada e impenetrable, este hombre de la oscuridad en pleno día, tiene los rasgos de un ave nocturna. Permanece siempre silencioso, apartado, y su mayor deseo es que no se hable de él. Es muy tímido. Habla poco. Sabe escuchar y responde eventualmente. Camina con su legendaria modestia y su genio a cuestas.

Samuel Beckett nace en Dublín, en el barrio de Stillorgan un viernes 13 de 1906, en un hogar acomodado, austero y puritano.

Comienza sus estudios en la Portora Royal School de Enniskillen, en Irlanda del Norte, y los termina en el Trinity Collage de Dublín. Le atraen los deportes. Juega rugby y practica box.

Desde la adolescencia es manifiesto su interés por la literatura francesa. En 1928, una corta estadía en París como lector inglés en L´Ecole Normale Supérieure contribuye a profundizar su amistad con los surrealistas Breton, Eluard, Crevel.

En los años 30, conoce a Joyce. Joyce y Beckett se admiran mutuamente. Comparten palabras, silencios y beben mucho. Pero entre los dos escritores hay una diferencia: Joyce, más que la abundancia nos ofrece la superabundancia, mientras que Beckett nos hace avanzar hacia la nada.

Su relación puramente umbilical con su madre, sus mil y un estados depresivos, su endiablado apego a la bebida, hacen que termine huyendo del ahogo de su Irlanda natal para instalarse definitivamente en París, en 1938. Beckett desciende de familia de hugonotes franceses, en consecuencia, la elección de Francia como tierra de exilio no es más que una suerte de repatriación tardía.

Lleva una existencia difícil, publicando sin éxito novelas como “Murphy” en inglés, “Molloy”, “Malone muere”, “El Innombrable”, estas últimas en francés. En todas ellas, el escritor presenta una humanidad que se degrada hasta obtener un estado larval; imagen de una vida reducida a la pobreza esencial, reflejo de una reducción ontológica. Se percibe tan sólo un murmullo frágil, único testigo de que la vida existe aún, nada más que palabras que tienden a desaparecer.

En su ensayo sobre Proust, se apropia en cierta manera de una cualidad del escritor francés. Proust nunca pretendió presentar un mundo ininteligible, ya que el espejo científico carece de veracidad. Pero es bien él el que está en los orígenes de la estética de Beckett – tanto en sus novelas como en su teatro -, estética que termina por eludir la ilusión, mostrando lo que queda después de la disolución de la forma, del color, del hábito, de la lógica.

Las novelas de Beckett terminan siendo cada vez más sintéticas. La ficción es negada, rechazada. Las historias finalizan con el silencio de la voz: otras veces son únicamente palabras desordenadas.

En esta última tentativa, Beckett parece alcanzar el equilibrio e inmovilizarse: no encuentra ninguna razón para parar, y tampoco para continuar. Es aquí donde asistimos a su pasaje de la novela al teatro. Escribe “Fin de partida” (1957), “Actos sin palabras” (1961), “Oh los hermosos días” (1963) entre otros títulos. Rompiendo con las técnicas “tradicionales”, su obra dramática se alinea dentro del “antiteatro” o Nuevo Teatro, como se ha dado en llamar. El decorado es inexistente. Renunciando a los conflictos sicológicos, la acción se limita a algunos gestos y a diálogos apenas esbozados, entre personajes insignificantes. El tema que ronda sin cesar es la obsesión de la nada. El objetivo es fundamentalmente metafísico, poniendo en relieve la farsa y el absurdo de la condición humana.

Y llega la première de “Esperando a Godot” – el 5 de enero de 1953 – en el teatro de Babylone, acompañada de un éxito descomunal. Los dos únicos personajes en escena son los que puntualizan la espera, a la vez que hablan y la soportan para darle un sentido.

Luego escribe una serie de textos donde elabora un universo listo para ser transpuesto en escena: “Comedia” (1963), “Imaginación muerta” (1965), “El Despoblador” (1970). El teatro le permite (mucho más que sus obras en prosa) hacer estallar el poder de su genio. Su ardua labor es un trabajo de benedictino, verdadera historia de un errático metafísico condenado a ser célebre, con una gran producción arrancada del silencio, y la voz en off de su talento.

El discurso de Beckett no es una filosofía: es la experiencia fundamental tomada desde el nivel más bajo, desde su primer balbuceo; la de una conciencia atrapada entre la imposibilidad de no saber nada sobre la existencia, y la imposibilidad de no existir. Lo que quiere mostrar son simplemente hombres y mujeres incapaces de elegir, trabados en un mundo absurdo, pero ennoblecidos porque se refugian en el mejor de los entendimientos, el lenguaje.

El acceso a la notoriedad lo confunde. Es un interrogante para él el hecho de estar traducido en treinta idiomas distintos, y de ser interpretado todos los días, en alguna parte del mundo sobre el escenario de un teatro. Fiel a su leyenda, es el más presente de los ausentes.

Para Samuel Beckett, ser escritor es escribir. Eso es todo. “¿Mi vida? Allí está mi obra, allí está todo. El resto no existe”  – dice.

Este irlandés, “combatiente de lo extremo”, como lo califica Cioran, que elige Francia y la lengua francesa para expresarse alcanza, contra su voluntad, una especie de récord: es el escritor contemporáneo que escribe el mayor número de libros, estudios y tesis en vida. Enemigo de toda metáfora, prefiere consagrarse a la respiración de las frases, al ritmo de la sintaxis, a la musicalidad de las palabras.

Y al fin, en medio de su existencia desalentadora y triste, cuando se encasilla cada vez más en su torre de marfil, el 10 de diciembre de 1969 llega la fulgurante ascensión al premio Nobel, que rechaza ir a buscar a Estocolmo. Ofrece los 50.000 dólares a la biblioteca del Trinity Collage de Dublín, y a la Cruz Roja de un hospital normando. Cede los derechos de sus libros publicados en Polonia a las familias de los presos intelectuales. En un largo texto denuncia el apartheid en África del Sur. Su generosidad es inmensa, humanamente perfecta.

Beckett confina sus últimas obras a un despojamiento casi absoluto. Además, adopta una voz diferente, sobre todo en “Compañía”, donde retorna a la forma neutra de “El Despoblador”: escritura áspera, rápida; frases raramente dislocadas. En “Mal visto mal dicho” (1981), elabora un trabajo de desarticulación expresiva: lo “mal dicho” queda inmóvil, agotado. Pero debe continuar, para lograr el bien decir de lo que únicamente puede mal ver: la vida frente a la muerte.

En “Sobresaltos” (1989), nadie como él sabe ahondar en el mundo vacío de la desesperanza, en la abolición absoluta de las fronteras de la lógica, y en esa tragicomedia de la espera de la revelación donde un hipotético Godot todavía se sigue haciendo esperar.

Samuel Beckett es un trágico que va más allá de la tragedia. Deslumbra a la crítica por su talento. Y porque entre los mil recursos de que se vale para retratar los conflictos del alma humana, con ninguno se expresa mejor que con el juego, la mímica y las máscaras.

Su teatro, bajo la forma de una bufonada siniestra y extenuada, es la exposición verdadera de la condición humana. A pesar de que sus palabras trascienden la desesperanza, no es hombre de tinieblas, porque pasa continuamente de la noche a la luz. Jean Genet dice de él en su momento: “Es un grano de arena monumental”, y según Jean-Paul Sartre “es un escritor francés autor de la prosa francesa más distinguida de nuestro siglo”.

Durante toda su vida ha sido un escritor silencioso de gran talento y generosidad. Tiene horror a la prensa, y vive pues en consecuencia.

Muere en París, un atardecer de 1989, con el mundo a sus pies, pero en la peor indigencia, detrás de las murallas de ese asilo parisino de la calle Rémy-Dumoncel, donde acostumbraba a alimentar las palomas, y de vez en cuando se hacía prestar un televisor para seguir los pasos de los partidos de rugby de su ciudad natal.