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Gaceta Literaria de Santa Fe

Año 2005

Gaceta Literaria de Santa Fe Nº 128 - Verano de 2005

Gaceta Literaria de Santa Fe Nº 128 - Verano de 2005

Homenaje a la obra de: Cándido Portinari.

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PÁGINA EDITORIAL 

Las palabras y el sentido. 

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Las palabras, mas allá del significado que se le da a una obra literaria, tienen una trascendencia inagotable si las remitimos a un sentido de la vida. Por eso, las grandes creaciones de la literatura nos otorgan constantemente nuevas revelaciones que superan las intenciones de quienes las plasmaron. Tal es, por ejemplo, el caso de La Odisea, o el de La Ilíada de Homero; la Divina Comedia de Dante; El Quijote de Cervantes; los múltiples dramas de Shakespeare y, entre muchas otras, el Fausto de Goethe.

Cada relectura de cualquiera de las obras mencionadas nos permite un nuevo descubrimiento, porque no son solamente la creación de una mente humana, sino que el autor ha recibido la inspiración que viene de lo alto. Rubén Darío llamaba a los poetas “pararrayos celestes”, acertada metáfora que la cultura inmanentista en boga contradice abiertamente. Sin embargo, los hechos, con sus contundencias incontrastables evidencian, a quien tiene ojos para ver, que existe un sentido por encima de la fragilidad individual.

Mircea Eliade, en sus ensayos, nos dice que, en un principio, todo oficio humano fue considerado sagrado y vinculado con la totalidad viviente. Esta sacralidad se fue diluyendo cuando el centro de la tensión humana se ancló en el propio hombre y, por ende, se diluyó en la imagen limitada de lo inmanente. Pese a la amputación del sentido trascendente, es inevitable que aparezca, aun en obras contemporáneas que no pretenden una vinculación con la totalidad, signo de una presencia concreta omniabarcante. Es que, por más que estemos distraídos, la totalidad actúa en todo momento, ya que no es una teoría ni una concepción sino un acontecimiento.

Si la inspiración que viene de lo alto no es reconocida, deja de actuar por aquello de “que no hay peor sordo que el que no quiere oír y no hay peor ciego que el que  no quiere ver”.

Es curioso comprobar cuanta tinta se ha utilizado y se utiliza para demostrarnos que la vida no tiene sentido y que las palabras adquieren un significado limitado que convencionalmente es creado por nosotros. Esta actitud revela, por si misma, su absurdo, ya que pretende persuadirnos, por el sentido de un pensamiento, que pensar no puede llevarnos a encontrar el significado de los hechos.

Las reflexiones que venimos desarrollando nos llevan a la conclusión de que negar que las palabras tienen un origen y un sentido trascendente es demostrar una soberbia que es, a la vez, extremada pobreza, porque pretender que la realidad queda reducida al alcance del hombre es una suerte de suicidio ontológico, ya que veda para siempre toda perspectiva de profundización de lo real convirtiéndonos en marginales de la existencia.

Hay que comentar que las palabras no se originaron, en cada idioma, por ocurrencias azarosas, sino que obedecieron a características propias de cada pueblo, de cada región, de cada clima, de cada historia, y se han ido plasmando por la conjunción creativa de la inspiración y la materia ambiental, del mismo modo que un escultor plasma la belleza con la materia de que dispone.     

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PÁGINA Nº 2  

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Hombre bajo los fresnos 

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Por Jorge Isaías (Rosario) 

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Los fresnos son grandes y tienen una copa alta, de hojas tupidas donde estallan las cigarras. Están plantados casi frente a la casa un poco más que modesta, que nada tiene de llamativo, salvo ese gran terreno donde proliferan los árboles, dispersos como islas lentas en un mar de césped bien cortado. Hacia el fondo algunos pocos frutales que han dejado las tormentas y entre ellos, resaltando un aguaribay con el tronco que rodean las abejas y hacia el límite del terreno donde explotan unos tunales ásperos, haciendo pata ancha al verano, un lapachito colorado que defiende sus hojitas mínimas frente al oprobio del sol aplastante de febrero.

Debajo de esos fresnos se ve a un hombre inmóvil, sentado, y si no fuera porque el humo de la pipa delata alguna actividad uno podrá suponer que duerme. La gente que se atreve a pasar por esa calle de despiadada canícula lo saluda con respeto y él, levanta una mano distraído, como para saludar, como devolviendo una cortesía no buscada pero no se digna abrir los labios para saludar, tal vez para que los recuerdos se aten más con la tela sólida que supone la memoria.Un oxidado cerco de tejido separa el terreno de la calle, el tejido no está solo, unos arbustos de nombre desconocido se arriman desprolijamente con sus guías y lo acompañan desmañados.

Como la casa, los fresnos y el hombre que está bajo los fresnos mantienen casi la misma inmovilidad, da lo mismo que esa casa esté en las afueras, como quien dice en las orillas y no en el centro de ese pueblo de llanura.

Hace tanto calor que es casi como si el verano siempre hubiera estado allí, desde el principio de los tiempos, como si el mundo no hubiese movido por millones de años, si hasta uno espera ver esos grandes animales antidiluvianos cruzar campantes por esa calle que sólo horadan algunas mariposas y huellan un par de perros peleándose un hueso dentellada a dentellada.

El hombre levanta la vista hacia el escándalo y uno puede creer que compara esa lucha canina con la otra, la despiadada pelea de los hombres entre sí: por el poder, por la gloria, por el dinero, por el resentimiento oscuro que suele separarlos y por qué no, por el amor indiferente de una mujer.

A veces pasa una chata hipando su nafta de sucia mezcla que echa humo como si fumara un gran cigarro  desconocido e invisible.

También pasa un grupo de chicos con sus largas cañas pescadoras que quieren salirse de la ajustada remera azul, que pugnan como si tuvieran vida propia, pero no saluda al hombre, ni siquiera se digna dirigirle una mirada, al hombre que tal vez le esté mirando en silencio, tal vez imaginándola desnuda en una habitación que huele a cigarrillo o a jazmines olorosos, tal vez piense en ese cuerpo brillando en la luz del mediodía, con el sudor propio del verano y tal vez afine su olfato y trate de retener el perfume profundo que tiene una mujer cuando le gana el deseo y está por ser amada.

Esas cosas uno las supone, uno cree que puede pensarlas el hombre, pero no hace ningún gesto y uno cree que las aletas de la nariz se están dilatando ante el paso de la mujer motivado por la escena que uno imagina que él imagina. O tal vez sólo sea consecuencia del vaho del verano, del oprobio inaguantable a que lo somete este verano.

De todos modos, sin nada que lo haga prever, el hombre abruptamente levanta su gran corpachón de esa reposera donde está despatarrado hace horas y al ponerse de pie, así, tan de súbito, uno no imagina que va a abrir esa puerta de tejido finito que en un tiempo fuera un mosquitero y entra al fresco de  la casa que lo devora como un útero. 

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PÁGINA Nº 4   

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Cuento de horror 

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Por Orlando Van Bredam (Formosa) 

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Esta misma mañana, hace unos momentos, usted encontró un cadáver en el baúl de su automóvil. Al espanto, le siguió el gesto instintivo de soltar con violencia la tapa y retroceder unos metros. Con el pulso acelerado, se acercó hasta el coche y contó hasta diez, incrédulo, antes de abrir el baúl nuevamente.

No había dudas, era un cadáver. Bastante desfigurado el rostro, con sangre todavía fresca que se deslizaba por la alfombra hacia el guardabarro izquierdo. Un muerto desconocido. Jamás había visto esa cara, ese torso pálido, esas piernas largas y velludas flexionadas con torpeza, seguramente por el homicida que colocó el cuerpo en el baúl. Un hombre semidesnudo (apenas unos calzoncillos y unas medias) de unos cuarenta años, con una herida sangrante, tal vez de un balazo, en la sien derecha, y varios hematomas y en su automóvil. En el automóvil que usted todos los días utiliza para ir a la oficina. En el automóvil que ha permanecido (como usted cree) toda la noche en el garage.

Ahora recuerda que abrió el baúl para cerciorarse de que en el lavadero no habían olvidado cargar el gato como alguna vez sucedió. Entonces piensa en el lavadero. Le entregaron el auto ayer, a última hora. ¿Y si el homicida es alguien del lavadero? ¿Y si el cadáver estuvo toda la tarde y la noche en el baúl? Sin embargo, parece sangre fresca. ¿Y cómo sabe usted si es sangre fresca?

Primero piensa que lo mejor es avisar a la policía. Después advierte que no será fácil explicar el hallazgo. Necesita un abogado. Se acuerda, entonces, de un amigo. Después de cerrar por segunda vez el baúl, abre la puerta que comunica al garage con el living. Y en el living ve, con horror, una camisa y unos pantalones que no son suyos, que levanta del piso para comprobar, también con horror, que están manchados con sangre.

A esta altura usted ve alejarse la posibilidad de llamar a la policía. Sobre todo cuando sigue las gotas de sangre hasta el dormitorio donde su mujer todavía descansa.

-¿Por qué volviste?-pregunta ella.

-Encontré un cadáver en el baúl del coche- contesta usted con fingida naturalidad.

-Ah, ¿era eso?-contesta ella- pensé que te habías olvidado del resumen de la tarjeta de crédito. Ah...y no te olvidés que hoy vence la luz y el teléfono.

Encontré un cadáver...-insinúa usted no muy convencido.

Te escuché- dice ella, inmutable- la semana pasada fue un ahorcado en el jardín, hace tres días un ovni debajo del limonero.

¿Pensás que estoy loco?- usted pierde pie, se desbarranca.

Te creo -lo consuela ella- pero sucede que hay tantas cosas urgentes que solucionar en esta casa.  

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PÁGINA Nº 5 – NUESTROS POETAS

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¿De dónde vienen los niños? 

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Los niños vienen del río

de los nacimientos caen

a la sangre de los padres

cosquillitas de luz enarbolada

y se vuelven

centro de todo

vienen a cantar

la canción de la madre

notas de sonajero y vientre redondo

los niños acunan

el corazón de los milagros

para cualquiera

amasan de la nada el pan

de toda magia

 pedalean

las maquinarias del disparate 

firuletean pintan de lo lindo 

hacen girar las ruedas de la dicha

soplan en los viejitos aires de travesura

tocan las más sensibles cuerdas de la esperanza

se equivocan maravillosamente con el dinero

y no se lavan las manos como nosotros 

vienen del río de la vida

son agua nueva

suenan a formidable revolt(h)ijo 

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Rubén Vedovaldi(Capitán Bermúdez)  

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Definiciones 

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El amor

es una vieja taberna

en la  que aúllan los lobos.

De vez en vez,

hay hombres con bocas sedientas

tomando con las uñas

la cúspide del sueño.

También

existen sombras al costado del viento.

Sombras que hacen sonar

las costillas de los lobos

como si fueran de aire.

Hacen que la luz sea opaca

mientras una mujer

pregona el abandono. 

Como un párpado sin ojo,

la lentejuela inicia un repudio de brillo.

Hace oír el corazón del plástico

junto a los reflectores que iluminan

lirios de cartón. 

El amor, de vez en vez,

es una ventana con un letrero encima.

Es un calendario apurado

que pasa como si fuera un día,

una lluvia,

una lámina de piedra que tritura la voz

y queda intacta. 

En la vieja taberna del amor compasivo,

hay hombres bebiendo de pie

todo el silencio. 

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Miguel Ángel Gavilán(Santa Fe) 

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PÁGINA Nº 6   

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Sombrero de copa                                                                       

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Por Esther Andradi (Ataliva-Alemania) 

“...rara, como encendida”  para Alejandra Maass 

Ahí estaba él con su sombrero adornado con frutas rojas, -acaso eran frutillas- y rosas también rojas, émulo de Carmen Miranda rondando por las azoteas del vecindario. Se paseaba por los rincones contorneando sombrero y revoleando su cuerpo en rojo. Frambuesas caían en cascada sobre sus hombros, jugo de tomate le dibujaba las ojeras, oh, ese sombrero de rojos rotundos espejándose en la ventana. Se deslizaba sobre una alfombra de geranios que caían languidecientes a sus pies, el rojo era catarata de pulpas y diademas, guirnalda de rosas con espinas jugaban a cubrirle la desnudez, -pero apenas-, y la línea perfecta de su codo bailaba hacia el cielo. Raso. Rojo de sangre, vino tinto salpicando el techo, corcho en el aire, mermelada de frutilla.

Entonces vino la dama. Con su corazón atravesado por espadas, sostenía el cuerpo con los tres zancos de sus dolores: dolor del alma, dolor en su ilusión, dolor del dolor. Gasas negras, levemente agitadas por el viento, cubríanle sus heridas. La dama se plantó frente al sombrero y desenvainando su lengua, le podó las frutas una por una. Él se bebió el jugo derramado mirando amanecer entre sus piernas un balcón de malvones. Santa Rita de los pobres, bellas artes al alcance de los que tienen ojos para ver, lengua para beber, paladar para degustar. Se devoraron el resto de pulpa de tomate esparcido sobre los vientres lisos, buscaron y hurgaron  y al derramarse el vino sobre la alfombra vieron la copa. Un recipiente de barro templado al fuego de algún infierno. Una copa donde cabía la mano y si insistían también un brazo y después probaron con meter un pie, y otro, y una pierna y al mismo tiempo se resbalaron por las paredes cavernosas de un abismo oscuro: la copa cobraba profundidad a medida que penetraban en ella. Quiero ver que hay en la copa que vive, insistió la dama inquieta. Aquí se entra descalzo, ordenó Kasandra, que estaba de guardia, -menos mal, ella se quedaba afuera- y acto seguido,  se encargó de cuidar los zancos que la dama hubo de quitarse. Cuando comenzaron el descenso un vaho húmedo de menta y azafrán casi la desmaya, pero siguió amarrada a su sombrero mientras se deslizaban en un lago de espuma que olía a romero y a miel.

No reconocieron aquella voz que daba consignas en el escenario. De un extremo a otro de la cavidad en penumbra una niña arrojaba una esfera detrás de la otra, que desafiando las leyes de la física, discurrían lentamente en el aire, deteniéndose por un instante,  para después seguir su curso y desaparecer por el otro extremo. En su recorrido las esferas eran recogidas por otras niñas que se las iban pasando hasta volver a la primera –o era la última?- que volvía a arrojarlas. Absortas en la elipse que trazaba el transcurrir de una y otra esfera, no parecía  importarles otra cosa. Cada vez que una esfera se detenía en el aire, se iluminaba una vitrina: así fue pasando Ihstar transformada en madrina de Ifigenia , y con la lluvia de la retama se abanicaba Safo,  pero no hubo ni habrá  flor de loto como aquella donde Dionisios se embarcaba con Ariadna. Dejalo que trabaje, le susurraba refiriéndose a Teseo emperrado con matar al buey.  Nosotros descansemos, reina, le decía. Y su aliento de dios le rozaba el lóbulo de la oreja.

Tantearon los bordes con sus manos y al tiempo percibieron el aire cálido de un entrepiso desparejo que abría puertas y compuertas y comenzaron a buscar cualquier cosa para saciar el hambre descomunal que traían. ¿De qué color es la ambrosía?  Se sabe, la batalla requiere de soldados y la sobremesa de postres y el  sombrero se llenó de miel, jugo de tomate, frambuesas, frutillas, sandías, oscuros higos del verano, mientras la copa seguía iluminándose entre esfera y esfera, dispuesta a ofrecer delicias para aplacar con todo la sed y el hambre de caminantes sin zancos. La dama entonces se acurrucó sobre la superficie cálida, tomó el sombrero en sus brazos, fue trozando frambuesas y guindas, y llevándoselas a la boca disfrutó. Como la primera vez.

Al ágape fueron llegando de a una y ocuparon un sitio ya dispuesto: aquí se sentó aquella con fama de matar a sus propios hijos, allá la otra que aguantó las infidelidades de Zeus, y de este lado María del Mar madre de dios, mientras la dama y el sombrero seguían en lo suyo, comiendo y bebiendo aquello que deseaban, sintiendo que el cuerpo se ensanchaba y el espíritu inquieto se regocijaba. ¿Habrán visto acaso cómo se abanicaban las Ménades después de un corte limpio de razones, descolgarse del trapecio a los Sátiros, a la Cabra saltando como tromba hacia el monte? ¿Habrán oído blasfemando a Teseo que en vano buscaba al Toro de las Pampas? ¿Oyeron el temblor de las muñecas de Ulises cuando supo que sus marineros perdieron el rumbo? ¿Y las historias lascivas de Circe? ¿Vieron acaso los muslos de Hermes, palparon los cuernos erectos del Minotauro, el trasero de Zeus?

Todo indica que ellos ni se enteraron. Comieron y bebieron y después se acomodaron en el pecho del árbol que les recogió el cuerpo con las ramas, hamacándolos hasta que se durmieron. Al clarear el alba, las incursiones de un gato curioso los despertaría. Envueltos en  una manta, roja, con vino hasta en la frente, escaparían de aquel hotel de mala muerte. Ladrones de azoteas, viviendo en las cornisas, en la estampida  no reconocerán la voz que ordena el escenario, una niña arrojando una esfera y en la vitrina, por un instante iluminados, ella y su sombrero. 

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PÁGINA Nº 7   

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Las piernas de mi abuela 

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Por Irma Verolín (Buenos Aires) 

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Si los árboles crecen de abajo hacia arriba, por qué, cuando yo era chica, se esperaba que mi cerebro creciera antes que mis piernas. Se pretendía que lo entendiera todo cuando era casi imposible que pudiera entender lo más elemental. Elementales eran, por ejemplo, las caminatas de mi abuela por el patio enlosado. Sus piernas flacuchas y el ir y venir de esas polleras diciendo no y sí y olas de mar y pajarracos sueltos y el sol siempre arriba. Y el tiempo pasando. Las piernas de mi abuela eran muy largas, sí, y lo siguieron siendo todo el tiempo en que las mías no crecían. Sus piernas y sus manos de dedos afilados. Sus manos que trataban de enmendar lo que sus palabras y sus pensamientos destrozaban. Poco podía hacer con sus manos y sus caminatas bajo el sol una mujer que, como mi abuela,  tenía una lengua que masticaba los hechos hasta hacerlos desaparecer.

El tiempo pasó, para bien y para mal, mientras fui comprando cuadernos con márgenes azules y delgadísimos renglones que llené año tras año hablando de mi abuela. Yo la criticaba en aquellos cuadernos y ella,   por la noche, los leía. A la mañana siguiente me miraba con rencor y una risita sobradora que se iniciaba al costado e su boca. Pero para entonces yo ya tenía también las piernas bastante largas y los ojos estirados hacia la puerta de calle, tratando de mirar un sol que no estuviera opacado por el enorme y mugriento techo de vidrio del patio. Porque mi abuela había mandado techar el patio igual que si se hubiera tratado de hilvanar el ruedo de un vestido. Ella había querido atrapar el sol y, por supuesto, había logrado lo contrario.

Ahora he cumplido veinte años y me miro en el espejo: mis piernas alargadas por unos tacos negros, tan negros y espeluznantes como la línea artificial con los que delineo mis ojos. Mi abuela mira la televisión. Y la televisión la mira a ella. Entonces el tiempo, digo yo,  va pasando para bien, aunque nunca se sabe. Dios me espía  yo me hago un ovillo en el viejo sofá desteñido. Me quiero ir, y me quiero ir. Repito: me quiero ir y el aire que entra, sale enseguida por mi boca; entra y sale y no se va.

Un día, gracias al tiempo que ha pasado, me voy, como quien dice, arañando otros horizontes, pellizcando un hilván, un  hilo demasiado delgado del que no podré colgarme. Miro el horizonte desvanecerse cada día en un azul más desteñido que el sofá de la casa de mi abuela, donde ella se reclina suavemente y sus piernas blancas, blancas, se dejan estar, medio colgando, laxas, viejas y largas como siempre.

A mi abuela le han instalado un teléfono y yo me he comprado una computadora. Ella me llama cada día mientras, con los ojos clavados en la pantalla de mi computadora, yo intento evitar que un muchachito gris caiga en un pozo, sea matado por un árabe o salte el puente. Va y viene cien veces el muchachito dentro de la pantalla. Hasta el momento no he logrado salvarlo: me ha vencido la computadora. De pronto suena el teléfono y yo miro el teclado y la luz verde, muy verde y encendida, pensando: debe ser mi abuela. No me equivoqué. Oigo la voz de mi abuela que me dice:

-¿Hoy tampoco saliste de tu casa?

-No- le contesto.

Imagino sus largas piernas, blancas por demás, aflojarse en el sofá para que ella mantenga conmigo, igual que cada día, una interminable conversación.

Mientras tanto el muchachito gris corre torpe y frenético por la pantalla de mi computadora. Corre, corre, y entra en mi cerebro y se confunde y me asfixia. Y sigue escapando. La computadora emite un pequeño ruido, un ruido insignificante, apenas un timbre lejano. La voz de mi abuela continúa resonando en el aparato del teléfono como un cuerpo vivo metido dentro de un ataúd. 

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PÁGINA Nº 8  

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Algunos datos para ubicar a Walter Martillo 

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Por Rogelio Ramos Signes (Tucumán) 

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Sin excepción, todos los autores coinciden en los 88 años que tenía al momento de su muerte el fanático guerrero Walter Martillo, o Martel, o El Golpeador, o Puño Fuerte, o Walter a secas; que, luchando en Bizancio, en Persia, en el Egipto islámico y en la España posterior a Covadonga, impuso la paloma como símbolo de la guerra, y de la paz a través de la guerra; porque de armas tomar era ese mahometano latino reverente a los mandatos de Alá y también temeroso del Dios que agonizaba en la cruz.

Si muerto en el 791 lo consignan todos -incluso Goodalrick Hereford, amigo de la disputa malhabida- por nacido en el 703 deberíamos darlo, y la historia no caería en contradicciones; cosa que siempre es un saludable paso hacia delante. Las aves cantarían al amanecer, el sol seguiría poniéndose por el oeste y la brisa marina humedecería las playas, las axilas y las sábanas.

Pero como Goodalrick Hereford lo hace morir a la edad aceptada y en el año indicado hacia fines del siglo VIII (aunque nacido en el 770, según él) apenas habría llegado a la juventud. Sinceramente no sabíamos qué hacer con los 67 años que faltaban, o sobraban.

Como tamaña afirmación del estudioso Hereford pusiera en apuros a nuestro cuerpo de historiadores y también a nuestro cuerpo de revisionistas y a un cuerpo muy especial de revisionistas del revisionismo, que terminan por aceptar la historia tal como se la contó en un primer momento; dimos en afirmar su teoría, por lo que el aprendiz de musulmán Walter Martillo habría nacido hacia los 67 años de edad en la parte saona de lo que luego sería la Lotaringia.

Fue hombre de extraordinaria perseverancia. Alumno y maestro al mismo tiempo, aprendió y enseñó el oficio de la guerra en las campañas previas al apogeo de Aquisgrán. Sus hombres y los hombres de sus hombres, por extraños cambios de bandería, defendieron y conspiraron contra los hijos de Ludovico Pío en el siglo IX.

35 años antes de su nacimiento dio quintillizos a su esposa y dos bellas mujercitas a su amante Marcela la Confiada. Atacó de palabra y de hecho a vándalos y ostrogodos, lo que le costó más de una cárcel en Constantinopla y otros conglomerados. Defendió sus territorios, controló las fronteras y recaudó impuestos a favor de intereses ajenos.

Llegó a todo cuanto podía llegar un hombre surgido de la nada. Fue soberano de su rey, y esclavo de sus vasallos. Ayudó a los fines de la ociosa monarquía, para luego combatirla sangrientamente. Algunos lo conocieron destruyendo comercios en el Mediterráneo y otros haciendo entrar por la fuerza las leyes germánicas.

A los 8 años, o a los 75 (es lo mismo), formó un ejército de mongoles nómades que lo llevaría a luchas de escaso fundamento al este de la Rusia varega; hasta perder, en esas estepas y en esas lides, las dos piernas y el brazo derecho.

Lejos de acobardarse por esas disminuciones, controló el comercio de Dalmacia desde un carro ornamentado, del que sólo emergiera su cabeza de búfalo, haciéndose recordar por su pésimo carácter y por uno que otro rapto de generosidad.

A los 88 años, o a los 21 (¿qué más da?), en medio de un rajante invierno en la costa de Malta, murió agobiado por un acceso de tos ferina, arengando a sus nietos, bisnietos y a un índigo esloveno de los Cárpatos.

Corría el año 791 y en los campos ya se olía la presencia del Señor.  

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PÁGINA Nº 9 – PÁGINAS MEMORABLES

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Lope Félix de la Vega Carpio nació el 25 de noviembre de 1562, en la villa de Madrid.

Estudió en Madrid y en Alcalá.

Tuvo una vida azarosa.

Viudo dos veces, fue soldado, secretario de varios diplomáticos y, finalmente, sacerdote.  

Escribió en todos los géneros literarios: novelas, dramas y poesía. Fue llamado el Fénix de los Ingenios.

Murió en 1635, a los 73 años de edad.

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Un soneto me manda hacer Violante

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Un soneto me manda hacer Violante 

que en mi vida me he visto en tanto aprieto;

catorce versos dicen que es soneto;

burla burlando van los tres delante.

Yo pensé que no hallara consonante,

y estoy a la mitad de otro cuarteto;

mas si me veo en el primer terceto,

no hay cosa en los cuartetos que me espante.

Por el primer terceto voy entrando,

y parece que entré con pie derecho,

pues fin con este verso le voy dando.

Ya estoy en el segundo, y aun sospecho

que voy los trece versos acabando;

contad si son catorce, y está hecho.

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Hombre mortal mis padres me engendraron

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Hombre mortal mis padres me engendraron, 

aire común y luz los cielos dieron,

y mi primera voz lágrimas fueron,

que así los reyes en el mundo entraron.

La tierra y la miseria me abrazaron,

paños, no piel o pluma, me envolvieron,

por huésped de la vida me inscribieron,

y las horas y pasos me contaron.

Así voy prosiguiendo la jornada

a la inmortalidad el alma asida,

que el cuerpo es nada, y no pretende nada.

Un principio y un fin tiene la vida,

porque de todos es igual la entrada,

y conforme a la entrada la salida.

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Quiero escribir, y el llanto no me deja

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Quiero escribir y el llanto no me deja,

pruebo a llorar, y no descanso tanto,

vuelvo a tomar la pluma, y vuelve el llanto,

todo me impide el bien, todo me aqueja.

Si el llanto dura, el alma se me queja,

si el escribir, mis ojos, y si en tanto

por muerte o por consuelo me levanto,

de entrambos la esperanza se me aleja.

Ve blanco al fin, papel, y a quien penetra

el centro deste pecho que se enciende

le di (si en tanto bien pudieres verte),

que haga de mis lágrimas la letra,

pues ya que no lo siente, bien entiende,

que cuanto escribo y lloro, todo es muerte.

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A una rosa.                    

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 XXXVII

¡Con qué artificio tan divino sales

de esa camisa de esmeralda fina,

oh rosa celestial alejandrina,

coronada de granos orientales!

Ya en rubíes te enciendes, ya en corales,

ya tu color a púrpura se inclina

sentada en esa basa peregrina

que forman cinco puntas desiguales.

Bien haya tu divino autor, pues mueves

a su contemplación el pensamiento,

aun a pensar en nuestros años breves.

Así la verde edad se esparce al viento,

y así las esperanzas son aleves

que tienen en la tierra el fundamento...

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¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

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¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

¿Qué intereses persigues, Jesús mío,

que a mi puerta cubierto de rocío

pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,

pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,

si de mi ingratitud el hielo frío

secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el Ángel me decía:

«Alma, asómate agora a la ventana,

verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuánta es su hermosura soberana,

«Mañana le abriremos», respondía,

para lo mismo responder mañana!

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PÁGINAS Nº 10 y 11 – RESEÑAS DE LIBROS

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La generación poética del 40 – Delia Travadelo – Instituto de Cultura Hispánica de Santa Fe – 2005 – 248 ps. 

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Dividida en tres capítulos: “La Generación poética del 40”, “La Generación del Paraná” (1940) y “La lírica de Carlos Alberto Álvarez”, estos tres ensayos sobre la poesía argentina contemporánea ponen de manifiesto la seriedad y el sentido didáctico que caracterizan la labor literaria y educativa de la autora.

En su breve pero enjundioso libro “El oficio de poeta”, el conocido autor italiano Cesare Pavese nos da los lineamientos que tanto poetas como prosistas deben tener presentes como valiosas, inapreciables exhortaciones dignas de respeto.

Así, al hablar de las palabras, señala que “son ciertas cosas, intratables y vivas, pero hechas para el hombre y no el hombre para ellas. Todos sentimos que vivimos en un tiempo en que se hace necesario volver a llevar las palabras a la sólida y desnuda limpieza de cuando el hombre las creaba para servirse de ellas. Y nos sucede que, precisamente por ello, porque sirven al hombre, las nuevas palabras nos conmueven y aferran como ninguna de las voces más pomposas del mundo que muere, nos conmueven como una plegaria o un boletín de guerra.”

Partiendo de esos valores la Profesora Travadelo va delineando este emprendimiento ensayístico que, desde lo colectivo: “La Generación poética del 40” (denominada así por León Benarós y “neorromántica”, al decir de César Fernández Moreno), y la “Generación poética del Paraná” (1940), a la individual: “La lírica de Carlos Alberto Álvarez” revelan su calidad investigativa y los conocimientos que posee sobre la materia que aborda.

El primer capítulo se refiere a la convocatoria para jóvenes poetas realizada en 1940 y continúa con sintéticos y precisos comentarios sobre las revistas y cuadernillos de poesía que se fundan; sus influencias y direcciones estéticas; la polémica de la generación, y cierra con interesantes conclusiones que hacen alusión a la producción del grupo, que recoge brevemente con propósitos antológicos, y, por último, el juicio personal de que la generación del 40 cumplió ciertamente con una renovación del lenguaje poético de los argentinos.

Al abordar el segundo capítulo de esta obra: “La Generación poética del Paraná” (1940) –llamada así, según la autora, por Juan L. Ortiz- Travadelo cita elogiosamente la docencia del Instituto Nacional del Profesorado entrerriano, en el que cursaron su carrera de Letras, además de la autora y Carlos Alberto Álvarez, otros poetas de la generación. Menciona a profesores como Carlos María Onetti, emotivamente recordado siempre, Irineo Fernando Cruz, Oscar S Cortés Conde, Marcos A. Morínigo, María del Carmen Rodríguez, Celia Ortiz de Montoya y Amelia Luisa Grossemy, entre otros nombres prominentes. Pero “la cátedra paralela”, decía Álvarez, convertida en una tertulia de “deshoras”, presidida por Amaro Villanueva, que era la cátedra de su bohemia, instalada en una pizzería frente a la Plaza de Mayo paranaense, a la que prestigiaban los más importantes representantes de la generación estudiada.

Señala César Fernández Moreno, uno de los que más se ha ocupado de estos poetas: “Hay que sentarse entre Alfonso Sola González, Carlos Alberto Álvarez y José María Fernández Unsain, para enterarse de la historia poética de Paraná…”

El movimiento del grupo poético del 40, que llevó a Sola González a manifestar que sus integrantes “constituyen lo mejor que la poesía argentina ha dado, después de Lugones, en nuestro tiempo”, núcleo en Paraná a un reconocido conjunto de escritores representativos, procedentes de distintos lugares de la provincia, que produjeron una lírica valiosa enmarcada en idénticos cánones generacionales, tales como: P. Jacinto Zaragoza, Juan L. Ortiz, Marcelino Román, Guillermo Yaraví, Gaspar L. Benavente, Carlos Mastronardi, Reinaldo Ros, Alfonso Sola González, Eduardo Seri, Carlos Alberto Álvarez, José María Fernández Unsain.

En el tercer capítulo: “La lírica de Carlos Alberto Álvarez”, la autora parece que respetara los conceptos de Pavese: “No se improvise nada, y menos la riqueza interior que embellece el alma y el corazón del poeta verdadero, ya que hacer poesía significa llevar a evidencia y cumplimiento fantástico un germen mítico”.

Delia Travadelo expone la vida y la obra de Carlos Alberto Álvarez, platense por nacimiento pero entrerriano por formación, cultura y sentimientos, amigo y condiscípulo de excelentes poetas como Alfonso Sola González, Rubén Turi y José María Fernández Unsain, entre otros soñadores que vivieron la etapa primera de sus búsquedas poéticas.Álvarez publicó los siguientes libros: “Fábula encendida” (1943) y “Donde el tiempo es árbol” (1963), ediciones de poemas; “Canto a Villa María de los Vientos” (1967) y “Coplas del Andariego” (1973), plaquetas: “Río adentro” (1970), carpeta de arte para bibliófilos, tributo de amigos, en 1970.

El cantor de los árboles, el del sendero emblemático del jacarandá (“Como el jacarandá mi vida fuera, dar siempre antes las flores / que la sombra / y ser azul o lila hasta en la hoguera”), merecía estar en el recuerdo y el análisis de alguien que lo conoció y admiró, además de compartir el aula y el transcurso de un profesorado ejercido con verdaderos exponentes del sentir poético de ese litoral que estalla en el verdor y el aroma de sus árboles, criaturas vegetales que perfuman las aguas infatigables de los ríos de camino incesante que se hacen canto en el sueño del hombre costero que le dedica su ilusión y sus desvelos.

Un excelente tranajo de la Profesora Delia A. Travadelo, que el Instituto de Cultura Hispánica de Santa Fe avala con  la certeza que su firma resguarda. 

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Jorge Alberto Hernández (Santa Fe)

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Finisterre - María Rosa Lojo –  Editorial Sudamericana - Buenos Aires – 2005 -183 pgs- 

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Finisterre, la mítica península que en la Edad Media se creyó el fin de la Tierra, es el punto más al oeste de la Europa continental y del litoral gallego. Finisterre es también una novela, la última de María Rosa Lojo. Una pista sobre la razón de haber elegido el título se la da al lector el comienzo de la trama: una mujer: Rosalind Kildare Neira que vive en Finisterre, le envía a una joven huérfana, Elizabeth, que vive en Londres, una carta en la que pide permiso para contarle la historia de la propia Elizabeth. La historia de su madre y de la tierra donde nació.

Es así, con ese mar de por medio,  que comienza a desarrollarse en Finisterre un juego vertiginoso de construcción y transmutación de identidades. Ya el nombre de la corresponsal: Rosalind Kildare Neira lo  preanuncia con el cruce entre un apellido irlandés y otro gallego. El destino de tantos gallegos, la migración, ha llevado hace tiempo a Rosalind junto con su marido médico hasta la Argentina. Y allí, en un viaje a través del desierto, su marido muere y ella es raptada. Cuando el pacto se sella, Rosalind recordará a las meigas, las brujas gallegas. Al mismo tiempo que rescata una identidad que le viene desde los orígenes acepta esta, indígena. Se transforma sin dejar de ser lo que es.

Llegado a este punto de las cartas, el lector descubre que, por ahora, la historia que la mujer de Finisterre está narrando no es la de la huérfana, sino la suya propia, es decir su autobiografía. Elizabeth se ha vuelto su lectora y, en cada carta, su experiencia limitada del mundo se amplía gracias a los acontecimientos, las experiencias vitales que Rosalind le va narrando.

Paul Ricoeur dice que sin la narración autobiográfica que confiere identidad la vida se emperraría en un sustancialismo que no admite el cambio o se disgregaría en una serie de episodios inconexos. Es la trama de la narración la que va confiriendo una identidad siempre cambiante, nunca concluida, pero que va construyendo el sí mismo mediando los sucesivos cambios.

Es imposible olvidar esta tesis luminosa cuando se lee Finisterre. Firmemente sostenida a lo largo de esta novela,  irradia sobre todos los actores, ya sean personajes o comunidades. Quizás lo que le da mayor visibilidad es el hecho de que invierte o modifica identidades hasta ahora estereotipadas,  ya sea la de personas, como el coronel Baigorria, ya sea la de comunidades, como los ranqueles, como la de los cristianos mismos. 

Pero decir que la narración de vida construye y modifica identidades es decir mucho tratándose de una ficción. Para aceptarla, hay que aceptar también un presupuesto: el de que la lectura de la ficción es una experiencia tan vital como las experiencias que se realizan en otros momentos de la vida y la de que su verdad, la verdad de la ficción, es una entre otras. Es bien sabido que María Rosa Lojo es investigadora y que muchas de sus novelas trabajan con datos documentales. En Finisterre, se da un maravilloso equilibrio donde los límites entre la trama de ficción y los de la trama histórica  pierden su rigidez, para efectuar un cruce en el cual cada uno de ellos: el  relato novelesco de ficción y la historiografía toman en préstamo del otro sus rasgos más ricos. La ficción le da a la historia su capacidad de hacer ver, de singularizar.Y la historia a su vez nos hace concebir a la ficción como habiendo sucedido, más exactamente como aquello que podría haber sucedido.

En Finisterre, hay una actriz que la historia registra como una de las tres mujeres de Baigorria. En la novela, esa actriz es el personaje de Ana de Cáceres. Es sobre todo cuando se la retrata llegando a su final, cuando la ficción, que da a la historia ojos para ver, representa  la dolorosa nueva identidad.

“Doña Ana, pues, pasaba muchos días sentada en uno de los sillones cada vez más desvencijados que componían el mobiliario del rancho, inmóvil como un ícono. A veces se ponía una mantilla negra por delante de la cara, como una viuda en misa y entonces el gran pectoral de plata , y el trarilonko en la cabeza y los pesados zarcillos que le colgaban de los lóbulos, se traslucían bajo el dibujo con un raro efecto, como si fuesen las joyas de una princesa embalsamada y sepultada hacía siglo en algún túmulo egipcio".

En este fragmento notable, se diseña una máscara que aparece como una reflexión sobre la ficción. Lo que sucede con la máscara no es un desplazamiento mutuo, como en la mentira, en que la verdad que se desplaza debe quedar oculta. En la ficción, el sentido se produce en la simultaneidad de la ocultación y la revelación, es decir según dice Wolfang Iser, en la simultaneidad de lo mutuamente excluyente.

La mantilla de Ana de Cáceres produce este sentido que María Rosa ha percibido y describe como “viuda en misa” y todavía más “princesa embalsamada”, “túmulo egipcio”. No proviene de la mantilla, objeto material, tampoco de la mujer que la lleva. Es la simultaneidad de la máscara y de la persona, el ir y venir de una a otra la que crea esa alucinación de una presencia que no está allí – princesa, viuda- y que por eso es al mismo tiempo engañosa y existente.

Pero lo que los ojos de la ficción ven en la historia, cuando reflexionan sobre ella no es cualquier cosa, no es un escenario, no es un diálogo que aliviana o una banalidad. Es un sentido profundo. Aquí esa máscara, esa mantilla ha logrado hallar la imagen que tiene un significado más desgarrador y exacto de la condición esta mujer.

Un texto no existe si no es leído. Y lo que sucede en la lectura no es que un autor impone a un lector una visión del mundo que debe ser aceptada, sino que se produce un cruce entre la experiencia del mundo del autor que se manifiesta en el texto y la del lector. En el acto de lectura confluyen estas experiencias, se cruzan y de ahí surge un mundo  posible con tanta validez como el cotidiano.

Creo que con esta novela sucederá este fenómeno de la lectura. Esta Finisterre, en la que el desierto, Galicia, Irlanda, y sus habitantes se entrecruzan y se constituyen, dolorosa o feliz o sabiamente, por las sucesivas transformaciones de su identidad, tendrá su verdad de ficción en el más allá de los continentes, en la Finisterrae.

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 Gloria Pampillo (Buenos Aires)

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PÁGINA Nº 12  

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Es a mí             

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 Por Pilar Romano (Corrientes) 

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-A dormir, que yo sí debo levantarme temprano- 

Es a mí.

Si la ilógica cronología familiar en cuanto a morirse se hubiera interrumpido, yo debería haberme ido antes que mi hermana Elisa, que era la menor.

–¡Moviendo las piernas, que ya son más de las diez!- es a mí. Y pensar que Elisa, luego de enviudar, me invitó a vivir en su casa para retribuirme los cuidados y mimos que le prodigara como hermana mayor mientras estuvimos en la casa paterna. Ella era menuda y frágil y siempre había despertado mi ternura. La ayudé en sus tareas escolares, inclusive en la secundaria y hasta me enorgullecí con sus éxitos. Le escribía en mal inglés cartas a los estudios de cine norteamericanos, pidiendo fotos de sus artistas; ella firmaba emocionada las cartas y nos moríamos de ansiedad hasta que llegaba alguna fotografía. Hicimos una linda colección, Tyrone Power, Robert Taylor, Ginger Rogers...

-Sin arrastrar los pies, que ayer enceré los pisos- 

Es a mí, aunque no me mire. Me lo dice con voz insípida. Insípida y carente de emociones, como fue mi juventud. Me recibí de técnica radióloga y trabajé durante años en esa profesión, que nunca supe porqué había elegido. Tan sólo me deparaba algunas veces la revelación de que el tumor ya no estaba y el tipo podía volver a vivir. Me enamoré del muchacho que hacía la limpieza, también sin saber porqué; Leopoldo se llamaba y jamás dio muestras de que le interesara mi existencia. Casi no puedo fijar ese tiempo. Tan sólo me llega, en ocasiones, el olor del laboratorio, que no me trae recuerdos vívidos; más bien me persuade de que todo fue, quizás, un sueño gris.

-A dormir, dije, y apagar la luz- 

Es a mí.

Al principio las cosas fueron bien con Elisa, a pesar de que ya caminaban conmigo unas cuantas decenas de años y empezaba a verme cada vez más parecida a mamá. Reanudamos la relación anterior y desempolvamos viejos rituales familiares en un mundo invulnerable que creímos definitivamente conquistado. Pero la realidad es cambiante y cambió. La realidad fue, en cierto momento, que Irene –la única hija de Elisa- se divorció y vino a vivir con su madre. Con su madre. Yo era una adherencia molesta. "Te recordaba bonita" fue lo primero que me dijo al llegar, con tono de decepción.

Como dije, la ilógica cronología familiar continuó y Elisa se murió antes que yo.

-Basta con el calefón encendido- 

Es a mí. 

Estas frases innominadas hacen que conozca la verdadera soledad, ésa que viene acompañada del silencio, un silencio implacable que parece mirarte con ojos de buho. Irene nunca insinuó que debía irme de la casa, pero dejó de hablarme, de dirigirse a mí en forma directa. Sus pocas palabras han parecido siempre destinadas a un perro que debe ir a la cucha. Además, si digo algo, ella se aleja como si no hubiera oído. No sé qué es peor, si la sensación de causar lástima o la de causar fastidio.

Debo decir la verdad: tengo las medicinas sobre la mesa de luz, en las dosis adecuadas, la comida es la que necesito, sin sal ni colesterol, pero también sin compañía; un enfermero viene regularmente a controlar mi presión y con él suelo conversar un ratito; mi ropa está limpia y prolija, pero me las arreglaría sola con todo esto a cambio de que Irene abandonara esa forma feroz de violencia que es silencio.

Ella preside la comisión directiva de una cooperadora y las reuniones se hacen en casa, es decir en la casa en la que me acuesto y me levanto. 

-A mirar televisión y cerrar la puerta, que ya va a venir la gente...

Es a mí; los otros son "la gente". 

Suelo escuchar las propuestas de Irene en esas reuniones, inspiradas en el deseo de ayudar a los demás, dichas con aparente convencimiento. ¿Por qué me habrá excluido de su círculo de solidaridad? Para mí, la ausencia de palabras, las de ella y las mías; a veces me parece que tengo las orejas y la lengua tejidas al crochet. Pienso en mi hermana Elisa, lloro y tengo la sensación de que mi cuerpo se queda sin alma por el resto del día. La noche me la devuelve, porque de noche el silencio es de todos.

-Usted se cree tan señora...- digo esta vez yo, mientras miro a Irene recostada en el sillón, al borde de la asfixia, e intento con las manos temblorosas extraer la pastilla que, por fijarme nomás, sé que ella debe tomar cuando le vienen esos ahogos de los que nunca me ha hablado. Pero mis manos tiemblan y demoran. Demoran y demoran. 

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PÁGINA Nº 13 – POETAS ARGENTINOS

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El horror de los milagros

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También hay mucho de qué horrorizarse fuera de uno mismo:

La anciana muerta detrás de los rosales.

Las palabras estancadas en la costumbre, por descargo de conciencia.

Los hombres que salen a matar.

La combustión del petróleo.

Los que firman sus propias defunciones con tal de no perder el sentido común.

Los que impiadosamente toman una palabra para ir tras la caza de ideas y nivelan sus personajes a la media de sus jaulas.

Hay muchos a quienes temer además de uno mismo:

Los que no encuentran el quinto punto cardinal.

Los que hacen alarde de su estilo puramente informativo y escriben: "El juez, con un sobretodo negro, se retiró del tribunal a las cinco de la tarde."

Los que no han podido fundir su cuerpo con lo no visto, lo no dicho lo no escuchado.

El perro con cara de hombre, el hombre con la túnica de dios, dios con la baba del diablo.

El asma de los toros.

El reloj que suena.

Los gallos y los hombres que se comen los ojos.

La bondad de los indiferentes.

La omisión de los generosos.

El perdón de los pecados.

Wall Street.

La resurrección de la carne.

Schwarzenegger.

La desproporción del hambre y la mezquindad de la riqueza.

El Vivaporú.

Y atención, porque también hay otros culpables además de nosotros:

Los que prefieren el sistema a la fulguración.

Los que mataron a Búfalo Bill.

Los que aterran.

Los que lanzan el a?b?c de sus transgresiones y revientan en un rollo que comienza con el título y termina en el punto final.

Los que profesan para que sea oída su voz narrativa.

Los que dan patadas al aire antes de lamerle los labios a una mujer hermosa.

Los que proyectan su percepción literaria y sus impulsos creadores según el calendario comercial.

Los que no enseñan al diablo a ser bueno ni a dios a ser diablo.

Los que exigen verdades fijas, concluidas, irrefutables.

Los que repiten síes y noes que no significan.

Los lacayos de las retóricas preestablecidas.

Los que no dejan de hablar del fin del mundo y por lo mismo impiden que se acabe de una vez.

Los que no saben de dónde han salido ni con qué penas.

Y hay muchos a quienes admirar:

Los que avanzan por el camino menos transitado.

Los tristes.

Los que adhieren el conocimiento a la invención. La invención a la perplejidad. La perplejidad a la hermosura. La hermosura al espanto. El espanto a la inteligencia. La inteligencia a la percepción. La percepción al hombre y sus centauros.

Los que no se salvan y escriben.

Los que cantan su canto más apartado.

Los posesos.

Los que van a la deriva con el mundo.

Los que mueren y al mismo tiempo van naciendo.

Los que aún no han empezado. Los que aún no han sido vistos.

Los que emprenden la retirada hacia alguna clase de silencio que borra el alrededor.

Los que andan dentro de sí mismos, aterrados y conmovidos por lo que encuentran.

Las criaturas de pechos devorados.

Los que son a la vez lo único y lo múltiple.

Los que hacen salir, de su pequeña individualidad, una compleja cooperación con el mundo.

Los que hacen de su escritura un presentimiento, una ignorancia que tantea y adivina.

Los que accionan el timbre melancólico y sereno de su pequeñez, de su plenitud.

Los que abrillantan con su perplejidad el medio circundante.

Los que dicen sí, sí, soy yo, aún estando a punto de no ser.

Los que se detienen porque son tan bellos.

Los vaciados de todo sentido anterior.

Los que inventan lo existente como si no existiera.

Los que retuercen sus posibilidades.

Los que creen en la poesía, no en el paraíso.

Los que no esperan que sean virginales sus vírgenes y adoran las manchas de sus vulvas.

Los que encuentran en la grieta de la pared descascarada el mapa de su reino.

Y sobre todo, hay mucho que agradecerle a la poesía porque se aferra a los que irradian la peste del amor.

Porque sacude sus muslos de lirio liberado.

Porque llena de silencio al cañaveral.

Porque ella propone y el lector dispone.

Porque puede ofrecer al mundo su pecho de nacer y de morir.

Porque fecunda peces deslumbrados.

Porque la gente no acude a ella como acude a las farmacias.

Porque sus besos no atan las bocas.

Porque para ella las realidades nunca son lejanas.

Porque tiembla desnuda donde el terror no se atreve.

Porque su dolor mantiene despierto el corazón de todos los hombres. 

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Miriam Cairo(San Nicolás) 

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Jugado.  

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Me sustento además con la convicción

de apostar en estado si no siempre

de gracia al menos de desgracia plena

plena de potencia

y si no siempre de plenipotencia

al menos de una impotencia plena. 

El sustento poético. 

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Rolando Revagliatti (Buenos Aires) 

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La trama  

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Esa trama te abruma, te seduce,

te golpea en los ojos,

te desnuda, te viste de oropeles,

te deja en la cuneta,

te cubre de virtud, te llama a misa,

                            y suenan las campanas,

               las campanas adentro de tu pecho

              como un hondo caracol envolvente. 

Esa trama es la trama de tus pasos. 

Ella está en lo que miras,

                        aquí cerca, allá lejos,

en la insidia que impregna tranquilos dormitorios,

y acrece las pulsiones del alba,

                                         del insomnio.  

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Máximo Simpson(Buenos Aires) 

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Que se ponga de moda la pobreza 

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que se ponga de moda la pobreza

en la geografía toda de este mundo;

que se usen los zapatos bien rotosos

las remeras coloreadas de cemento 

que la gente se empecine en perder todo

que haga cola para comprar nada 

que sea elegante morirse de hambre

tener frío todo el día y a la noche

que se ponga de moda ser un pobre

lucir ninguna moneda en el bolsillo

cartones como accesorios de la ropa 

que no cuenten las cuentas de los bancos

que no haya vacaciones para nadie

que se expandan las pestes de este mundo

y no apliquen la vacuna contra la miseria 

que se pongan de moda los que piden

que todos quieran sentarse a la intemperie

a disfrutar la ola de vacío

a gozar la enorme indiferencia 

que ser pobre se ponga de moda

porque la moda naturalmente pasa 

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Hernán Salcedo (Buenos Aires) 

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La luna (versión del film de Bernardo Bertolucci)  

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Después de una cierta hora, las calles se vacían

y yo salgo a olvidarte. Es más fácil en las calles

vacías. Me pierdo como una piedra terrestre

arrojada a territorio lunar. Entonces la luna se vuelve

una playa bañada por la luz del Mediterráneo,

donde jugaba de niño. No puedo volver a tomar

lo que he perdido, nadie puede. Si no está

permitido el regreso y no deseo avanzar,

quizás debería tener miedo, pero me enseñaste

a no temer, a estar despierto hasta tarde

en la casa desierta escuchándote cantar, con la promesa

de que el sueño llegaría. Aún soy el niño

que atraviesa la noche en su nave, un pequeño

astronauta. Hemos perdido contacto con la base,

nos hemos quedado solos aquí arriba, las constelaciones

y yo. Dame la calma, dame el silencio que acaricia,

no este silencio como una aguja que cruza lentamente

la frontera de las venas y apacigua

el rumor de la sangre pero no alcanza

a apaciguar el deseo de tocarte ¿Cómo voy a construir

mi casa lejos de la tuya, de dónde van a sacar mis manos

el oficio de poner cada ladrillo uno encima

del otro para levantar una pared que nos separe? No sabría.

Me decías que algún día vendrían a buscarme

los extraterrestres, que yo no pertenecía a este planeta.

Nos reíamos. Yo, desde entonces, no he hecho otra cosa

que preparar con paciencia mi bolsito a la espera

de que llegue ese día. Tu voz es el hilo de seda

que conduce a las ruinas de la luna. Madre -te dije-

no tengo sueño todavía. 

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Claudia Masin(Chaco) 

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PÁGINA Nº 14   

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La escarapela 

Por Trudy Pocoví (Santa Fe) 

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Ya casi nadie usa escarapelas para las fiestas patrias. Salvo raras excepciones, obligados por el cargo, función o alguna Directora tildada de loca y de vieja cuyas exigencias obsoletas nadie acata, no se ven más insignias patrias honrando los trajes y ese rinconcito del alma reservado para la Patria.

Más aún, si llevás una,  te miran por la calle la escarapela en la solapa como si fueras un desubicado, más ridículo que si lucieras un sombrero con plumas.

¿Qué ha pasado con aquél sentimiento de orgullo que nos henchía el pecho e iluminaba el rostro? ¿Qué con aquella velada y sutil competencia de 6° grado por ver quién lucía la escarapela más grande, más linda, más celeste y más blanca?

Recuerdo que fue para un 25 de Mayo. En el Cabildo ya se había realizado el escrutinio de los 224 votos de patriotas y la señorita Marta decidió delegar el mando en mí, para que recitara el extenso y denso poema de Capdevila dado que el Virrey Carlitos, escolta de la bandera, había sido depuesto por una gripe de esas que no se anuncian y que arrasan con cualquier ilustrísimo representante de Su Majestad o hidalgo caballero.

Eso el día antes  de la designación de la Junta de Gobierno, es decir, el día antes del mismísimo acto patrio, así que recité y recité el poema de Capdevila  durante la merienda, la cena y hasta la medianoche, aterrado por la sola idea de olvidar una estrofa, un verso, uno sólo de sus adjetivos.

¡Y llegó el 25! Me sentía tan exaltado como imagino estarían Saavedra, Azcuénaga o Larrea  aquella misma mañana después de largas y agitadas deliberaciones, acuerdos, corrillos e intrigas. Afuera, el cielo estaba igual de gris que aquel  del Cabildo abierto, al menos como aquel que reflejaba la lámina del libro de lecturas.

Mamá me ayudaba a peinarme, raya a la derecha y jopo de rigidez brillante y Glostora... Sombras del Cabildo/ de la gran jornada,/ convocadas fueron/ de nuevo a la Plaza... Corbata azul, el guardapolvo secado a plancha (por  la llovizna de la víspera y la maldita humedad que ponía a toda la casa y a mi madre especialmente, de pelos de punta), tibio aún y almidonado... Juramento heroico/ los pechos juraban... Los zapatos oliendo a betún todavía y un cierto estremecimiento que me aceleraba el pulso, me acortaba la respiración, no me dejaba terminar de tomar la leche...Andad esas calles,/ cruzad esas plazas;/ vivid cual entonces...¡Renació la Patria!

Mamá también estaba nerviosa, como yo o más. Y aunque intentaba disimularlo con colorete y lápiz de labio, estaba muy emocionada por verme, o escucharme, recitar por primera vez una poesía en  acto patrio.

Llegamos a la escuela un minuto antes de las nueve, hora oficial de “largada”. Los grados estaban formados en el patio. Al frente de cada uno de ellos, ligeramente a la izquierda, de pie y con aire solemne, cada una de las maestras. Debajo del aro de básquet, el piano. Hacia el centro, el micrófono y un poco más allá, el mástil aguardando trémulo la bandera... ¡Y entonces me di cuenta! ¡la escarapela!... ¡Me faltaba la escarapela!... Con los nervios, el apuro y los versos de la “Patria”, me había olvidado la escarapela quién sabe en qué rincón de la casa.

¡Oh, Dios...! ¡Si me veía la señorita Marta...! ¡Si me descubría la Directora! ¡Una expulsión, cuando menos, en el mismísimo acto del 25 de Mayo, a cargo del número central, después del eterno “Cuando” y sin escarapela! ¡Expulsión y excomunión!

¿Quién iba a querer prestarme una?... Vislumbrando el fatídico destino que le esperaba si era sorprendido en aquel delito de apátrida. Entonces se me ocurrió dibujarla. Corrí hasta la portería, busqué un trozo de papel que recorté mediante el sistema de pliegues lo más prolijamente posible y le pinté las dos franjas celestes con una de las tizas de colores, que sabía que doña Ana, la portera, guardaba en el armario. Unos pliegues, un alfiler y una escarapela.

Regresé en el momento preciso en que una manada de peinetones y pollerines de alambre abandonaba el escenario. La voz de la señorita Marta anunciaba, con cierto orgullo de mamá gallina: Y ahora, “Patria”, de Arturo Capdevila, recitada por el alumno de 6° grado, Rodrigo Salerno... y ¡pla, pla, pla!, los aplausos de la hinchada y de mi madre... Otra vez, otra vez entre luces/ azules y blancas/ los arcos triunfales/ de la fiesta patria...

Y ¡pla, pla, pla!, de todos los chicos y de la señorita Marta.

Ya todo había pasado. Había salvado la honra y el sentimiento nacional. Mi pecho lucía la más hermosa de las escarapelas que por ningún precio podría comprar. Pero luego, como buen 25 de Mayo que era, una leve pero copiosa llovizna  me derritió los colores sobre el pecho, colores que no salieron ni poniendo el guardapolvo al sol con jabón Cañadenzo... Así que anduve por bastante tiempo, con una franja ligeramente azulina sobre todo el lado izquierdo del guardapolvo. Pero no me importaba ciertas miradas de ciertos pobres  tontos que ignoraban el secreto de mi mancha.

Será por eso, tal vez, que nunca más olvidé colocarme una escarapela para un 25 de Mayo ni para un 9 de Julio ni para ningún otro festejo nacional.

Será por eso, tal vez, o por la señorita Marta, no sé, que a mí me quedó el sentimiento y hoy me duelen, sí, de verdad me duelen esos vacíos en las solapas, ese vacío de Patria. Porque, al fin de cuentas, sólo somos los que sentimos... y no sentimos nada. 

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PÁGINA Nº 15  

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Misión cumplida. 

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Por Luisa Futoransky (Francia) 

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Si alguien le hubiera predicho a Bispo do Rosário que sus "inventarios del mundo" se presentarían en la más importante bienal artística del mundo, la de Venecia (1995), que la crítica francesa elogiaría, deslumbrada y unánime, su exposición individual nada menos que en el museo del Jeu de Paume de París (julio/septiembre 2003), ni siquiera se hubiera inmutado.

Tampoco si le hubieran asegurado que un premio pictórico en Brasil llevaría su nombre y que miles de páginas de Internet dedicarían espacio a escrutarlo, alabarlo y descifrarlo. Tal vez se hubiera limitado a encogerse de hombros y pedir que no lo distrajeran de su "misión".

Arthur Bispo do Rosário con su obra fulgurante nos viene de Sergipe, uno de los lugares más recónditos del gran y pobre nordeste brasileño. Se discrepa en la fecha de su nacimiento, 1909 o 1911, pero no en la de su partida, el 5 de julio de 1989.

Carabinero de la marina de guerra, púgil —llega incluso a campeón latinoamericano de peso ligero—, un 22 de diciembre de 1938 sus arduos vagabundeos laborales terminan, abruptos, con una visión: Cristo se le aparece acompañado por siete ángeles aureolados de azul. Bispo erra dos días por las calles de Río y se presenta ante el monasterio de San Bento como enviado del Señor.

Los monjes lo conducen al hospital psiquiátrico. En 1939 se repite la visión. Esta vez los ángeles le ordenan una misión: presentar a Dios una representación, una suerte de inventario del mundo para el día del Juicio Final.

Diagnóstico; esquizofrenia paranoide e internación definitiva en la Colonia Juliano Moreira.

Hoy día sus realizaciones son conservadas como obras maestras del patrimonio cultural brasileño y se las arrebatan los museos del mundo. Pero Bispo nunca se consideró artista, nunca supo las corrientes ni las vertientes del arte contemporáneo del siglo XX.

En lo personal rechazó los medicamentos y la más mínima intervención psicoterapéutica. Se entregó alma y vida durante cuarenta años a cumplir con su "misión". Su material de trabajo se fue constituyendo con los desechos del hospital, acumulados con ardor: cartones, maderitas, peines, juguetes de plástico utensilios de cocina, ropa vieja, zapatos, botellas, telas. Sin olvidar un lecho con mosquitero para los juveniles amores de Romeo y Julieta.

Bispo do Rosário borda también lienzos en rústicas sábanas con el hilo del hospital, de color azul, el del aura de sus ángeles. Y elabora nóminas sin descanso, antes de que las barra el olvido, antes de que Dios no sepa cuanto Bispo tiene el deber de recordarle.

Utopías, caprichos, avideces que los hombres atesoran. Sin olvidar las ruinas del inconsciente al aire libre que Bispo evidencia sin que pasen por el filtro censor de la razón.

Inventarios laberínticos, oriflamas con los nombres de calles, de pesos y medidas, de sistemas políticos. Maquetas de navíos, planos de ciudades.

Y para cuando vio que se acercaba la hora de defender su estado de cuentas, su balance arqueológico ante el más allá, se confeccionó "Mantos de presentación", piezas clave de su obra.

Subyugada, la crítica lo emparenta al realismo mágico, al arte conceptual, a los Ready Made, a Dadá, al Nuevo realismo, a artistas fraternales o espejos como Spoeri o Arman.

Bispo, el negro nordestino imbuido de su misión, tan humilde que quería ser "transparente". Como todo gran artista rehusó las explicaciones. "Cuando dejo de trabajar me vuelvo transparente pero normalmente estoy lleno de colores", dijo.

A quienes insisten en saber de dónde viene la savia de su genio, de dónde su maestría, se limita a responder con un humilde "un día aparecí en el mundo".

Sus obras siguen sumando elementos de un templo arcaico y atormentado.

Bispo do Rosário nos regresa al tiempo preadámico sumergido en cada uno de nosotros.

¿Qué acerca o que separa una obra de Klee de la de un loco o de la de un niño? ¿Cómo se distingue una rueda de bicicleta de Marcel Duchamp de una de Bispo? Tal vez por las meras etiquetas que tanto nos confunden y a las que tan afectos somos los mortales.

Acaso una lúcida definición nos la brinde el propio Bispo: "Los enfermos mentales son como picaflores. Nunca se posan. Están a dos metros del suelo".

El museo del Jeu de Paume de París presentó 79 obras de este fecundo artista brasileño en septiembre de 2003. 

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PÁGINA Nº 16   

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Información de Babilonia

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Por Sonia Catela: soniacatela@arnet.com.ar 

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-¿Cómo querés que hagan? No queda un bicho suelto que se pueda carnear-  deletrea Tomás y marca las sílabas con una vara, en el suelo, al lado de la parrilla, -ni perros.

(Atizo las brasas. Los tres chicos alcanzaron a seguirme unas cuadras. Rostros filosos, piernas descarnadas).

-Lo  presencié por  pura casualidad- continúaTomás, -una multitud de ellos atrapó el último perro, en la plaza pegada a las vías. Tomé fotos. Miralas. 

(Tomó fotos. Me limpio las manos del tizne del carbón. Las repaso. Los rostros de la época. La pura obscenidad del hambre. En la avenida, viniendo hacia aquí, giré para controlarlos. Los pibes se detuvieron, exhaustos. Pero encuadraron mi derrotero.)

-¿Cómo tanta seguridad de que se trata  del último cuzco?

- Por esto de mi trabajo. No  ves el rabo de un cachorro siquiera en el más perdido rincón de la ciudad. A lo mejor los perros se avivaron y se rajaron al campo. 

-¿Y en el basural?(Menea una negativa. Tomás procesa las materias primas con que se producen diarios y programas televisivos. Los huesudos se detuvieron, sus caras orientadas hacia mí. No pidieron. Últimamente no piden).  

-¿Las vendiste?- le devuelvo las fotos. 

-Todavía no. ¿De todas maneras, qué se puede hacer?  

-¿Por quiénes?  

-Por los pibes.  

-Nada se puede hacer.  

-Eran ellos. 

-¿Qué ellos? 

-Los que desollaron el perro. Chicos.

(Marca sus estaturas y exhala un ácido aire de culpa. ¿Qué se puede hacer? “Yo denuncio”, recaba Tomás. Calculo que mañana los tres niños huesudos habrán llegado aquí. Duermen durante el día. Trajinan las horas de oscuridad. Aquí es el jardín zoológico. El stock de bestias atrae por su olor caliente, vivo. Han cambiado los olores en la ciudad; recordar que uno se despertaba con la fragrancia del pan recién horneado pertenece a ese campo ambiguo, que prescribe inmediatamente. Recuerdos. No sirven para la acción. A nadie importan.)  

-¿Y qué bicho manducaremos en esta oportunidad?- la vara señala la carne en la parrilla; es visible que se trata de un ave, “pato de Asia”, anuncio.  Tomás ignora  qué cuestiones interesarán a los canales y a los diarios cuando todo escándalo ha sido ya procesado, la ley de la oferta y la demanda,  el hambre en exceso no vende, “se busca tema”, dice al pasar pero es su secreto, aquello que lo retuerce, el tema, y sonríe, nada se puede hacer. Comemos. Se nos suma Barros -el director del zoo- al que Tomás le pasa las fotos, “afuera está muy duro”- reconoce Barros, “pero se vuelve repetitivo; no las va a colocar ¿por qué no prueba con el hospital de la avenida Mitre? ¿Percibe? Lo cerraron y se fueron. Qué dejaron adentro sólo el olor lo señala” dice el director y desgarra delicadamente la piel dorada del muslo del pato.  “Podría intentar”- se recompone Tomás, “¿no sabe si algún colega se me adelantó y entró al hospital abandonado?” “No pueden”, remarca el director, “hay que saber por dónde”. Él sabe por dónde. Los huesudos llegarán aquí en la madrugada. A la madrugada arribarán, atraídos por el olor caliente y vivo de las bestias, y se toparán con las altas, infranqueables rejas del zoológico. “Podría sacar buen dinero si se anima; en el hospital funcionaba un ala para insanos, alienados” y deshilacha la carne del caparazón del pato, “locos Bosch, Brueghel, ¿me entiende?”  Entendemos. Pero Tomás duda de que algún insensato haya podido salvarse habiendo pasado ya una semana desde que pusieron los candados. “Siempre hay alguno que sobrevive, pero ya no piden”. “¿Quiénes no piden? “Los pibes”, confieso con vergüenza por el acto fallido. Trozo el otro pato. “Me ha dado una excelente idea”, agradece Tomás y pregunta qué se le  ofrece a cambio, todo se negocia, todo discurso se expresa y se convierte en negociación, “me da copias y las coloco en el Uruguay” el director acrecienta sus contactos y él y Tomás se dividen los mercados. Los huesudos no pasarán del par de días, buscarán un poco de sombra en el costado del zoológico y se echarán y  esperarán. Ya no piden.   Descorchar la botella de vino que trae el director, beberla y reconfortarse. Luego los huesudos se adormecerán, entrarán en un letargo, un coma, mientras ya no piden y ni siquiera esperan.

-¿Hay algo para entrar de la calle?- inquiere Barros. Él se hace cargo. 

-Pasado mañana habrá-, le confirmo.

-¿De qué hablan? –se sobresalta Tomás, reanimado por el vino-.

-De la alimentación de los animales, respondo

-Ah-  abrocha Tomás cuidadosamente y decide no enterarse. 

No enterarse es el modo.  

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PÁGINA Nº 17  

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Antes del primer grito. 

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Por Ángel Balzarino (Rafaela) 

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No. No. El grito estallaba en su boca reseca, histérico y pleno de desolación y cada vez con menor fuerza, convertido en el único, casi absurdo y definitivamente inútil recurso que le quedaba para tratar de demorar -pues le iba a resultar imposible evitarlo, como hubiera querido- el acto que estaba obligada a protagonizar. Vamos. Dejá de gritar. Ahora debés estar tranquila. Aunque el tono de la voz resultaba suave, con cierto atisbo de afecto, no logró infundirle serenidad ni pudo atenuar la tensión y el agobio que le provocaban la presencia de ellos, el médico y la enfermera y los guardias, formando una muralla, atentos y vigilantes. Pegarle un puñetazo o dormirla con una inyección. Cualquier cosa para callarla y dejar que siga  moviéndose como una loca. Pero el doctor Salerni dice que su estado es muy delicado y debemos tener paciencia y procurar que el parto se produzca sin la menor complicación para no afectar al bebé. Y eso es lo único que me preocupa. Que nazca bien. Sin ningún rasguño. Con la apariencia o  belleza de la madre, la piel blanca y los ojos profundamente celestes. Sobre todo por él. El coronel Marcial  Galarza. Al fin cerró los ojos no sólo como expresión de fatal derrota o rechazo a efectuar cualquier cosa indicada por ellos, sino más bien en una desesperada tentativa por aislarse, por jugar con la idea de que no eran las manos del médico, rudas y apremiantes sobre el vientre hinchado, ni las de la enfermera,  tratando de atenuar cualquier gesto de preocupación o miedo al prodigarle lentas caricias por la cara humedecida, casi en una súbita muestra de ternura  o amistad, sino otras manos las que manipulaban, palpaban, recorrían su cuerpo. Las únicas que anhelaba. Las de él. Gerardo. Como había ocurrido durante los últimos dos años. Para confirmarle el hecho gozoso de tenerla cerca, elaborando proyectos, entregados a una lucha intensa por una sociedad plena de equidad y sin despotismo, disfrutando el amor que se tornaba más sólido cada día. Hasta la separación. Brutal. Definitiva. Una sustancia voraz e indeleble  parecía corroerla cada vez que evocaba aquella noche en que la quietud de la casa quedó rasgada por los golpes, la puerta abierta con violencia, las voces roncas y autoritarias.  Al surgir del sueño no atinó más que a gritar el nombre de él en tardía advertencia o pedido de ayuda, abrazando el cuerpo querido mientras una luz súbita y poderosa los exponía,  desnudos y sin la menor defensa, ante los hombres pétreos, uniformados, de aspecto casi fantasmal, que rodeaban la cama, con los fusiles en sobrecogedora amenaza. Por escasos minutos. Antes de llevar a cabo la tarea -metódicos, en forma vertiginosa, sin margen para la duda o el error- de arrancarlos de la cama y arrastrarlos por la casa, desdeñosos de los quejidos y las súplicas y el pánico reflejado en un creciente temblor, hasta la calle. Fue mientras una mano le tapaba la boca y la presión de los cuerpos la inmovilizaban en el asiento trasero de un coche, cuando  -más allá del aislamiento, la sensación de asfixia, la incertidumbre sobre lo que iba a pasar-  algo se le impuso con despiadada claridad: que no volvería a ver a Gerardo. Ya falta poco, querida. Un esfuerzo más y todo habrá pasado. Sí. Debo mantener la calma, disimular la ansiedad, hablarle con la mayor dulzura,  todo para que deje de moverse y gritar. Unas buenas  bofetadas resultarían más efectivas. Porque estoy segura que no es tanto por el dolor, tampoco debido al trauma del primer parto. Tiene miedo de perder la única garantía que le permitirá seguir viviendo. El hijo. Lo sabe perfectamente. Podría ceder a un sentimiento de generosidad o compasión si no fuera que está en juego mi bienestar económico y, sobre todo, la posibilidad de ocupar el cargo de directora del Hospital Militar. Las más caras aspiraciones y que él ha prometido satisfacer. Por eso necesito obtener este trofeo. Fríamente. Será la mejor solución para todos. Corina tendrá un motivo para vivir y hasta de ser feliz y nosotros podremos estar juntos más tiempo. Libres. Y yo me encargaré de compensarte con todo lo que quieras. Marcial efectuó  la propuesta una tarde en mi departamento,  compartiendo un cigarrillo, desnudos sobre la cama luego de la cópula frenética, sin duda como el último recurso para disuadirme del reiterado pedido de concretar su divorcio. No puedo hacer eso. Jamás utilizaré esa alternativa en beneficio de nuestros planes. Preocupado por reflejar una actitud ética, celoso en preservar el matrimonio a pesar de estar hecho trizas, atento a evitar cualquier mancha que pudiera afectar su puesto en la cúspide del poder.  Aunque ya me había habituado a representar un papel secundario, subrepticiamente, sólo  útil  para  ser  el  sostén o  compañía en los momentos más difíciles -cuando necesitaba un abrazo para aplacar los desvelos de su cargo  o pretendía relegar la presencia de su mujer abrumada  por la frustrada maternidad-, por primera vez sentí la gratificación de poder hacer algo distinto. Conseguiré para tu mujer el hijo más hermoso que pudo haber imaginado. Y con el compromiso de esa promesa, que desde entonces llegó a ser excluyente, me dediqué a observar con mayor celo a las detenidas en estado de gravidez. Tratando de imaginar a través de cada una de ellas la fisonomía, el carácter, la belleza que podría tener el futuro hijo. Comprendí que había concluido la búsqueda apenas trajeron a una muchacha a la que asignamos el nombre de Petra. Aunque la expresión de miedo, desconcierto, alarma, resultaba similar a la que denotaban las otras reclusas, el modo de cruzar los brazos sobre la panza enorme, con el obstinado intento de protegerla o dar prueba de una orgullosa posesión, y sobre todo la cara, de rasgos tan  delicados, casi de niña, la hicieron destacarse y tener un especial atractivo. Con el fin de cumplir mi propósito, y sin abandonar la severa disciplina que imperaba en el Centro, procuré resguardarla de cualquier daño. Vamos, Nélida. La voz sorpresiva del doctor Salerni logra despejarme. Creo que ha llegado el momento. Sí. Al fin. No. No quiero. Estremecida por las recias convulsiones, ya no pudo efectuar más que un débil forcejeo de los brazos y las piernas amarrados a los barrotes de la cama. El postrer vestigio de la brega por impedir que su hijo naciera allí, entre las  viejísimas y húmedas paredes donde la habían enclaustrado seis meses atrás, controlada por  esos hombres y mujeres que tenían la potestad de disponer  de su cuerpo y sus ideas y aun del aire que respiraba. Obsedida por lograr esa meta a medida que se desformaba su cuerpo y crecía el sentido de orfandad y ya no abrigó ninguna posibilidad de  ver otra vez a Gerardo. Sólo me dejan vivir porque estoy esperando un hijo. La fría y demoledora certeza fue arraigándose con mayor fuerza a lo largo de cada día, mientras se transformaba en testigo de las caras mustias, sin huella de aliento o siquiera esperanza, de los compañeros de cautiverio con quienes compartía furtivos instantes de confidencia o mutuo consuelo, y trataba de soportar las otras,  altivas y plenas de soberbia, al ejercer un poder absoluto, y percibía, insomne en las noches vacías, los gemidos, entre ahogados y lacerantes, que desde algún ignoto lugar revelaban los padecimientos de la vejación y la tortura. Pero comprendió que no podía resistir más. Cuando una fuerza, desgarrando súbitamente su cuerpo, surgió poderosa e incontenible. Ya es de ellos. Ya mi vida tendrá menos valor que uno de  los tantos ratones que pululan por aquí. No pudo disfrutar demasiado tiempo el grito, nuevo y estruendoso, que infinitas veces había deseado escuchar en otro lugar y junto a Gerardo, pues poco a poco -mientras sentía un pinchazo en el brazo derecho y el médico redoblaba las recomendaciones, vamos, quedate quieta, ahora tratá de dormir, será lo mejor- se tornaba más débil y lejano. Hasta desaparecer. Dejándola definitivamente sola. Ya lo tengo. Sus gritos revelan una inusitada vitalidad. Aunque me perfora los oídos mientras lo limpio, no puedo dejar de regodearme con este sonido que me confiere el privilegio de obtener, bastante agotada pero con la gratificación de haber superado una ardua proeza, todo lo que él me ha prometido. Apenas se queda dormido, busco impaciente un teléfono. La voz de Marcial suena seca e impersonal,  como es habitual cuando se encuentra su mujer al lado. Me invade un  morboso placer al saber que por fin poseo el medio para apartarla de nosotros. Entonces, eufórica y triunfal, le digo que ya puede venir a buscar a su hijo.

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PÁGINA Nº 18                    

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Claroscuro. 

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Por Leonor Calvera (Buenos Aires)

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Está fuera de toda duda que la nuestra es una época de grandes cambios, de profundas transformaciones. Los adelantos tecnológicos durante el siglo pasado fueron asombrosos -o, como diría Ortega y Gasset, estupefacientes-:pasamos de la luz de gas a las comunicaciones transnacionales, de un modo de producción artesanal a los inmensos complejos industriales. La desintegración del átomo y sus múltiples aplicaciones -desde lo bélico a la medicina-; la invención de nuevos materiales como la fibra óptica; la reducción en el espacio de almacenamiento de las informaciones que resultaron chips que contienen millones de datos; la investigación espacial que permite escudriñar el paso de estrellas muertas hace miles de años; el desciframiento de la mayoría del genoma humano y las experiencias de trasplantes de órganos e incorporación de partes metálicas para suplantar órganos o mejorarlos; el contacto on line entre países muy distantes en la geografía… la lista de avances cibernéticos queda así sólo esbozada y, con seguridad, en este mismo instante está siendo aumentada con nuevos y más complejos y eficaces descubrimientos.

El progreso de la ciencia y técnica es extraordinario, pero ¿qué sucede con la mente humana, con el corazón? ¿Qué ocurre con sus valores morales, con su desarrollo interior? Aquí la admiración se vuelve horror: guerras cada vez mayores, conflictos, masas hambrientas en el mundo entero, revoluciones, nuevas pestes agregadas a antiguas enfermedades, falta de solidaridad, de justicia, de humanidad, de amor. Tenemos entonces un universo en profundo desequilibrio: adelantos que nos instalan cómodamente en este siglo XXI, acompañados de sentimientos y emociones que nos devuelven a la competencia, la rapiña, la codicia y el individualismo feroz de los tiempos paleolíticos. Este mundo asimétrico, fantástico y mortal, ¿qué lugar le reserva a los seres sensibles, a los creadores, al poeta?

Lejos estamos de la consideración que se dispensaba a los poetas en la Grecia clásica y mucho más lejos del alto grado espiritual que le reconocían los druidas. Nuestra cultura los sitúa en un lugar que, en el mejor de los casos, es el de una figura decorativa y, en el peor, un marginado. Por ello, la expresión del poeta verdadero será siempre agónica, siempre turbulenta, al recordar a esa sociedad que lo deja en sus orillas que sus búsquedas son, en definitiva, las que realmente importan, las que tienen que ver con los hondones del ser. Este es el caso de Oscar Portela.

Su derrotero comienza con Senderos en el bosque, un poemario publicado en Buenos Aires en 1977 y continuado después con más de una docena de libros. A lo largo de todos ellos, se pueden discernir no sólo las distintas etapas de una búsqueda ontológica sino el trazado de su propia biografía. En una entrevista que recientemente le realizara el Grupo Némesis, el propio Oscar dijo que su obra “está atada no a la búsqueda estética sino al modo de relacionar el interminable duelo de lo vivido.” Sin embargo, no se trata de una biografía anecdótica sino que está llevada en clave de trascendencia, de sublimación.

En la primera etapa encontramos a un poeta exaltado, embriagado con las posibilidades de superación humana: en ese momento su cosmovisión se acerca a la del superhombre de Nietzsche. Las ideas del filósofo alemán, junto con las de Heidegger, lo nutrirán por largo tiempo y, más tarde, abrevará en Deleuze, Bataille, Derrida. Vale decir, sus indagaciones se orientan hacia el lenguaje, el erotismo, el sentido último de la existencia. Este es el tono que se va a reflejar, entre otros, en Auto de fe o Revocatoria, en Una ardiente paciencia, en Golpe de gracia.

Claroscuro es, en cierto modo, una suma de toda su trayectoria. Portela lo definió como “la continuación, la deriva y la sombra de La memoria de Láquesis.” El título mismo nos instala en su atmósfera, una atmósfera donde fuerzas opuestas luchan sin prevalecer; como en Rembrandt, el gran maestro holandés, luz y sombra se contrabalancean y sostienen. Una y otra no tienen otra fuente que el propio existir: de cada ser brota la luz como relámpago de deseo, como belleza, como proyección de un sentimiento o la sombra como decrepitud, soledad, desesperación. Cada aspecto contiene a su opuesto: la sombra puede ser un refugio acogedor y la luz, el sol que crucifica los sueños y ciega los ojos. La oscuridad puede ser creativa y la luz, destrucción.

Esa dualidad toma la forma del “yo” y el “otro” en los primeros poemas. El “yo” es aquel que hizo de su “osadía / la escalera que conduce al empíreo”. El “otro” es aquel que tributa a “una sombra”, ese otro que, al decir de Antonio Machado, es “el complementario, / ese que marcha contigo / y suele ser tu contrario”. El yo y su complementario entablan un combate que adquiere aspectos contrastados: como lucha del bien y el mal, como azul de la infancia y huevo de la serpiente, como oro del paraíso perdido y detritus del infierno terrenal. Y, sobre todo, como memoria y olvido, como esfuerzo por recuperar lo que fue y ya no es. Una y otra vez aparecen las remembranzas sobre el cuerpo que los años transforman, sobre el amor extinguido, sobre las cosas que se perdieron. Es el “desierto”, un desierto de pruebas, de tentaciones y también el desierto de la razón librada a sí misma. La mirada se vuelve entonces al abismo mayor: la muerte. El que “dominó la muerte” ahora clama por la noche, es la noche para ese corazón colmado de preguntas “que al viento y al sol me había prometido”.

Es el claroscuro en que “la sangre coagulada” vuelve a sus orígenes, en que el poeta solitario espera que la madre regrese “en luminosas mañanas” para rescatarlo del desierto de la vida desgranada con daños y mermas. ¿Por qué vivir, por qué luchar? En este punto, Portela entabla un verdadero diálogo con aquellos que partieron: a ellos les dedica muchos de sus poemas, a ellos se dirige en sus interrogantes cruciales. “Y esperamos la muerte, / ahora que dialogamos / asiduamente con la muerte / llevando la corona de los muertos.”

En un tema caro al espíritu medieval, vida y muerte se le revelan como sueños, como imposturas: “Quédate entre los muertos alma / que muerta estás” porque somos un “teatro de sombras / del cual estamos hechos, nosotros, / marionetas, que con la pasión del absoluto jugamos / a desecar el mar”.

Movido por la vida, quebrado por las muertes reales y simbólicas, el poeta busca encontrar el sentido último de sus desvelamientos, de su soledad, de sus pequeñas dichas, de su desierto. Su instrumento es la palabra y ésta suele ser moneda falsa, ambiguas denotaciones que flotan sobre hechos inciertos, que no dicen el nombre verdadero. Aun sabiendo la precariedad de este refugio, Portela busca en él su morada; allí deja caer sus velos, se expone, muestra sus llagas, sus vacíos, se despoja de toda máscara que pudiera tener adherida a su piel, de todo artificio o tatuaje y, al hacerlo, va encontrando una realidad más firme que la vivida, más fuerte que la destrucción. Del pozo de la duda y la angustia ha surgido el canto que religa al hombre con los dioses, “el canto humano y celestial, / demoníaco o santo”. En posesión de la palabra salvadora podrá enfrentar la nada y remontar los tiempos hasta las aguas primordiales, anteriores al caos y la noche, “las tinieblas más profundas” y el “alba primera”; allí donde resplandece la belleza de Satán, donde no hay voz ni tiempo, donde se celebran las nupcias infinitas de los contrarios en la espiral continua de muertes y vidas.

Dice el poeta en “Bodas de luz”: “Un día temprano, súbitamente / florecí con la luz / ese día la luz nació y se hizo carne, se hizo voz, / se hizo huella”. Las palabras del canto le permiten a Oscar Portela tejer –tejerse- una nueva piel, una piel donde no se anuló el pasado sino que se ha convertido en un cuerpo más pleno, un cuerpo que rezuma fe en la conjunción de sagrado y profano. Un cuerpo de palabras que nos maravilla.

Palabras del artificio para captar la revelación. Lenguaje con acentos de Rilke o de Novalis pero con el fuego que brota de una percepción única. Por momentos abrupto, con grietas por donde se deslizan los sentidos y la razón en un orden rebelde a la lógica, el habla de Oscar Portela nos sacude con la imprevisible concisión de los poemas zen Fluido, transparente, cálido, nada en este lenguaje puede ser alterado sin que se desmorone la estructura que lo sostiene y que, como en la pintura impresionista, nos conecta con varias realidades a la vez, con el mundo de los opuestos y con lo invisible que le da sentido.

Dueño de la palabra que crea, Portela remonta los ríos de la sangre para cancelarse y “aceptar lo que fue cancelado” si bien tiene la certeza que “el aliento de lo indecible continúa tras los /cansados pasos” de la sombra que es, esa sombra que “se consumará” en el nombre del padre. Porque en el adviento del nuevo nacimiento aprenderá a “transfigurar la muerte… para mudar el alma / las miradas del alma / y el cuerpo de la vida.”

Del mismo modo, como hijo de la tierra que ama, se refiere con dolor, con pasión al estado en que se encuentra el país; no obstante, su mirada se carga de esperanza en el llamado admonitor a su patria; “Argentina, ¡despierta! / tus raíces aún viven, / no las disperse el viento / ni diásporas de frío.”

Vuelta a los orígenes biológicos en el rescate de las figuras parentales; vuelta a las raíces que hicieron grande a la patria en el mensaje con que la exhorta a salir del marasmo que la tiene postrada. En ambos casos, la memoria como cimiento para la construcción del futuro, pero una memoria amplia y comprensiva, que perdona sin ceder lugares al olvido. Esa memoria fuerte es la que queremos para todos. Esa memoria es la que queremos para la obra de Oscar Portela, nuestro correntino universal. 

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PÁGINA Nº 19   

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Una sombra furtiva

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Por Adrián Escudero (Santa Fe) 

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(… Contaron antes que promediaba el verano cuando la sombra apareció en la ciudad. El cielo se mostraba diáfano y azul, y el canto de las cigarras era un sonido agudo e incesante que ganaba las playas de las inmediaciones, desbordadas por aquellas gentes felices en su desnuda palidez que festejaban al Sol. La Ciudad, mientras tanto, obligaba a otros seres a mantener el frenesí de sus costumbres, pero en el perfecto equilibrio con que los dones de la inteligencia, la libertad y la voluntad eran virtuosamente empleados para el bien común… Un mundo ideal, sin dudas. Pero la sombra no atacó, en principio, a toda la Ciudad. Prefirió a una de sus casas para dar el primer paso: aquella que había elegido para realizar, de a poco, su maldito trabajo de hechicera)

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I

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La casa era grande y estaba en las afueras. Era como parte de un desmembrado pueblo estirado sobre las vías de arribo a la metrópoli. Una brisa cálida resecaba el verdor de los geranios del parque y oxidaba sus malvones y hamacas (hasta ayer lustrosas, hoy sin niños).

Su puerta esta cerrada. La sombra, que volvía desde sí misma para completar y contemplar su obra, se filtró, furtiva, por debajo de una vasta hendija, aunque sólo hubiera necesitado el ojo de bronce de la cerradura para entrar en ella.

Era una sombra diminuta, pero nada tímida. Y conocía bien la casa.

La casa almacenaba todavía setenta y dos rayos que el Sol había abandonado allí, voluntariamente, en los flancos no agrietados de las paredes del living, y en algunos rincones de sus seis dormitorios, sin contar el Cuarto de Huéspedes (donde habitaba…). Pero los rayos, estremecidos por la sombra, se turbaron primero para luego aquietarse y permanecer tiesos, como momificados…

La bruja no necesitó andar mucho para darse cuenta que, tal como lo pensara, la casa (desde largo tiempo) estaría vacía. Y, más que vacía, desierta. Sus cálculos habían sido por demás acertados.

Los muebles y adornos estaban, pero sus dueños no.

Una insospechada rencilla (imposible, ¡qué lastima!, bromeó jocosa), pero de cruenta y incomprensión mutua (¡ejemplar; ah, vasallos de Mi orgullo…), los había alejado de su sueño tibio, rivalizados por algo que, más adelante, psicólogos y filósofos humanos pudieron haber llamado odio u aborrecimiento, según la escala de maldad protagonizada, en este caso, por la Familia de Sir Evadán…

No habían logrado entenderse entre sus miembros, aunque lo intentaron, si bien mucho no se habían esforzado para ello; excepto por algunas noches de pasión incontenible que los esposos llamaron, equívoca y neciamente, amor… 

La sombra embrujada sonrió, alzó sus brazos sin distancias, y comenzó a pintar de verde moho y negro noche las paredes de la casa. Pero antes, tiznó el cielorraso de sus seis habitaciones, e incluso, la que habían construido arriba, a nivel de la Conciencia, en aislada arquitectura del conjunto espacial (… -y donde- la Ella había permanecido cohabitando al acecho desde que ellos llegaran, hasta finalmente lograr que se fueran y poder desperezar una risotada de triunfo y de locura, para huir luego de allí, por algún tiempo, en busca de otro hogar al que…).

Porque sus amigos nunca habían ocupado aquel privilegiado sitio, tan acogedor en su ambiente climatizado y ricamente ornado al estilo francés. Es que no tenían amigos ni los tuvieron jamás; ergo, tampoco habrían podido venir en su ayuda para dar sentido a ese huérfano Cuarto de Huéspedes. Sólo Sir Nadie y Ella, que lo disfrutaron a su antojo viendo a mil cochinas mujercitas cabalgar a diario los muslos varoniles de Caín, uno de los hijos de Sir Evadán…

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II

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A medida que la mano oscura terminaba escondiendo el color de sus recintos, los escaparates anudados a su cuerpo, el moblaje neoclásico y las alfombras turcas que cubrían su piso, fueron adquiriendo una ominosa tonalidad, hasta desaparecer de pronto en las entrañas desabridas de las, ahora, lúgubres paredes… 

Cuando la sombra concluyó la tarea, sólo restaban aquellos rayos temerosos, no tan inmóviles ya, sino impasibles, vacilantes y entrecortados, que eran como inútiles alardes de un fuego ceniciento.

La sombra los miró, y los rayos temblaron aún más. Sin compasión, su mano negra se estiró y unos dedos de muerte ciñeron la luz que habitaban, haciendo de ésta un ramillete sombrío de flores vacuas, que una boca siniestra acabó por devorar.

Entonces, las paredes abandonaron su mutismo de siglos y profirieron un atronador grito de espanto al sentirse contraídas, como desintegradas o absorbidas por esa boca voraz…

Y, después del terror, reinó el silencio. 

Es que la sombra ya no era pequeña. Había crecido. Y era tan grande y magnífica (aunque repugnante) como antes lo había sido la casa.

Imponente.

Su coraje había aumentado; por ende, su ambición también.

Fuera de ella, una hedionda morada (antes blanca, purísima y con doce arcadas romanas frontispicias), lloraba su ruina como una mujer ultrajada.

En su interior, una cosa oscura, agorera y llena de presagios absurdos, temblaba de gozo como una niebla de gas tóxico que se agita y explota, volteando de un lado a otro su bestial cabeza, y presta a continuar su rauda empresa, ahora sí, contra toda la ciudad… 

Al cabo de un mes, media urbe crujía en ruinas.

El verano y sus playas habían desaparecido, y la niebla crecía y crecía como una esfera fecunda de inmisericordia que topaba, arrastraba y arrasaba muros y empalizadas, y desplomaba techos y sacudía la tierra como un terremoto incontenible… Enfurecida y golosa.

Al final del segundo mes, la ciudad no era más que un montículo desdibujado, un despojo material y espiritual desarticulado de formas.

Los hombres y su desnuda palidez, ya no existían. 

Sin embargo, el Sol seguía allí, firme en lo Alto, difumado en el día por el poder de la niebla, pero oteando a la sombra bruja aún desde la noche, y enviando como mártires sobre ella, plegarias de luz… 

Jaqueada por la imprevista andanada de estrellas fugaces, a cuyos resplandores unió el suyo la mágica revelación de la luna tras el polvo aquietado de la ciudad muerta, la sombra, extenuada, disipó su nube protectora y se durmió.

Durmió un tiempo de sangre y de carne arrebatada por las Furias.

Vengativa, ardiente en su despecho, soñó entre pesadillas ser Origen: ser el Único, el Todo y el Señor de Todo y de todos; Ella, tan grande y magnífica como la Summa Concupiscente, aunque repugnante como una Medusa… Como una asquerosa y sabia bruja marginada por los Ancestros.

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III

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Al despertar, eufórica su mente por el canto de las sirenas de lo Fatuo, dirigió su amenaza al cielo tratando de asfixiar también a Dios… Recobrada sus fuerzas, pero ciega y envuelta en una loca tiniebla de sinrazones, olvidó la espada que, el Sol, desde lo Alto, atento y prevenido, hacía centellear a sus espaldas… Y que enfiló sin dudar sobre su mole de Hiedra malvada, fulminándole de un golpe el cuello con que enarbolaba su aceitosa y corrupta cabellera de Tentaciones…   

Batido su estandarte de guerra, una danza de gusanos se agitó entre sus pliegues. Y una gruesa máscara, fétida, negra y sanguinolenta, se resquebrajó junto al rostro de los Pecados que ocultaba.

Así, la sombra, herida mortalmente, trató en vano de protegerse del filo implacable y sostenido de la Justicia, pero no había nada que quedara en pie para ocultar su agonía…

Lo había destruido todo. Y había quedado sola.

Finalmente, como un gusano más de los que bailoteaban entre sus vestiduras de espectro, la sombra se devoró a sí misma y cayó exánime, disolviéndose en el aire -otra vez, sorpresivamente  puro-, de la mañana del Génesis... 

(Cuentan después que ese día nuevo, los nuevos Hombres –que nacieron-, no lo fueron sólo del polvo de la tierra; también del ladrillo, y del plástico y del acero que los Primigenios habían inventado como cultura y enterrado bajo sus huesos… Fuertes e invencibles, permanecieron de pie cuando, la bruja y su sombra, dieron el último suspiro)

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PÁGINA Nº 20 – POETAS OLVIDADOS

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Edith Caliani de Villordo 

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Por Manuel Bande (Santa Fe)

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“Cuando muere un poeta, palidecen las estrellas.

Has partido Edith, pero mil antorchas han quedado

encendidas, derramando la luz de tu bondad,  

de tu poesía, de tu amor a los otros, de tu desinterés,

de ese estar siempre para los demás, para los hijos,

para los amigos, para todos los que tuvieron el

privilegio de conocerte y transitar contigo un tramo

del camino. No te decimos adiós porque siempre

estarás en la mesa con tus compañeros, los poetas,

tratando de hilvanar la belleza de las palabras.”

Palabras para Edith (Belkys Escudero) 

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El 16 de marzo de 2001 falleció en nuestra ciudad, luego de padecer una cruel enfermedad, Edith Caliani de Villordo, destacada poeta santafesina.

Había nacido en la localidad de Progreso, el 22 de septiembre de 1936 pero, siendo muy niña, su familia se radicó en Santa Fe, donde completó sus estudios primarios, secundarios e inició los universitarios.

Vinculada desde siempre al quehacer literario, fue miembro de la ASDE (Asociación Santafesina de Escritores) a la que dedicó todos sus esfuerzos desde su rol de secretaria.

Su obra obtuvo varias distinciones entre las cuales podemos citar: 1º Premio Poesía “Hugo Mandón” organizado por la SADE (Sociedad Argentina de Escritores-1984); 2º Premio Nacional de Cuentos “José Gálvez” (1984); 1º Premio Nacional de Cuentos “Fundación Givré (1984-1985) y el 2º Premio Nacional de Poesía PAIDEIA.

Participó en distintas Antologías poéticas (“Cuadernos de Gaceta Literaria” 1989 y 1999; “Cristal de sueños – Escritoras de Santa Fe”  1994 y “Decantología – Diez Poetas de Santa Fe” 1999), colaboró activamente en diarios y revistas de nuestra ciudad y siempre estuvo al frente en la organización de cualquier inquietud o evento relacionado con la literatura santafesina.

Nos dejó el legado de su exquisita sensibilidad en un único libro de poemas “Umbral del canto”, donde Nora Didier de Iungman califica su personal decir con estas palabras: “Naturaleza e interioridad, universo exterior-mundo íntimo, tal es la clave para gozar e interpretar su poesía.” 

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Poemas de Edith 

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El eco ya es tarde. 

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Me siento morir un poco

como una lluvia vieja.

¡Oh esta penumbra

de tallos helados al borde de una lágrima.

Pero

¿eres de verdad un río

que unes tanto llanto

en un solo hilo

o agua memorizada

de apretar los ojos?

Hay temblor de hojas

apagando inquietante

el trino aún desconocido.

Hay el agua y los espejos

acercándose a mí

para mirarme

en el paisaje majestuoso

de una sombra.

Hasta el eco ya es tarde

entre el vuelo y la memoria. 

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Jazmín del aire. 

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Cuando voy a recoger la noche

apenas el jazmín del aire

es un temblor de voces,

en silencio

espero que llegue la luna

mansamente dulce

hasta hacerse esa gota de agua

cómplice de penumbras.

La dejo en la ventana del asombro

esparciendo esa fragancia misteriosa

que justo anochece de flores

cuando cierro rodas las puertas

y empiezo a zurcir calcetines

y recuerdos

con el finísimo hilo

de la memoria. 

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Compartir un café. 

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Y uno piensa que el tintineo

de la cuchara en la tacita de porcelana

no es nada más que un silencio

de nuestra propia intemperie

que nos deja el corazón descolorido.

El humo de tu cigarrillo

–pura acrobacia suave-

hace mutis por la soledad que nos comparte

entra de colado

a la luna derramada mansamente en ojos,

o hace de equilibrista

sobre el aroma del café

que la mano tiembla

hasta que se enfría.

Ni un gesto.

Nada ni nadie borrará de la memoria

las palabras dichas y no dichas

y que están allí,

esperando un nuevo grito mutilado.

Y ahora ¿Qué?

Esa lágrima azul

de dejar pasar el tiempo

donde antes habitaban

(dejábamos que habitasen)

duendes y gnomos

que nos abrían la puerta más grande del mundo:

el tic tac del corazón.

Y ahora ¿Qué?

Simplemente el tintineo

de la cuchara en la tacita de porcelana. 

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PÁGINA Nº 21   

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La soledad. 

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Por Miguel Ángel Gavilán (Santa Fe) 

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Éramos lo que se dice una pareja singular. De esas que suelen andar por la calle, yo de levita, ella de vestidos largos, cimbreando el ondular de sus pasos como un figurín de revista.

Caminábamos a la hora en que todo el mundo podía vernos. Y sentíamos que las parejas en las ventanas nos salían a ver como sorprendidos de lo imposible de nuestra presencia.

Éramos así de raros los dos.

Por la noche bebíamos vino en unas copas azules o escuchábamos canciones pasadas de moda en disco de pasta que ella hacía sonar dándole vueltas a la manivela con la dulce pereza de los años.

A veces el sol nos sorprendía en mitad de esa ceremonia llena de situaciones fingidas en que nos besábamos como por casualidad, como si imitáramos unos giros de minués en el comedor endurecido por la mugre y por la tela podrida.

Porque todo estaba abandonado menos nuestras personas.

Era tanto el olor a encierro que para refrescar los salones encendíamos velones cuyo sebo, al derretirse, dispersaba aromas a mirra mientras el humo dibujaba arabescos neblinosos encima de la pinotea sucia.

En el verano, ella planeaba almuerzos en el jardín donde había palmeras que las tormentas habían perdonado, unas cuantas rodajas de jamón, un poco de queso, para ser felices.

Yo la acariciaba suavemente, tomándola de la cintura primero y después dibujando con mis manos el perfil de sus hombros en la penumbra del comedor.

Le repetía que todo era gracias a ella, a su inocencia vestida de largo moviendo alfombras y adornos como si estuviera reparando el tiempo del lugar.

Ya no importaban las burlas y las goteras que mojaban muestra cama los días en que la lluvia hacía crujir los pocos cristales sanos de la casa.

No importaban los coléricos trazos de los hongos o del moho en las paredes y en el damasco de los sillones que se abría al menor roce.

Pero lo que menos importaba era esa agonía perpetua que seguía a las acciones.

Porque había días en los que ella se dejaba caer en un sueño viviente en el que ni siquiera la lectura de los poemas de Novalis podía adormecer su llanto y sus recuerdos.

También yo, por esos días, encontraba imposible la concentración en sus pasos por el pasillo, el empujón armonioso de su cadera contra la puerta del comedor para cerrarla.

Cada tarde, después de besarnos perdiendo esos despojos que el sueño deja en las bocas, nos vestíamos con nuestros trajes de fiesta y bajábamos al salón para ver que hora era y como estaba la calle.

No salíamos sin dejar una luz encendida. Era para que los desconocidos no se asombraran  de la oscuridad que tapizaba el jardín delantero y la cerca rota.

Siempre odié la oscuridad. Era como si se pegara a la piel una vez instalada en los lugares prefijados por ella. Por cualquier medio trataba de quitarla de allí. Trataba de sacarla a empujones de la casa como a un enemigo.

La gente que no comprendía los modales nuestros, hablaba de nosotros como de dos viejos desvanecidos a los que la edad había transformado en sombras carnavalescas recorriendo el barrio.

Decían “él esta enfermo. La cabeza, pobre” y remarcaban “ella era muy linda cuando joven”, al cerrar las ventanas.

Pero nosotros no hacíamos caso de esos comentarios.

Ni bien el murmullo de esas charlas distraía la alegría que vestíamos con honores, ella se lanzaba aire con un abanico al que le faltaban varias varillas y yo trataba de ocultar los agujeros de mi chaleco.

Hablaban del gran caserón lleno de fantasmas y de mugre. “Esa casa se cae a pedazos” explicaba alguna vecina riendo como si estuviera contenta de no estar feliz.

“Pero por poco es nuestro” me decía ella tratando de no hacerme sentir la pena que traspasaba las murmuraciones de los vecinos.

Yo asentía con la cabeza pensado que si ese día en que el partido de dominó estaba en su apogeo hubiera jugado mejor, sin poner la escritura sobre la mesa tras decir “esto es lo único que tengo, este es mi honor”. Si hubiera callado levantándome mientras ella palmeaba mi espalda y susurraba “vamos a casa, no te quieras desquitar con él”. Si hubiera permitido que su perfume y sus ropas de lino ocuparan todo el contorno de mi propia vergüenza, quizás sería distinto el recorrido aquél que nos exponía al dolor de los otros, distintos los sonsonetes de las risas que debíamos oír tratando de no darles importancia, distintos también los pudores, el temblor breve de cada caminata.

Pero aquella noche el dominó cerró toda posibilidad de revancha.

Vi antes del desmayo la escritura pasando de mis manos tibias a las de nuestro invitado con la simpleza de un papel arrojado a las llamas.

“Él tiene ese color tan gris, debe ser el aire de tumba que se respira en la casa”.

Y otros agregaban “Era hermosa pero todo se pierde”.

Ella no había renunciado a un solo tramo de belleza. Seguía tan fresca como siempre, como entonces cuando organizó el partido de dominó en nuestra casa, ese sábado por la noche.

Igual con sus collares de pedrería falsa y sus movimientos de señora tan principal, a su lado como una modelo de película muda.

Así caminábamos durante horas, saludando a quienes nos saludaban, compartiendo opiniones sobre lo mal cuidadas que estaban las plantas de la plazoleta o de lo desgastado que estaba el mármol de aquella fuente o de esa estatua.

Íbamos armando el tiempo con nuestros comentarios. Nunca nos sentíamos tan poderosos como en aquellos momentos de las charlas en el camino de regreso a casa.

Era esa forma tan nuestra de hacernos a la idea de que todo lo que nos rodeaba era un invento nuestro. Nosotros le dábamos forma, razón de ser, progreso, consistencia mientras lo nombrábamos.

Íbamos sabiendo que todo lo de alrededor incluyendo los comentarios y el caos, la disciplina de los actos y ceremonias junto a la efervescencia de lo recordado eran fruto de la invención, de una prolija manera de hacerlos crecer, y darles forma.

Por un momento, era inevitable, recordaba la forma en que la miré cuando le di la pistola antes de comenzar la partida de dominó. La poca fortuna en el juego me había enseñado entre otras cosas a tomar algunas precauciones.

Al trasponer la cerca desvencijada, ella miraba fugazmente el desolado terreno donde estaba enterrado el hombre del dominó quitándose la cinta que sujetaba sus cabellos escasos y blancos dejándolos caer a los costados de sus hombros como si fueras cortinas.

Yo, en cambio, me dejaba llevar por un murmullo de chicharras hasta la entrada principal.

Y ella decía:"menos mal que está como lo dejamos aquella vez”.

Después nos refugiábamos en la casa hasta la noche siguiente en la que debíamos demostrarnos los dos que continuábamos con vida, así juntos, como dos fantasmas. 

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PÁGINA Nº 22  

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¿César Vallejo ha muerto? 

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Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires) 

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Como él mismo lo dijo, por anticipado, en un poema tan legítimamente memorable como visionario: Piedra negra sobre una piedra blanca, falleció en París pero sin aguacero, y no un jueves sino un viernes santo. A las 9 y 20 horas del 15 de abril de 2006 se cumplirán sesenta y ocho años de su muerte. Y sin embargo, cuánta vida nos ha seguido dando. Mi descubrimiento personal, hondo e íntimo, de César Vallejo (1892-1938), fue para mí un acontecimiento extraordinario. No sólo porque me ocurrió en plena adolescencia -alrededor de los quince años- sino también porque, no disponiendo en aquel entonces de ningún antecedente intelectual, literario o académico de ningún tipo, mi primera percepción de su enorme, profundísima poesía fue absolutamente inocente, sin posibilidad concreta de prevención o preconcepto alguno. Y también aislada, individual, como lo son todos los grandes descubrimientos primigenios. (¿Está de más reiterar aquí que algo muy similar me aconteció, casi contemporáneamente, con Roberto Arlt?)

Durante mucho tiempo intuí, sin haber reflexionado sobre el punto, que esa revelación conmocionante se debía a un fulmíneo contacto con la evidencia -en el sentido de Husserl: vivencia de la verdad- en que su uso de la palabra convertía a un poema. Había allí algo encarnado en lenguaje que iba más allá del lenguaje, humanísimo lenguaje humano. Y el sentimiento, bien de fondo, se contagiaba sin posibilidad alguna de retórica, latente en su palabra, viva. Que ello se diera entrañablemente vinculado con dos acontecimientos que también se me volvieron legendarios, siquiera en forma infusa, es decir la guerra civil española, la lucha de aquellos humildes milicianos, los heroicos voluntarios que defendieron a la República, vivida como  una  personal  mitología,  y  el  hecho  de  que  en  su sangre se mezclaran -todavía de manera inconsciente para mí- lo español y lo indígena, no dejaba de incluirse oscuramente en aquel impacto original.

De tal impronta nace acaso que, todavía hoy, me resulte a veces casi doloroso releer a Vallejo. Como si ese contacto desollado, visceral con una verdad insoslayable, con una hominidad ineludible que resulta entre otras cosas su poesía, no haya dejado nunca, así sea de modo irracional, de aludirme muy personalmente. Con los años, por supuesto, otros ingredientes se fueron añadiendo, y de eso me siento obligado a hablar ahora. Junto con aquella adolescencia fueron creciendo también las búsquedas de la propia identidad. Ser argentino, y por lo tanto latinoamericano, como lo soy por nacimiento, no dejó nunca de enhebrarse con mi condición de hijo de inmigrantes, lo que me unía por mi sangre también con otros mundos. Que, como bien dijo Paul Eluard, "están en éste".

Y fue hace ya varios años, en ocasión de una amplia muestra itinerante organizada por el gobierno autonómico gallego, bajo el significativo título de Galicia en América, que otros elementos se agregaron a esta pequeña historia. Allí confirmé algo que sólo había atisbado antes como leyenda y que, como toda leyenda, no había alcanzado nunca la suficiente precisión. La madre de César Vallejo se llamó María de los Santos Mendonza Gurrionero ("de pecho en pecho hacia la madre unánime”), y era hija del sacerdote gallego Joaquín de Mendonza y la india chimú Natividad Gurrionero. Pero no sólo eso. También su padre, Francisco de Paula Vallejo Benítes ("Mi padre, apenas, / en la mañana pajarina, pone / sus setentiocho años, sus setentiocho / ramos de invierno a solear”), no sólo era hijo de otro sacerdote gallego, José Rufo Vallejo, sino que su propia madre también era otra india chimú, Justa Benítes.

Y aunque uno intente resistirse, no hay casi modo de evitarlo. César Vallejo nació en 1892 en una Compostela indoamericana, la peruanísima Santiago de Chuco. Y en su sangre conviven, se confunden, se unifican, por obra del amor o de la pasión que van más allá de toda inhibición, pero no de toda culpa, la morriña insoslayable del gallego trasplantado con la melancolía indeleble del indio sometido. Y los entresijos de la mitología católico-cristiana, ineludiblemente entrelazados con verdaderas, auténticas historias de amor, junto con todo lo que arrastra haber nacido de sangre indígena en el mismísimo meollo del Perú de los Incas.

¿Es posible olvidar, hablando de estos temas, la insoslayable significación que tiene el hecho de que la paradigmática Rosalía de Castro, símbolo vivo pero también históricamente la iniciadora --con la aparición de sus Cantares gallegos-- del resurgimiento cultural del idioma (y con él del pueblo) de Galicia, haya sido también hija natural de un sacerdote? Ese desacomodo existencial, social, incluso cultural, con sus impensadas perspectivas, ese pecado original -a la vez seductor y repelente, pero de cualquier manera marca de los dioses- ¿puede no ser vincular, fundamental, inquietante? Y así se lo intente mantener oculto porque, dentro de uno, nada puede volverse más manifiesto que lo latente.

¿De dónde sale sino la "Dulce hebrea" de Los heraldos negros (1918) a la cual se le pide "Desclávame mis clavos oh nueva madre mía!", de dónde la amada que se ha "crucificado sobre los dos maderos curvados de mi beso"? ¿O, incluso, "un viernesanto más dulce que ese beso”? Por supuesto que del lenguaje. (Pero no sólo del lenguaje.) De donde surgió también ese magnífico TriIce que, desde Trujillo, en 1922, agota de antemano muchas de las futuras experiencias de las vanguardias europeas. O aquel que a mí me parece el libro más hondo y tocante -y logrado- que haya producido la guerra civil: España, aparta de mí este cáliz, mucho más que póstumo, y no por casualidad escrito por un hijo de América ("¡Niños del mundo, está la madre España con su vientre a cuestas!"). Y alrededor del cual la misma agonía del poeta, casi encarnada en la lumbre del mito, vueltos uno solo destino personal y momento histórico, se vuelve asimismo luminosa evidencia, verbo vivo. (Según otro poeta, su amigo Juan Larrea, las últimas palabras de Vallejo fueron: "Me voy a España". Refiriéndose, por supuesto, a la España republicana, que estaba desangrándose también -al mismo tiempo- en su “agonía mundial”. En la Clínica Arago, donde falleció, los médicos no atinaban a explicar la verdadera causa de su muerte. Pero al año siguiente, 1939, al editarse por fin sus indelebles Poemas humanos, escritos probablemente entre 1930 y 1937, pudieron conocerse estas otras palabras tan suyas, no sólo premonitorias: “En suma, no poseo para expresar mi vida sino mi muerte.”

¿De dónde salen, digo? De la lengua humana, empapada de vida y también fuente de vida, vida ella misma, instintiva y orgánica, cargada de los humus nutricios de la pequeña historia y de la gran historia, pero también de los instintos y los sueños, de las ansiedades y los deseos de los hombres. De un hombre capaz de ser, a la vez, él mismo y todo lo humano, lo más humano de lo humano, de ser único y general, al mismo tiempo, entre todos los hombres, junto a todos los hombres. La de César Vallejo no es una voz unánime, sino prójima, íntimamente próxima. (Qué otro, sino un gran poeta como él, podía habernos dejado por ejemplo esa sucinta clase -magistral- de economía política: "la cantidad enorme de dinero que cuesta el ser pobre...")

Me enorgullezco limpiamente de saber que el primer hombre que me hizo descubrirme latinoamericano llevó en sus venas la sangre de mis antepasados campesinos, y también la noble sangre de los primeros hijos de la América primera, la aborigen, la indígena. Como la lengua, como la vida, toda sangre es espléndidamente mestiza. Sólo la muerte es pura. 

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PÁGINA Nº 23 – POETAS LATINOAMERICANOS

Patria 

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Aquí tenemos el corazón sellado a miedo y lodo

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Con el helado espanto de res en matadero

vemos cómo mutilan a la patria

y asesinan sus sueños

desde siempre

hijo mío, desde siempre

esta hilacha de patria que queremos

porque nos engendró el barro de su dolor

es la cosecha diaria del bandido

y en las aguas sangrientas del dinero

mueren de hambre los hijos de los hombres

y pululan en paz los asesinos. 

Pequeño mío,

pájaro florecido del dolor,

cuando a usted le toque ser un hombre

¿cómo será la patria?

¿hoguera enardecida, fuego fatuo?

¿será mejor Usted de lo que nosotros hemos sido? 

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Waldina Mejía (Honduras) 

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Rudimentos. 

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y uno opera con restos des

pasitos / trabajando en silencio

con piedritas mojadas

con trapos con palitos

con un casi dolor

con cuesta arriba

pidiéndole permiso a las orondas

jergas matronas de las academias

que a regañadientes abren

la puerta de servicio 

y uno apenas escribe a duras penas

peleando con figuras con lugares comunes

con la inercia gregaria los afeites las modas

con la oportuna escena o la traidora memoria

como un recolector sobreviviente que juntara

cartones y metales / vidrios papeles huesos

para botones donde el hilo tal vez

o el piolín atravesando arme

collages con trozos

de arpillera / en

el vacío y uno campea entonces como puede

la lluvia la intemperie las carencias

todo lo que no tuvo lo que nunca

como la costra vieja que el esquimal

se come en el verano raspando

concentrado minucioso

y como puede traga

y como puede sigue

su búsqueda

su trasiego

su acaso

su nosotros 

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Gustavo Lespada(Uruguay)

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Plegaria

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Concédeme, no la muerte,

sino el sacro asombro

de quien ve puertas extrañas abrirse

y todo es corriente azul.

¿No he de pasar nunca

bajo tu dintel?

Así, me franquearás

el patio de jóvenes arrayanes

que mantienes ocultos

bajo papeles, bajo raros años,

donde yo era monaguillo de tu risa,

ciervo anclado en las estrellas,

galeote atado al mástil de Dios,

con la mirada implacablemente puesta en el sol. 

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Luis Alvarenga (El Salvador) 

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Fuga de muerte

A propósito de un video sobre las víctimas indígenas de Alteal, Chiapas, filmado en diciembre de 1997

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Pero, ¿a dónde van?

Atravesando ajenos montes de soledad,

cargando peso a peso su propio desamparo,

por los hostiles páramos en que la muerte anida

el paso muy pequeño y la mirada larga

por todas las fatigas y los fríos de este mundo,

¿a dónde van?

¿Dónde su albergue, su maíz, su canto?,

la mano fraternal que los devuelva

a la roca materna, anterior a la herida?

Apátridas perennes,

¿cuando terminará su errar de siglos

por las tierras en donde sus abuelos

hicieron dios al colibrí y al puma,

perpetuaron al águila

en sus cielos de barro policromo

y llenaron de ranas

los espejos del agua y de la piedra?

Aplastados bajo el peso del hambre,

pariendo entre la lluvia,

sollozando por sus casas derruidas,

y por el grito agónico

de sus muertos recientes

que los persigue como un mal sueño.

Arrastrando a sus hijos

fuera del vendaval y de la fiebre,

bajo el abrigo triste de una hoja anegada,

¿a dónde van?Atrás dejaron todo:

los güipiles florecidos en rojo

por manos primorosas

quedaron en el barro de los odios.

La piedra de moler, despedazada

no volverá a cantar sobre el maíz precioso.

Y de la casa, sólo

un enjambre de latas y de óxidos

sostiene su memoria.

Se ocultan del ejército.

De su antifaz violáceo y desangrado.

Se ocultan de la mano del vecino,

inesperadamente cruel.

Y huyen, huyen, porque la lejanía

es la dudosa puerta hacia la vida,

donde no llegue la traición,

ni la tortura incube sus dolorosas larvas,

ni las preguntas lleven el pavor y la sangre.

Pero, por Dios, ¿a dónde van

bajo la lluvia ciega

y la noche, aún más ciega,

del hombre?

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Julieta Dobles (Costa Rica)

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Guerras  

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No importa que las guerras tengan nombre,

siempre serán un llanto

y un silencio,

un trágico desvelo

en los acantilados de la muerte.

Las aves agoreras beberán en los huesos

traspasados de viento

un sabor de abandono,

y partirá, aún doliente,

su vuelo fugitivo

hacia el tajo insaciable de la ausencia.

Se volverán los páramos albergue

de un pulso coagulado,

un alboroto en sombras,

y tendrán los crepúsculos

la calcárea tristeza del astro taciturno.

No importa que las guerras tengan nombre

y un lugar en el tiempo.

El soldado que esparce sus pedazos

en la antesala del silencio

es siempre el mismo 

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Renée Ferrer (Paraguay) 

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PÁGINA Nº 24 – NOTAS DE PARÍS

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Didier van Cauwelaert: el escritor y su doble. 

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Por Irma Bignon (Santa Fe)

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La novela “Cuerpo extraño”, publicada por Ediciones Albin Michel en 1998, es una sátira al mundo literario parisino. Es la historia de un hombre inteligente, desengañado, que ha perdido toda ilusión, apasionado por la literatura, enamorado de la escritura. La realidad y la ficción se mezclan y se confunden a punto tal que, en medio de los personajes ficticios surge con su nombre verdadero, un Philippe Labro o un Bernard-Henri Lévy, cada uno desempeñando su propio rol, sintiéndose ambos comprometidos.

¿Quién es el autor? Didier van Cauwelaert: rostro plácido, de rasgos nórdicos, ojos claros, premio Goncourt 1994 por “Un andar simple”. El puede surgir de su propia novela, y ser un doble del personaje de su propia novela o viceversa. Efectivamente, el héroe de “Cuerpo extraño” es un escritor como él; igual que él se contenta con recrear un suplemento literario semanal, a partir de elementos sacados de las críticas de sus colegas, escuchadas al azar.

¿Es Didier van Cauwelaert realmente como su personaje un mundano intermitente? ¿O como él mismo lo afirma, un ermitaño capaz de trabajar 20 horas por día? Creemos que es las dos cosas. Contrariamente a su héroe (su doble), cuenta haber sabido resistir muchas veces a la tentación del salario fijo: La seguridad me inquieta –dice-, es algo muy peligroso. Sentado ante una mesa del célebre Café de Flore termina una sesión de fotografías en ocasión de la publicación de la novela en cuestión. Nuestro escritor, que en ese momento tiene 38 años, se siente incómodo. Detesta la fotografía. Me roban trozos de mi vida, declara.

Cada una de sus 6 obras ha sido premiada: “Veinte años de polvo” Ed. Le Seuil 1982 (Premio del Duca); “El astrónomo” Ed. Sud 1983 (Premio del Teatro de la Academia Francesa), igual que “El Negro”, mismo Premio, mismo año; “Pez de amor” Ed. Le Seuil 1984 (Premio Roger-Nimier); “Las vacaciones del fantasma” Ed. Le Seuil 1986 (Premio Gutenberg); “Un andar simple” Ed. Albin Michel 1994 (Premio Goncourt).

A pesar de su apellido flamenco Didier van Cauwelaert nace en Niza en julio de 1960. ese desarraigo se advierte en toda su obra. Comienza a escribir desde niño. Tiene 9 años cuando envía su primer manuscrito a las ediciones Gallimard, seguro de su publicación. El hecho de ser el escritor más joven del mundo constituye a sus ojos un argumento de venta imparable. Pero tendrá que esperar mucho tiempo hasta llegar al éxito. Hoy, con el impulso de tantos premios, las ventas de sus novelas alcanzan los 800.000 ejemplares.

Escribe en la quietud del campo. Cuando no escribe practica deportes, se ocupa de su jardín o de sus automóviles antiguos: un Rover 1960 y un Jaguar 1968. afirma preferir la frecuentación de los jardineros y los garagistas a los medios literarios. Trata de dirigirse al público lector, más que a los intelectuales. Escapa de las entrevistas y de la inclusión de los comentarios de sus libros en las revistas literarias. Además de novelista, es dramaturgo y guionista. Y es por miedo al hermetismo que no escribe poesía.

Vale la pena mencionar algunos de sus libros, los más leídos: “Un andar simple” es una novela impertinente y emotiva, que está maravillosamente escrita. Es la historia de una amistad imprevisible entre dos seres que no deberían haberse encontrado jamás. Es una pequeña obra de arte irónica, de risas y lágrimas, que recibe el Premio Goncourt 1944. en “Encuentro de personas anónimas” Ed. Albin Michel 2002, Cauwelaert emplea diálogos brillantes para relatar situaciones descabelladas, formidablemente descriptas, plenas de emoción y pudor. Los personajes principales tienen 19 años, belleza, inteligencia, lucidez mental y talento. Todas sus páginas hacen reír, hasta que el autor, que manipula sus héroes con diabólica habilidad, decide emocionar, conmover, enternecer. Atraído por los cuentos de fantasmas, publica “Karine después de la vida” Ed. Albin MIchel 2003, evocando una experiencia demencial. Constata una presencia física del más allá, en un relato inteligente, donde abundan los símbolos, la ficción y la fábula.

De la narración banal al delirio interpretativo, pasando por una fantasia realmente mágica, el estilo de Cauwelaert hace que las sílabas sean líquidas, que su deslizamiento sea perfecto. Algunos textos no tienen ni origen, ni centro, ni fin. Pero eso no tiene importancia. Lo interesante es que el relato estremece, no solamente en nuestro registro de figuras e imaginación, sino también a nivel lingüístico. Por su independencia en relación con el mundo real, el cierre de cada novela responde a un armado riguroso, a una perfecta obediencia al modelo propuesto por su autor. Los elementos de un lenguaje puro y la perfección del uso de los tiempos verbales hacen que los diálogos sean los verdaderos personajes de sus obras.

El terreno de la novela de hoy se ha despejado ampliamente para dar curso a otras formas de experimentaciones. Estas toman direcciones paralelas o convergentes, sucesivas o simultáneas, las que van creando textos bien diferentes.

Una de estas direcciones que podríamos calificar de mecanizada o de cientificista, consiste en crear una voluntad de “formalización” de la novela. En ningún momento se pretende que sea espejo de lo real, pero sí que sea su propio realismo. Los sucesos que conllevan los personajes no aseguran su continuidad. Allí proceden entones, los diversos funcionamientos que asegurarán la unidad de la trama y del lenguaje.

Hoy, la novela nos deja ver el mundo que nos rodea con ojos libres. Ya no se trata de buscar la “objetividad” como lo entendían los naturalistas. La revolución filosófica moderna favorece esta nueva visión de las cosas: el lejano existencialismo y la fenomenología no apuestan más a su “profundidad” ni a su “esencia”, pero sí se limitan a describir su “superficie”.

Didier van Cauwelaert se adhiere a estos conceptos de la novela actual. Pertenece al grupo de escritores solitarios, cuyo andar original merece que nos detengamos para apreciarlo. Por la forma de manejar su pluma –muchas veces difícil de comprender-, en todos sus libros se cumple la renovación de una literatura que permanece siempre vigente.

La perfecta lectura de sus textos no oscurece el aspecto problemático de toda su obra. Si no pertenece a ninguna vanguardia, no ignora nada de los remolinos y de las búsquedas e investigaciones que han atravesado el campo de la producción literaria en estos últimos años.

La verdadera novela no describe la realidad, examina todo lo que el hombre puede llegar a ser, a todo lo que es capaz”. Esta cita es de Milan Kundera, y nos hace recordar la de Thibaudet, luego repetida por Gide: El genio de la novela hace vivir lo posible, no reaviva lo real.   

Gaceta Literaria de Santa Fe Nº 127 - Primavera 2005

Gaceta Literaria de Santa Fe Nº 127 - Primavera 2005

Homenaje a la obra de: Oswaldo Guayasamín

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PÁGINA EDITORIAL

Acerca de los sueños

La Gaceta Literaria de Santa Fe fue imaginada como geografía propicia para el encuentro, como sólido baluarte de expresiones silenciadas, como ámbito de intercambio abierto a diversas tendencias, a diferentes corrientes, a distintos estilos; como comarca propicia para fundar descubrimientos, exploraciones, significados; como territorio pertinente e ineludible donde instaurar espacios de reconquista y fortalecimiento de lo propio desde la tenacidad de quienes se sintieron capaces de generar movimientos destinados a proyectar los quehaceres artísticos regionales hacia contextos de mayor trascendencia.

Y, transcurrido casi un cuarto de siglo, aún persevera en su silenciosa labor de perseguir pisadas parciales, examinar indicios, registrar señales, compartir vestigios del transcurrir de la palabra por este bosque -bastante tenebroso por cierto y que en mucho se parece al que describieran los Hermanos Grimm como escenario del abandono para Hansel y Gretel- donde, empecinados en la supervivencia de la comunicación impresa, los escritores del presente se sienten obligados a peregrinar ante la indiferencia de una sociedad despojada, intencional y sistemáticamente, de sus blasones culturales.

Heredera de la cultivada visión de su fundador, ha hecho suyo el pensamiento del Profesor Di Filippo, arbotante sustentador de firmes convicciones capaces de frustrar cualquier intento de desmoralización o abatimiento; ha adoptado como emblema el párrafo final de un texto profundamente significativo: Llegados a esta hora del tiempo consumido, cuando el futuro se acorta y el pasado nos parece un sueño lejano, todavía nos acucia una empecinada voluntad de vida. Todavía creemos, a pesar de todo, que la vida vale la pena vivirla. Y entonces descubrimos que de aquella nave simbólica que ha perdido tantas banderas arrancadas por los vientos adversos de la historia, se mantiene aún en su árbol solitario, aunque desgarrada y un tanto descolorida, la última enhiesta: la de la esperanza. La que hemos de sostener contra viento y marea, hasta el último aliento y ha perseverado en su compromiso de difusión sin pretender otra satisfacción que no sea la ejecución del trabajo encomendado desde la prudencia, la integridad y la honradez.

Así, cuando ya la fuerza de la costumbre parecía haber transformado en cuestión habitual, rutinaria, una cierta legitimación de la despreocupación o de la negligencia; cuando la injusta distribución de los escaparates intelectuales no parecían acontecer más que como resultante de actitudes profundamente humanas, escogidas para celebrar el triunfo total de la ignorancia acerca de quiénes son, dónde están y qué hacen tanto los creadores como los obstinados defensores de la cultura; recibir el homenaje del Superior Gobierno de la Provincia, del Poder Ejecutivo Municipal, de la Universidad Nacional del Litoral y del Centro Comercial en el transcurso del acto inaugural de la XI Edición de la Feria del Libro de Santa Fe ha fortalecido el corazón de quienes hacen posible su permanencia.

Sitio más que adecuado desde donde manifestar el agradecimiento para los hombres y mujeres que supieron analizar, proyectar y concretar un estímulo tan necesario; recompensa a compartir con todas y cada una de las numerosas instituciones, publicaciones y lectores que sumaron el reconfortante sostén de sus voces, a la distinción del pasado 8 de septiembre. Con quienes adhirieron al homenaje reconociendo que en un país como el nuestro, lograr casi 25 años de sostenimiento de la cultura es, además de una hazaña, un mérito enorme para aquellos que consideramos que el sustento de toda actividad humana es la base espiritual que otorga una sólida raíz cultural. Con quienes proclamaron que la tarea de esta revista con su indiscutible calidad y seriedad en la realización de su tarea, es un aporte valiosísimo para nuestra cultura nacional, ya que, al publicar autores de todas las provincias, se constituye en un espejo del  quehacer literario de nuestro país. Con quienes intuyeron que no es nada sencillo mantener a flote la utopía de la difusión cultural en este mar de crisis de todo orden,  donde prevalecen la indiferencia y la ignorancia. Con quienes se alegraron por las personas que entregan su trabajo en pos de un proyecto que construye identidad y, por ende, sentido de pertenencia y trascendencia; con quienes aclamaron este difícil proceso de integración cultural de la Región. Pero también con cada uno de los adherentes, cuya nobleza y altruismo, prolongándose en el tiempo de la resistencia intelectual, posibilitan, año tras año, la materialización incuestionable de los sueños. 

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PÁGINA Nº 2 

Con piloto automático 

Por Araceli Otamendi (Buenos Aires)

                                                       “Escribo como quien duerme y toda mi vida es un recibo que sigue sin firmar”.

                                                       “Me quejo porque soy débil y porque soy artista, me entretengo tejiendo con musicalidad mis quejas y retocando mis sueños conforme el modo que encuentro de hacerlos más bellos. Sólo lamento no ser un niño, para poder creer en mis sueños, no ser un loco para poder alejar del alma a todos los que me rodean”.

                                                                     Fernando Pessoa 

Cómo me gustaría escribir sobre sedas, tazas de porcelana y otras bellezas, tal vez laúdes o luthiers, sin embargo suena el despertador a las seis y me levanto dispuesta a afrontar el nuevo día que despunta. Sí, despunta y el sol empieza a calentar y estoy de nuevo en pie sacando el tarro de café de la heladera, abriendo la canilla para llenar la jarra de agua fría, oprimo el botón de la cafetera blanca y oprimo también el botón de la pecé, los mails están ahí esperando que los lea mientras voy a lavarme la cara con agua fría para quitarme el sueño, los ojos aún casi cerrados. Paso el agua por los ojos mientras me miro al espejo, quiero lavar el recuerdo de esos sueños que no sé todavía si he soñado.Y el delicioso aroma del café circula por la casa, la invade como un duende invisible, sirvo el café en la taza blanca  que nunca usaría si estuviera cascada y mientras lo bebo abro la canilla de la ducha y el agua corre, tibia, caliente, y el sueño también corre. Sueño loco, sueño surrealista, que cósas raras se sueñan. La luz entra por la ventana del baño como en la canción de lennon y maccartney pero era ella, ella la que entraba en la canción de John y de Paul, y también era Lucy en el cielo de diamantes. Algunos chicos caminan con zancos, la escena circense se ilumina en un teatro ¿quiénes son? Yo siempre espectadora del mundo, hasta en los más recónditos sueños. Voy a la cocina y un conejo hierve en el agua, se arremolina hasta quedar hecho una piltrafa, se multiplica como un clon, como en aquél cuento de Cortázar pero ahora nadie vomita un conejito, el conejo sólo hierve en el agua. Pobre conejo blanco. Me voy de ahí a otra parte,  si pudiera volver atrás... Primero hay que flotar, ponerse de espaldas y flotar, hundir la cabeza, tomar aire y meter la cabeza en el agua. Está fría, tan fría. No importa, con la cabeza dentro vas a flotar como un pez, poné las piernas derechas y flojas ¿puedo abrir los ojos? Sí, claro. Mosaicos azules, agua cristalina, los ojos bien  abiertos en el agua,  toco fondo, salgo, saco la cabeza y él está ahí sentado en el borde. Otra vez, ahí, yo te sostengo, dejá las piernas flojas y flotá, flotá, el agua en los oídos es una sensación fea, extraña. Mové las piernas, la cabeza dejala flotar, después vas a saber nadar, pero si no flotás no vas a nadar nunca. ¿Hasta cuándo? ¿Cuándo sabré nadar? Una vez más. El sol está en el punto más alto, es mediodía. El agua está más tibia y me canso. Flotá, tomá aire, buceá, otra vez, y otra, y otra. Y otro día, y otro. Hacé la plancha. Ahora que nadás cruzá hasta el fondo, un ancho, después un largo. Atravesar nadando la pileta, llegar a lo hondo, seguir, seguir, aguantar, retener el aire bajo el agua, subir, respirar. El agua ahora está fría, tibia, fría. Y la mirada de él, ahí, en mis  movimientos como si le diera cierta tranquilidad el hecho de que yo hubiera aprendido a nadar. Tal vez alegría, no sé. Dormir, dormir, soñar. Soñar con el agua, estoy en el agua, tengo que cruzar, irremediablemente hay que atravesar el ancho de la pileta cuando todos se quedan agarrándose al borde, flotando, nací Tauro, qué  voy a hacer. El no está ahí ahora mirando, ahora no está. No sé dónde está pero no está. Vuelve a pasar el tiempo. Escucho otras voces, estoy en otros ámbitos. Ahora es de noche. La fiesta ya empezó, hay música, voces y también silencio, es toda una ilusión, un sueño. Volver a soñar ¿es posible? Soñar suena a sueño, a imposible y sin embargo esa palabra pronunciada por alguien convincente me induce a soñar. Esa noche duermo y sueño, vuelo, estoy en un avión sobre el océano, de pronto caigo en el agua a miles de metros de altura, sobre el mar. Es el océano azul y oscuro, adivino la profundidad mientras me pregunto si sobreviviré a semejante caída, a esa velocidad. Y sin embargo planeo en el aire como un pájaro y caigo  y nado y nado entre las olas, estoy a flote, a salvo. Entonces despierto.

Hay que enfrentar un nuevo día, me seco con la toalla blanca y encuentro esperándome en la mesa el café caliente y aromático. Viajaré en tren, miraré el río, trabajaré si puedo, volveré en otro tren. Subo a un radio taxi por las dudas, ya oscurece, debo ir a San Telmo. La nueve de julio es la mejor opción para llegar ahí y el espectáculo empieza en el semáforo.  

Malabaristas hacen la función frente a los autos, las esferas dan vueltas, espero la música, la música de las esferas que no llega ¿o si? La mano extendida del adolescente, alguna moneda desde un auto y el taxi arranca haciendo chirriar las gomas. Las luces encendidas  de  la nueve de julio son el mejor espectáculo de la noche. Si llego viva, pienso, si llego viva a destino tomaré menos café, llamaré a esa amiga con la que no hablo desde hace tanto tiempo. Nos detenemos en otro semáforo: antorchas en las  manos de una chica, de musculosa y pantalones negros, pelo corto, ojos oscuros, se ríe, conversa, corre al medio de la avenida mientras dos jóvenes la esperan tetrabrik en la mano, el vino dulce como un sueño en la boca de los dos muchachos. La veré al día siguiente sentada en la plaza que corta la nueve de julio, con cara de sueño y grises ojeras, tetrabrik en los labios jóvenes, dos hombres jóvenes al lado de ella ¿qué destino le espera a esa mujer? Ya es de día, las luces frías de la noche se han extinguido, el sol entra por la ventana, me acomodo en un rinconcito, donde da el sol. Me levanto, pongo el piloto automático.  

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PÁGINA Nº 3 – IDIOMÁTICAS

Origen y desarrollo del castellano. 

Por Jorge Alberto Hernández (Santa Fe) 

Como se ha dicho a través de la historia, tres son los legados principales que nos dejaron las huestes hispanas que conquistaron nuestras tierras: la cruz, la espada y el idioma. No hay dudas de que la evolución de la lengua es fascinante y por lo tanto merece algunas consideraciones.

El paso de las formas vulgares románicas al romance visigodo (que Menéndez Pidal llama prehistórico) quedó fosilizado en la literatura árabe. Y fueron los mozárabes, que convivieron con los dominadores, los que conservaron su propio lenguaje. Tanto es así que la masa culta de entonces, era bilingüística.

El romance hablado antes de la conquista de Andalucía, se mezclaba con el portugués, leonés, aragonés y catalán, mas no con el castellano. Entre otros hispanismos de origen, podemos citar la diptongación de la o y e en sílaba cerrada (puerta, siete: porta, septem), además de otras singularidades. El habla toledana de la corte del Rey Rodrigo se contradecía con la de la región central.

En el rincón de la Cantabria, al norte del reino visigodo, se mantenía el dialecto castellano, rudo y resistente al empuje de la romanización. Al final de la época visigoda se debió de usar el latín arromanzado, que los mozárabes llamaban latinum circa romancium, en oposición al latinum obscurum.

Dando un salto en el tiempo podemos señalar que las famosas Glosas emilianenses, compuestas en el monasterio riojano de San Millán, y las Glosas silenses, en Silos, pertenecen al siglo X y al dialecto navarroaragonés. Son explicaciones que un monje puso al margen de unas homilías de un Penitencial latino, y según algunos estudiosos constituyen el comienzo del idioma castellano, muestras del habla vulgar de la Rioja. Tanto en las anotaciones Emilianenses como en  las Silenses se ven las huellas del español, reducidas a palabras sueltas o frases muy breves, pero que constituyen el primer testimonio más antiguo de nuestro idioma.

En lo que respecta a la iniciación y características del castellano, Castilla, una vez conseguida la independencia, lucha por su predominio. El lenguaje dialectal dio fácilmente carta de naturaleza a los  neologismos. Además de otros cambios, la adaptación de la fonética latina resultó imperfecta. Por ejemplo, la dificultad de pronunciar la f  labiodental y la influencia vasca contribuyeron a sustituir la f por la h aspirada. En lugar de foja, hoja.

En España, a mediados del siglo XI, León pasó a manos de los cristianos. Alfonso VI conquista Toledo en 1085. Zaragoza se rindió en 1118. Córdoba, en 1236. En Granada permanecieron los moros hasta 1492. El mapa dialectal español de la 12ª centuria comprende tres importantes divisiones: el grupo leonés, el castellano y el aragonés. El catalán se considera como rama del provenzal. El gallego es dialecto portugués.

La época alfonsí  (1252-1284) señala la curva ascensional del lenguaje. Alfonso X es el creador de la prosa romance, apelando al trabajo de juglares y trovadores, jurisconsultos, historiadores, hombres de ciencia y traductores especializados en el latín, árabe y hebreo.

Entre los siglos XVI y XVII, el Renacimiento da paso al período clásico de perfeccionamiento lingüístico. Con Garcilazo y Valdés se inicia la exaltación patriótica del castellano. El lenguaje de estos siglos se perfecciona tanto, que al final de su recorrido cae en la exuberancia artificiosa y barroca. Entre algunos de sus cultores, nombraremos a Cervantes, Fray Luis de León, Quevedo y Gracián.

Al siglo XVIII se lo conoce como normativo del lenguaje. Es más de reflexión que de creación y de una historia fuertemente afrancesada. Se crea la Academia Oficial de Lengua Española.

Los siglos XIX y XX son los del realismo y eclecticismo. El español que hoy hablamos y escribimos es un idioma románico o romance. Tiene su origen en el latín vulgar, de colonos y mercaderes legionarios establecidos en España. Ese latín hablado se convirtió por evolución en diversos dialectos hispánicos, entre los cuales predominó el castellano, declarado lengua oficial en el siglo XIII. La lengua literaria española nació en las Cancillerías de los reyes Fernando III (1230-1252) y  Alfonso X (1252-1284). Su base fue el dialecto de Toledo. El primer período de su historia finaliza con la unión de las coronas de Aragón y Castilla. Podemos decir que el castellano se ha extendido en seis siglos  a todas las partes del mundo.

En la última versión del Diccionario de la Lengua (22ª-2001) ha adquirido importancia la cantidad de americanismos incorporados. Dos tercios de los artículos registrados en la anterior edición (21ª, 1992), han sido enmendados (55.442, exactamente) y a ellos se han  sumado 11.425 nuevas entradas, 24.819 nuevas acepciones y 3.896 formas complejas, con lo que el glosario registra 88.431 voces, llegando los citados americanismos a más de 28.000. 

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PÁGINA Nº 4  

Rimbaud, ¿pasado o presente? 

Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires) 

Con una intensidad hasta entonces prácticamente desconocida, con una devoradora pasión tan ineludible como fogosa, un violento y deslumbrante cometa cruzó el cielo por entonces opaco de la cultura europea, allá a mediados altos del siglo XIX, precisamente entre 1854 y 1891. Dentro de ese período, que es el de su corta vida, en el brevísimo instante de unos dos o tres años, otros tantos no demasiado voluminosos libros vinieron sin embargo a trastocar en su totalidad, de raíz, de fondo, no sólo el criterio sino también la práctica de la poesía. Acentuando de manera absoluta, hasta sus últimas consecuencias, una tendencia que había reiniciado magistralmente Baudelaire, le tocó a otro poeta francés, un adolescente de provincias, de no más de quince o dieciseis años, de carácter probablemente poco estable y moral nada rígida, nacido seis años después de los graves sucesos de 1848 y tres años antes de que se publicaran Las Flores del Mal, franquear impetuosamente aquellos límites que intentaron confinar a la poesía para devolverle todos sus dones y sus potencias naturales y ocultas.

Más cerca de la experiencia que de la literatura, y por lo tanto más próxima felizmente a convertirse en una evidencia (aquello que Husserl definiría algo más tarde como “la vivencia de la verdad”) antes que en un mero ejercicio retórico, al mismo tiempo esta escritura sin duda revolucionaria pero también tan precisa como inquietante e infinitamente enriquecedora iba a concretarse --tal como comenzaba a hacerlo contemporáneamente Mallarmé--, en la potenciación de un lenguaje a la vez específicamente poético y deslumbradoramente humano.

Aquellas características del cometa (fugacidad, intensidad, perduración) que asumen tanto la vida como la obra de Jean-Arthur Rimbaud, se acentúan aún dentro de lo acotado de su existencia --tan sólo unos treinta y siete años desde su nacimiento en la ardenesa Charleville hasta su fallecimiento el 10 de noviembre de 1891--, donde el momento digamos de incandescencia se concreta en un período, inicial, y mucho más breve. Entre 1871 y 1873 no sólo escribe alguna correspondencia milagrosamente premonitoria y reveladora, entre ella la indeleble Carta del vidente, sino que también echa a navegar El barco ebrio y el soneto a las Vocales, inscribe para siempre en la historia de la gran poesía universal a Las Iluminaciones y retira de imprenta apenas unos pocos ejemplares de Una Temporada en el Infierno. A la vez, con prisa y sin pausa, vertiginosamente, agota los turbulentos días de su propia vida también signada de significación, desde la estruendosa escapada con Verlaine hasta su proximidad con un acontecimiento tan emblemático como la Comuna que nació en 1870 para ser masacrada al año siguiente.

Prometeico y mesiánico, hijo pródigo y padre fundador, capaz de sumergirse en los abismos más bien a la manera de Orfeo que como el Alighieri, niño prodigio y ángel del mal, mientras las más diversas familias ideológicas, espirituales y estéticas siguen tratando de apropiarse infructuosamente de su contagiosa reverberación, quizás me animaría a sostener con humildad pero no sin firmeza que el único astro que guió a ciencia cierta su destino no fue otro que el de la poesía. Pero una poesía que implicaba por supuesto mucho más que una mera actividad literaria.

En el mejor estilo del “poeta maldito” pagó con su propia vida los límites que traspasó pero también, al mismo tiempo, los vislumbres y las certezas que alcanzó. Y quizás el mejor testimonio de su desdén ejemplar por la equívoca “vida literaria” (denominación contradictoria si las hay) se cifra sin duda en su espontáneo llamado a silencio, y en su también voluntario abandono de toda posibilidad de subsistencia digamos convencional. Un abandono que puede ser también huída o entrega, pero un silencio que sin embargo habla estrepitosamente, un silencio que lo dice todo a grandes voces.

Porque otra característica del fenómeno Rimbaud, como en los más sutiles explosivos, fue su capacidad de efecto retardado. Impreso originalmente en 1872, Las Iluminaciones sólo llega al conocimiento público en 1886, pero justamente a tiempo para influir en el desencadenamiento de la revolución simbolista, que para tantos constituye la culminación de la poesía del siglo XIX. Mientras que Una Temporada en el Infierno, que es de 1873, sólo llega a ser divulgada en 1895. Y la más que significativa Carta del vidente, como es sabido dirigida a Paul Demeny en mayo de 1871, el mismo año en que publica sus iniciales Poesías, recién empieza a ser difundida con más amplitud en 1912, justamente a tiempo para fecundar el corazón y el espíritu de los jóvenes que estaban por desencadenar los grandes movimientos llamados de vanguardia que modificaron raigalmente la poesía y el arte a comienzos del siglo XX.

Nunca quizá como en este caso las circunstancias de una vida por demás tormentosa, turbulenta y convulsionada fueron tomados tan en cuenta para calibrar una obra poética. Y, al mismo tiempo, indisolublemente, pero también de algún modo con carácter antípoda, nunca obra poética alguna llegó a alcanzar una repercusión tan virulenta y prodigiosa, capaz no sólo de influir en las concepciones estéticas sino directamente de transformar las personalidades de aquellos a quienes rozaba. Así se explica, por esta dialéctica entre vida y poesía, pero sobre todo por otra dialéctica también interna, orgánica diría, precisamente de esta obra poética y de esta vida en particular, tanto el carácter sintomático cuando no directamente profético o premonitorio con que una y otra, vida y poesía, no pudieron dejar de verse signadas.

Los hechos, los actos, las anécdotas pueden resultar, en cuanto a su interpretación, quizá tanto o más ambiguos que las mismas palabras. Así se llegó a especular en uno u otro sentido, casi siempre contradictorios entre sí, con respecto a los muchos sucesos como dije nada convencionales de su vida. Que si participó en la legendaria rebelión de la Comuna o fue sólo un contemporáneo que la vio indudablemente con simpatía. Que hasta dónde llegó el alcance de sus intimidades con Verlaine o la intensidad de sus relaciones con una mujer abisinia. Que si pidió la extremaunción antes de morir por haberse convertido o simplemente por no atribular todavía más a su crédula hermana. Y así se llegó también hasta a producir aquel resonante escándalo literario que conmovió a París con el fraguado descubrimiento de un inédito suyo, por supuesto fraudulento, que sirvió sin embargo para desenmascarar a ciertos pretendidos especialistas.

Hay ambigüedades que forman parte del lenguaje porque también forman, me animaría a creer, parte indisoluble de nuestra condición humana. Y de esa ambigüedad, para mi gusto prácticamente orgánica, raigal, constitutiva, que bien puede considerarse de algún modo una carencia, hace la poesía no obstante su cantera. De esa incapacidad del lenguaje humano para decirlo todo claramente, que tanto inquietó en nuestra época a un Ludwig Wittgenstein (“Si el signo y lo designado no fueran idénticos en lo tocante a su pleno contenido lógico, entonces debería haber algo todavía más fundamental que la lógica”), la poesía intenta extraer justamente su capacidad para decirlo  todo. En la mismísima obra de Rimbaud, un título como el de Las Iluminaciones, al cual es prácticamente imposible no otorgar un sentido visionario, cuando no místico y hasta en cierto modo heráldico, fue sin embargo subtitulado por su propio autor, en inglés, como Painted plates, lo cual amenaza reducirlas sin más a meras ilustraciones.

Lo que también resulta singular, en la vida de Rimbaud, es la forma directamente irradiante con que las circunstancias concretas de su existencia se entretejen misteriosamente con los acontecimientos digamos históricos y, a la vez, de qué forma también sus propios textos se enhebran con su vida y con su tiempo, e inclusive se adelantan a épocas posteriores. De tal forma que una y otras (vida, época, poesía) se nos van presentando con diversas facetas de acuerdo con la forma en que las percibamos relacionadas entre sí. Es decir que, a la natural ambigüedad como intuimos congénita del lenguaje humano, de la cual justamente la escritura de Rimbaud vino a extraer una de sus vertientes más hondas y fecundas, se le agrega la inevitable disparidad de nuestra percepción individual y de nuestros enfoques, de nuestros ineludibles y felizmente diversos puntos de vista ideológicos, espirituales y/o estéticos.

No ha de ser entonces responsabilidad de una poesía como la de Rimbaud, quien fue capaz de llamarse a sí mismo a silencio, demostrar qué vígencia tiene aún hoy, después de más de cien años de su muerte. Por el contrario, es un problema nuestro, es un grave problema de nuestra civilización y de nuestra cultura y, dentro de ella, muy especialmente de quienes nos creemos destinados a la poesía, demostrar si su ejemplo y su palabra tienen todavía hoy una vida útil y una digna descendencia. Es en nosotros donde se decide si la de Rimbaud es hoy una lengua viva o una lengua muerta.

Porque es aquí y ahora, en este nuevo siglo donde la humanidad prácticamente entera parece haber sido compulsiva o seductoramente impulsada a preferir el tener o el parecer antes que el ser y hasta el hacer, es en medio de esta anomia que quieren presagiarnos posmoderna y que parece quitar todo sentido no sólo a la pasión sino directamente al apasionamiento, donde la rabiosa sed de belleza del adolescente Rimbaud, que supo decir que “Es necesario ser absolutamente moderno”, puede volver a resultarnos fecunda y favorable. Al menos, como contraveneno y como antídoto.

Porque si se trata de un auténtico clásico, en el sentido que me permito asignar a dicho término, es decir alguien capaz de darnos vida, de traernos vida, de seguir siendo fértil en nosotros, no siento que podamos pensar a Rimbaud sino como un acicate y como impulso. Aquel que supo anunciarnos la llegada del “tiempo de los ASESINOS” pero también que vendrían en su estela “otros horribles trabajadores”, aquel que imaginó el primero al poeta como “encargado de la Humanidad” pero que supo percibir al mismo tiempo que “Yo es Otro”, aquel que pudo predecir las más modernas barbaries y al mismo tiempo plantearnos como evidencia concreta la nostalgia de las barbaries inocentes, contra toda opacidad, contra manipulación, desde el ejemplo de su poesía y de su entrega, precisamente porque “Toda luna es atroz y todo sol amargo”, ha de seguir incitándonos a “cambiar la vida”. 

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PÁGINA Nº 5 – NUESTROS POETAS 

Infancia en la Plaza España

Un grupo de niños sin patria, duerme

a la intemperie.

Sus alforjas figuradas son sacos rotos de

afectos y miradas.

Sus vidas son manchas inciertas de

una sociedad dormida e injusta.

Deambulan en la noche como sombras

del día, trémulo en cada uno de ellos.

Valoran como los valoran y allí no

sobra para la yapa.

Acunan en su piel, el frío y el hambre

como únicas presencias.

Son la sobra del mundo no lejano, del

nuestro, del cada día.

Y mueren sin saberse si murieron o

emigraron como pájaros.

Los que quedan ocupan la plaza o

lo que sea, clamando.

Su violencia, desmesurada, es un modo

de clamar de su vacío.  

Oscar A. Agú  (Santa Fe)

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Los que saben.           

Los hombres saben de este cuerpo.

Saben de una piel

parecida a los muelles de noche,

a los faroles,

a los pesqueros detenidos

en mitad de la neblina. 

Los hombres han cubierto de sal

este pecho agobiado de enredaderas.

Han lamido la penumbra del resuello

y la voluntad del daño. 

Y tengo las palomas enmohecidas,

los columpios aturdidos,

las ventanas cerradas de par en par

hasta las serpentinas de los carnavales olvidados. 

Este cuerpo

regala por las calles sahumerios de dolor,

dedos de dinero,

rostros crucificados

sobre camas fluorescentes,

repetidas como la electricidad

a la hora de las lunas,

como los tambores a la hora del cadalso

y de los pies en el aire. 

Los hombres saben de este cuerpo.

Saben de una saliva desollada,

de unos dientes que mastican paredes amarillas,

escombros de nácar,

perlas de viejos orines

que no quise conocer en cada boca. 

Vuelven a él

como vuelven los barcos a las playas.

Así,

buscando arenas insaciables,

con una sed permanente.

Vuelven a él acariciando espejos,

gotas de peces que boquean,

musgos que braman las puertas y las espaldas. 

Los hombres saben de este cuerpo,

saben también del pan

que perdí bajo los árboles. 

Miguel Ángel Gavilán (Santa Fe)

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Después de la tristeza. 

No sé si a usted le pasa

que, a veces, son las diez en cada ausencia

y hay un poco de vino que ha sobrado

y un silencio de pan sobre la mesa,

que los niños ya duermen, que es de noche,

que no es lícito el sueño

            y ella…

                        y ella

pone a punto el amor para mañana,

restaura la paciencia,

y usted se siente solo como un médano

y le duele la espalda y hace cuentas:

le resta un día al mes, pero no sabe

cuál es la diferencia;

multiplica la vida a rajatabla

y suma algunos pliegues en los párpados

sin notarlo siquiera;

se lleva una nostalgia

            por las dudas,

porque no siempre

            dos

                        es un buen número

después de la tristeza.

Pero algo no está bien, tal vez un cero

aburrido de estar tan a la izquierda

y usted revisa todas las columnas

guarismo por guarismo,

detalle por detalle

y el balance no cierra.

Es, quizás, que los niños han crecido

y tuercen gravemente el entrecejo

y dicen cosas serias,

o es que ella no es la misma del sí quiero,

de la luna en los ojos,

de las dulces primicias

y ha perdido algo más que la silueta.

No sé si a usted le pasa, pero a veces

la noche es un resumen,

una síntesis lenta,

sobre todo si hay dos o tres jazmines

en el rincón más tibio de la casa

que se mueren de pena

y una música blanda lo conmueve

y ella dice

            qué largos son los días

pero usted

            no contesta. 

Ariel Giacardi (Santa Fe)

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Continuidad de los mares

                      a mi madre, quieta en un cementerio de llanura.

Mienten los que dicen

que una pared te guarda para siempre

indiferente al sol y a los inviernos que temías. 

Miran el mar tus ojos en los míos

y es otra vez verano en esta orilla. 

Las olas te pronuncian

y repiten los hijos el asombro

cuando me abría al mundo de tu mano. 

Julio Luis Gómez (Santa Fe)

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PÁGINA Nº 6  

Doña Paula, la india. 

Por Jorge Isaías (Rosario) 

La mujer morena, de pelo encanecido, vestida con viejas ropas, evidentemente regaladas, pasaba todas las tardes por la esquina donde la barrita de chicos imaginaba los juegos, porque esa es la única opción que tiene la infancia sin juguetes, la infancia de la simple pobreza.

Iba con un gesto adusto, descalza, altiva, sin mirar a nadie, clavada la vista de sus ojos oscuros hacia el final de la calle que, a pocas cuadras, remataba en unos maizales verdosos y altos.

Volvía, al rato largo, con un hato de arpillera cargado de pequeñas ramas secas, combustible para su fogón, que recogía en el campo. Ramitas que amputarían las tormentas a los árboles que algún previsor había plantado a la orilla de los alambrados. Árboles que visitaban sólo los pájaros y los niños traviesos en sus tropelías diarias y que hoy ha talado una mano asesina.

No saludaba a nadie. Iba con su orgullo a cuestas, un orgullo resentido y algo agresivo. Era una morena y los pómulos altos, los ojitos pequeños, negros y su poca estatura, le habían ganado un mote o un apodo que tal vez fuera su origen auténtico. A sus espaldas, siempre, la llamaban “la india”, aunque no conocí a nadie que lo dijera en su presencia y nosotros, intimidados por su aspecto, jamás nos atrevíamos siquiera a musitarlo cuando la teníamos cerca. La saludábamos con respeto: “Adiós doña Paula” o “¿Cómo le va, doña Paula?”, como nos habían enseñado nuestras madres. Ella apenas si nos tenía en cuenta, no contestaba nuestros saludos, pero, a veces, condescendía a dirigirnos una mirada que no dejaba de ser dura ya que éramos, al fin de cuenta, niños, y tal vez devolvía nuestro saludo con una levísima inclinación de cabeza, tan imperceptible que, si no estábamos atentos, no llegábamos a percatarnos.

Vivía, en ese tiempo, con un hombre manso y moreno, de grandes bigotes canosos, de labios muy gruesos, que tenía no sé qué enfermedad en las manos donde le aparecían llagas o eczemas la mayor parte del año y que respondía al nombre de Ramón Bazán. Ocupaban una casita precaria que les había cedido la comuna, en el barrio “del Vasco Amaro”, como se lo llamaba porque allí vivía dicho personaje con sus hijos numerosos y sus perros innumerables que entrenaba para la caza de liebres y perdices. Ese barrio que había sido en décadas pasadas el barrio de los prostíbulos, cuya mala fama arrastraba aún veinte años después de haberlos clausurado.

El hombre. a quien todos los chicos llamábamos “Don Bazán”, tenía su pequeño negocio, que no era otro que la propiedad de un banquito, tres cajas de zapatos con golosinas no muy surtidas y una silla tijera. Cuando vislumbraba algún acontecimiento que juntara mucha gente, se instalaba. Los chicos éramos sus clientes casi exclusivos. No era raro entonces verlo en el gran portón de la cancha del Club Huracán, donde la gente entraba para ver ganar a su equipo y él estaba allí mientras durara el partido y los asistentes. Un día sumó una oferta más a su pequeño negocio y no eran sino una empanadas criollas y unas crocantes tortas fritas. No tuvo mejor idea que intentar convencer a los remisos con esta aclaración:

-Llevá tranquilo, pibe, las hizo mi señora…

No vendió ninguna.

Doña Paula no era justamente un dechado de prolijidad e higiene personal, así que tuvo que volverse con su canastito de mimbre a cuestas, repleto de lo que él suponía un manjar, y tal vez lo fuera.

Un día, de improviso, sin tener noticias previas, en el pueblo apareció un hijo de doña Paula, el inefable “Pirimpi” que trasiega, desde aquellos lejanos años, las calles solitarias del pueblo, que antes eran de polvo y mariposas y ahora son de asfalto y arbolitos raquíticos. Pero “Pirimpi” sigue igual, yendo y viniendo de un lado a otro, repartiendo volantes cuando hay actos importantes, haciendo como que cuida autos en algún acontecimiento social. Así se gana las monedas que nunca gasta en alcohol, sólo en comida, ya que la ropa la recibe de regalo porque la gente le da aquello que ya no usa. Es un loco absolutamente manso al que, de vez en cuando, un chistoso lo invita a pasar por el boliche y le da alguna bebida de fuerte graduación alcohólica. Entonces se queda tendido en la vereda hasta que es auxiliado.

Cuando cayó por el pueblo y nosotros lo rodeábamos con nuestras pullas él intentaba reaccionar, pero había una forma implacable para volverlo a su lugar de víctima.

-Mirá que le cuento a tu mamá, ¿eh?

-No, a mi mamá no- imploraba.

Daba pena verlo, moreno, calvo, indefenso, mostrando un miedo visceral al castigo materno, siendo ya todo un hombre. En edad, al menos.

Con el que, al parecer, no se llevaba muy bien era con su padrastro, el pobre Bazán, quién a veces aparecía con los ojos amoratados y, cuando se le inquiría la razón de los golpes, invariablemente decía:

-Es que se retobó el chico…

“El chico” no era otro que “Pirimpi” que, por ese tiempo, tendría más de treinta años.

“Pirimpi” fue un indocumentado hasta hace poco. Mi hermano pudo, a duras penas, sonsacarle el nombre de la provincia donde había nacido y, aproximadamente, los años que él decía tener. Cuando tuvo esos precarios datos y logró conseguir la partida de nacimiento, le regaló un saco, una camisa. una corbata y lo llevó a sacarse la foto, le hizo hacer el documento pero no se lo dio para que no lo perdiera.

De vez en cuando pasa por el Juzgado y le dice a mi hermano.

-Juez, ¿me deja ver mi libretita? Y él mira su foto, feliz. Es probable que sea la única foto que le tomaron en su vida. “La libretita” es el documento nacional de identidad, donde dice que él se llama Pedro Quiroga y que existe, que nació hace setenta y ocho años en un pueblo de la provincia de Córdoba y que es argentino, como tantos de nosotros. Aunque de todo esto él no se entere, ya que es analfabeto. Entonces, le devuelve el documento y se va feliz. Mi hermano no guarda en un cajón del escritorio hasta su próxima visita.

Va entonces hasta el club, se sienta en una mesa y cuando “Pichirica”, el mozo buenazo, le pregunta, medio en broma, qué se va a servir, él, ufano, pide:

-Un café con leche y un sanguche…

-¿Tenés con qué pagar?

-Anóteselo al juez- responde.

Cuando no es así, jamás molesta. Se sienta en la silla vacía más lejana o en el vano de la ventana, que es muy baja, y se deja estar, mirando todo, haciendo que mira todo, con esa mirada perdida. Muchas veces me pregunté qué pasará –si algo pasa- por esa cabeza llena de niebla. Saluda a todos los que lo saludan con afecto porque es parte indisoluble del pueblo. Cuando se cansa se va hasta la casa de Nicolita Corso, quien le presta un catre para dormir.

Hoy, tanto Bazán como doña Paula han muerto. Pero cerraré estas anotaciones melancólicas con una anécdota que la tiene como protagonista.

Un atardecer en que volvía por el medio de la calle –nunca se la vio caminar una vereda, ni aún en días de lluvia- con su hatillo de ramas secas, uno de nosotros, Carlitos Aguirre, a quien hoy llaman “El Cholo”, le gritó:

- ¡India!

Sonó el grito como un latigazo inesperado y rebotó en la quietud última de la tarde, en el mero crepúsculo. La reacción no se hizo esperar.

Doña Paula se agachó, dejó en el suelo sus ramas secas y, cuando se incorporó, ya tenía en la mano un inmenso cascote de tierra dura, hizo cuatro trancos increíbles para su edad, lo corrió y, sin apuntar, hizo centro en su espalda. A nosotros nos sonó como el ruido sobre un gran cuero seco y lo sentimos en nuestros cuerpos, sordamente doloroso.

Luego, como si nada, volvió sobre sus pasos, alzó el atadito de ramas que rodeaba su infaltable arpillera, y siguió su camino, como si nada hubiera pasado, sin dirigirnos siquiera una mirada de reprobación.

Se fue achicando de a poco hacia el final de la calle y, como iba hacia el sol que moría, éste se fue deteniendo en el ruedo de su pollera oscura y le fue encendiendo en reflejos dorados el pelo.

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PÁGINA Nº 7  

El señor de la noche 

Por Amanda Pedrozo (Paraguay) 

Rosalí estuvo todos esos días pensativa. Miraba desde su sillón de mimbre a su nieta que cantaba, perdida en un sueño repetido, donde se le aparecía el amante nocturno con su olor a monte y misterio, destapándola despacito para ir hundiéndose después con fuerza en su cuerpo, sin decir una sola palabra. La nieta Atilana había cambiado desde entonces. Ella, la tristona, estaba loca de contento. Ella, la que no paraba de contar sus penas, callaba tercamente ahora, pero en vano: se le notaba a la legua que andaba en amores...

El tronco como desnudo de la nieta, los pasos que no se oían al borde de la cama, sino más lejos y como afuera bajo los mangos, el olor a sobaco húmedo que quedaba pegado hasta en las paredes de tacuara y barro colorado después de que el amado intruso hurgara bajo el camisón de bombasí rosado de Atilana, sin que ésta hiciera nada, salvo exhalar su olor nuevo para juntarlo con el otro aroma casi desvanecedor, fueron haciendo el injusto milagro de rejuvenecer a la anciana sin lograr traerla devuelta de su carne machucada sin remedio.

De día, no podía dormir. Quería apropiarse con los ojos de Atilana. A veces le dolían las arrugas cuando con su escasa vista percibía un arañazo en los hombros carnosos de la muchacha o un moretón azulado en el cuello. De noche, tampoco podía, porque esperaba con los ojos prendidos en la oscuridad el andar extraño que no se podía oír, sino sentir solamente. Se había llegado a comer un poco de tabaco que él, en su silenciosa puntualidad nocturna, dejó tirado en el borde del catre.

A Rosalí le sirvió la pequeña sustancia marrón para el día entero. Se la pasó mascando de a puchitos, hasta que tuvo que resignarse a tragarse con la saliva terrosa el último resto de sueño que le quedaba. Después se quedó pensativa en el sillón de mimbre, fraguando la felicidad, el colmo, el desespero amoroso.

Esa noche iba a concretar la locura. Ni pudo tragarse el guiso de pájaros que Atilana preparó casi sin darse cuenta. La muchacha así venía haciendo todas las cosas en los últimos días, desde que empezó a florecer en la humedad de la noche. Así que Rosalí enredó tanto las cosas, inventó las mil y una, y entre vuelta y vuelta de cuentos que iba soltando a la nieta, ésta no pudo rechazar un vasito de guaripola. A un vasito siguió otro, y finalmente Atilana terminó durmiendo en la cama de su abuela, y ésta se tumbó en el catre de la muchacha, envuelta en el camisón rosado de bombasí que olía a una flor y a un cielo cargado de lluvia.  

Llegada la medianoche, Rosalí tenía el cuerpo dispuesto, aunque el cuerpo no hacía honor a su arrebato. Primero, en la noche, se sintió una alteración de gallinas desde la esquina del tatakua. Después, el viento pareció detenerse sobre la puerta y Rosalí sintió con el olfato que él, el amado silencioso, ya estaba allí, que la tocaba casi, que lo tenía encima, hurgándole el camisón rosado de bombasí con una violencia increíble, que la arrojó sobre sí misma y la replegó con su sorpresa y locura. En el centro mismo de un relámpago, tuvo todas las certezas en un solo instante.

Lo vio, más fuerza que cuerpo, más negro que el más oscuro de los pecados, más húmedo que la respiración del abuelo cuando el asma lo sumía en la demencia. Puro pelos y ojos encendidos, el amado sustraído por una noche, el apenas entrevisto, silbó una sola vez, y la estranguló. Dijeron al día siguiente los otros nietos, que el Señor de la Noche, aquel cuya nombre en guaraní no debía ser jamás pronunciado, había estado en la casa, y que había matado a Rosalí para violar a Atilana, que empezó a vagar su delirio incurable desde ese momento y para siempre, bajo los mangos frondosos y la dudosa soledad del tatakua.  

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PÁGINA Nº 8 

La poética de Rilke en sus propios textos 

Por Oscar Portela (Corrientes) 

Si sólo en imágenes habita el hombre, en el espíritu, que ata al hombre a la totalidad, se hallará también lo salvador. La mirada del poeta deberá ser de tal modo que pudiera ver aun en lo terrible y en apariencia sólo repulsivo lo que Es, y que también tiene importancia con todo el resto de lo existente. "Así como no se admite elección alguna, tampoco se permite al creador que se aparte de ningún ser existente: un solo rechazo —afirma R. M. Rilke, y es menester escucharlo sobre todo hoy—, en cualquier momento lo arroja del estado de gracia, y lo convierte irremediablemente en pecador (Cartas a Cézanne) y también enfatiza: "Acostarse con un leproso y compartir con él todo el calor de uno mismo hasta la calidez del corazón en las noches de amor: es necesario que eso haya sucedido alguna vez en la vida de un artista como superación hacia una nueva beatitud".

Esta beatitud es una nueva manera de comunión entre hombre y mundo, no un relegarse místico en las entrañas de un absoluto allende el habla y las apariencias. "Ah", canta ditirámbicamente Rilke, "nosotros contamos los años, y hacemos divisiones aquí y allá; acabamos y comenzamos y vacilamos entre lo uno y lo otro. Pero hasta qué punto es uno todo lo que nos sucede, cuánta relación hay entre una cosa y otra; surge y crece, y va hacia sí misma, y nosotros en el fondo sólo tenemos que estar aquí, pero simplemente, pero con empeño, como la tierra que consiente las estaciones, clara y oscura, y totalmente inserta en el espacio, no anhelando descansar sino en la red de los influjos y fuerzas en que las estrellas se sienten seguras" (Cartas a Cézanne).

Y así llegamos a ver en la muerte no la duplicidad ontológica que mancha todo ente y la percepción de todo lo real, sino "el lado de la vida que no se halla vuelto hacia nosotros y que nosotros no iluminamos"; es preciso —insiste Rilke en una carta al conde von Hulewicsz—, que tratemos de realizar la mayor conciencia de nuestro existir, que se halla en los dos ilimitados dominios y se nutre inagotablemente de ambos. La verdadera forma de la vida, y la sangre del más amplio circuito, corre a través de ambos; no hay un más acá ni un más allá, sino la gran unidad, en la cual los seres que nos rebasan, los "ángeles", encuéntranse en su morada. Y ahora, la posibilidad del problema del amor en este mundo, ampliado así por su más importante mitad, total al fin y a salvo".

En otra parte concluye Rilke esta afirmación: "Fortalecer la confianza en la muerte desde las más hondas alegrías y magnificencias de la vida y a la misma muerte, que nunca fue algo extraño, y ajena, hacerla de nuevo como a la callada cosavedora de todo lo que vive, más reconocible y palpable" (Epistolario español). Y ya en el vislumbre de la total unidad donde todo instante conlleva en sí la impronta de lo eterno porque pertenece a la totalidad del Ser, Rilke escribe: "Este ligero estar ahí de un hombre, de un viviente, sobre la cara de la muerte, es como el hechizo de aquel poema griego en que dos amantes intercambian sus vestidos, y así confundidos y trasmutados se abrazan cada uno en la envoltura y en el calor del otro". (Epistolario español).

Suprimidos los dualismos de la diferencia ontológica, preparados para recibir a los muertos que viven en nosotros, podemos también advertir: "tensa y animosa, sin prisa, la estrella cayendo a través del espacio de la noche, era como si cayera al mismo tiempo a través de mi interior", y en otra parte escribe también: "la llamada de un pájaro, sobre la cual yo tuve que cerrar los ojos, son simultáneamente en mí y fuera de mí como en un espacio único e indiferenciado"... Al fin, encontramos el alma de Orfeo, padre del poema, origen de lo invisible que se encarna y rehuye eternamente lo visible. Él es el Dios de la transformación y su canto (el canto del poeta) es la reunión de todo lo que Es.

Por eso pudo Rilke escribir en los Sonetos orfeos: "Canto es existencia". El canto es la fuerza pura que atrae todo ente en pos de sí, hasta la noche del desamparo sagrado; así lo afirma Heidegger cuando dice: "El canto ni siquiera necesita imitar lo que hay que decir". El canto es el pertenecer al todo de la recepción pura. El cantor es atraído por la corriente del viento del inaudito medio de la naturaleza plena. El canto es él mismo: "Un viento" (Sendas perdidas, trad. Rovira Armengol).

Rilke es, en este sentido, el único poeta órfico de nuestra edad. Orfeo representa la necesidad de que todas las cosas desaparezcan: "¿No es demasiado si el vaso de rosas a veces sobrevive? / ¡Oh! ¿Cómo no comprenden que le es preciso desaparecer?" (V. S. de Orfeo). Mas, "por encima del cambio y del movimiento / más vasto y más libre / perdura aún tu preludio. Dios que empuñas la lira".

El ángel donde se opera la transformación de lo visible en invisible es vástago del Dios de la lira, que fundió en su canto redentor los reinos de Dionisos y Apolo; lo invisible e inmensurable y el ámbito mesurable, que hace al aparecer de cada ente en su ser. La lira de Orfeo es la música del Dios que hace mover los mundos; el canto es la ley más profunda de todo lo que existe. Orfeo es, de este modo, el poeta de lo abierto en donde el divorcio contra todo lo que es queda superado en la "reminiscencia inversora" donde la muerte es: "'La ley ("gesetz"), así como la sierra ("gerbirge") es la unión de las montañas ("berge") es el conjunto de su estructura" (Heidegger, Sendas perdidas).

No puede dejarse de lado la afirmación de Blanchot de que Orfeo convierte el movimiento de morir en movimiento infinito y posibilidad infinita de seguir muriendo en el interior de lo que es, por lo cual se regresa eternamente desde el no ser al ser.

Por fin el hombre se ha convertido en pastor y guardián del ser contra el elaborar objético y su medida; la caducidad de todo ente y de todo el mundo sujeto a la representación y a la conjunción de lo "realizable del elaborar y lo objético del mundo". (Heidegger).

"Para nosotros", dice Rilke, "es grande ser flor". Su itinerario se remonta constantemente a las faldas del monte Kaukaión. Como Orfeo, Rilke va en busca del amor (Eros es más antiguo que cualquier otra divinidad) y por él cruzó de lo visible a lo invisible: "Tal como somos nosotros, los fugitivos, pasamos sin embargo por entre las fuerzas perdurables para cumplir un cometido divino"; también para salvar al todo de la noche del mundo (el corto día de la técnica) acudió a la revelación de la palabra poética que es cura por la luz: Orfeo o Arpha: de "aquel que cura por la luz" (Edouard Schure); hablar así es ya una transparencia gloriosa, dice Blanchot en El espacio literario.

Como Orfeo, Rílke se convirtió en su propio canto, haciendo de la naturaleza la trascendencia misma, la unión de todas las cosas en el país de los hiperbóreos y el camino que conduce al templo de Delfos: "Almendros en flor, la única tarea que podemos realizar aquí es la de / reconocernos, sin el menor resto de duda / en la manifestación de lo terrenal" (Epistolario español).

A partir de Holderlin, de Rilke, de Nietzsche, es posible pensar hoy el significado de esta frase: "No hay nada nuevo bajo el sol sino lo antiguo en el inagotable poder de metamorfosis de lo inicial...". "La historia es acontecer (advenimiento) (ankuft) de aquello que no ha dejado de ser, y nada sino esto viene a nosotros" (Heidegger, Principios del pensamiento).

Sólo por ello podemos nosotros cantar con Rilke en medio del corto día de la técnica: "La existencia aún reserva encantos; en cien lugares está todavía en sus comienzos / un juego de fuerzas puras / y a las cuales nadie toca a menos que se arrodille y venere" (XX, S. a Orfeo).

La veneración del poeta sólo se dice celebrando; la celebración del poeta es el fundamento de un originario acordar, tomar medida de lo que es (el ente), la celebración es el cofundamento que recibe el mundo en cuanto tal y su correspondiente hábitat; la celebración es el corresponder del hombre a la libertad como fundamento; es el libre claro de lo abierto en donde luz y sombra juguetean libremente recreando de este modo, eternamente, el mito y la génesis del poetizar y devolviendo al hombre, el cetro de una nobleza verdadera: el antiguo poder de desaparecer para que lo invisible y lo visible, el tiempo y la eternidad, se funden en la belleza de una rosa. La misma, por supuesto, del epitafio de Rainer María Rilke, por todos conocido. 

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PÁGINA Nº 9 – PÁGINAS MEMORABLES 

Luis Cernuda.

Nace en 1902 en Sevilla y muere en México en 1963.

Alumno de Pedro Salinas, sus principales influencias proceden de autores románticos: Keats, Hölderling, Bécquer...

Soledad, dolor, sensibilidad... son notas características de su personalidad. Posee un estilo muy personal, alejado de las modas. Los temas más habituales son la soledad, el deseo de un mundo habitable y, sobre todo, el amor (exaltado o insatisfecho). 

Reúne sus libros bajo un mismo título: La realidad y el deseo. Esta obra está formada por Perfil del aire, 1924; Égloga, elegía y oda, 1927; Un río, un amor, 1929; Los placeres prohibidos, 1931; Donde habite el olvido, 1932;  Invocaciones a las gracias del mundo, 1934; Desolación de la quimera, 1956. En prosa escribe Ocnos y Variaciones sobre tema mexicano.  

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Quisiera estar solo en el sur 

Quizá mis lentos ojos no verán más el sur
de ligeros paisajes dormidos en el aire,
con cuerpos a la sombra de ramas como flores
o huyendo en un galope de caballos furiosos.

El sur es un desierto que llora mientras canta,
y esa voz no se extingue como pájaro muerto;
hacia el mar encamina sus deseos amargos
abriendo un eco débil que vive lentamente.

En el sur tan distante quiero estar confundido.
La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta;
su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.
Su oscuridad, su luz son bellezas iguales. 
 

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No decía palabras 

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe. 
 

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes. 
 

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Auque sólo sea una esperanza
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe. 
 

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Te quiero 

Te lo he dicho con el viento,
jugueteando como animalillo en la arena.
O iracundo como órgano tempestuoso.

Te lo he dicho con el sol,
que dora cuerpos juveniles
y sonríe en todas las cosas inocentes.

Te lo he dicho con las nubes,
frentes melancólicas que sostienen el cielo,
tristezas fugitivas.

Te lo he dicho con las plantas,
leves criaturas transparentes
que se cubren de rubor repentino.

Te lo he dicho con el agua,
vida luminosa que vela en un fondo de sombra;
te lo he dicho con el miedo,
te lo he dicho con la alegría,
con el hastío, con las terribles palabras.

Pero así no me basta:
más allá de la vida,
quiero decírtelo con la muerte;
más allá del amor,
quiero decírtelo con el olvido.
 

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Donde habite el olvido 

Donde habite el olvido,
en los vastos jardines sin aurora;
donde yo sólo sea
memoria de una piedra sepultada entre ortigas
sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
no esconda como acero
en mi pecho su ala,
sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
sometiendo a otra vida su vida,
sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
disuelto en niebla, ausencia,
ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
donde habite el olvido. 
 

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Despedida 

Muchachos

que nunca fuisteis compañeros de mi vida,

adiós.

Muchachos

que no seréis nunca compañeros de mi vida,

adiós. 

El tiempo de una vida nos separa

infranqueable:

a un lado la juventud libre y risueña;

a otro la vejez humillante e inhóspita. 

De joven no sabía

ver la hermosura, codiciarla, poseerla;

de viejo la he aprendido

y veo a la hermosura, mas la codicio inútilmente 

mano de viejo mancha

el cuerpo juvenil si intenta acariciarlo.

Con solitaria dignidad el viejo debe

pasar de largo junto a la tentación tardía. 

Frescos y codiciables son los labios besados,

labios nunca besados más codiciables y frescos aparecen.

¿Qué remedio, amigos? ¿Qué remedio?

Bien lo sé: no lo hay. 

Qué dulce hubiera sido

en vuestra compañía vivir un tiempo:

bañarse juntos en aguas de una playa caliente,

compartir bebida y alimento en una mesa.

Sonreír, conversar, pasearse

mirando cerca, en vuestros ojos, esa luz y esa música. 

Seguid, seguid así, tan descuidadamente,

atrayendo al amor, atrayendo al deseo.

No cuidéis de la herida que la hermosura vuestra y vuestra gracia abren

en este transeúnte inmune en apariencia a ellas. 

Adiós, adiós, manojos de gracias y donaires.

Que yo pronto he de irme, confiado,

adonde, anudado el roto hilo, diga y haga

lo que aquí falta, lo que a tiempo decir y hacer aquí no supe. 

Adiós, adiós, compañeros imposibles.

Que ya tan sólo aprendo

a morir, deseando

veros de nuevo, hermosos igualmente

en alguna otra vida. 

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PÁGINAS Nº 10 y 11 – RESEÑAS DE LIBROS 

La plomada de Don Vitto – Trudy Pocoví – Premio Edición Certamen Municipalidad de Santa Fe, 2005 – 119 ps 

Entre la prodigalidad de premios concedidos a minuciosos discursos generados en la pulcritud de ciertos laboratorios literarios -tan acreditados como asépticos- esta distinción concedida por el Jurado del Certamen Municipalidad de Santa Fe al libro La plomada de Don Vitto contribuye a proporcionar la íntima, indispensable y conmovedora reconciliación vincular que los lectores reclaman a los textos.

Dentro de un espacio legítimo, auténtico, Trudy Pocoví desarrolla la trama de una decena de cuentos cuya carga emotiva, plena de acontecimientos vitales, se revela a través de una laboriosa sencillez, cuidadosamente escogida para suprimir los límites de la desmemoria cotidiana y autorizar la irrupción a territorios de evocaciones pertenecientes al acervo urbano y popular de los santafesinos (Era el tiempo del tranvía atravesando la Avenida por la mitad y dividiendo calle, miedos y calidad de vecinos.”-La plomada de Don Vitto).

Fiel a su formación escritural, a su personal manera de desplazarse entre los soportes estructurales de la narración, la autora despliega cada una de las historias que integran la publicación poniendo de manifiesto procesos evolutivos de temporalidad progresiva, esbozando itinerarios sugerentes que posibilitan la coexistencia de anécdotas plenas de intenso realismo con legítimos hallazgos ficcionales y exponiendo una serie de situaciones comprensibles, personajes identificables y acontecimientos ordinarios no exentos de indagaciones que profundizan problemáticas sociales (“Los techos, tan distantes, acentuaban nuestra pequeñez de infancia, y nuestra indefensión de pobres.”-Las amígdalas).

Sin embargo, Pocoví no se detiene a elaborar concienzudas caracterizaciones descriptivas de los personajes que pueblan sus relatos, antes bien, es el devenir de la historia quien desnuda toda la trama psicológica, toda la red de rutinas, inseguridades, angustias, nostalgias, sospechas o situaciones extremas por donde se ven obligadas a transitar sus criaturas literarias (“La impelía un rencor oscuro, milenario casi, como las grietas de sus dedos aguzados o los surcos del rostro macilento.”-La plomada de Don Vitto).

Por ello, a poco de penetrar en la textualidad de esta propuesta, una empeñosa reconstrucción de ciertas míticas geografías donde infancias ¿ajenas? peregrinan libertades, osadías, asombros y temores, se despliega ante los ojos desprevenidos, desde la destreza de un discurso que oficia como salvoconducto para cruzar los límites de lo verdadero y lo inventado, tornando verdaderamente dificultoso establecer separaciones entre lo probable y lo legendario del anecdotario porque cada episodio narrativo integra la memoria de la comunidad, al mismo tiempo que oficia como llave, como clave, como código secreto de apertura a un tiempo más ancho y más profundo que los mismos recuerdos, que la misma nostalgia, que la misma memoria. Un ámbito de comunión, de comunicación, de diálogo necesario para afianzar la pertenencia y el vínculo que nos une.

De allí que el lector atento encuentre, en La plomada de Don Vitto, espacio propicio para disfrutar de la sinceridad, de la claridad de este lenguaje, continente y contenido de una serie de organizaciones textuales clásicas, trama notablemente adecuada para una nueva convocatoria a la celebración de encuentros siempre interesantes, convincentes, sólidos.  

Encuentros donde es posible interactuar emocionalmente con el autor y de los cuales se regresa complacido. 

Norma Segades – Manias  (Santa Fe)

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Umbra – Fernando Marchi Schmidt – Edición del autor -113 ps. 

Umbra es la segunda novela pero, al mismo tiempo, es un paso, un momento en el recorrido literario, en el proceso en que está comprometido tan seriamente Fernando Marchi Schmidt, del cual, un lector calificado supo decir: "... es muy joven para ser tan grave en su escritura". Comentario que comparto,  porque me parece que el autor es también la suma de los atributos que los lectores le adjudican. Y éstos, aunque sean volátiles, no dejan de formar el espesor de futuras escrituras.

Umbra es un estadio de maduración que nos introduce en una atmósfera densa, cargada de malas nuevas, de sucesivas vueltas de tuerca a una media docena de pesares y miserias. Esta historia recuerda esas medallas cuyas caras cobran un volumen exagerado, porque las miramos mientras se desenrolla el hilo que antes fue tensado, y una vez que la mano la suelta se lanza en un movimiento concéntrico que no nos deja ver del todo lo que es. Importantes, cuidadas descripciones, una narración que fluye frente al lector y una trama que es fría como un puñal.

El protagonista aparece en una casa de campo, y el visitante trae en su seno otra sustancia, otra entidad, que le habla, que lo manda: Umbra. Así quedan planteados los polos de una tensión entre lo mismo y lo distinto, lo bueno y lo malo, los pares antitéticos que se dan cita en la historia.

La narración no nos priva de un retrato de época cuando asume el vocabulario propio del prejuicio machista, del clasismo, de los estereotipos de género que encarnan en prácticas de mujeres: madres, hermanas, prometidas, mujeres excitadas sexualmente, prostitutas, sirvientas bobas y lloronas. Recoge el texto de los mandatos sociales (no desposar prostitutas, no demostrar afecto a los varones, reprimir los deseos...) Lo femenino asume todos esos rostros y uno que se transforma en principal: el alter ego del protagonista es una voz femenina que encarna diferentes voces. Ella es Umbra.

Sorprende la metamorfosis entre la voz y el hombre que la escucha y también puede asistirse a un cambio en la  maestra - tal la profesión de la heroína - porque opera en ella un alejamiento del canon social de la moralidad de mujer. En esta historia, ambientada en la década de 1930, ella fuma y carajea, enfrenta, decide, toma, trama.

Basada en un relato de la vida real, en un hecho acaecido en un pueblo del litoral de la provincia de Santa Fe, el autor retoma la anécdota, oída de sus mayores, y, sobre esa estructura real, monta su propio mito, donde se vuelven imprecisos los límites entre lo real y lo fantástico, entre la cordura y la locura, entre la vida y la muerte.

Fernando Marchi Schmidt invita a sus lectores a que descubran por sí mismos los misterios, los decires no dichos, las ausencias, en una novela que es un paso, un momento en su construcción de la literatura. 

Silvia Visciglio (Santa Fe)

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PÁGINA Nº 13 – POETAS ARGENTINOS

"Nunca seremos mayoría,

pero les daremos un susto"

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Nunca seremos mayoría

pero igual resistiremos

en el lado  visible

de los días  soleados y claros.

Nunca seremos mayoría

pero algunos corazones tiemblan,

otros pierden el sueño. 

Los menos como vos

toman un café conmigo,

se cobijan con mi saco

y me hacen sentir  menos  solo que nunca,

por que  luchan,

porque   aman,

porque no  temen,

porque has aprendido a no olvidar,

a morirse un poco todos los  días,

a suicidarme y a resucitarme

sin dejar rastros.

Nunca seremos mayoría

los mal-alumbrados,

los disidentes, los enardecidos, los exiliados,

pero los tendremos en jaque.

No me abandones. 

Esteban González (Chaco)

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Experiencia

La experiencia
consiste
en intentar que el pájaro regrese
desde el extremo opuesto de la noche
y pose su cansancio
sobre tu abierto pecho adolescente.
Lo tomas en las manos,
lo acaricias,
extraes de sus alas todo el viento
y mientras él se entrega
a lo innombrable,
tú te dejas volar.

Es fácil la experiencia.
Lo difícil
es dar con el momento
que te permita asesinar al pájaro
sin morir a su lado
de tristeza.


Osvaldo Pol 
(Córdoba) 

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Abrigos

a kuqui negri                                      

sigue lloviendo viejo
pasa el tiempo y todavía no
las palabras no se juntan con tu muerte
mi vida no se junta con tu muerte
no hay caso
vi una granadina en el supermercado
los cigarrillos nevada en un kiosco de uruguay
cosas así
me preocupo especialmente de recordar tu voz
la llevo cerca como un abrigo que pudiese perder
sale tu voz a cubrirme porque es tarde
y estoy con las manos heladas tratando de escribir
desandando la pena
desanudando
desnudando
desnuda
des
o
sed
de vos 
 

Marisa Negri (Buenos Aires) 

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La otra. 

La vida poco vale

o casi nada

en esta Argentina ensangrentada

En la guerra o en la paz

en dictadura o democracia

en verano o en invierno

Porque la muerte siempre agazapada

con aviso o sin aviso

siempre a destiempo

se encarga de truncarla

Pero no hablo de la muerte natural

de aquella que a todos nos espera

sino de la otra

la que obra artera

cuando estallan edificios

o los aviones se arrastran

La que asesina sin piedad

de día o de noche

a toda horaminutosegundo

la muerte impasible

la muerte aprovechadora

la muerte burlona

la muerte engañadora

La que nos hace creer

(y le creemos)

que a nosotros no nos toca 

Miguel Ángel de Boer (Chubut)  

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Cenizas
a Paul Valery

Y no saberme más - de mi desabitado -,
bajo la sombra de un ciprés oculto,
bebiendo de raíces y carcomas, ya sin
nombre, sin preguntar porqué, ajeno ya
al deseo del llamado, muerto, si, muerto,
ay, sin buscar como Orfeo resurrección
alguna, devolución alguna, encadenado,
y en marino reposo desoculto, ay, contemplando
sí, el vuelo de gaviotas sobre el mar
cuando acaece la tarde, hoy fatalmente
descarnado, cedo la lira hurtada al Dios
de la venganza, y duermo horas, días, años,
con los ojos abiertos, sonando sí
contigo, pero ajeno al dominio de las horas,
ya a salvo del desierto de la espera,
de pesadillas y de incertidumbres
en ésta melancólica agonía donde vuelan
suspiros o ayes melancólicos y agónicos
de este destierro eterno.
A mitad de camino donde el Golem
cobró forma mecánica y astuta: así,
así, suavemente me despido del aire,
del perfume del búcaro que humedeció
un instante aquel presente de lo que Otrora fui.
En paz estoy ahora, y canto la canción
sutil del cementerio marinero
que cobija el humo del espíritu que aloja,
- pinos, bellotas, olas que dejan en las noches
lunares melancólicas algas-, adiós, adiós,
este es el descarnado que se aleja
y que desde el no saber quien fue,
dónde habitó, en qué tiempos, levanta
la copa del olvido por vosotros, marineros
en tierra todavía.
 

Oscar Portela (Corrientes)

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PÁGINA Nº 14

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Las amígdalas.

Por Trudy Pocoví (Santa Fe)

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Hasta  la  edad  de  8  años,  creí  que "amígdalas" era sólo el nombre que recibía, en el repertorio de mi hermano mayor, una de las excusas que justificaban un "faltazo" a la escuela. Hasta que, a la edad de 8 años, mis ignotas, ignoradas y adormecidas amígdalas, organizaron su golpe de estado y reclamaron el derecho a que fuera reconocida su existencia revolucionaria.

Difícilmente se me borrará de la memoria aquella mañana, tan fría  y tan nada, de agosto y el Hospital  de  Niños.  El  inmenso,  el  enorme,  el descomunal Hospital de tan escuálidos niños. Porque aquel Hospital no era lo que hoy es nuestro querido Centro de Neonatología, Pediatría y afines. No. Por entonces, un helado dolor blanco se extendía por  interminables corredores de altas, altísimas puertas y antárticas galerías flanqueadas por agoreros jardines  enmalezados y oscuros.

Distanciados foquitos derretían una luz amarillenta, mortecina -mortuoria, diría hoy,  a través de los recuerdos- y un pálido retrato de enfermera  ceñuda  nos  imponía  un  silencio de sarcófagos. Los techos, tan distantes, acentuaban nuestra pequeñez de infancia, y nuestra indefensión de pobres.

Cada tanto, alguna de las puertas vomitaba un personal rigurosamente vestido de blanco, que taconeaba unos pasos rápidos, pocos, de urgencia siempre, que quedaban resonando y resonando un tiempo inagotable y húmedo. Sin embargo, me reconfortaban aquellos ecos; de algún modo me rescataban de mi miedo -de ese terror que aún conservo por las habitaciones blancas-  y me hacia pensar que, aparte de mí y de la abuela, que me acompañaba, había otras presencias vivas en el colosal edificio.

De pronto, alguien pronuncia mi nombre:

- DUARTE, Esteban. Lo grita. ¡DUARTE...! Esteban Duarte te te te...

Tan helado mi nombre, tan minúsculo y delgado.

- Vamos m'hijo,... que nos llaman - dijo la abuela y me levantó de un brazo.

Creo que mis pies ni siquiera rozaban el suelo. Que flotaba, por el dolor o por el pánico. Algo me elevaba más allá de la abuela, me impelía, me empujaba fuerte y firmemente hacia esa otra persona de rostro blanco, cofia blanca, sonrisa congelada, fuerte y forzadamente, manos grandes y pesadas. Y uno que pasaba de mano en mano sin poder asegurar de qué color eran los ojos, los varios ojos.

Sí recuerdo unas uñas, afiladas, pintadas con esmalte rojo, tal vez la única nota de color entre tanta monotonía de azulejos inmaculados. Rojo intenso, rojo sangre, sanguinario.

- No me vas a decir que te duele. Sí, le voy que decir que me duele, porque me duele. Pero no, no le digo nada, no me sale.

- Ya v'a pasar, agrega entonces mientras me pellizca un cachete y me acomoda con la otra garr... mano, el flequillo. Aunque se esforzaba por parecer simpática  -a la distancia, ahora casi estoy seguro que la pobre, en el fondo, buscaba ayudarme,  darme  coraje- no lograba convencerme, disimular el  trato impersonal, la fórmula repetida de lunes a lunes de 7.30 a 9.00, paciente Duarte, Esteban o Juan o Ignacio.

- Amígdalas ¿no?Amígdalas, sí.

- Bueno,  te vas a poner esto...  y me alcanzó una enorme bata, blanca por supuesto, de talle único, para que le cupiera a todos. Y después te pones esto... Te ayudo ¿o podés solito?

- Puedo. Solo, solito podía, pero no quería. Abuela. No me dejés. ¡Abuela! Vení, acompañame, retame para que me quede quieto, abuela, decime que haga caso. Tirame del pelo, por favor, abuela.

Debí haber quedado muy cómico dentro de esa bata-túnica-mortaja, porque cuando la enfermera se volvió hacia mí y pudo verme, no logró contener una sonrisa.  La tela era dura, como plastificada; el ropaje me llegaba casi hasta los tobillos; las mangas se me caían de los hombros, me escondían las manos.

Hoy me imagino como el séptimo enanito de Blancanieves, igualmente de torpe y confundido. Por entonces, sólo me imaginé ridículo.

A esa altura de los acontecimientos, no me dolían tanto las amígdalas como el haber quedado abandonado en la desolada habitación.

- Espere afuera, señora, dijeron y una de aquellas puertas se interpuso monolítica entre la abuela y yo. Nunca me había separado de ella por tanto tiempo. Nunca. Y ese conocido y repetido temor de huérfano, de volver a perder lo perdido, me desdibujaba por momentos el cuarto y sus olores, hasta que la lágrima al fin se suelta silenciosa y suave. Resignada.

Y la insensible y compacta puerta se abrió se cerró un centenar de veces. Demasiadas veces. Y yo estiraba el cuello y descolocaba los ojos buscando vislumbrar a través de aquella barrera infranqueable, la figura fugaz de la abuela, buscando volver a ver, por un instante, el rostro curtido de aquella mujer que esperaba con milenaria paciencia sentada en uno de los bancos de madera, con toda la dureza de la madera y de la vida en la mirada cabizbaja. Pensativa.

¿Qué pensaba la abuela? ¿Qué pensaría? ¡Cómo me hubiera gustado  averiguarlo! Pero nunca, jamás, pude adivinarle una intención o sonsacarle algún secreto, ni una palabra que no hubiera querido, expresamente, decir. Tan reservada la abuela, tan abuela doña Angélica.

Hasta su  nombre  guardaba secreto de Ángeles, angelical Angélica, terrosa pachamama con magia y mirada de cielo. Creo que Dios, de algún modo, a través de la elección de ese nombre y no otro, quiso confiarle una misión, designarle una  tarea: Ser abuela. La abuela-madre, abuela-todo de cuanto guacho y mocoso anduviese  descalzo  de  risa  y hambriento de juegos. Y cada vez estoy más seguro, aunque  jamás  ella  me  confirme  la  razón  de  sus arrugas, que cada surco acarrea un par de zapatillas y cada cana trenza una historia de navidad y orfanatos. Y yo, esa  mañana, en  ese  cuarto, ansiaba desesperadamente volver a cruzar sus ojos, sus ojos pardos, lánguidos de ausencias.

De improviso, ellos irrumpieron. Brusca e impetuosamente, entraron. Y de impecable blanco.

- Vos sos el de las amígdalas- dijo uno de ellos con tono de "no te preocupés, pibe, no pasa nada”.

- Vení por acá, nene- masculló el otro detrás de una rígida mueca que pretendía hacer pasar por sonrisa. Y sonrisa amable.

Me deslicé temerosamente por entre los dos cuerpos almidonadamente voluminosos y en chaqueta. Uno, persistiendo en la idea de resultar afable o gracioso, o porque tal vez  pensó que el miedo se me alojaba allí, en la espalda corvada y que así  podría espantarlo, me palmeó con fuerza y me tiró al suelo.

- Vamos, che, que ya sos un hombrecito.

- No, no soy ningún hombrecito. Soy un chico. ¿O no vés que soy un chico, todavía? y que estoy muerto de susto. Que venga la abuela... No. Si, soy un hombre. Pero ¿qué? ¿no tienen pánico acaso los hombres?

Y entre más frases gastadas, sonrisas ficticias y pasá por acá, pasá por allá, mis trogloditas custodios continuaron conduciéndome por otro laberinto de habitaciones, pasillos, puertas altas, puertas bajas, rostros vetustos, dolores, mi dolor y el acicate constante de los azulejos blancos y ese orden de silencio y mausoleos.

Finalmente llegamos. Me pareció siempre haber vuelto al mismo lugar, pero más mareado.

Entonces, uno de los enfermeros comenzó a hablarme sospechosamente de fútbol. Si me gustaba, de qué jugaba, si era hincha de Colón o de Unión. Todo mientras el otro se lavaba cuidadosamente las manos y cuidadosamente buscaba algo, no sé qué cosa que brillaba helada entre sus manos. Y se sentó frente a mí, y se coló en la conversación sobre el fútbol, y de poder ir a la cancha el otro domingo si me portaba bien y me paró entre sus rodillas, presionando levemente mis piernas contra sus piernas.

- Y el doctor, me atreví - no sé cómo - a preguntar.

- Nstt  ¿para qué estamos nosotros?

- Y no me va a poner nada.

- Aayy, el nene quiere que le pongan algo. Dejá eso para los que tienen plata, pibe...

No sé  bien  cómo  pasó,  ni  cuando. Súbitamente me encontré sujeto por los brazos y con la boca abierta mientras la bata -ahora entendía por qué plastificada-  se entibiaba con la sangre. Y la impotencia.

- Ya'stá.  No más amígdalas. Es verdad, no más amígdalas ni molestias. Cierta rabia prepotente, tal vez cierta amarga impotencia, que a veces me acosa  - o me perdura-  cuando como algún helado en el mes de agosto. 

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PÁGINA Nº 15

Felisberto Hernández: la subversión literaria. 

Por Gustavo Lespada (UBA)  

Desde aquellos textos iniciales recopilados bajo el título de Primeras invenciones (entre 1925 y 1940 aproximadamente), Felisberto Hernández manifiesta una desconfianza radical por los circuitos consagrados así como su atracción por lo que se esconde detrás de la apariencia de las cosas. En el “Prólogo de un libro que nunca pude empezar” (Fulano de tal, 1925) ya se propone “decir lo que sabe que no podrá decir”. Esta inquietud por lo indecible revela una temprana preocupación (cuenta apenas con 23 años) por los límites del lenguaje y un hambre de lo inalcanzable, de lo prohibido, porque sabe que sólo de allí puede provenir lo que hay que decir, parafraseando a Blanchot, ese pan que masticar con los dientes de la escritura.  

En varios relatos de Libro sin tapas (1929) y La cara de Ana (1930) aparece el misterio como un componente irreductible de lo cotidiano, así como sus primeras manifestaciones de la focalización descentrada, la fragmentación del cuerpo y la animación de los objetos. Dicho de otra manera, lo que comienza a consolidarse por aquellos años en el estilo de Felisberto es la imposición subjetiva y ficcional sobre la exterioridad objetiva: el narrador-personaje no exhibe una percepción del mundo exterior real, sino que proyecta su interior (como actividad asociativa, deseante y transformadora) en el afuera, invirtiendo los supuestos expresivos del verosímil realista basados en la concepción de transparencia del lenguaje, al tiempo que persiste en la búsqueda de un yo nunca asimilado totalmente al cuerpo físico ni al pensamiento. 

Estos mecanismos de extrañamiento han sido frecuentemente confundidos con los de la literatura fantástica, pero en tanto que el pacto de lectura de lo fantástico pareciera constituirse en la formulación de un mundo otro, sobrenatural, que irrumpe amenazando la normativa de una construcción previa similar a la del realismo –de ahí el efecto del espanto-, aquí se cuenta con absoluta naturalidad que el protagonista ha sido antes un caballo o que le sale luz por los ojos. La otredad se halla levantando las fundas de los muebles, en las manos de una mujer o escondida en el interior de un atado de cigarrillos, es decir, sobreimpresa a nuestra realidad cotidiana. 

El extrañamiento formal 

Uno de los recursos que rompen el automatismo perceptivo proviene de las alteraciones de las figuras. Toda figura poética opera sobre la linealidad de la escritura, emboscando la secuencia, haciéndola estallar con sus imágenes y artefactos asociativos, con sus conexiones inéditas, con su propuesta expansiva. A este dinamismo inherente a los tropos debemos incorporarle el que Felisberto les imprime con su tratamiento singular. Por ejemplo, en el desplazamiento que se provoca a partir de la comparación, cuando desaparece el nexo comparativo y el segundo término cobra protagonismo y autonomía. Veámoslo en los textos. 

En “El vapor”, un cuento de La cara de Ana, el protagonista describe la angustia que le produce la indiferencia de los pobladores de una ciudad en la que ha actuado: “La sentí como si dos avechuchos se me hubieran parado uno en cada hombro y se me hubieran encariñado.” Pero enseguida agrega: “Cuando la angustia se me aquietaba, ellos sacudían las alas y se volvían a quedar tan inmóviles como me quedaba yo en mi distracción”, y continúa refiriéndose a los pajarracos que no sólo se han independizado del primer término de la comparación, sino que ahora ellos provocan la angustia. Ese pasaje, ese desplazamiento operado dentro del tropo convierte a la discreta comparación en otra figura más radical: la metamorfosis. Pero además, este gesto tan frecuente en toda la narrativa de Felisberto, esboza la autonomía del discurso estético respecto de las leyes lógicas y el mundo de los objetos.

Porque tal vez nos esté diciendo: no hay objetos independientes del mundo humano, hay siempre nuestra mirada sobre los objetos. Veamos un ejemplo tomado de Tierras de la memoria, durante una sesión con el dentista: 

Al darse la vuelta para venir hacia mí, la poca luz que entraba por la ventana le hizo brillar los lentes como los faroles de un vehículo en un viraje; al acercarse la luz le dio de espaldas, su figura se oscureció y el vehículo avanzaba agrandándose.  

El brillo de los lentes habilita la comparación con los faros de un vehículo, brindándonos con esa imagen la sensación de pánico e impotencia frente al accionar invasivo del odontólogo. En la frase siguiente, el dentista se oscurece, es decir, la figura se convierte en fondo y el que avanza –sobre ese fondo- es el vehículo imaginado. O sea que, no sólo se menciona el movimiento en el nivel semántico –el inminente atropello-, sino que el movimiento viene dado desde la estructura formal: el inocuo brillo de los anteojos se ha transformado en un vehículo que se le viene encima, de la misma forma que las pinzas odontológicas adentro de su boca se transformarán en las patas de un cangrejo que agarran la corona de la muela. El segundo término de la comparación se libera de su servidumbre predicativa y pasa a ocupar el lugar protagónico del sujeto, es decir, a ejercer la acción del verbo. Este trastrocamiento no es algo menor ni carece de consecuencias ideológicas.  

La crítica ha señalado frecuentemente el carácter transgresor a nivel temático; como frente a un medio por lo general hostil y signado por injustas imposiciones jerárquicas, el narrador de los relatos felisbertianos exhibe una actitud de rebeldía que se manifiesta fundamentalmente en ir generando una textura paralela (que no acuerda), que contamina y pervierte la percepción del mundo como exterioridad a la vez que cuestiona la legitimidad del poderoso. Este carácter subversivo de sus personajes –pensemos en “El acomodador”-, a la luz de los ejemplos que hemos visto, puede ser pensado operando también desde los procedimientos formales, es decir, el nivel semántico sería consecuente con la propia estructura formal.  

“El taxi” (Filosofía de gángster) es una ficción reflexiva sobre la figura: una metametáfora o metáfora de la metáfora. En este pequeño texto se menciona “una metáfora de alquiler” que funciona como un taxi en que el escritor se desplaza. Este metarrelato se sube a la metáfora para incursionar en la propia relación de la figura poética con la vida cotidiana, con aquello que sabe y también con lo que no sabe, es decir, con ese su territorio favorito en que habitan los misterios y las sombras: “mientras voy en metáfora siento que contengo mejor muchas sombras” -afirma nuestro narrador. Sin embargo no tarda en dejar planteada su crítica a la metáfora como “vehículo burgués”. 

Habría cierto reduccionismo, cierto adocenamiento restrictivo en la metáfora que, a pesar de permitirle direccionarla, lo fuerza a tomar la determinación de abandonar el vehículo: “A algunos lugares iré a pie. Además, puedo robar un vehículo con chapa de prueba”. El hecho de trasladarse caminando junto a la idea de robar y de prueba, pareciera estar aludiendo al proyecto estético de evitar los carriles legalmente transitados, a la voluntad de transgresión de la normativa y al riesgo que esa transgresión implica, cifrado en la percepción de “la policía” como amenaza.  

Finalmente sus ideas necesitan escapar del encierro de la metáfora, salir al aire libre; la referencia al “precio de la metáfora” pareciera relacionarse con las dificultades de subsistencia a que se encuentra sometido el escritor del tercer mundo. El rechazo por “esta metáfora (que) acostumbra a ir por caminos que previamente ha construido el burgués” y que sólo conduce a representaciones débiles, congeladas y falaces, me recuerda el desprecio de Kafka hacia esta figura que evitaba deliberadamente, y el tratamiento que a partir de su obra hicieran Deleuze y Guattari, oponiéndola a la metamorfosis, como expresión más cercana y legítima de esas intensidades en fuga. “El lenguaje deja de ser representativo para tender hacia sus extremos o sus límites”. La metáfora –dice Felisberto- “tendría que pensar y sentir con otro ritmo y con otra cualidad de pensamiento; el misterio de las sombras se transforma demasiado bruscamente en el misterio de lo fugaz”, y su reclamo pareciera dirigirse al rescate –nuevamente- de lo elusivo del lenguaje, de todo lo inquietante que reside en los bordes sombríos del conocimiento humano y que las convenciones intentan disimular mediante carteles de neón, fórmulas tautológicas o etiquetas tranquilizadoras. 

Otro aspecto de la apertura de estos primeros textos lo constituyen las abundantes apelaciones al lector. La búsqueda de su complicidad y cooperación descubren una conciencia lúcida acerca de la actividad fundamental de la lectura en la conformación del hecho literario. La “Dedicatoria” de Filosofía de gángster se cierra con el siguiente exhorto dirigido al lector: 

Por otra parte te pediré que interrumpas la lectura de este libro el mayor número de veces: tal vez, casi seguro, lo que tú pienses en esos intervalos, sea lo mejor de este libro. 

Énfasis puesto en el estímulo, en la actividad performativa, en la interacción de la escritura. Hay aquí también una marcada afición por lo inasible que viene de antes, recordemos aquella frase de Juan, el personaje de “Drama o comedia en un acto y varios cuadros” del Libro sin tapas: “Lo que más nos encanta de las cosas, es lo que ignoramos de ellas conociendo algo. Igual que las personas: lo que más nos ilusiona de ellas es lo que nos hacen sugerir”. “Pero el que se propone decir lo que sabe que no podrá decir, es noble...” –decía en aquél prólogo de Fulano de tal, asumiendo la pulsión mallarmeana hacia el texto no escrito e imposible. Postulación de una poética que se decide por el riesgo de lo otro, oscuro e impenetrable. Y así lo reformulará más adelante, en los comienzos de Por los tiempos de Clemente Colling:  

(...) tendré que escribir muchas cosas sobre las cuales sé poco; y hasta me parece que la impenetrabilidad es una cualidad intrínseca de ellas; tal vez cuando creemos saberlas, dejamos de saber que las ignoramos; porque la existencia de ellas es, acaso, fatalmente oscura: y esa debe de ser una de sus cualidades. 

Pero no creo que solamente deba escribir lo que sé, sino también lo otro.

Lo otro, lo que no sabe, lo que las palabras no sustentan y quizás sólo puedan aludir. Lo otro, eso que las imágenes de las cosas no admiten en su superficie sino que relegan a una zona oculta, impenetrable, fatalmente oscura. José Pedro Díaz caracteriza esta singular forma de percepción como una “abierta disponibilidad para atender a los procesos laterales del pensamiento”. A mí me parece un hallazgo este concepto de lateralidad porque percibo en él algo específico de la escritura hernandiana. Lateral en un sentido político del término, como gesto de atención y reubicación de elementos nimios, de materiales desplazados, de restos intrascendentes respecto de la racionalidad y las valoraciones socialmente aceptadas. Lateralidad, presencia del borde desconocido que hace de esta literatura una codificación fronteriza siempre gestándose en otra parte, siempre a caballo de la cifra y el silencio.

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PÁGINA Nº 16

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Revelaciones

Por Liana Friedrich (Rafaela-Santa Fe) 

“La duda es uno de los nombres de la inteligencia.”Jorge Luis Borges 

En lo más recóndito de las tierras bajas, los descendientes de la casta Kornay buscan refugio en las copas umbrías de los bosques boreales, ocultos tras las vedadas colinas… (A nadie se le permitiría acceder a la cumbre sagrada del Shupak, desde donde la luz del sol emerge para reiniciar cada jornada).

-“Me encontré en una selva oscura, donde el camino se perdía”- hubiese deducido el Dante…Pero algo había cambiado en el paisaje habitual, después de la última ventisca: sobre la desolada ladera, próxima a la cima, un rectángulo sobresalía extrañamente… (¿O acaso la visión de los binoculares sería engañosa?). Parecía una enorme caja de madera encajada en el hielo, semicubierta por la última nieve de primavera, que ya se escurría bajo el sol del cenit. (¡Tengo que  llevar estas fotografías para que las estudien los expertos…!).

Indudablemente, no podía ser una construcción: en la montaña no existen aldeas, y entre la fronda del valle escondido, los custodios de la tierra del “más allá”-pequeños como elfos- habitan abigarrados racimos de “domos” vegetales, en cuyo ramaje se entretejen, delicadamente, enredaderas tapizadas con flores de perfume dulzón, empalagoso como las mieles silvestres.

Ese clima oscuro y  húmedo, suele ser propicio para que las mentes primitivas tramen todo tipo de hechicerías y fábulas… Aunque según cuentan los peregrinos (esos pocos que pudieron regresar a la tierra del “más acá”… con relativa cordura), los kornays suelen permanecer tímidamente ocultos, tras las verdes pantallas fragantes. Son, en cambio, los brujos caníbales quienes roban las almas desprevenidas, que deambulan entre los árboles centenarios, para avivar el humo de las fogatas rituales. Ya al pie del cerro, me llamó la atención el graznido de un cuervo, posado sobre un cerco de zarzas… Inexplicablemente, cuando levantó vuelo, decidí –sin pensarlo dos veces- seguir su rumbo. (¿…Acaso sus alas me señalarían la dirección correcta, hacia el santuario perdido?). Sentía como si alguien me manipulara, como si desde lejos tiraran de los hilos, hasta tensarlos, peligrosamente… 

Entonces fue que recordé aquella pesadilla, cuando dormíamos junto al guía, las otras noches, en su refugio de troncos: decenas de esqueletos de animales y personas, yacían desperdigados bajo un túmulo de piedra, como grotesco remedo del famoso Guernica… 

Cuando desperté, bañado en sudor frío, todo daba vueltas en la habitación; mi mente enloquecida giraba como dentro de un túnel, en cuyo mismo epicentro, el reloj del destino echaba a rodar las manecillas, vertiginosamente hacia atrás… cada vez más atrás…

-Es la llave  que abre las puertas a los misterios del arcano… que echa a andar la rueda del destino, siempre circular y eterno… que despierta la mente a la luz de la inmortalidad- pareció resonar una voz dentro de mi cabeza, en la semiinconsciencia del amanecer.Jirones del pasado: apenas pantallazos de experiencias vividas, se superponían con  flashes de actualidad –como en un noticiario amarillista- pegoteando patéticamente retazos de enfermedad, dolor, imperfección, muerte…, sobre el kitsch grotesco de mi pantalla mental.

Afuera, la nieve aún esmerilaba los vidrios; adentro, el espejo se empañaba con el vaho de nuestro propio aliento… La calidez de la cabaña era acogedora, pero no podíamos seguir demorando la expedición. Era necesario recomponer los pedazos trastornados de la memoria, “liar los petates” y  reemprender el rumbo hacia las colinas. Ya en la ladera, ingresamos por una abertura que se había formado en el hielo. Era difícil desplazarse; caminar se había vuelto una empresa casi imposible; más bien teníamos que reptar, patinar, acostados de bruces, por el pasadizo que nos llevaba hacia el vientre de la montaña…

Aunque la incertidumbre y el cansancio nos minara las fuerzas, continuábamos la búsqueda por los blancos laberintos, sumergiéndonos más y más en las profundidades arqueológicas de nuestro propio mutismo…Un macabro antro, minado de víctimas rituales, constituía nada menos que la antesala para ingresar al recinto sagrado, por donde el sol, según la leyenda, al final del día desciende –gracias a un complejo juego de espejos- al llamado “mundo de los muertos”: la tumba real, en cuyo centro crece el árbol de la vida, coronado de frutos relucientes de oro y plata…

Habíamos arribado, finalmente, al lugar cuyo nombre nadie se atreve a pronunciar… cuya historia se pierde en el fárrago de los tiempos… (También arrasada por un incendio voraz, tal como manifestaran unos pocos ancianos aedas, quienes aún deambulan perdidos en la maraña verde).

Pero dicen que luego vino el agua: “Durante 40 días y 40 noches, la lluvia cayó de los cielos”… -como rezara, punitivamente, el Génesis-. (¿Moraleja simbólica, para un mundo tan hostil y corrupto como éste?).

Las amplias murallas circulares de piedra pulida estaban perfectamente diseñadas para poder registrar, en su anillo de dinteles, los movimientos del sol, en su “continuum” incesante de equinoccios y solsticios, regular y eternamente programados…

-…“40 siglos os contemplan”- habría exclamado Napoleón, ante esa maravilla arquitectónica.

En sus toscos capiteles, inscripciones significativas marcan el lugar de tránsito hacia la misteriosa cripta… (Cada instante es sumergirse más, en ese oscuro peregrinaje hacia la clave del misterio, amalgama de vida y de muerte). Grabados en la mole pétrea central, están los signos que conjugan la fórmula de la creación: aire-agua-tierra-fuego, plasma vital del universo… (Cuando los rayos se posen en el justo medio de la roseta, se avivará su color rojo profundo, que simboliza la sangre donada por el dios Kornay a su pueblo, como sacrificio original de la raza).

Según testimonian las antiguas escrituras (que aún hoy los aedas transmiten de boca en boca), ese escenario de antiguos sacrificios rituales, también representa una escalera al cielo, porque devela la respuesta trascendente que facilita el pasaje hacia el otro mundo… Pero la experiencia del descenso al núcleo interior de la cámara, sólo sirvió para exhumar la conjunción de los elementos, que en un marco de silencio estremecedor e inexpugnable, nos permitió contemplar el rostro: ese rostro incomprensiblemente igual, pero siempre turbador, celado de sombras en lo profundo de la gruta de los druidas… 

Porque fue entonces que un gélido hálito –como exhalación del Averno- apagó la lámpara.

El cabello de mi nuca se erizó ante la sorprendente aparición: la sombra se desplazaba lentamente hacia la pira central, vestida de una túnica negra (oscura como el plumaje de aquel cuervo del color de la noche: distintivo universal que utilizaran todos los buscadores de la verdad, desde los templarios hasta los alquimistas…).

Pero al girar la cabeza hacia donde nos encontrábamos apostados, el interior de la capucha exhibió, ante  nuestro estupor, sólo un hueco sin rostro, sin ojos, sin contornos…

-¿Van a quedarse fuera del tiempo toda la vida?- pareció acicatearnos imperiosamente la figura encapuchada… (¿Realmente lo ha dicho…, o tal vez es sólo fruto de mi imaginación?)El aire se tornaba cada vez más espeso. La cabeza desvariaba…, los pensamientos parecían sumirse en un sueño profundo… (¡Las sienes me van a estallar, si sigo en estas profundidades!).

Como un autómata, salí del recinto por una abertura, que a modo de chimenea se elevaba en la roca tallada, con la impresión de entrar en una dimensión distinta, al sentir, ya afuera, el aire más tenue y diáfano… Al fin, el valle –como un grito verde de triunfo- se abría ante nuestros ojos, enceguecidos por la luz brillante que tapizaba el pasto, circundado por los cerros sagrados, que como eternos custodios del secreto de los kornays, convocan el eco de todos los vientos cósmicos, capaces de armonizar el cuerpo y el espíritu.

Pero… ¡cuán grande sería nuestra sorpresa cuando nos reencontramos –eso sí: sanos y salvos- a la luz del sol!... Porque al mirarnos, casi no nos reconocimos. (¿Saben que, en circunstancias especiales, el plasma sobrecargado de electricidad puede llegar a afectar la mente con alucinaciones, y el cuerpo, con mutaciones sorprendentes…?). La única explicación racional que barajamos en ese momento, fue que el campo magnético, existente dentro de la caverna, debió haber acelerado los procesos de crecimiento: Ese sería el motivo por el cual, los frijoles que llevábamos -entre otras raciones de comida- brotaron dentro de las alforjas. Y una hormiga que había quedado atrapada en el saco de azúcar, adquirió dimensiones espectaculares… (¡Más bien parece un escarabajo real!). Hasta el cabello, la barba y las uñas, nos habían crecido increíblemente…(¡Ja! –ahora me atrevo a pensar- Es que sólo las deidades pueden pasar de la luz a la oscuridad, y viceversa, sin perder su identidad esencial…).

                Las palabras que rotulan la salida al mundo exterior,

                         inscriptas en sánscrito,

son aquellas, tan antiguas e inmutables, 

que Dios se dijera a sí mismo:

principio y fin de toda la creación.

PÁGINA Nº 17

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Vicente Huidobro (lírico chileno: 1893-1948)

Por María del Carmen Villaverde de Nescier (Santa Fe) 

En el prefacio de Altazor se dice que comenzar un análisis y una ubicación de una obra de Vicente Huidobro implica necesariamente hacer referencia a algunos de sus pensamientos, como Se debe escribir en una lengua que no sea materna, que sea total.

Vicente Huidobro va a llevarnos, en su extraordinario juego de elementos lingüísticos, estilísticos y semánticos, en el que la palabra poética debe convertirse en símbolo de algo que está por debajo de las palabras mismas y donde prima la sensibilidad creadora sobre el concepto presente en la gran atmósfera contextual de cada forma, hacia sus experiencias interiores, particulares, no típicas, de su yo desesperado de creación, casi demoníaco: El primer día encontré un pájaro desconocido que me dijo: Si yo fuese dromedario no tendría sed ¿Qué  hora es?. Después tejí un largo bramante de rayos luminosos... Después tracé la geografía de la tierra... La reiteración de un después sin horario ni lugar, nos va colocando en ese mundo particular, casi monstruoso. Se van creando imágenes tras imágenes con el ánimo de oponer expresamente al mundo real otro que sea obra del hombre mediante sus propios recursos.

En su mundo, los objetos van transmitiendo su propia atmósfera, agrandándose en posibilidades ilimitadas, humanizándose y domesticándose en el cosmos inmenso al ser relacionadas con las cosas próximas al corazón: Hay que saltar del corazón al mundo, había dicho, centrifugando sus metáforas.

Es posible advertir a cada paso esa atmósfera que se está produciendo, donde las obsesiones de determinados vocablos-elementos constituyen su verdadero mito personal. Los temas de la vida, la muerte, el mar, el cielo, la tierra, el alma, el infinito, pasan por un proceso dinámico de creatividad y destrucción, en el que, sin embargo, predomina la posibilidad de supervivencia.

El creador,  el poeta, Primero nace el día de su liberación de los hombres, de las cosas, del tiempo: Nací a  los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo... Segundo: va construyendo Un poco de infinito para el hombre. Después tejí un largo bramante de rayos luminosos para coser los días uno a uno. Tercero: va caracterizando ese mundo especial, desde su Yo en creación, ese mundo de contrastes y metáforas: Mi paracaídas empezó a caer vertiginosamente, tal es la fuerza atracción de la muerte y del sepulcro abierto. Mis miradas son un alambre en  el horizonte para el descanso de las golondrinas...

Se suceden  las comparaciones, anáforas, polisíndeton. Hipérboles, los epítetos y los retruécanos, con un juego incesante de agonía y placer, en una ininterrumpida sucesión de puntos y aparte: Mira mis manos, son trasparentes como las bombillas eléctricas... Hablo una lengua que llena los corazones según una ley de las nubes comunicantes... Y heme aquí solo, como el pequeño huérfano de los naufragios anónimos... Ah, qué hermoso... Qué hermoso... Veo la noche y el día y el eje en que se juntan...

La simultaneidad de las imágenes es casi absoluta y el autor pretende demostrar que el fin del poeta es crear una obra que viva fuera de él una vida propia, en un cielo especial. Va persiguiendo imágenes irreales en ese constante juego de combinación de elementos dispares. Circulares, opuestos, pero reales subjetivamente, gracias a la gran potencia imaginativa: Hemos saltado del vientre de  nuestra madre o del borde de una estrella y vamos cayendo.

El asunto pone de manifiesto, metafóricamente, sus motivos internos  tomando los del mundo objetivo, transformados, combinados y devueltos en hechos totalmente nuevos y particulares.

En uno de sus manifiestos había dicho que esas eran las técnicas necesarias para producir un fenómeno estético: El poeta no debe ser un instrumento de la naturaleza, sino hacer de la naturaleza  su instrumento. Así lo expresa en este prólogo en  el que a través de recursos como los  ya anotados, la doble imagen, disociando la realidad, representa a la vez dos objetos que contienen en sí una doble “virtualidad” que logra combinar arbitrariamente los elementos que va obteniendo, tratando de aproximarse a la imagen pura, autónoma. Disminuye la precisión y aumenta el poder sugestivo de las palabras.

Con rapidez vertiginosa el autor atraviesa los planos del humorismo, la realidad, el desenfado y el ingenio “tarareando con desenvoltura y frivolidad aparentes, retruécanos y gracias traviesas que espejan como lentejuelas...”, al decir de Casino Assens.

Así es como en  el prólogo nos pone frente a ese mundo que se ama no como se nos aparece, sino nublado por lo que él llama repetidas insistencias en el pecado original; un mundo que nos anticipa  su poesía sensorial, visual, directa, antiafectiva, resplandeciente de creación pura, ya que su íntima contextura paradisíaca, de captación visional, casi inhumana, es así.

La ubicación del autor

Huidobro penetra el mundo ubicándose en un medio “superintelectual”, como fue el de la cultura Occidental en los momentos de aparición estallante de esta especie de fiebre del espíritu creador que fue el movimiento artístico de Vanguardia. No podía quedarse en un estadio contemplativo, de sentidos puros, no perturbados por la atmósfera exterior ni sumisos a formas e ideas preestablecidas o impuestas por el medio (rasgos determinantes de la sociedad de entonces).

Irrumpe con afán de penetrar, de recrear creando intelectual y subjetivamente. Asume esa actitud desde el momento en que toma conciencia de su “inocencia” en calidad de virtud por sí misma divina. Esa “su inocencia”, toma el nombre de virtud creadora: El poeta es un pequeño Dios. 

...Era el tiempo en que se abrieron mis párpados sin alas.

Entonces tanto en el Prólogo de Altazor como en el poema, logra los más diversos tonos imprevistos, encontrando colores y melodías, ritmos y dibujos mágicos-reales, hasta llegar, en desbocado quehacer imaginativo, a la creación humanizada y doméstica de un Cosmos particular que crea con el corazón en lucha con la realidad presente. En esa realidad y por esa lucha, se evade, sin perder de vista la necesidad de mantenerse en relación indirecta, a través de sus casi “super-objetos” creados subjetivamente con fuerte  carga irónica (pasando por diferentes planos del conciente, hasta llegar a anularlo casi por completo), con un mundo que no es, que se crea en el ejercicio constante de inventar, de probarse y contemplarse a  sí mismo.

Vicente Huidobro vivió en la  época signada por el Etos vital de Rubén Darío, donde el carácter de la poesía, de la obra literaria, se encontraba no en la razón ni en el sentimiento, sino en la integración de ambos dentro de la vida. En un momento de profundización del YO, no cantando ya simplemente a los objetivos como en el neoclásico siglo XVIII, ni sólo en lo ideal y subjetivo como en el romántico siglo XIX, sino a la unificación de ambos, con tendencia a lo segundo, en algunos casos en objetos, productos de un especial proceso de captación expresiva, o genuinidades.

Es la lírica fenomenológica con términos filosóficos, lírica de la presencialidad particular , del símbolo, de la valoración individual, de la creación pura. De allí los nombres histórico-representativos que recibieron las principales corrientes de la etapa romántica: Parnasianismo, Simbolismo, Purismo, Creacionismo (Huidobro), Ultraísmo, Dadaísmo.

Los movimientos y los ismos poéticos que proliferan por entonces, corren paralelos y relacionados a los dos sistemas filosóficos de nuestra época: la Fenomenología o ciencia de los objetos ideales (Husser-1859/1937) y la Filosofía de los Valores (Scheler – 1874/1928), a  las que se unen la Estética de la Expresión, del italiano Croce y la Teoría de la Razón Vital, de José Ortega y Gasset.

Este nuevo enfoque vital del siglo XX, en lo histórico, se pone de  manifiesto con el paso de las “disgregaciones” producidas por el Liberalismo a ciertas “agregaciones” que, superando las áreas nacionales adquieren extensiones continentales, pasándose, en general, del nacionalismo al continentalismo.

En el campo sociopolítico se han enfrentado (por su gran cantidad de características diferentes) dos potencias: Asia rusa y América yanqui, de quienes intentó defenderse Europa en la primera mitad del siglo, elevando a “sueños imperiales”  las dos últimas formaciones nacionalistas del siglo pasado surgidas tras la derrota napoleónica: Italia y Alemania. De las viejas nacionalidades europeas, Francia e Inglaterra siguen favorecidas desde el siglo XIX. Todos sufren “causas y consecuencias” de una guerra que los ha llenado de interrogantes, de dudas,  inseguridades, de conceptualidades oscuras e inciertas.Es así como para Huidobro el artista es como un Dios  que determina las leyes de su producto. El artista se basará en sus posibilidades creativas, en su mito personal, en su desesperado ejercicio de inventar como un Dios, creando a cada instante, en la elaboración de sus propias experiencias, y penetrará en el mundo en una luchas constante, en una lucha especial que lleva implícitas potencialidades personales de penetración  en lo existente, en busca de develación, y posibilitando una realidad nueva.

El artista, como fundador de la realidad y actuando con libertad  e inocencia natural, traspasa el mundo pecador, haciéndolo aparecer resplandeciente, transparente de verdad inhumana, angelical. Sus palabras nos ayudan a esclarecer más estas apreciaciones: Os diré lo que entiendo por poema creado. Es un poema en el que cada parte constitutiva y todo el conjunto presentan un hecho nuevo, independiente... desligado de toda otra realidad que él mismo.

Considerando la literatura como Arte, en tanto creación pura-total, expresa: La historia del arte no es sino la historia de la evolución del hombre-espejo hacia el hombre-Dios. “Que el verso sea como una llave que abra mil puertas...”

El autor: su obra

Además de Altazor, poema cosmogónico que lleva al mayor de los límites los alcances imaginativos y los juegos verbales, Huidobro ha escrito un nutrido número de obras, entre las que figuran: Adán (1916-poemas) , El espejo de agua (1916-poemas), Horizont Carrié ( 1917-poemas), Tour Eiffel (1918) , Hallali (1918), Ecuatorial (1918), Poemas Árticos Manifiestos (1925), Mío Cid Campeador (1929), Cagliostro (1934).

Bajo las apariencias europeas de su poesía, la libertad y el inagotable espíritu de avance vital que nos transmite, ponen de manifiesto su americanidad ancha y virgen.

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PÁGINA Nº 18

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De verde

Por Olga Zamboni (Misiones) 

Que el verde es color de selva todos lo saben, aunque ahora casi no hay selvas en Misiones. Sólo pinos, plantados por la codicia y la imprudencia, pero el color aquel de selva virgen resplandece, flota como un eco perdido y a veces se plasma en visiones antojadizas. Verde de vida y brote verde, de los espacios altos donde una vez estuvieron encaramadas las orquídeas. Verde de ausencias.

Queda la bandera verde de los ecologistas y la mano verde del privilegiado que hace crecer todo vegetal o semilla que toca. Y en lo que a mí respecta, “Verde es mi color / color de verde luna es mi pasión”, solía cantar de chica luego de ver a un patinador errante que, de paso por el pueblo, se presentaba en música y giros a la concurrencia atónita.

La historia –o mejor: historias, en plural- que voy a contarles es de una variada policromía dentro del verde, pues me vino de diferentes bocas; con todo, creo que tienen contacto o en todo caso apuntan a lo mismo: el sentido profundo de ese color. Que, valga repetirlo, y esta vez sin canción, es el mío predilecto.

Vayamos por el principio.

Dos chicos, Paulina y Agustín, al dirigirse a la escuela bien temprano por la picada de varios kilómetros que los llevaba desde la colonia Sol de Mayo donde vivían, divisaron a lo lejos, delante de ellos, la silueta pequeñita de una nena. Les llamó la atención el color de su ropa, un vestidito verde, de un verde brillante, dijeron. Pensaron que sería la hija de los colonos recientemente instalados en la chacra del fondo. Esos gringos suelen usar ropas de telas raras traídas de Europa, dijeron, tal vez iba a inscribirse a la escuelita y sería una compañera más en el largo camino, pensaron. Corrieron tras ella pero no pudieron alcanzarla aunque usaron la mayor velocidad de sus piernas. La nena conservaba siempre la misma distancia y, lo que era sumamente extraño, se la veía de espaldas, sin darse vuelta para nada, aparentando una gran tranquilidad, como si anduviera de paseo. Agotados, los dos hermanos cayeron exhaustos al borde del camino, descansaron un rato. Al continuar la marcha no la vieron más. En la escuela no encontraron a ninguna niñita vestida de verde, dijeron. El suceso ocurrió por esa única vez. 

El otro testimonio fue el de un camionero, Dionisio, que con su gigante GMC arrastraba troncos de árboles centenarios y los llevaba al aserradero de los Kazuba. Una mañana –era también muy temprano- la vio. Al borde de la picada, a su izquierda, caminaba unos pocos metros más adelante. Brillaba su vestidito verde. Pero él de ropa femenina no sabía mucho así que no le llamó la atención especialmente. Pensó que sería una alumna, como era habitual cuando entraba al monte a esa hora, y se dispuso a portarla hasta la escuelita. Pero no pudo alcanzarla. El camión avanzaba, pero la niña siempre estaba a la misma distancia, caminando tranquilamente al parecer y sin darse vuelta. Así siguieron, hasta que en la curva que desembocaba en la escuela la perdió de vista. Le pareció algo extraño pero no dijo nada, hasta otro día, en que la insólita niñita volvió a aparecer, muy lejos de allí, en el corazón del monte, cuando estaba a punto de desembocar con su camión en el obraje. Pero esta vez fue una visión rápida, un fúlgido resplandor de esmeralda que se perdió entre el amontonamiento de rollizos que constituían el cementerio de la selva allí instalado. Preguntó a los peones pero no pudo obtener más que un silencio ceñudo. Ellos cuchicheaban entre sí, tal vez de otros asuntos, dijo. No volvió a verla. 

El tercero fue don Juan, pescador y yuyero, buscador de plantas silvestres, aunque él no vio niñita alguna, sólo el color –el verde- casi humanizándose en actitudes pescadoras. Amigo de andar por los arroyos, buscaba no sólo mojarritas sino también orquídeas para después venderlas a los turistas en la ruta. Un domingo de mañana en que pescaba sentado sobre una piedra, al borde del Tigre, vio a lo lejos lo que le pareció sería otro pescador, ya que divisaba la curva de una caña tendida. Una luz verde, que se le hizo era el rayo de sol filtrado entre la sombra, iluminaba lo que podría ser una figura. Empezó a caminar por el agua, saltando de piedra en piedra, buscando también helechos, que buen precio solían dar los puebleros por ellos, siempre que estuvieran lozanos. Tendría que apurarse y llevarlos antes de que se marchitaran. Pero caminaba y caminaba y la visión –en vez de acercarse- aparecía siempre a la misma distancia y en la misma apacible posición. Creyó estar mal de la vista. Qué voy a hacer, dijo, tendré que ir a hacerme ver, qué otra me queda, veo cada vez peor.

En un recodo en que debió salir a la orilla ya que el agua se había puesto más honda, lo perdió de vista. Dijo “lo”, porque el objeto o persona no pudo ser visualizado con claridad por don Juan. Esa vista me anda jodiendo, decía. Y nunca voy al oculista. 

María Josefa estaba arreglando las rosas de su jardín, que se ofrecían en colorido y aromas a la vista de los raros visitantes que pudieran asomarse a ese rincón de la colonia. Detrás de la casita de madera, negreaba el rozado reciente y la incipiente plantación. Esa tarde la mujer estaba contenta: sol radiante, pimpollos y brotes en las plantas, qué más podía pedir. Y ya vendría el hijo de la escuela, contento seguramente con su señorita, que el lunes último le había traído de Posadas los marcadores de colores con los que tanto había soñado. María Josefa sonrió con el recuerdo y miró hacia el rozado. A lo lejos, Pedro carpía arrimando tierra a las plantitas de yerba, tiernas aún. Entonces fue cuando un velo le nubló la vista, o eso al menos fue lo que le pareció. Una nube verdosa avanzaba delante de Pedro, al punto que se le perdía la visión del hombre agachado. La nube fue tomando forma humana, se achicó hasta convertirse en una niña que caminaba, enhiesta en su vestidito verde brillante, tan brillante que le dañaba los ojos. Los cerró. ¿Sería la hijita del vecino, el polaco que tenía su chacra a unos tres kilómetros de allí? Era el único poblador de la zona. No sabía que tenía una hija, pero, ¿qué otra explicación podría dar?  Cuando abrió los ojos, nada. Esta vista me anda jodiendo, pensó. 

Nunca se juntaron Paulina, Agustín, don Juan pescador, el camionero y María Josefa, pero sus historias circularon por el lugar en un radio muy amplio, nombrándolos a ellos como testigos.

Tuve la suerte de escuchar las distintas versiones de esta historia que sin muchos detalles, más bien en su esencia. He intentado reproducir aquí. Ninguno de los informantes pudo dar una explicación a estas visiones, ni a la coincidencia de que todas ellas ostentaban una característica común: el verde.

Iban vestidos de verde, el color de la selva, suponiendo que la selva aún pudiera existir por algún tiempo.

El color perdido, los árboles derribados, el clima verde húmedo desaparecido para siempre. Duendes selváticos, probablemente, vestían de verde los espacios-en-devastación, antes de desaparecer definitivamente, tragados por el afán desmesurado y depredador de los humanos.

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Ilse Nilsen 

Por Patricia Suárez (Buenos Aires)

 

Se llamaba Ilse Nilsen, aunque de nórdica apenas si le quedaba uno que otro gesto, y el cabello de ese rubio que hacía que las gentes se volvieran a su paso para preguntarse si en realidad no sería ella albina. Estaba sentada a la mesa del comedor, frente a su padre, que no le hablaba. El se llamaba Karl y su madre Brigitte. Ésta obligaba a Ilse a llamarla Brigitte y no mamá, al parecer debido a su juventud y a su coquetería. Sin embargo, Ilse había visto que otras niñas cuyas madres eran tan jóvenes como la suya, llamaban mamá a su madre. Brigitte no quería escuchar estas razones y al padre el asunto este le parecía muy chistoso. Una vez, como a los siete años, había oído a través de la puerta a su madre comentar a unas gentes que el nacimiento de Ilse había sido un parto trabajoso y largo, y que luego del puerperio y del dar de mamar casi se le habían quitado las ganas de vivir. Es muy difícil criar un niño cuando se tienen dicienueve años, se excusó, tanto que es fácilmente comprensible el por qué algunas parturientas desean asesinar a sus bebés o, si no se los impiden a tiempo, los asesinan. Las gentes que estaban con su madre reunidas la habían festejado con una risa que a Ilse le pareció antojadiza y biliosa; y su tía Elisabet, de haberle ella contado lo que había hecho, habría dicho que quien escucha escondido detrás de las puertas oye lo que se merece. Su tía Elisabet y su tía Karin estaban desempacando las valijas para pasar unas semanas con ellos en la Argentina; después se llevarían a Ilse a Oslo. Ilse preguntó esa mañana a su padre cuánto tiempo pasaría ella en Oslo, pero el padre no se había dignado a contestarle o tal vez no la había escuchado. (Quizá el padre esperaba que ella se pasara el resto de su vida en Oslo). Era una pena, porque ella hablaba ahora el castellano a la perfección, aunque seguía pensando el mundo en noruego. ¿En qué lengua pensaría su padre el mundo? ¿Le sucedería como a ella? El padre había contratado a un chico, Sergio, que vivía pasando el Saladillo, y que iba todas las mañanas y le hacía practicar el castellano. Estaban en Argentina desde hacía cinco años, y ella pudo escribir sus primeras palabras a los seis años tanto en noruego como en español. Ahora estaban leyendo un libro que se llamaba "Príncipe y mendigo"; Sergio siempre estaba trayendo algún libro y haciéndoselo leer. Le gustaba estar con Sergio. A la madre le había dado últimamente el berretín de que Ilse debía aprender también el inglés, y que ella se lo enseñaría, puesto que lo dominaba a la perfección desde la infancia. Incluso consultó esta idea con Sergio, quien lo tomó con bastante indiferencia, ya que no podía dilucidar si esta idea significaba o no su despido de la casa. Cada vez que Sergio se marchaba, la madre lo acompañaba hasta el umbral de la puerta, y permanecía allí, estática, como un prisma de hielo atravesado por el rayo de una luz subtropical que generara en ella siete turbios colores. Pero la novia de Sergio se llamaba Laura Kretz. El padre, sin embargo, obligó a la madre a descansar mientras estuviera panzona y recién luego, cuando se hallara menos atareada, podría enseñar a Ilse el inglés. No fuera a ser cosa que se desgraciara el parto y el puerperio y se repitiera la historia que con el nacimiento de Ilse. El padre estaba enamorado de la madre. Le llevaba casi veinte años y nunca tomaba en serio nada de lo que la madre decía ni sus enojos. Una vez Ilse los había visto hacer el amor de pie, muy tarde en la noche, en un recodo de la galería. La madre se estaba quieta y blanca como una cala que pudiera suspirar y el padre le robaba el aire con sus besos. Pero sus sombras en la pared eran como la de un lobo parado en dos patas, aullando y con un conejo entre las fauces. Sus tías entraron en ese momento al comedor, la tía pequeña le acarició la cabeza. Su madre no quería a la tía pequeña, que en realidad era mucho mayor que ella, porque decía que había quedado loca de una insolación en unas vacaciones en China y hacía cosas impredecibles. Esto no era cierto: la tía Karin nunca había estando en China, aclaraba el padre, no obstante la madre acusaba a la tía pequeña de llevar una vida secreta que hasta los propios hermanos desconocían. Pero Ilse pensaba: ¿cómo pueden las gentes irse a China sin que otros lo sepan? La tía Karin siempre llevaba pastillas y chocolates con menta en los bolsillos y en ese momento la convidó con uno. La tía Elisabet puso su ajada mano de pájaro sobre el hombro del padre. Cruzaron unas rápidas palabras en noruego, porque suponían que a Ilse le costaría entenderlos, como si alguien pudiera olvidarse la lengua con que piensa el mundo y dice su propio nombre. La tía mayor había preguntado cómo se encontraba Brigitte y el padre había dicho que al cuidado de una enfermera, ya fuera de peligro y que se estaba reponiendo. La madre era fuerte como un olmo, su único problema era que se cansaba con facilidad y le surgían ojeras violetas debajo de los ojos, era un cansancio como un aburrimiento, igual que cuando llueve varios días seguidos en el verano. Había hecho una lista, la madre, de la que había elegido: Max si era niño, Ida o Margit o Marjorit si era niña. Pidió la opinión de Ilse y ella respondió que Anders era mejor para un niño que cualquier otro nombre -no podía explicar por qué pensaba tal cosa-, y que Ida le caía en gracia más que Margit porque le recordaba a la pequeña Ida del cuento de hadas, la que tiene siete hermanos que son gansos salvajes. Después preguntó a su madre si permitiría al niño o niña llamarla mamá en vez de Brigitte, pero la madre no le contestó. Había leído una cantidad inmensa de cuentos de hadas cuando era un poco más pequeña, de unos libros con dibujos que traía Sergio de una biblioteca municipal y que le leía en voz alta. Sergio tenía una hermosa voz pausada, y al leer, le daba a cada personaje una entonación diferente, acentos e inflexiones. Su tía pequeña había expresado a su padre que lo sucedido no era más que una niñería, que no había que darle importancia, que le había venido a Ilse la ocurrencia precisamente tras haber leído tantos cuentos de hadas. ¿No había pasado algo así en la Bella Durmiente? (La tía Karin quería decir en Blancanieves). Lo mismo que esa vez (la tía pequeña lo sabía por las cartas) en que Ilse había persistido en la tonta fantasía de que si se vestía con su ropita de los dos años no iba a crecer jamás, que la ropita iba a ser como un cerco para el paso del tiempo, y luego tuvo aquella crisis cuando reventó el vestido con los ositos y los botones saltaron por el aire y ya no los encontraron ni debajo de las camas. (¿Cómo llegó a saber la tía Karin que los botones saltaron por el aire?) También la tía Elisabet achacó la culpa a cómo afectan la imaginación los cuentos para niños y a la falta de control del padre y de Brigitte sobre el material que este muchacho argentino traía para su lectura. Ilse se preguntó trágicamente: ¿podía haber algo verdaderamente maligno en "Los tres cerditos", "Salchichita y Salchichón" o "El Sastrecillo valiente"? En aquella época en que Sergio traía estos libros, ella solía apenarse de que hubiera luego que devolverlos a una biblioteca. Entonces su padre le había prometido que en cuanto fuera mayor le enseñaría a tomarse el ómnibus y la dejaría ir al centro sola a comprarse libros. Tenía una alcancía de cerámica en la que echaba las monedas plateadas y doradas a la vez de un peso argentino que le regalaba su padre o su madre en días especiales; fue la que rompió para sacar de ahí el dinero para comprar las peras al caramelo y lo otro. También tenía una mensualidad, que su padre depositaba puntualmente en una caja de ahorros a su nombre en un banco de Oslo, para cuando ella fuera mayor y decidiera qué cosa estudiar en la universidad y en cuál país vivir. Ella no lo tenía todavía decidido; ella tenía nueve años y cuando caía una de esas tormentas con rayos y truenos aun le parecía ver sombras de brujas montadas en sus escobas atravesando el cielo. La tía Elisabet le dijo que allá en Noruega la esperaba Azul, un caballito que tenía la familia y que ella podría cabalgar a su antojo. La tía Karin le contó que allá la Reina Sonia era plebeya cuando se casó con el rey, una historia al estilo de Ricitos de Oro (la tía Karin quiso decir Cenicienta), y que el Príncipe Haakon se había casado también con una mujer plebeya, Marit, y que la iglesia fue decorada con diez mil rosas rojas. Las tías de Ilse habían asistido a la boda, y habían visto de cerca al niño que la futura princesa había tenido de soltera con otro hombre cualquiera al que conoció en una fiesta. El niño se llamaba Marius. Ilse no comprendió nada de todo esto: una princesa que había tenido un niño no con el Príncipe si no con otro hombre al que conoció en una fiesta, algo inexplicable. El padre ordenó a sus hermanas que se callaran, y sus hermanas lo obedecieron. Las hermanas, como zumbando, consolaron al padre diciendo que la juventud de Brigitte la hacía capaz de traer al mundo todavía veinte hijos, si así lo que quería; que no debía él amargarse. Luego, la tía Karin, suavemente, preguntó a Ilse si conocía la canción en la que el junquillo se enamora del sauce, e Ilse negó con la cabeza. Ahora, explicó la tía pequeña, no la recordaba exactamente, pero en Oslo ellas tenían la canción grabada en un disco por unos niños cantores muy simpáticos y allí aparecía bien claro el relato de cómo el junquillo elige como amante al sauce a pesar de estar indeciso entre dos o tres pretendientes, nada más que para no quedarse solo como un estúpido mirando la estrella de la Osa Polar en el cielo. La tía Karin preguntó a la tía Elisabet con los ojos si era efectivamente así la canción y la tía Elisabet dijo que no lo sabía, que la única canción que recordaba en este instante era sobre la solterona despechada que corta su corazón en trozos y se lo da a comer a un gato miserable. El padre reprendió a la tía mayor por venir con estos cuentos que a la larga traían más mal que bien, si no es que el mal estaba en realidad en la herencia, y con estas palabras dirigió una mirada torva a la tía Karin. El padre sugirió que salieran las tres al parquecito, donde Ilse podría enseñarles las especies de árboles y de flores tan particulares que crecen en la Argentina y que ellos cultivaban gracias a los buenos oficios de un jardinero chaqueño. Las tres salieron inmediatamente, no sin que antes la tía pequeña se calzara un sombrero de paja de ala muy ancha para proteger su rostro del sol que en ese clima (lo mismo que un sol chino) le hacía salir pecas en la piel. Caminaban por el senderito de piedras rojas, e Ilse iba enumerando un poco en español y otro en noruego, cuando había traducción, las clases de flores: achira, rosa china, jazmín del Paraguay, hortensia, madreselva, Santa Rita. Ninguna de las tías le preguntó sobre la sustancia con que había ungido las peras ni cuándo fue el momento en que su madre, para su propio pesar, las había mordido. 

 

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PÁGINA Nº 20 – POETAS OLVIDADOS

Ana Hilda Quinodoz de Villanueva. 

Por Manuel Bande (Santa Fe) 

Podemos decir que Ana Hilda Quinodoz de Villanueva fue una poetisa santafesina. Advenimiento de la lluvia: Negras nubes se mueven con lentitud de siglos, / abultadas por el cercano alumbramiento. / Quieta como el agua está la noche, / rasgan el cielo a cuchilladas / relámpagos de acero. // Un gemido largo / atraviesa el silencio. // Sonoras caen las primeras gotas, / un olor mojado sube al viento. / La lluvia lava el corazón del hombre / y se hunde en la tierra seca y apagada. / El hombre se santigua y llora / con un llanto sedoso de niño / que ha encontrado consuelo. // Sueña con espigas celebrantes. // La lluvia canta.

Aunque nació en Nogoyá, Entre Ríos, el 19 de agosto de 1927, casi toda su vida y su obra se desarrolló en Santa Fe, donde integró la Comisión Directiva de la Asociación Santafesina de Escritores. Los zapatos quedaron en el muelle: El espigón comido por las olas / tiende sobre el mar / sus ojos grises, / ahuecados de espera. / La bruma inmóvil / lo semeja / a un distante pájaro borroso. / Un rayo de sol / triste / le calienta las plumas / y abriendo con su puñal las aguas / se le aferra a los pies / de espuma y piedra. / Un ulular de voces / que se fueron / lo despiertan temprano en las auroras / para recordarle un barco / que iba sin capitán una mañana. / Aguarda bajo la niebla azul que lo corroe. / Tiene las plantas frías, / deshechas las sandalias, / agrietadas las viejas vestiduras. / Por un camino áspero y mojado / ella pasó / con la mirada ausente / un despertar de octubre. / Era el vestido blanco. / Los zapatos / quedaron en el muelle.

Parte de su producción literaria fue publicada por el Rotary Club de Santa Fe en los años 1962, 1983 y 1986. Y con ella obtuvo el Primer Premio y la Primera mención en el Concurso Nacional de Servicios Sociales para Jubilados en 1984, una Mención para Cuentos Infantiles en el Certamen organizado por Canal 13 de Santa Fe en 1984, de la Sociedad Argentina de Escritores en poesía en 1984, de la Asociación Santafesina de Escritores por su poemario "Campanas", además de otros premios alcanzados a través de concursos organizados por PAMI en 1985 y 1986, del Segundo Premio y publicación del libro "Cuentos y Poemas de Autores Argentinos” en edición auspiciada por la Dirección de Cultura y Educación de la Municipalidad de Ayacucho, Buenos Aires en los años 1986 y 1987 y la publicación de su libro “San Benito, mi ángel rubio" por la Editorial Entre Ríos en 1988. El secreto del viento: Hay un jardín donde el viento / demora sus pisadas / para escucharte,/ para oírte jugar entre amapolas / y espigas perfumadas./ Se le escapa la prisa / cuando entra a tus regiones./ Quiero inclinar su cuerpo inhabitado / para que tú lo habites / y le digas las palabras./ Las últimas palabras / que dijiste esa mañana / cuando partiste tan temprano./ Cuando lo sepa / echará a volar con su secreto / hasta encontrar el borde / de las lágrimas que esperan / para decir que la palabra / fue tu nombre.

Integró numerosas antologías y publicó trabajos en Santa Fe, Santiago del Estero y Entre Ríos. Sus trabajos fueron publicados en nuestra Gaceta Literaria, en el Diario El Litoral, La Opinión de Rafaela, El Liberal de Santiago del Estero y en periódicos de Nogoyá y Victoria de su provincia natal.

Me uno al grito universal: Asoma la luz./ Recuesta su frente sobre el mundo. / La luna es un arco desvaído / que se apaga entre celajes rosas. / Las hojas de los árboles / son alas de plata que murmuran. / En la calle, los pasos se disuelven en las sombras. / Se multiplican y crecen los sonidos. / Avanza el día como un tren cargado / con estrellas. / Con su estrépito / va abriendo corredores, / estremeciendo los durmientes / de los montes / que sueñan despiertos. / Los pájaros ensayan partituras. / Me uno al grito universal. / Nace el poema.

Falleció en Santa Fe el 18 de agosto de 1988.

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PÁGINA Nº 21  

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Así de breve. 

Por Miguel Ángel Gavilán (Santa Fe)

Inicio aquí mi historia, la que será breve como el vuelo de los pájaros. Quizás porque se ha quedado en eso, sin tener más pretensiones que ser la breve historia de Milagros Noguera.

Yo, Milagros Noguera, nací y morí la misma mañana en que Ignacio se fue. Todavía llevo la imagen de su partida barnizada por la tierra del camino y por el apuro de levantar los ojos para terminarlo de ver. Desde allí supe, por las piedras, que ni el tiempo, ni el olor de las tunas maduras me lo traerían. El camino me confesó también que estaría lejos en cuanto yo cerrara los ojos para lavar su recuerdo y dejarlo como nuevo.

Antes fuimos felices. Antes íbamos a la feria y había guirnaldas de colores sostenidas entre el cielo y nuestras cabezas. La gente nos llamaba por nuestro nombre y no nos avergonzábamos porque la vergüenza era para los clandestinos.

Nosotros estábamos juntos. Habíamos sido felices. El campo era una cueva de eucaliptus y gramilla que nos protegía de la luz del sol y de la soledad verde en el pecho.

Fue una mañana sin ruidos y con flores recién abiertas que yo lo vi. Ignacio venía de un viaje con los del circo y su tropilla de caballos. Formaban una caravana. Las mujeres tenían vestidos largos. Los hombres, sobre las monturas o a pie, marcaban la velocidad y el ritmo del paso. Al llegar a mi casa, no pensé que se quedarían. Lo supe después, cuando apoyaron los baúles cerca del granero y me dijeron: "Nos quedamos unos días".

Yo era sola. Vivía con mi madre pero ella se murió. Me quedé con su ropa y con la casa. Ya eran mías, pero se volvieron más mías cuando puse a mi madre bajo la tierra, envuelta en una sábana blanca porque hacía calor. Mi abuela me hablaba de que los muertos sudan un agua gris hasta que se mueren del todo. No quería que ella estuviera incómoda entre las raíces y los gusanos. Por eso la enterré con la sábana sola y los ojos abiertos para que me pudiera ver desde la fosa, cada noche mientras le rezaba. Mi abuela decía que los muertos se vuelven santos cuando están muertos y que hay que rezarles para contentarlos. Yo también vivía sola cuando llegaron ellos. Los dejé quedarse porque eran gente rara. Había algunos que hacían piruetas y lanzaban al aire botellas de madera sin que éstas cayeran al suelo.

Ignacio podía saltar muy alto. Un día aflojó una teja  al caer, de un solo salto, sobre el techo. Tenía una sonrisa sin apuro dibujada en la boca. Me invitó a bailar. Las noches suelen ser hermosas por esta región. Cantaban canciones en muchos idiomas y bailaban todos haciendo sonar tambores y flautas de caña. El aire de mi casa cambió, de pronto. No me dolía más la ropa de batista, ni la pintura roja que borraba a mis labios por miedo a la frialdad plateada de los espejos. La soledad no era más ese rumor hueco, perforando el medio del día o de la noche. Aquí una sale al campo y no encuentra otra cosa que la largura del cielo y la porosidad de la tierra.

Ellos bailaban. Me ponían collares con cuentas de vidrio y me dedicaban trucos en los que desaparecían vasos verdes o rojos y pañuelos. Ignacio, no. Ignacio dormía en mi cama. Todas las noches. Guardé la colcha violeta por él. Por él también, porque me lo pidió, corté las flores de los cactus para los floreros vacíos y para las fotos enmarcadas.

Él me bañaba de perfume con el canto del gallo y me trenzaba el pelo. Fuimos felices hasta que ellos se fueron. Guardaron sus instrumentos en las alforjas y se diluyeron de mi ventana junto con las carpas, los faroles apagados, los niños que corrían empujados por el viento.

Se fueron los otros. Ignacio se quedó. No sintió dejar a su gente por mí. Yo le había prometido la paz de un techo seguro. Lo quería para que me tapara ese aire del sur que levanta las cobijas a la noche o que hace bramar las ventanas y los escapularios de la cómoda.

Tuve conciencia de que no me quería por sus caricias rápidas. Por eso y porque no se daba cuenta del vestido azul que me ponía para rellenarle los ojos conmigo. Mentía bien cuando salíamos al baile. Nadie más que yo tenía claro que me iba odiando despacio. Tampoco lo conté. Quizás porque su odio me hacía saber que estaba acompañada.

Nunca se fue, hasta que lo vi perderse por el mismo camino que me lo trajo. Todavía puedo ver si me lo propongo, esa tierra pegajosa que se levanta al pasar un animal. La noche anterior ya no hablábamos. Estábamos cansados de no hacerlo. Junto al fuego, en la cocina, la saliva nos sobraba en la boca de no usarla. No tenía ni esperanzas de decirle nada. El ruido de los platos sobre la mesa se precipitaba ocupando todo el espacio, haciéndose lugar en el silencio nuestro. La gente como nosotros sabemos callar mucho, hasta que nos duele la lengua.

Al servirle la comida, detrás del humo, se le vieron los ojos. Me miró como lo hacía cuando se enojaba pero no le hice caso. Comimos un guiso hecho de un arroz que brillaba con la luz del sol atardecido. Me acuerdo. Cuando cortaba la cebolla bien fina y los pimientos, la luz rosada le daba a los granos un reflejo suave, amarillo. La abuela me decía que los condimentos deben ponerse a lo último. Ni antes ni después. Que deben ser frescos, que no se tienen que marchitar. 

Nos habíamos cansado. Demasiados meses sin extrañarnos. Eso pensaba. Los tomillos estaban marchitos y el orégano también. Ignacio llegó del campo y no quise mirarlo para que no me viera. Se me acercó durante las horas que siguieron pero yo le hice creer que no lo veía. Era mejor así. Quise acordarme de los días en los que llegó. La primera noche entró en mi casa. Yo había cargado la palangana de losa con agua fresca para lavarle la tierra de los saltos y esas cosas que no gustan en la cama. Al entrar se quitó el cinto de cuero y se desabotonó la camisa hasta la mitad. Tenía un vello oscuro, igual que los hombres que luchaban en las épocas de mi abuela, antes de mi nacimiento. Mientras se lavaba, miró los retratos y se le armó una sonrisa en la boca. Se burlaba de lo mío. Lo dejé. Para que pelear en la primera noche.

Las hierbas triangulares tienen buen sabor. Los pájaros las comen. Yo no las probé. Ignacio, sí. Antes de ir a la cama dijo que el guiso no estaba mal. Ahí casi me arrepiento de dejarlo ir. Al dar vuelta la cara y ver la casa vacía como quedaría otra vez, me entraron intenciones de abrir la puerta de la habitación y abrazarlo fuerte. De decirle todo hasta lo último, que queda hecho borra en el pecho. Hasta abrí los ojos y la boca para hablarle pero no pude. Volví a dejar los dedos donde estaban, al costado del plato y del guiso humeante.

Él se fue. Yo me senté en uno de los escalones y comencé a escribir mi historia. Milagros Noguera. Esa era yo. También era la madera de mi casa, el polvo del camino. Era la cruz de la tumba de mi madre, las piedras, los pliegues del agua.

La noche antes no durmió bien. A su lado, en la misma cama, lo sentí moverse, plegar las piernas como si algo le doliera. Lo sentí incómodo, sin sueño. Hasta el amanecer no descansó bien. Cuando el sol estuvo alto, recién se durmió. Me dí cuenta porque el calor pegaba en los cactus. Corrió un viento fuerte que le agitó el flequillo.

Yo vestí, con las ropas de la primera noche, a aquel hombre que no renunció odiarme, hasta que se lo tragó la distancia. Yo le ordené los cabellos. Yo lo besé y me subí a una silla para ponerlo sobre el lomo del caballo que había ensillado.

Todo eso es mío. Lo conservo para mí, a pesar de esta procesión fastidiosa de remover la memoria del último día. A pesar de los días que seguirán a esta confesión única, porque me pertenece, desde todos los dolores, para siempre.

Las hierbas triangulares siguieron creciendo frente a mi casa. No me animé a cortarlas. El veneno de sus hojas me recordaba las palabras de mi abuela, las recomendaciones sobre su buen sabor engañoso y sus recetas de cocina. Me traía el paso de un hombre, el único, por esta mi piel de Milagros Noguera. El paso de quien, sin querer, había iniciado esta historia mía, que sería tan breve como el vuelo de los pájaros. 

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PÁGINA Nº 22

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El rayador

Por Luz Mariel Ades (Buenos Aires) 

Estábamos en casa, como tantas tardes provincianas. Jugar a la hora de la siesta era casi un pecado en el barrio en el que vivíamos. Ni las moscas se atrevían a volar por las cuadras desoladas y tranquilas de Ribera. Con la mirada fija en el televisor blanco y negro, mi mente vagaba afuera en la vereda. Imaginaba los miles de colores que tendrían las mariposas a esa hora, cuando nadie las veía.

Mamá estaba sentada en el sillón. Se apuraba a terminar de coser el pantalón de papá, el ruedo se había soltado mientras lo lavaba y el delito sería imperdonable si no lograba solucionarlo antes de que llegara.

Por suerte, él trabajaba hasta tarde, así que mamá y yo teníamos tiempo de sobra para hacer lo que quisiéramos sin sufrir sus gritos y resoplos detrás de cada una de nuestras palabras. Durante mi infancia, pensaba que eso era amor. Someterse a la mirada del otro, acatar las órdenes pretendiendo cariño, caminar sigilosamente para no despertar la conciencia ajena... ¡qué épocas entretenidas!

Yo enhebraba las agujas, para apurar el trámite. Y ese día, hicimos a tiempo. Papá llegó cansado y se tiró como un bolsa de papas sobre el colchón. Desde el cuarto le gritó a mamá que hiciera la cena. “Yo me voy a bañar y después como”. Jamás nos incluía en las frases cotidianas; tampoco en las actividades extras como los viajes a otros pueblos que no conocí. Mamá se sentó a la mesa de la cocina y llevó unas cuantas zanahorias que había pelado en la mañana. Yo la seguía de cerca, me gustaba sentir el perfume que su ropa exudaba con cada movimiento. La carne estaba casi lista en el horno y la cara de mamá se veía cansada, cansada como nunca. Apoyó el rayador en diagonal sobre el plato y, con los ojos apuntando hacia arriba, empezó a rayar las zanahorias. Cuando ya iba por la mitad, y las manos empezaban a ponérsele rojas, escuché con las cejas levantadas que papá gritaba desde el cuarto: “¿Puede tardar tanto una cena de mierda?”. A mamá se le llenaron de agua las pestañas, seguía rayando sin darse cuenta, con fuerza, con bronca. “Mamá, te estás rayando los nudillos”. Yo lloraba. Ella no sabía. Ya tenía los dedos ensangrentados pero insistía sin oír mis reclamos. “Mamá, te estás lastimando”, me acerqué para intentar separarla del plato. Era inútil.

Me quedé sentada al lado, viendo como las manos se le deshacían, como fue rayando de a poco cada centímetro de su brazo, de su cuerpo, de ella. Se rayó toda, y desapareció enfrente mío. Papá se acercó al rato. “¿Dónde está tu madre?” me preguntó. “Salió a comprar. Te dejó una ensalada”

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PÁGINA Nº 23 – POETAS LATINOAMERICANOS

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Equis 

Este poema se deshace,

se desgaja en los pliegues del silencio

lentamente

intentando asirse al verbo,

a la sintaxis de tu ausencia

a un adjetivo que no existe.

Este poema se rompe:

Acaba de parir otro poema.

Se vacía de la forma

y al fondo está el pronombre.

Mi corazón se muere de la risa

cuando me ve llorar.

Éste no es un poema.

Esto no es un poema.

Es un trozo incompleto del abismo,

un simulacro de fuga,

pura gimnasia cerebral,

todos los puntos suspensivos... 

Jessica Freudenthal Obando(Bolivia) 

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Las muchachas sencillas 

Las muchachas sencillas

dudan que el mundo sea un balneario para lograr bronceados excitantes y

exhibirse como carne en la parrilla de una hostería al aire libre.

Las muchachas sencillas

no cultivan el arte de reptar hacia la fama

ni confunden a las personas con peldaños

ni practican ocios ni negocios

ni firman con el trasero contratos millonarios.

Las muchachas sencillas

estudian en liceos con goteras, trabajan en industrias y oficinas, rehuyen

las rodillas del gerente, hacen el amor con Luis González

en hoteles, en carpas, en cerros, en lugares sencillos.

Las muchachas sencillas

se convierten en madres, en esposas sencillas, luchan largos años como sin

darse cuenta, llenándose de canas, de várices y nietos. Y cuando abandonan

este mundo dejan por todo recuerdo sus miradas en fotos arrugadas y

sencillas. 

Eduardo Llanos (Chile)

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Cortesana

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Soy la mujer que duerme en la jaula con los leones

al meterse el sol.

Carne cruda como de sus pestilentes fauces

lamo sus recovecos denigrantes

y sin importarles,

prueban cada mes mi sangre. 

Me he dejado ultrajar por conveniencia,

soy mansa por una retribución,

Abro mis posiciones

para conseguir prodigios mayores,

mejores pagas. 

Todas las noches meto al sol en mi cama

y caliento deshilachados cuerpos.

A veces suplico ternura desde el fondo de mi alma,

desde el encierro de mi jaula

repleta de vacíos inconmensurables,

pero ellos no escuchan. 

El mundo me desprecia,

yo lo ignoro.

Vivo para alimentar a las bestias

con mi carne,

soy libre de volar si quisiera,

de escapar,

mas no tengo a donde ir...

Pertenezco a esta jaula. 

Lina Zerón (México) 

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Diario para vivir 

Por qué hoy, señores, no hablamos

de la política de los besos en otoño,

de la economía de la nostalgia en tiempos de crisis,

del deporte de la dicha cuando llueve,

del arte de los amarillos en lo negro de la jornada,

del suceso simple de una flor que recibe picaflores,

de la vida que comienza y termina en dos cuerpos desnudos,

de la escena donde nunca bosteza la primavera,

del país que, aunque a mano, tenemos que aún levantar,

del editorial que elogie los nacimientos del día,

de la columna que relate cómo se construye un sueño,

del balcón que deje posar palomas y no viejas decrépitas,

del breve que sea un largo poema a la inocencia

y del suplemento que solo tenga artículos sobre jazmines. 

Mario Rubén Álvarez (Paraguay)

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V

No vimos los ángeles

pero los sellos se abrieron

nos escondemos

no queremos creer

el asombro es tanto

Cantan su canción

los hombres azules

sueñan sinsentido

los niños sin sueños

árboles y carteles

profetas, adivinos

ombligos perdidos

se vanen el agua del río

en el viento norte. 

Cae sobre los hombres

el noticiero

de las doce y media

se pierde la siembra

de maíz y soja

los violadores del amor

andan sueltos

y la desesperación

ya no tiene nombre

no tiene nombre. 

A la buena de Dios andan los ángeles

andan los pecadores

y por piedad o miseria humana

entre tal desatino

y la taza de café

pierdo la compostura

me saco la decencia

me instalo sobre tu cuerpo

y ayudo a tus espermatozoides

a morir en vano.

 Amanda Pedrozo (Paraguay) 

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Sucede 

estar en la cuerda floja

es a veces una virtud

la duda llevada

hasta las carpas de oxígeno 

a vuelo de pájaro

a veces el circuito abierto

            el salto

            la  metáfora

aunque aceche acose

aunque espante 

Sylvia Riestra(Uruguay) 

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PÁGINA Nº 24 – NOTAS DE PARÍS

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Paul Valéry, o el lirismo del intelecto.

A 60 años de su muerte

Por Irma Bignon

“Lo que más me ha impresionado en el mundo, es que nadie va jamás hasta el final”.  (Carta a André Gide, 10 de noviembre de 1894).

“Rechazo todas las mentiras intelectuales y no me satisface usar una ‘palabra’ en lugar de un ‘poder real’.  Mi naturaleza tiene horror a lo vago. Siempre he detestado a la gente que no prueba nada. Odio la falta de verdad en las opiniones y hasta aún en las convicciones, porque todo eso va contra el espíritu, el que no concibo sino en estado puro, libre y riguroso”.  (Carta a André Lebey, 1920).

“Los acontecimientos me aburren. Me dicen: ‘¡qué época interesante!’. Y respondo: los acontecimientos son la espuma de las cosas.  Pero es el mar el que me interesa. Es en el mar en donde se pesca; es sobre él que se navega; es en él donde uno se zambulle... ¿Pero la espuma...?”  (Carta a Pierre Louÿs). 

Después de leer los fragmentos de estas cartas, donde afloran algunos pensamientos esenciales de Valéry, podemos acercarnos a su vida.

Paul-Ambroise Valéry nace el 30 de octubre de 1871 en Sète, ciudad de cuyo encanto marino y mediterráneo lo seduce profundamente. Cuando niño dibuja, colorea, interroga los objetos; busca la luz múltiple. Cuando joven, Baudelaire lo conquista.  Y también alguno de los poemas secretos en los que se impone la gloria solitaria de Mallarmé.  Y termina por encontrar a Gide.

Luego de una crisis sentimental, decide renuncian a la creación literaria para consagrarse a los valores que considera de mayor importancia: el conocimiento de sí mismo, el rigor y la sinceridad de pensamiento. Vive su tiempo como si hubiera querido vivir por encima de su tiempo.

En 1894, soñando con una carrera administrativa, se instala en París, retirándose al “claustro del intelecto”, como lo llaman sus amigos.  Es un cuarto austero, amueblado con un pizarrón siempre cubierto de cálculos, reanudando así su relación con las matemáticas, a las que considera un entretenimiento del espíritu.

En lo sucesivo, Valéry ya está preparado para escribir una obra bella, arquitecturada, sometida al rigor del pensamiento como a la exactitud de la forma. Y su primer ensayo es, precisamente, “Introducción al método de Leonardo da Vinci” (1895).  De esta manera confirma el apego al gran italiano cuyo nombre le hace recordar la virtud de una meditación de estética pura.  Publica dos ensayos más: “La tertulia de M. Teste” (1896) y “Una conquista metódica” (1924), donde predice la expansión sistemática de la economía alemana.

El poeta que dormita en él se despierta por fin y su vida comienza a transcurrir en un mundo puramente lírico e intelectual.  En 1917, a instigación de André Gide y de Gaston Gallimard publica el poema “La joven parca”, cuyo éxito es inmediato. De 1918 a 1922, con una facilidad sorprendente, compone nuevos poemas, como el famoso “Cementerio marino”.

En 1923 reúne su extensa obra poética y la titula “Charmes”, de “carmina” en latín, refiriéndose a una suerte de sortilegio, fórmula mágica, conductores del canto poético.En cada poema que escribe estalla el gran conflicto entre su espíritu lúcido y su inquieta sensibilidad. Así es como, en su “joven parca”, se evidencia la conciliación entre el azar mental (imaginación, instinto, sueño, pasión) y la inteligencia, la que se despega temblorosamente de su carne ante la luz del amanecer.

El tormento de Valéry se profundiza al concebir al nuevo y largo poema “El cementerio marino”, que compone con suma lentitud, casi febrilmente, jamás satisfecho, buscando nuevas combinaciones de expresión, queriendo reunir un monólogo de su yo con los temas de su vida afectiva e intelectual. Desde la primera estrofa, el poeta se ubica frente a la vida y la muerte. Pasa horas contemplando el cementerio de Sète que domina el mar, con voluptuosidad y una dilección que se torna cada vez más intelectual:

“Compuesto de oro, de piedras y de árboles sombríos, donde tanto mármol tiembla sobre tanta sombra; el mar fiel duerme allí sobre mis tumbas... ”

El mar es la calma de los dioses, siempre mutante, siempre lista para recomenzar; las olas se anulan en forma perpetua para desaparecer en la orilla. Riqueza del agua, riqueza del yo; unidad del agua, unidad del yo; persistencia del agua, persistencia del yo.  El mar que siempre recomienza y el yo que no cesa de ser.

Desde 1925, año en que es recibido en la Academia Francesa, Valéry acumula cargos y distinciones.

La muerte del escritor ocurrida en 1945 marca el final de una generación literaria. Pero un acontecimiento sorprendente hace que su nombre salga nuevamente a escena: deja una cantidad tan grande de notas que nos damos cuenta de que ha escrito más que Balzac.

Durante años, cada mañana desde el alba, y durante muchas horas, escribe sus reflexiones, que son testigos de sus temas preferidos: el lenguaje, la sicología, la creación poética, el tiempo, el destino de las civilizaciones, la historia, el arte, el cálculo y la acción regulada de las cosas, cubriendo con su fina escritura 257 cuadernos.

Este año, en París, (a 60 años de su muerte) se publican 2 tomos más de los “Cuadernos de Valéry”, bajo la responsabilidad especial de Ediciones Gallimard. Haciendo un culto del yo, en estas notas practica la auto - observación y coloca su propio espíritu sobre la lupa del intelecto para observar su pensar.  Las páginas están ilustradas con sus dibujos: una cabeza de mujer, un pez, un paisaje desolado, números, formas geométricas.

Todo es una continuidad de rigor lógico en la obra de nuestro escritor: desde “M. Teste” a “El cementerio marino”, de “Narciso” a “La joven parca”, de “Método de Leonardo da Vinci” a “Eupalino o el arquitecto”, en esta forma hasta llegar a los “Cuadernos”.

Como ensayista, Valéry enuncia y analiza con lucidez, inteligencia y una constante fuerza de expresión, las condiciones de toda actividad mental.  Poco sensible a la influencia de las principales filosofías modernas (post-hegelianas y dialécticas, o bien fenomenológicas, aunque se encuentra muy cerca de ciertos temas husserlianos), se deja influenciar por el pensamiento bergsoniano, inclinándose al sicologismo.

Valéry ocupa, sobre todo por sus “Cuadernos”, un lugar eminente en la filosofía del lenguaje y en la teoría literaria, así como en epistemología.

El conjunto poesía-prosa de su obra presenta una notable unidad: se afirma como una búsqueda inagotable del yo. Su vida se resume en un andar tras el encuentro del “Espíritu”, ese “inagotable creador y transformador universal”.

Su último escrito en las hojas de “Cuadernos” data de mayo de 1945. Es “El Ángel”, un poema en prosa que traduce la emoción del intelecto brillantemente razonado de un hombre frente a su destino, en el momento preciso de su muerte. El poeta resuelve la situación del ser humano en calidad de individuo, concluyendo su último cuaderno de esta manera: “Durante una eternidad no he cesado de investigar y de no comprender. Era el ruego de la tristeza. Y de verdad, podemos llegar a descubrir la condición humana, conocer hacia donde vamos irrefutablemente, es decir hacia una muerte que es incomprensible, igual que la vida...”

Ese mismo año muere y es inhumado en Sète, según su voluntad, en el cementerio marino que él inmortalizó.

Gaceta Literaria de Santa Fe Nº 126 - Invierno de 2005

Gaceta Literaria de Santa Fe Nº 126 - Invierno de 2005

Homenaje a la obra de: Giorgio De Chiricco

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PÁGINA EDITORIAL

Acerca de la lectura. 

“…no hay peor violencia cultural

que el embrutecimiento que se produce cuando no se lee.”

Mempo Giardinelli   

El vergonzoso producto cultural reproducido por la televisión a través de sus programas de mayor audiencia expone sin ambigüedades la media cultural argentina a los ojos del mundo. Resulta evidente que, en alguna encrucijada del camino, el país prefirió abandonar su protagonismo lector para aceptar el rol de espectador cómplice sentenciado a legitimar, desde una confortable y mullida platea, toda la ignorancia, la chatura, la vehemente inmediatez por donde transita sus cotidianidades la mayoría de la población. Un tiempo histórico en el que aceptó convertirse en este engendro constituido por altas dosis de impertinencia, desconcierto, ignorancia, descuido, improvisación, oportunismo, inmoralidad, piratería e indiscreciones mediáticas. Y, a la sazón, el que una vez fue el ejemplo latinoamericano, abandonó su actuación de patria entregada a la maravillosa posibilidad del conocimiento, de la evolución, del desarrollo intelectual que aporta la lectura.

Y la lectura es salvífica, bienhechora, libertaria. Muchos escritores de renombre están en condiciones de brindar testimonio sobre su redención intelectual por misericordia de la ilustración, el equilibrio, la espiritualidad, la presencia y permanencia de los clásicos en lejanos rituales de lectura que no solamente los engrandecieron, sino que los dignificaron.

Por eso, basta con prestar atención a la expresión corriente, a los giros habituales, al vocabulario popular, para percibir que el idioma se encuentra en clara situación de riesgo por la ausencia de modelos textuales. Ante cualquier sondeo de opinión, ante cualquier demanda de respuesta precisa, queda al descubierto el desamparo, el aislamiento, la incomunicación en los que ha naufragado la normativa lingüística.

Ocurre que la decadencia engendrada en la falta de paradigmas lectores entorpece, obstaculiza el crecimiento, la evolución, el desarrollo personal y social; favorece las improvisaciones y permite que se extienda la ineficiencia, el oscurantismo, la incapacidad de suscribir a una línea de pensamiento inspirada en idearios claros y estrategias específicas.

Entonces, resulta imperioso priorizar la lectura como bien social; como escenario propicio para batallar por la reconquista de la observancia, el aprecio, el respeto por un idioma prestigiado como el nuestro; como territorio legado donde resulte posible reconstruir las históricas alianzas rubricadas entre los libros y la inteligencia, o como continente renovado donde la población pueda atreverse a asumir la conciencia de sus actos en la modificación de conductas negligentes que consintieron el latrocinio educativo pero, sobre todo, como espacio conveniente para comenzar a tensar la urdimbre de un nuevo tejido social desde los reivindicativos telares del pensamiento.

Y en este punto de ruptura, de desgarramiento social o resquebrajamiento cultural al que se arriba por falta de responsabilidad en el cumplimiento de cada función, representación o mandato, parece imprescindible detenerse a reflexionar, a realizar un profundo examen de conciencia que revele los pecados de despreocupación, imprevisión o negligencia que permitieron la inmovilidad, la irresolución de la crisis educativa que hoy agobia a un país aparentemente sumido en el cansancio y la impotencia, pero obstinadamente aferrado a la esperanza.

Quizás haya llegado la hora del compromiso social, intelectual y político. La hora de un compromiso que comience a distanciarse de los acostumbrados discursos declamatorios para aproximarse a proyectos verdaderos, a empresas conjuntas, a programas pensados, a misiones realizables.

Lo humano no consiste en decir sino en hacer. Del hacer es de donde nace el compromiso. Porque, como dice Albert Camus, “es vano llorar por el espíritu; basta con trabajar con él.”  

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PÁGINA Nº 2  

Los muchachos 

Por Sonia Catela (Ceres-Santa Fe)

Y estaba ese muchacho, Arnaldo, que  escarbaba, -escarba- como un conejito entre mis senos, hociquea pidiendo “bis” y cuando se enjuga la última gota de ganas, se para en su esplendor desnudo y aplaude como si batiera un tambor sinfónico, se aplaude, y a mí, aunque lo reprenda debido al alboroto, que hay que guardar un poco de respeto por las criaturas que juegan en el pasillo, él frunce el hocico y embiste por repeticiones hasta que termino barriéndolo, arre; y estaba ese otro, Luis, que araba –ara- mis pezones como un gato al que destetaron prematuramente, y tantas veces se limita a quedarse nada más que lamiendo, a la espera de que brote calostro, “venís a alimentarte, ¿no?”, asiente: “más” y vaya a saber por qué a mis ubres se les antoja complacerlo y bombearle una leche dulzona y espesa que chorrea su lengua y su risa;

y estaba Lucas que me recita los poemas que nadie le publica y los edita a dulces empujones sobre mi cuerpo -donde llevo sus sonetos escritos y reescritos- y cuando deja de componer versos –“me sequé”, consigna- regresa y husmea viejas líneas en las articulaciones de mi entrepierna y en mi aliento,  y los sobreimprimimos una y otra vez, y carcajeamos;

y estaba Mateo, el desvelado, quien se echa sobre mí y logra conciliar un sueño celebrante tras insomnio de cuatro días, -contada su penuria dedo a dedo-, y primero fue la cópula y luego el dormir;  su muslo me enlaza las piernas durante las diez gloriosas horas de su descanso y yo, aprisionada, al vaivén de los rumores de su carne, reviso la tarde que pasamos en el mar corriendo olas con su camión, diez horas de vibración marina bajo su muslo  pacificado;

y estaba Juan, que supo ganar fama por sus bailes de cortes y quebradas, Juan, el muchacho del famoso accidente ferroviario que lo dejó en silla de ruedas y sin anatomía rodillas para abajo, y viene a mí, me abraza y yo sintonizo un tango y lo invito a danzar una “cumparsita” horizontal entre lienzos, tan perfecta como las que él trazaba de pie y sobre baldosas;

y están, están los muchachos. Bautista que se allega a suspirar: “únicamente en este cuarto se puede, el aire de afuera destruye”.  Roque, a quien le enseño cómo ubicar el norte y dónde el sur, con un mapa de Cagliostro que distribuye las estrellas en mi cuerpo, puntos cardinales que no termina de aprender y necesita para su oficio de conducir en distancias desoladas. Carlitos, quien ensaya sus doremifasolasí de tenor frustrado dentro de la caverna de mi boca. Los muchachos. Pero con ellos, lo que verdaderamente hacemos es nadar. Lo consignó Alfonso. Dijo: “estando en vos nadamos hacia una costa”. “¿Y yo también?” Me doblé sobre su vientre acogedor; Alfonso recabó: “vos sos el barco”. “No”, rechacé, “soy una nadadora junto a ustedes”. Meditó: “Nos sostenemos mutuamente, nos sujeta este cordón umbilical que es y no es sólo carne”. Y esa noche en lugar de dejarme un kilo de pan, como Lorenzo, o un atado de cigarrillos, como Arnaldo, o una parva de pinturas de uñas, como Carlos, o una muñeca, una cajita musical o una biblia, Alfonso me abrió la mano donde, en el centro de la palma, le puso la marca de un beso. Y así supe cómo era la cosa, que nadábamos suave y ansiosamente hacia una costa lejana, ellos en mí y yo en ellos, los muchachos.  

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PÁGINA Nº 3 - IDIOMÁTICAS                           

De los signos ortográficos 

Por Jorge Alberto Hernández (Santa Fe)                       

Recordemos que ortografía “es la parte de  la gramática que enseña a escribir correctamente por el acertado empleo de las letras y de los signos gramaticales de la escritura”. Según el Diccionario, signo es, entre las muchas acepciones, “cualquiera de los caracteres que se emplean en la escritura y en la imprenta”, y en el carácter lingüístico, “la unidad mínima de la oración, constituida por una significante y un significado”.

Entre los signos podemos mencionar a la tilde o acento ortográfico, la diéresis, el punto, la coma, el punto y coma, los dos puntos, los puntos suspensivos, la interrogación y exclamación, el paréntesis, los corchetes, la raya, las comillas y las llamadas.

Hay necesidad de signos de puntuación en la escritura, porque sin ellos podría resultar dudoso y oscuro el significado de las cláusulas. Dice la Academia de la Lengua que “la coma, los puntos y paréntesis indican las pausas más o menos cortas que en la lectura sirven para dar a conocer el sentido de las frases; la interrogación y la admiración denotan lo que expresan sus nombres, y la segunda, además, queja, énfasis o encarecimiento; la diéresis sirve en unos casos para indicar que la u tiene sonido y en otros se puede emplear para deshacer un diptongo; las comillas señalan las citas, o dan significado especial a las palabras que comprenden; el guión es signo de palabra incompleta; la raya lo es de diálogo o de separación de palabras, cláusulas o párrafos; las dos rayas sólo se usan ya en las copias para denotar los párrafos que en el original van aparte.

Como dice la Academia, “hay necesidad de signos de puntuación en la escritura, porque sin ellos podría resultar dudoso y oscuro el significado de las cláusulas”. A ello agrega Emilio M. Martínez Amador en el Diccionario gramatical y de dudas del idioma que “esto es tan cierto que de confusiones por mala puntuación podrían citarse innúmeros ejemplos, como el famoso de “señor muerto, esta tarde llegamos”, por “señor, muerto está; tarde llegamos”. Todos ellos resumidos en el no menos famoso de las comas, puesto en boca del actuario, en Los intereses creados, de Jacinto Benavente.

Vamos a dejar de lado hoy, por razones de espacio y ser de mayor conocimiento general, lo referido a la tilde o acento ortográfico, aunque hay casos particulares que son tan importantes como las reglas mismas. En otra oportunidad abordaremos este tema en toda su extensión.

1) Diéresis: Se emplea la diéresis (¨) sobre la letra u en las combinaciones gue, gui, cuando se ha de pronunciar dicha vocal: vergüenza, argüir. En poesía, se ponen sobre la primera vocal de un diptongo para indicar que no debe leerse como tal, sino como hiato (disolución de una sinalefa, por licencia poética, para alargar un verso), y dar, por tanto, a la palabra, una sílaba más: fïel, rüido.

2) Punto: Se emplea al final de una oración para indicar que lo que precede forma un sentido completo. Es la mayor pausa sintáctica que la ortografía señala. Después de punto, la primera palabra se escribe con mayúscula. En la escritura hay punto y seguido y punto y aparte. Por último hay punto final, en el que acaba un escrito o una división importante del texto. También el punto sirve para indicar abreviatura: Sr.: señor.

3) Coma: Señala una  pausa en el interior de una oración.

a) El nombre en vocativo llevará una coma detrás de sí cuando estuviere al principio de lo que se diga, y en otros la llevará antes y después; por ej.: ¡Cielos, valedme!; Julián, óyeme; Repito, Jorge, que prestes atención.

b) Siempre que en lo escrito se empleen dos o más partes de la oración consecutivas y de una misma clase, a excepción de los casos en que mediare alguna de las conjunciones y, ni, o, como Juan, Pedro y Antonio; Sabio, prudente y cortés; Vine, vi y vencí; Ni el joven ni el viejo.

c) Se separan con una coma los varios miembros de una cláusula independientes entre sí, vayan o no precedidos de conjunción: Todos reían, todos lloraban, ninguno se callaba.

d) Las frases u oraciones incidentales que cortan o interrumpen momentáneamente la oración, se escriben entre dos comas: La verdad, dicen los honrados, debe prevalecer. 

e) Cuando una proposición se expone al principio de la oración, se pone coma al fin de la parte que se anticipa: Cuando el Director lo oyó, se dio cuenta de la desafinación. En las anteposiciones cortas y claras no es necesaria la coma: Donde las dan las toman.

f) Deben ir precedidas y seguidas de coma expresiones como esto es, es decir, en fin, por último, sin embargo, no obstante y otras parecidas.

g) Se separa también mediante comas la palabra etcétera: Los parientes, amigos, etcétera, llenaban el salón.

4) Punto y coma:

a) Se emplea para separar dos miembros de un período, dentro de los cuales ya hay alguna coma: “Vino, primero, pura, / vestida de inocencia; / y la amé como un niño” (J. Ramón Jiménez).

b) Se escribe punto y coma entre oraciones coordinadas adversativas: El camino era peligroso; pero igual me animé. No obstante, si son muy cortas, basta con una coma; Lo hizo, pero de mala gana.

c) Se usa punto y coma cuando a una oración sigue otra precedida de conjunción, que no tiene perfecto enlace con la anterior: Pero nada bastó para desalojar al enemigo; y por eso la batalla nos pareció larga.

5) Dos puntos:

a) Preceden a una enumeración explicativa: Había tres personas: dos hombres y una mujer.

b) Preceden a citas textuales: Almafuerte dijo: “Si te postran diez veces te levantas”.

c) Preceden a la oración que sirve de comprobación a lo establecido en la oración anterior: No hay vicio peor que el juego: por él muchos hogares han quedado en la miseria.

d) Siguen a la fórmula de encabezamiento de una carta: Muy señor mío:

6) Puntos suspensivos:

a) Cuando conviene al escritor dejar la oración incompleta y el sentido suspenso, se emplean los puntos suspensivos: Tengo que decirte que... no me atrevo.

b) Cuando se copia algún texto y se suprime algún pasaje innecesario: En un lugar de la mancha...

7) Interrogación y exclamación: La interrogación encierra una oración interrogativa directa, o una parte de oración que es el objeto de pregunta.

La exclamación sirve para indicar que una oración o frase va cargada de afectividad y debe leerse con la entonación  volitiva o exclamativa que corresponde a su significado.

Los signos de interrogación y de admiración se ponen al principio y al fin de  la oración que debe llevarlos: ¿Dónde está?, ¡Qué asombro!

Nunca se escribe punto después de cerrar el signo de interrogación o de admiración.

El signo de principio de interrogación o admiración se ha de colocar desde donde empieza la pregunta o el sentido admirativo, aunque allí no comience el período: Pero ¿tú lo sabías?, Aquel día ¡cuántos disgustos!

Hay cláusulas que son al par interrogativas y admirativas: ¿Qué persecución es ésta, Dios mío!

8) Paréntesis: Este signo ortográfico [( )] sirve para enmarcar y aislar una observación al margen del objeto principal del discurso: Pero (él lo pensaba mientras hablaba) renunciaría a las ganancias, con tal que lo dejaran tranquilo.

En obras dramáticas suele encerrarse entre paréntesis lo que los personajes dicen aparte.

Hoy es muy frecuente sustituir el paréntesis por la raya: Creer lo que parecía imposible, -actitudes, gestos despectivos y pasiones ajenas- lo que nunca hubiera admitido en otra persona.

9) Los corchetes: [ ] Equivalen a los paréntesis, pero sólo se utilizan  en casos especiales:

a) Cuando se quiere introducir un nuevo paréntesis dentro de una frase que ya va entre paréntesis: “Acontecimiento  de gran trascendencia (abolición de la esclavitud) [1816].  

10) La raya desempeña dos funciones diferentes:

a) Equivale al paréntesis: “Las sombras –reflejadas en la pared- adquirían imperceptibles formas”.

b) En un diálogo, sobre todo novelesco, precede a la frase pronunciada por cada uno de los interlocutores, iniciando siempre el párrafo.-¿Pagaste el gasto de ayer?-¡Pues no!, me olvidé!

11) Las comillas: Signo ortográfico que sirve para encerrar una frase  reproducida textualmente: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Si el texto reproducido es tan extenso que comprende varios párrafos, se ponen comillas invertidas al comienzo del segundo y de los sucesivos. Las comillas simples se usan en lingüística para indicar que lo abarcado entre ellas es un significado: ‘Valetudinario’ significa ‘achacoso’. También suelen emplearse desempeñando la función de las comillas normales o dobles dentro de un texto que ya va entre comillas: “Saludó con un ‘buenas’ malhumorado”.

12) Las llamadas: La llamada, que puede ser asterisco (*) o número (1), se emplea para advertir al lector que al pie de la página –o, a veces, al final del capítulo o del libro- hay una nota acerca del asunto de que se está tratando en el lugar donde se ha insertado el signo. Cuando hay varias notas en una misma página, se va aumentando el número de asteriscos (***), o la cifra (2), (3), etc.

Además de los expuestos, hay signos auxiliares que solamente enunciaremos, por razones de espacio: Apóstrofo, Párrafo, Calderón, Manecilla, etc.  

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PÁGINA Nº 4

La primera vez

Por Rogelio Ramos Signes (Tucumán)  

Cuando salí a la vereda ya estaba anocheciendo, me abroché el abrigo y saludé a la vecina que dejaba su bolsita con residuos al pie del naranjo, corroboré la hora (con dificultad) forzando la vista en la escasísima luz de la tarde, y subí al auto. Algo corriente, trivial si se quiere. Todo eso, unido a mi cóctel de fastidio y depresión, auguraba una noche terrible, una de esas noches que nunca terminan de pasar, que no logran acelerarse con alcohol ni con pastillas ni apelando a la ficción de lo imposible. Y fue entonces que escuché el crac, el crac crac de algo que cambia de lugar, el crac (es un decir, por supuesto) de la máquina que pone en funcionamiento la pequeñísima utopía de alegrarse con lo poco que hay. Y me dije: ¡Fantástico! Esto es verdaderamente fantástico. Pensar que hoy (o sea ayer, 16 de julio) es la primera vez en mi ya larga vida que salgo a la vereda cuando está anocheciendo (siempre lo hice de día, o de noche, o al amanecer) y también es la primera vez que me abrocho el abrigo (caluroso como soy) mientras saludo a una vecina (suelo hacerme el que no ve a las vecinas, por pura timidez) justo cuando ella saca su bolsa de basura. Esto de las bolsitas de residuos siempre fue un enigma para mí. Sabía que alguien debía sacarlas, pero ¿quién?, depositarlas en el suelo, pero ¿cómo? ¿subrepticiamente? ¿mirando hacia todos lados como quien está por cometer un delito? Esto es maravilloso, me dije. Cuatro experiencias nuevas al mismo tiempo. Y más todavía, porque que yo recuerde esa era la primera vez que trataba de mirar la hora con la escasa luz del atardecer, mientras abrochaba un abrigo e intentaba un saludo de pura cortesía. Cinco primicias. ¿Y el naranjo?. Hasta entonces nunca había reparado en que el árbol que siempre desviaba mi paso fuese un naranjo. Seis primicias. Seis fantásticas primicias para un hombre desganado. Seis sucesos totalmente nuevos en un pequeño y fugaz momento. Sin poder salir todavía de mi asombro, encendí el auto y la radio comenzó a andar (como siempre sucede cuando subo al auto) al momento en que un locutor decía “un laboratorio medicinal con experiencia en el campo de la salud femenina”. Y, por Dios ¿pueden creerme si les digo que era la primera vez que escuchaba a un locutor decir “un laboratorio medicinal con experiencia en el campo de la salud femenina” justo cuando se encendía la radio? Sí escuché, en otras circunstancias, a alguien que decía “recibimos tarjetas de crédito” o bien “usted paga la primera cuota y se lo lleva puesto” o “la vitamina E fortifica el sistema nervioso” e incluso “ingrese a un mundo de colores para decorar con imaginación”, pero nunca nunca esa frase inolvidable. Tuve que parar el auto nuevamente y bajarme. Estaba emocionado y no me encontraba en condiciones de manejar casi de noche. A escasos 50 metros la gente se agolpaba para ver dos vehículos que acababan de destrozarse en un violento choque. Decidí entrar en mi casa nuevamente. Crucé la calle, la vereda, el pequeño porche, busqué la llave de la puerta y, mientras estaba introduciéndola en la cerradura, el señor Tuen Shong (el dueño de la tienda más próspera de la cuadra) me preguntó si no me interesaba ver el choque, sin esperar mi respuesta, por supuesto. Mientras cerraba la puerta tras de mí y subía la escalera, me dije que aquello también era algo decididamente fantástico; era la primera vez en toda mi vida que el señor Tuen Shong me decía otra cosa que no fuese “compla compla compla”. Incrédulo me preparé una taza de café, que bebí fascinado; tomé un libro cualquiera, que leí automáticamente y, con el fondo de llantos, gritos y el ulular de las ambulancias, me fui quedando dormido.  

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PÁGINA Nº 5 – NUESTROS POETAS 

Abril en vos    

qué facilidad decir te amo

y no volar sobre las hojas

como un árbol tallado

naciendo en la juventud del bosque

qué felicidad saberte vivo

         y no volar ante un espejo herido

como tu mano de corteza inhallable

         escribiendo melodías y sones

recibiendo la luz en la espesura del monte. 

Roberto Aguirre Molina (Santa Fe) 

Última pequeña brasa. 

En las cenizas del rescoldo

espera la última pequeña brasa.

El cansancio me pesa en la cabeza,

siento el mismo frío,

la inmensa soledad

que aquella tarde de su partida.

Desde la ventana de su cuarto

devoro el paisaje

contemplado por él tantos años.

El silencio, muerde persistente mis entrañas.

Bullen dentro de mí, ríos de sangre,

ríos salados que nublan mi visión.

Busco la última pequeña brasa

blanca de rescoldo.

Con un hálito de esperanza

arrimo la leña de salvación.

El último latido de brasa, la incendia.

En la lumbre veo su sonrisa, su mirada,

en ella una velada añoranza.

Lo tengo junto a mí en este fuego amado. 

Alba Yobe de Abalo (Santa Fe) 

Peregrina  

Camina desnuda en el espejo del viento,
remolinos insensatos de la letra. 
 

¿Quién te persigue hechicera?
¿Para qué seguir caminando?
 

Tal vez descansar en la pereza del cuento,
en los temibles perros que no ladran. 
 

Siempre poseedora de tus males que
no son más que palabras abrazadas
al cuerpo. 
 

Caricias en los huesos
y esa danza en las cenizas del poema.
 

Un jardín te nombra, Alejandra.   

María Milagros Roibón (Rosario) 

Poema 

Cansado de parar en la mortalidad

de la palabra;

cansado de habitar en las cruces

que alza más allá de mi nombre

la mirada;

cansado de inspirar el rezo

que retumba en el cuerpo

y se hace alma;

cansado del olvido como insignia,

cansado de la pena

como marcha.

Cansado de que sea la muerte

una distancia. 

Martín Copponi (Santo Tomé) 

Homenaje  

los amigos son una costumbre solar,

la segura semilla de la flor del silencio,

el más que mejor rito de la cotidianía,

la bendición perfecta por la que estamos vivos...

son la espuma del viento que celebro cantando

porque allí el transcurso del tiempo se florece

rindiendo su primicia de bienvenido abrazo

en riego imprescindible de certidumbre en mano...

los amigos son fieles aún cuando la ausencia

nos regala su turno de extrañamiento humano,

y aprendemos respeto paciente por los días

hasta que otra vez alguien nos convida a acercarnos...

se nos allega otro, con su nombre y su historia,

y pactamos de nuevo convivir un nosotros,

y seguimos creciendo nuestro común destino

dentro un inmenso límite de lluvia entre los árboles...

¡y qué bueno es juntar la lluvia y los amigos!:

la bruma buena cuya lleganza es descansancio,

como el mate aromando ante la compañía

de la absorta candela y las letras que besa la poesía...

los amigos nos dejan nombrados, sin olvido:

los de siempre, los nuevos, los a llegar mañana,

en franca y encendida fiesta honda y sincera

que nos nutre de puro milagro del misterio...

cuando el azul velero de la luz nos recoge

quedan siendo lo único que de verdad tuvimos... 

Horacio Rossi (Santa Fe)  

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PÁGINA Nº 6  

Prolepsis  del  fraude 

Por Alejandro Maciel (Corrientes-Paraguay) 

(En emotivo homenaje a mi amiga Aída Aisenson Kogan, autora de enjundiosos tratados de ética, ciencia vecina a la paleontología a juzgar por su inexistencia sino a través de recuerdos muy antiguos…) 

Carísimos hermanos, me es imperativo y categórico al mismo tiempo intentar, aunque no sin riesgos, la apología y por qué no, hasta el encomio del fraude, tan malogrado por la propaganda adversa que con sospechosa mala voluntad le dedican todos los códigos civiles  habidos y por haber en este mundo injusto.

Empezaremos por desnudar el concepto, tan vapuleado por epítetos y denuestos que no se hallará en él valor alguno que merezca el resarcimiento de un premio. Mi Diccionario de Latín, aunque vetusto (si no defrauda la fecha de impresión) recoge los sintagmas:

Fraudo, as, avi, atum, are: Defraudar, engañar, usurpar, despojar, burlar con fraude. // Hurtar, privar, quitar, robar. Fraudare stipendium miliatum: retener la paga de los soldados. Plaut: Negarse, no concederse el menor placer.

Fraudátio, onis: Defraudación.

Fraudátor: Defraudador.

Fraudátrix: La que defrauda y engaña.

Fraudátus: Defraudado, engañado.

Ya vemos que existe un ‘fraudare’ en cuanto a los estipendios militares, siempre pródigos a la hora de restar en los balances del Estado. ¿No empiezan a intuir algo bueno en esta forma sutil de escatimarle ganancias al clan castrense, en un país tan militarizado que ya parece un fortín de artillería? Tampoco habrán dejado de observar que “no concederse el menor placer” nos insta a cierto estoicismo tan injuriado en estos tiempos de consumismo y  culto al hedonismo de la peor calaña. Ya hay quienes, víctimas de esa epidemia que ha dado en llamarse “mercadeo compulsivo”, atiborran los carritos del supermercado, arrasan con góndolas y mesas de ofertas llenándose de chucherías superfluas siguiendo quién sabe qué oscuros designios de la mente, que pretende llenar con cosas su vacío de casos. ¿Y qué me dicen de  ‘fraudátrix’? ¿No constituye cierta forma de justicia de parte de las mujeres, históricamente defraudadas por el hombre a través de los siglos?

Los años, que todo lo perjudican, fueron deslizando un matiz inicuo sobre el concepto del fraude. Miríadas de homilías dominicales, cardúmenes de catequistas de toda laya, montañas, qué digo ¡cordilleras!, Alpes, Apeninos y Andes de escritos no cejaron de amontonar cargos contra el fraude y el pobre, arrinconado por este corifeo de difamadores no pudo sino callar y seguir obrando pacientemente en el silencio.

Podríamos enumerar una ristra tan larga de sus detractores que la guía telefónica resultaría una sinopsis a su lado. Sin embargo, creo fervientemente que hay dos popes en esta cruzada punitiva: Santo Tomás de Aquino, que engordó hasta el límite de los 160 kilogramos escribiendo una Summa para restar prestigio al fraude, y Dante Aliguieri su entenado literario. El uno, como causa prima el otro como consecuencia. Usted dirá “Pero, ¿quién los lee?” No se engañe, estimado lector. ¿Ha leído usted las obras completas de Adam Smith, David Ricardo, Menger y Keynes? Vaya al supermercado y verá cómo se aplican implacablemente sin que la cajera, el repositor y a veces hasta el mismo gerente hayan escrutado los jeroglíficos econométricos que estos digestos contienen.

No, mi querida señora, no, mi estimado señor. La letra perdura más allá de la idea; como decía don Poncio “lo que está escrito, queda escrito”. No habrán leído la Summa ni la Commedia, pero ¿cuántas iconografías no mostraron impúdicamente a través de los siglos a los tentadores, aduladores, simoníacos, barateros, hipócritas, timadores, difamadores, traidores, malos consejeros y falsificadores sufriendo en el octavo círculo del Infierno? ¿Cree usted por ventura que sale de un museo siendo el mismo que entró? Jamás. La imagen ha operado su cuerpo calloso, amputó aquí un núcleo acumbens y allá un sector aunque minúsculo, imprescindible de su tálamo para razonar debidamente. No hay en este mundo cosa tan peligrosa como una imagen. Ni qué decir si ésta orna un retablo de catedral. Y todo un ejército de Giottos, Fra Angélicos, Michelángelos, Cimabués se encargaron de retratar las palabras de Dante aleccionadas por el obeso Aquinate. 

Creo, estimados amigos, que es hora de reivindicar la ética del fraude. Ya hemos sido testigos etimológicos de dos virtudes casi cardinales: el boicot a las finanzas militares y la venganza de siglos de sumisión femenina. Todavía nos resta agradecerle nada más ni nada menos que la existencia de la clase política del siglo XXI. ¿Qué sería de esta raza de organizadores sociales si tuviesen que atenerse estrictamente a la rígida dieta de Santo Tomás, dieta que él jamás acató en cuanto a su condumio. “La verdad es la correspondencia del pensamiento con su objeto”. Imagínense si un excelentísimo senador vitalicio decidiera hacer corresponder en un discurso su pensamiento con un cohecho, por inocente ejemplo. ¡Dejaría ipso facto su excelencia a merced de la plebe y el hampa! Ni hablar de señores presidentes, ministros, subsecretarios de Estado, jefes de gabinete, fiscales, jueces de segunda instancia, ediles, candidatos en campaña.

La política, ciencia de lo posible, se volvería sencillamente imposible sin la salvadora fórmula del buen fraude. Vaya al destierro de nuevo el florentino. Huya a la Tebaida el Aquinate (de paso, viviendo de hierbas, adelgaza) y los Savonarolas y todo fanático de la verdad: ya sabemos que todo fanatismo no es más que una fe tambaleante.  

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PÁGINA Nº 7  

Vladimir o la marcada 

Por Olga Zamboni (Misiones)

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PÁGINA Nº 8 

El gato 

Por Patricia Suárez (Buenos Aires) 

No fue suficiente interrumpirle una película con el actor mejicano, ni que ella se levantara y oprimiera el interruptor de la tele, con un clic que sonó casi como un gemido. No fue suficiente tampoco, mirarla con absoluto desdén, culpándola de todas sus tribulaciones, haciéndole sentir que éso que a ella le parecía tan hermoso del contacto de sus cuerpos, éso que ella llamaba "el trueno y el relámpago", para él no significaba nada, nada excepto la hilacha de cursilería de Matilde. Ni fue suficiente que ella trocara su expresión, paulatinamente, de profundo desgano hasta la expectativa angustiosa, alarmada de que a él le hubiese ocurrido algo, algo grave que aún no se leía en las marcas de su piel, pero sí en el gesto: un dolor que él ya no soportaba. Ella alzó su voz, que no era un hilo y atravesaba la densidad de casa objeto del living y vibraba en el actor mejicano ahora invisible en la pantalla. "Bueno, ¿qué pasa?", preguntó. Y él la miró asustado, tal cual ella fuera el hombre de la bolsa y amenazara con meterlo en la áspera arpillera y tirarlo al abismo rocoso de alguna cumbre que ninguno de los dos conocía. "El gato no está", respondió él. La cara de ella se llenó de ira, y no era necesario contenerla porque se evaporaba sola, sin palabras ante la terrible angustia que parecía oprimirlo. Matilde pensó: "¿Y qué? ¿Y qué con que haya desaparecido el gato? Era un gato roñoso: sólo servía para juntar pulgas"; pero únicamente pronunció: "Estará por ahí. Ya va a volver". Mas él no se tranquilizó. Se quedó como una estaca en el medio del living, con la vista clavada en los cacharritos que trajeron de Bolivia, hasta un punto en que Matilde creyó que los iba a volar por el aire, en pedazos, con el solo poder de mirada. "No. No va a volver. Y vos debés saber dónde está", entonces Matilde se quedó petrificada. Amagó defenderse: "¡Yo! ¿Yo?", y como él no se molestó en acusarla ni en ofrecerle explicaciones, ella se quedó callada, definitivamente, bajo la mirada severa de él, y el funesto augurio de que se le volarían entonces los sesos por todo ese odio que él tenía en los ojos. Entonces se le ocurrió precipitarse sobre él y gritarle la verdad: "¿El gato? Claro que sé dónde está. ¡Se fue y no va a volver! No. Porque te tenía un miedo espantoso. Por eso se fue", sin embargo, desistió; nunca le dió resultado gritarle la verdad, porque él no la oía y rompía lo que tenía en la mira -en este caso la cabeza de ella- y después no le dirigía la palabra, y no valía la pena pelear por cuestiones tan nimias, como el gato. Así que se decidió y con un poco de buena voluntad, fue a la pieza y revolvió los cortinados -porque a veces el gato de metía ahí-, debajo de la cama, detrás de la puerta, siempre con él sobre sus pasos, desconfiando, como si ella hubiera escondido al gato en algún lugar de la casa y ahora estuviera disimulando. Porque no fue suficiente que ella sintiera "eso" como el caño de una pistola helada apuntándole los riñones, aunque no había pistola alguna, tan solo el odio que le ceñía la cintura y la penetraba como un filo. Matilde probó en la cocina: las alacenas, bajo la heladera; en un mal movimiento se cayó la frutera azul, el vidrio cortó los duraznos priscos y se hizo una pulpa sanguinolenta que la dejó pensando. Él miraba y dudaba, y esto no le era suficiente, deseaba castigarla; el año pasado ella arruinó la radio nueva por él olvidarla en el patio un día de lluvia, y otra vez volcó el café con leche sobre su único pantalón de pana -cuando lo vió el tintorero desesperó por llevarlo a su color original con todas las artimañas de sus anilinas y extractos naturales; desesperó el tintorero, desesperó él, pero Matilde permaneció serena, con un "gran peso en el corazón", aunque, ¿quién conocía su corazón? ¿quién podía asegurar que allí se estacionaba el gran peso de la amargura por el pantalón de pana manchado?- Él le iba indicando "ahí, ahí", y ella se dirigía a ese lugar como una flecha, torciéndose y cimbreándose ante las directivas de él igual que un junco, de ésos que había en los márgenes del Nilo, en la época de Moisés. Al fin, ella, con la infinita paciencia de su amor, sugirió: "En el tejado a lo mejor lo vemos" y él asintió. Ella trepó por la escalera, y era extraño comprobar que esas manos acostumbradas a pelar papas, rallar zanahorias, pelar zapallitos y machacar carne, podían asirse con tanta fuerza al alero, a las tejas, a la antena de televisión. Ella se puso una mano a modo de visera y trató de espiar los techos vecinos. En las otras terrazas flameaba la ropa recién tendida: éso él lo podía observar. El pelo de ella -con su tinta "solferino"- recogido en la nuca, le daba apariencia de nido acogedor, de ésos nidos de los dibujos de Walt Disney. "El gato no se ve", dijo Matilde.

"Andá más para la cornisa, mamá", ordenó él.

Y Matilde pensó: "¿Por qué? ¿Por qué no vas vos? ¿Qué me importa a mí del gato y de tu tristeza por ese gato mugroso?", no obstante se acercó más a la cornisa, el sacrificio de su amor estaba consumado -y ése gato horrible que no aparecía- pero tampoco fue suficiente. Sobre el borde del tejado Matilde era una veleta, más que una veleta, un pájaro, con su cabello ahora desanudado y su ropa al viento, más ligera que cualquier prenda que uno viera flamear en las sogas del vecindario.

Él estuvo por decir -tal vez lo pronunció en voz baja- "Bajate, mamá", pero ella únicamente oyó, "El gato está muerto". Matilde se volvió, trastabilló, se aferró a una teja -la única que el albañil colocó como es debido- y empezó a reincorporarse, esta vez segura, segurísima de que él lo había matado, de que su hijo había matado al gato, porque para él, nada era suficiente.  

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PÁGINA Nº 9 – PÁGINAS MEMORABLES 

César Vallejo nació en Santiago de Chuco (Perú) en 1892 y murió en Paris en 1938. Fue maestro de escuela, participó activamente en la vida intelectual limeña y tuvo que exiliarse en Francia por razones políticas. Figura indiscutida de la vanguardia hispanoamericana de principios de siglo, no sólo escribió poesía sino también novelas, cuentos, ensayos y piezas de teatro. 

Trilce

Hay un lugar que yo me sé
en este mundo, nada menos,
adonde nunca llegaremos.

Donde, aún sin nuestro pie
llegase a dar por un instante
será, en verdad, como no estarse.

Es ese un sitio que se ve
a cada rato en esta vida,
andando, andando de uno en fila.

Más acá de mí mismo y de
mi par de yemas, lo he entrevisto
siempre lejos de los destinos.

Ya podéis iros a pie
o a puro sentimiento en pelo,
que a él no arriban ni los sellos.

El horizonte color té
se muere por colonizarle
para su gran Cualquieraparte.

Mas el lugar que yo me sé,
en este mundo, nada menos,
hombreado va con los reversos.

-Cerrad aquella puerta que
está entreabierta en las entrañas
de ese espejo. -¿Ésta?
- No; su hermana.

-No se puede cerrar. No se
puede llegar nunca a aquel sitio
do van en rama los pestillos.
Tal es el lugar que yo me sé.

Y si después de tantas palabras

¡Y si después de tantas palabras,
no sobrevive la palabra!
¡Si después de las alas de los pájaros,
no sobrevive el pájaro parado!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo y acabemos!

¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte!
¡Levantarse del cielo hacia la tierra
por sus propios desastres
y espiar el momento de apagar con la sombra su tiniebla!
¡Más valdría, francamente,
que se lo coman todo y qué más da...!

¡Y si después de tanta historia, sucumbimos,
no ya de eternidad,
sino de esas cosas sencillas, como estar
en la casa o ponerse a cavilar!
¡Y si luego encontramos,
de buenas a primeras, que vivimos,
a juzgar por la altura de los astros,
por el peine y las manchas del pañuelo!
¡Más valdría, en verdad,
que se lo coman todo, desde luego!

Se dirá que tenemos
en uno de los ojos mucha pena
y también en el otro, mucha pena
y en los dos, cuando miran, mucha pena...
Entonces... ¡Claro!...
Entonces... ¡ni palabra! 

España, aparta de mi este cáliz

Niños del mundo,
si cae España -digo, es un decir-
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos láminas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!

¡Niños del mundo, está
la madre España con su vientre a cuestas;
está nuestra maestra con sus férulas,
está madre y maestra,
cruz y madera, porque os dio la altura,
vértigo y división y suma, niños;
está con ella, padres procesales!

Si cae -digo, es un decir- si cae
España, de la tierra para abajo,
niños, ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes,
en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar
atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto
hasta la letra en que nació la pena!

Niños,
hijos de los guerreros, entretanto,
bajad la voz, que España está ahora mismo repartiendo
la energía entre el reino animal,
las florecillas, los cometas y los hombres.
¡Bajad la voz, que está
con su rigor, que es grande, sin saber
qué hacer, y está en su mano
la calavera hablando y habla y habla,
la calavera, aquella de la trenza,
la calavera, aquella de la vida!

¡Bajad la voz, os digo;
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto
de la materia y el rumor menor de las pirámides, y aun
el de las sienes que andan con dos piedras!
¡Bajad el aliento, y si
el antebrazo baja,
si las férulas suenan, si es la noche,
si el cielo cabe en dos limbos terrestres,
si hay ruido en el sonido de las puertas,
si tardo,
si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta; si la madre
España cae -digo, es un decir-
salid, niños del mundo; ¡id a buscarla! 
 

Piedra blanca sobre una piedra negra

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y,
jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos
  

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PÁGINAS Nº 10 y  11 – RESEÑAS DE LIBROS 

A favor del viento - Poesía reunida 1952-1956 - Rodolfo Alonso - Editorial Argonauta - Buenos Aires. 

Hay poetas que han necesitado una más o menos larga serie de ensayos hasta encontrar el propio tono personal. Hay otros que desde el primer libro publicado pareciera que han dado con el registro de voz que caracterizará el resto de su obra. Este segundo caso, según nos lo muestra A favor del viento. Poesía reunida 1952-1956, es el de Rodolfo Alonso. Hay asimismo poetas cuya escritura ha remado en general contra la corriente poética de su tiempo, inactuales por vincularse con épocas anteriores o por anticipar épocas por venir. Hay otros, en cambio, que desde un primer momento parecieran haber captado la orientación central, la estrella polar estética de su tiempo, y hacia allí dirigen su obra. A favor del viento, diría, es un ejemplo de esta segunda modalidad.

Rodolfo Alonso, en una especie de autorretrato de poeta que traza en el prólogo del libro, recuerda unos versos de Rafael Alberto Arrieta descubiertos en su libro de lectura de segundo grado: “Sol de la mañana, / gloria del invierno” (pertenecen al segundo poemario de Arrieta, El espejo de la fuente, de 1912). En esos versos el niño se asoma al resplandor de la palabra poética, que ilumina y entibia imaginativamente aún en la soledad matinal de la existencia (la infancia melancólica que el autor rememora), aún en el desamparo invernal de una época infeliz. En los años en que Alonso comienza su obra la generación de Arrieta –tan valiosa poéticamente-- ingresaba en la sombra, de la que aún no ha salido; la mayoría de los autores vanguardistas de los años 20 desde hacía dos décadas aproximadamente se hallaban de vuelta de su vanguardismo juvenil y construían obras de clásica modernidad (el caso ejemplar, claro, es el de Borges); la lírica neorromántica surgida en la década del 40 tenía para entonces una amplia difusión en diarios y revistas (todavía era el tiempo en que un suplemento literario podía dedicar toda la página de portada al poema de un nuevo autor argentino), pero su perfección misma ostentaba cierto lustre de anacrónico manierismo estilístico... Evidentemente, estaba sonando la hora de una transformación en la poesía nacional, y a ese llamado acudieron paulatinamente --quienes antes, quienes después-- los poetas que la crítica ha definido, con cierta indefinición, como la generación del 50. Esta transformación es, a mi juicio, la ruptura más profunda que se haya dado en la tradición poética que inició el modernismo en la Argentina, al menos si tenemos en cuenta sus efectos a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Se trata de un cambio al mismo tiempo renovador y restaurador, en la medida en que convertirá en “canon” compartido cada vez por más autores lo que había sido aventura de unos pocos en las vanguardias históricas de las primeras décadas del siglo. Creo que el nombre de neovanguardismo es el que mejor les cuadra a las distintas tendencias que toman impulso en los años 50, cuyo vehículo de expresión paradigmático y englobador es la revista Poesía Buenos Aires (1950-1960). Es este el aire estético que sopla en los poemas que Rodolfo Alonso reúne ahora en A favor del viento.

Llama la atención que en libros y plaquetas cuya redacción pertenece a años “entre la última niñez y la primera juventud” del autor, éste haya tomado tan decididamente el rumbo de la nueva poesía y la orientación que guiaría el resto de su obra, con las lógicas variaciones que pueden aportar los años. En este sentido, para aproximarse a la experiencia de la formación del poeta, así como de la generación a la que pertenece, son muy significativas las páginas de su “Aviso al lector desprevenido”, que previamente habíamos leído en su Antología pessoal publicada en Brasil. sus sentidas rememoraciones y sus lúcidos análisis retrospectivos pueden inducir, no obstante, a una fácil confusión: la de juzgar esta “poesía reunida” como obra de madurez. No es así, claro. Esto se advierte, a mi ver, en varios signos, y en primer lugar justamente en la excesiva madurez que los textos aparentan: es normal que, a la edad en que esos textos fueron compuestos, el “artista cachorro” busque mostrar las garras de un león adulto.

En este libro el lector puede encontrar, en su estado naciente, los motivos que desarrollará el poeta en su obra futura, así como no pocas de las señales estilísticas que alumbrarán el espacio de la poesía argentina en los años 50 y 60. Entre tales señales, destacaría el recurso a la expresión aforística (“nuestra orilla es un eco / una sola palabra que buscamos / para abrevar el mundo”), la incursión en la poesía en prosa, el verso libre como verso “moderno” por antonomasia, la elusión de la anécdota explícita, la economía verbal, la analogía entre dimensiones distantes, casi inabarcables, de raíz surrealista... Entre los motivos, distinguiría el esplendor epifánico de la mujer; la ciudad como el lugar donde se juega el destino del hombre contemporáneo; la naturaleza como fuente inagotable de poesía y de felicidad; la solidaridad del solitario, consciente del sufrimiento de los otros y de los límites del arte para aliviarlo; la esperanza a pesar de todo, a pesar incluso del rencor que asedia a quien se siente un extraño en la sociedad en la que vive... Y, lo mejor, el lector puede hallar aquí y allá en esta compilación de los inicios de un verdadero poeta esas líneas que invitan a ser dichas y repetidas en la soledad, esos extraños amuletos de palabras que nos ayudan a sobrevivir: “Aire abierto de la noche, ciñendo tu silencio. // Aire de la mañana, blanco, sorprendido en su gracia”.

Pablo Anadón(Córdoba)  

Tanta vida – Esther Andradi – 190 ps.- Ediciones Simurg – Buenos Aires 

En "Tanta vida"', la escritora santafesina Esther Andradi ofrece un texto poético de singular belleza y encara con originalidad el tema de la maternidad. 

Se ha escrito mucho acerca la maternidad pero, salvo algunas felices excepciones, prevalecen los textos que encaran el tema desde el punto de vista psicologista (alejado de la seriedad psicológica) y/o biologicista, en donde aparece por un lado la visión de lo que se debe hacer y de lo que no es pertinente en materia de crianza, o sea la noción institucional de la madre y por otra parte, la idea de que ser madre es el resultado de un instinto y un irremediable desenlace de toda mujer.

El imaginario social representado, por ejemplo, a través de la publicidad y de los productos que se venden, generalmente emparenta la maternidad con una situación naif, ideal, en donde hay a veces algo de sufrimiento, pero la mujer debe ocultarlo, minimizarlo. El dolor y el conflicto deben esconderse, si no decae el mito de la madre. Por otro lado, para ciertos sectores conservadores, la mujer que es madre es un sujeto más controlable sexualmente y se cree que hasta ideológicamente, porque, ingenuamente se piensa que entre pañales y mamaderas no se hace política y educar es hacer política.

Pero se puede enfocar a la maternidad desde otra óptica, ya lo hicieron a principio del siglo pasado artistas plásticos como Munch o Egon Schiele, que reflejaron la complejidad que significa armar una familia y la relación de la maternidad con la muerte, la Soledad y el vacío, o bien mostraron la transformación del cuerpo femenino.

Andradi no se priva de lo autobiográfico, pero este registro aparece como suspiro, soslayado, pervertido por el arte de la ficción. Cuenta en forma fragmentaria, como cuando se recuerda un sueño, la pérdida de un hijo recién nacido y el advenimiento feliz de otro descendiente veinte años después. Con un lenguaje por momentos coloquial, en otros instantes poético, cargado de metáforas, conjunción que le otorga al texto una condición atemporal, universal, o sea que esta madre que habla podría ser cualquier madre, en cualquier lugar y espacio.

Lo más destacable del libro es que la narradora se instala desde el punto de vista del deseo y desde la elección de tener un hijo, y establece un paralelismo entre crear y criar. En uno de los capítulos Andradi escribe: "Engendrar es cultura. Parir es cultura, el ofrendar tu cuerpo para el devenir es cultura, no es ni animal ni instintivo, como tampoco es instintivo que algunas se resistan a destinar su vientre al cuidado del futuro...".

Por otro lado, invierte la relación naturaleza-cultura: "si crear y criar tienen mismo origen, ¿a quién se le ocurre que uno es cultura y el otro naturaleza? ¿Y nosotras por qué lo permitimos?".

A lo largo del texto la narradora conversa con la retátara representando de las madres de todas las épocas, del antepasado. "...Un embarazo atraviesa la vida por la columna vertebral. Y una vez que te metiste en él no tenés salida. Bien produces vida o muerte, pero no sales indemne. Esta es la sujeción de la mujer a la vida. Creo que no hay en la cultura un movimiento del cual no se pueda regresar."

De esta manera, Andradi concluye que ser madre tiene que ver con un proyecto, con una idea, que no se sostiene sólo con afeite y escarpines, sino que se está creando sujetos y criando personas, una madre tiene que ver con los cambios, desde los corporales, hasta los sociales y antropológicos.

Cecilia Propato(Buenos Aires) 

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Imaginario de Santa Ana -Miguel Ángel Federik - Ediciones Río de los Pájaros, Concordia (Entre Ríos) - República Argentina - 2004. 

Días pasados escuchábamos con asombro a un adolescente, seguidor de ciertas figuras que esporádicamente convocan multitudes en los estadios, cuando, a la pregunta del periodista: “¿Por qué te atraen sus canciones?”, respondía: – “Porque la letra no contiene imágenes ni metáforas”. Así de terminante, así de suficiente. Entonces no pudimos sino lamentar cuánto se pierde la juventud por ignorar hallazgos expresivos como éste, que leímos  en el libro Imaginario de Santa Ana, de Miguel Ángel Federik, uno de los mayores poetas contemporáneos: Jugaba a la payanca con las estrellas / caídas al breve tajamar de las tinajas.

Porque ¿qué son las imágenes y metáforas sino el disfraz con que el poeta exhibe pudoroso su corazón? Y no nos referimos a las que resultan de asociaciones antojadizas, ni a las que, obedeciendo al repentismo, devienen de juntar todo con todo, sino a las que emergen después de bucear sin desmayo en  los recónditos abismos  del alma.

Por eso, cuando Miguel Ángel reitera en cada entrevista  que la poesía exige excelencia, esfuerzo, sacrificio, reflexión –es decir, trabajo-, desearíamos que su advertencia no cayera en saco roto; por el contrario, que impulsara en sus destinatarios una  autocrítica capaz de permitirles desoír el llamado de sirena del facilismo, ese mal inficionante de la  lírica.

Él sabe además que el poeta -“una tormenta que pasa”-, ha recibido el don de conmover, y ésa es su razón de ser en el mundo. Si no hay emoción, no hay poesía.

Sabe asimismo que el motivo disparador de su emoción es el entorno, como lo fue para Virgilio y Pedro Salinas, y que él “entró” en su provincia para cerebrarla, cuando parecía difícil, si no imposible, retomar el tema después de la égloga -elegíaca pero jubilosa- de Mastronardi. Y contra cualquier especulación, dio con una forma nueva, producto de su ya registrado sincretismo, una fusión entre lo local y lo europeo, esa presencia de lo criollo en su musa que Gustavo García Saraví había anticipado al prologarle un libro anterior, Fuegos de bien amar, de 1986. El poema se llamó “Patria de la esmeralda”, y está incluido en el libro Una liturgia para Némesis, con el que obtuvo el Premio Fray Mocho 1992 de la Provincia de Entre Ríos.

Ahora se reitera su decisión de no transitar caminos trillados, y las metáforas del Imaginario, que se suceden hiperbólicas pero eludiendo el hermetismo, exaltan  un paisaje fecundo en tajamares, aguadas, tranqueras y alambradas, auténticas pertenencias de la entrerrianía.  Su nuevo libro, que embellecen los dibujos de Artemio Alisio, es, como se dijo, una “secreta y delicada biografía”, el rescate de un tiempo en que “la dicha se medía en tajamares” y “un inmenso yacaré de oro olía a viento saurio”.

Los temas son los que abordó  desde siempre la poesía entrerriana, entre ellos el señorío del paisaje (el campo, el viento, los espinillos, arroyos, siriríes, aguadas): El campo era el recreo y la tormenta, / la luz vuelta a su fiesta de colores.

Tanta es la  hermosura de su provincia, dice, que debe educar los ojos para mirarla. Más aún: preso de sus hechizos, ya no podrá mirar sin su belleza. Instantes paisajísticos, estampas, “lienzos de infancia” (así los llama), tal se muestra el telar donde  entreteje su decir poético.                                                       

Para rescatar la emoción con que lo marcó la gracia de las niñas primero, y la belleza de la mujer después, pocas palabras (pero bien ubicadas) le bastan. Isabel era “tímida y rural, / como el botón del amanecer / en su vertiente”, y “olía a huerta clara... Le enseñé a saltar a la rayuela /  y era un cumpleaños de arco iris con hoyuelos ,/ su risa entre mis brazos cuando llegaba al cielo."

La otra mujer es la hija del capataz, que le mostraba la rodilla desde la puerta,  y el mundo se me hacía una naranja en la boca.

Y porque su lírica se inscribe en la tradición literaria de Entre Ríos, incursiona también en el tema de la pobreza, ese “rostro oculto del paisaje” al que tan conmovedoramente apuntaron sus antecesores, encauzando  inquietudes de tipo social. En el elogio del paisaje subyace la certidumbre de que no todos pueden gozarlo. Por eso se solidariza con la vida sin color de los humildes, una cuerda que tensaron Ortiz, Marcelino Román, José María Díaz y Alfredo Martínez Howard.  Así, el  poema 21 del Imaginario aborda el tema urticante: Lenguaraces de la extensión,/ hebras de lino asidas a las maneas siderales.  Son los peones,  “banderolas raídas ,/ el sufrido pendón de los potreros”. Los versos  hablan de sus pocas alegrías: A veces, una mujer los sacaba del rebaño  /  y les ponía un domingo entre los dedos.

Federik se desamarra voluntariamente de la realidad, entregado al juego desinteresado del pensamiento, en un estado de inspiración casi religiosa. Y al cabo de la lectura, una emoción absolutamente inédita y bella adviene, sin necesidad de esforzadas explicaciones. Lo cual prueba que el camino de la poesía se bifurca, imbricándose en plurales direcciones, pero la meta se alcanza igual cuando quien lo transita es un elegido de las musas.

Iris Estela Longo (Entre Ríos)

PÁGINA Nº 12  

Bravo, lindo y peleador 

Por Lidia Lobaiza de Rivera (Coronda-Santa Fe) 

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PÁGINA Nº 13 – POETAS ARGENTINOS  

Matria 

La conocí una lejana mañana

que flameaban banderas.

Hablamos en bares y bodegones

durante un tiempo rojo.

Una noche en una calle oscura

le acaricié los senos.

Nos amamos una tarde

cerca del basural

mientras sus hijos buscaban comida.

Sigo enamorado de sus despojos.  

Aldo Novelli (Neuquén) 

El otro país  

Son las mismas marcas en los mismos productos

son las mismas señas en las mismas señales.

Es el mismo habla en las mismas habladurías

es el mismo asfalto, en distintas calles

con los mismos nombres.

Pero aquí no hubo trolebuses, ni tranvías,

ni mucho menos adoquines.

Sin embargo a pesar de la distancia

siempre dijeron que las leyes y derechos

eran los mismos

que teníamos los mismos colores y monedas

y que por eso nos descontaban la misma

deuda externa.  

Roberto Goijman (Chubut) 

I 

Y uno nace, de pronto, sin saberlo,

con su pecado original a cuestas,

y acomoda la piel a los deseos

y el corazón al movimiento de las aguas.

Pero siente esta culpa de granito

que otros le ataron al velamen de los días

como una cola de caballo enferma,

como una cicatriz anticipada. 

Y uno abre los ojos en la cuna,

abre los ojos redondos como un siglo. 

Así se nace, así nací en agosto,

invernal en la ropa y en los huesos.

(peor hubiera sido haber nacido

de espaldas al invierno y a las sombras) 

Así nací, tan triste de mejillas,

tan insinuado los labios, tan oscuro

aquel cabello en espiral perdido,

con estas cejas anchas, este bosque

donde se arrugan ideas y noticias. 

Así nací en agosto, lo confirman

un acta de mutantes letras negras

(hormigas de ceniza en la intemperie)

y aquella casa sin revoque, viva,

y con ladrillos vivos y calientes. 

Uno nace así y sin saberlo

agrega carne y voz, tacto y sonido

en este gran misterio de ocupar el mundo. 

Orlando Van Bredam(Formosa) 

Opinión sobre poetas.  

Creía en ellos,

con alguna vacilación, es cierto,

como se cree en

quienes han hablado con Dios,

en sus montañas,

y cuentan el secreto;

pero un día

renegué de sus bocas de pájaros mentirosos;

después, los vi morir

en una choza sucia,

ciegos y balbuceando palabras sin sentido.

Entonces volví a creer en ellos,

en su sabiduría rota,

ya sin ninguna sospecha de cordura.  

Alejandro Nicotra (Córdoba) 

El odio  

El odio, el odio, el odio,

blanco, negro, amarillo

¿Lo conocéis vosotros?

¿Conocéis la impotencia

del ardiente desprecio?

La necesidad de la mutilación

y del espanto ¿Conocéis

vosotros los abismos abiertos

sobre la cal de los fracasos

y las humillaciones?  

He vomitado sobre mí y

bajo mí yace la suerte

pestilente pronunciando

tu nombre. He aquí el estigma

del poeta ¿Lo conocéis vosotros?  

El odio, el odio del poeta

pronunciando los nombres.  

Oscar Portela (Corrientes) 

Hipertensión  

Que no podías quitar los ojos

de la pantalla

que una y otra vez las imágenes

se repetían.

Se re-partían

y partían

que sin palabras

que la injusticia.

De pronto ya no están

¡basta!

No se habla más del tema.

Otros sucesos nos sacuden 

y acuden sin que los llamen

mientras el viento. Y el desierto.

Y el niño con harapos.

Y la hambruna del mundo.

Qué hacer Señor de arriba

te preguntamos los de abajo,

por la selva tronchada,

por los ríos sin agua,

por el recuerdo de las largas lluvias…

¿Ud. tiene problemas?

-me preguntó boludamente el médico-

-no más que la otra gente…

Y comencé a comer sin sal.

Mas no logré sacarla de las lágrimas.  

Rosita Escalada Salvo (Misiones)  

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PÁGINA Nº 14  

Centro de ayuda al suicida 

Por Ángel Balzarino (Rafaela-Santa Fe) 

El estridente sonido del teléfono logró disipar el sopor que ya empezaba a gobernarme debido a los tediosos programas televisivos con los que pretendía sobrellevar las tres horas de turno. De manera automática levanté el tubo y pronuncié la ya tradicional consigna:

-Centro de ayuda al suicida.

No recibí ninguna respuesta durante unos segundos. Sólo llegué a percibir el ritmo de una respiración agitada, como de alguien que ha efectuado una larga carrera o se encuentra muy nervioso y no logra articular una palabra. Al fin surgió la voz de una mujer, débil y neutra:

-Voy a suicidarme.

Estuve a punto de exteriorizar una señal de triunfo o de íntimo regocijo porque al fin, primera vez, me tocaba atender el llamado de alguien dispuesto a tomar tan crucial decisión.

-¿Cuál es el medio que ha elegido?

Comprendí que el largo silencio obedecía a la sorpresa o perplejidad por la inesperada pregunta. La que sin duda jamás llegaron a formular mi hermano y sus cuatro amigos -entre los que había un sacerdote y un psicólogo- al decidir, con la mejor buena voluntad y en un gesto de generosidad y altruismo, instalar un Centro de ayuda al suicida. Las veces que habían requerido mis servicios -casi siempre desde la medianoche hasta las tres de la mañana, al parecer el turno más difícil de cubrir-, nunca el timbre del teléfono me posibilitó establecer comunicación con algún potencial suicida, por lo cual llegué a reflexionar que, para el caso de confeccionar datos estadísticos, debía ser el horario menos tentador y, por ello, el que reflejaba un grado de mayor euforia y vitalidad en la gente.

-¿Cómo...?

Creí que ya había mordido el anzuelo. La voz algo más firme y el atisbo de interés en la pregunta parecieron abrir la puerta para alcanzar mi propósito. Marqué cada palabra como si le hablara a un chico.

-Le pregunto qué medio piensa utilizar para suicidarse.

-No sé todavía... -titubeó, desolada, como si hubiera indagado sobre algo demasiado recóndito que no estaba dispuesta a develar, y tras una breve pausa, quizá urgida por el único motivo de su llamado, inquirió con brusquedad: - Quiero hablar con Danilo, por favor.

-No se encuentra en este momento -en seguida comprendí que no era la primera vez que llamaba sino que ya conocía a mi hermano y sin duda, por la infinita paciencia que lo caracterizaba y su deseo de contagiar un invariable optimismo a los demás, debía ser alguien de permanente consulta-. Yo ocupo su turno y trataré de ayudarla como podría hacerlo él. Tenga confianza.

-Danilo es muy especial -la voz llegó a ser un susurro casi sensual-. Gracias a él pude sobreponerme dos veces, pero ahora de nuevo siento hundirme...

-¿Quiere decir que por tercera vez va a intentar suicidarse? -formulé la obvia pregunta con el beneplácito de estar frente a un caso ideal para desarrollar mi teoría sobre la verdadera función que debía cumplir el Centro-. Podría decirme qué método ha empleado anteriormente.

-¿Método...? -de nuevo pareció quedar con la mente en blanco al plantearle algo que no figuraba en sus planes; al fin, como si recuperara algún fragmento del pasado, continuó-: La primera vez con una hoja de afeitar. Fue lo primero que encontré. Pero cuando la sangre...

Se calló de pronto. Presentí que el recuerdo de la sangre manando de sus muñecas aún la estremecía y sin duda, superado el propósito homicida por efecto del horror o por el natural e imperioso deseo de supervivencia, debió buscar el auxilio de un chorro de agua fría o una toalla absorbente.

-Apeló a un recurso probadamente ineficaz -procuré exhibir la seguridad de quien da una cátedra sobre una materia que domina a la perfección-. Demasiado lento. Otorga tiempo para el arrepentimiento y la búsqueda de algún paliativo salvador. Estadísticamente es el medio con menor resultado positivo.

-Sin embargo Danilo me dijo que había sido casi una bendición. Me repitió muchas veces que haberme salvado era un signo positivo y debía tomarlo como algo providencial para poder seguir...

-Pero lo intentó por segunda vez -la interrumpí en un reproche casi agresivo, tratando de apartar la sombra pertinaz de Danilo-. Eso demuestra que no había superado el estado de confusión y desequilibrio.

-Sí, lo mismo me dijo Danilo -la reiteración del nombre de mi hermano me dio la certeza de estar bregando contra un adversario poderoso y tal vez invencible-. Durante cinco meses estuvimos hablando casi todas las noches...

-Hasta que volvió a intentarlo -recalqué con firmeza-. Evidentemente los consejos de Danilo no lograron el efecto esperado.

-Traté de cumplir todo lo que él me decía: apartar las ideas pesimistas, ocupar el tiempo con alguna tarea, mirar todas las cosas con mucha fe y esperanza... -el sentido de culpa fue apagándole la voz-. Pero no pude. La soledad, esta casa tan grande, las noches interminables y vacías. Entonces...

-Otra vez quiso liberarse.

-Sí.

-¿A través de qué recurso?

-Una soga. Estaba en el cuarto del patio. Creí que era lo único que podría salvarme de tanta angustia. La até al ventilador del techo y...

Aunque de inmediato presentí el modo como pudo concluir esa operación, la impulsé a dar detalles, con un regodeo casi morboso:

-Por favor, cuénteme qué pasó.

-Me paré sobre una silla, hice un lazo con la soga, traté de imitar lo que vi en muchas películas -trasuntó cierta vergüenza al revivir la escena que había servido para demostrar su torpeza e inexperiencia-. Pero no resistió. El techo. Apenas aparté la silla y quedé en el aire, el ventilador se descolgó y...

Se detuvo, ahogada por un acceso de llanto. Con el incentivo de notarla tan frágil y desarmada, comprendí que era el momento oportuno para acometer la jugada final.

-¿Se da cuenta de que tantas tentativas fallidas sólo han contribuido a otorgarle mayor hueco y desorientación a su existencia?

-Sí... -con extrema debilidad admitió la sádica acusación-. Por eso quiero hablar con Danilo. Él es el único que...

-Olvídese de Danilo -inflexible, traté de quebrar el último vestigio de resistencia-. Debe aceptar que no le ha dado el asesoramiento adecuado. Ahora yo le brindaré la ayuda que usted necesita. Tenga confianza en mí.

Presentí que la demora en responder obedecía a la necesidad de asimilar una situación completamente diferente a la de tantas otras noches.

-Está bien. Si usted...

-¿Cuál es el medio que piensa utilizar ahora?

-Aquí tengo un sobre con insecticida, un cuchillo... -imaginé que debía estar frente a una mesa cubierta con elementos de acción destructiva-. Y también una pistola, que ha sido de mi padre.

-Elija la pistola, sin la menor duda -no procuré disimular una manifestación de alborozo-. ¿Ya comprobó si está cargada?

-Sí. Tiene tres balas.

-Perfecto -creí innecesario hacerle notar que una bala sería suficiente-. Ahora debe actuar con mucha serenidad. Es un momento fundamental. Al fin tiene la oportunidad de superar el bochorno y la ignominia que está sufriendo por causa de las malas experiencias anteriores. ¿Estamos de acuerdo?

-Sí -más que su voz percibí la respiración, fuerte y alterada, que revelaba una postura de tensión, a la expectativa.

-Apóyela contra el pecho, a la altura del corazón. No debe tener miedo ni vacilación. Será sólo un segundo. ¿Preparada?

-Sí...

-Apriete el gatillo -le ordené, cortante-. ¡Ahora!

No tuve tiempo de analizar si habían sido claras y suficientes mis indicaciones. La contundencia del disparo pareció perforarme el oído y, de manera instintiva, aparté el auricular. Luego de unos segundos, al verificar el total silencio del otro lado de la línea, no pude dejar de sentir un legítimo orgullo por haber cumplido con solvencia una ardua tarea.

El ruido de la puerta de calle me hizo colgar el tubo con rapidez. Adopté una posición relajada en el sillón y procuré mostrar la cara más apacible cuando entró mi hermano. La sonrisa y la voz cantarina reflejaron el habitual buen ánimo de Danilo.

-Hola. ¿Qué tal? ¿Cómo anduvieron las cosas?

-Muy bien -pretendí jactarme de la eficacia con que había ocupado mi turno-. Podría decirte sin temor a equivocarme que esta noche ha sido la más fructífera desde que funciona este Centro.   

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PÁGINA Nº 15  

Nimes, la secreta 

Por Luisa Futoransky (Buenos Aires-Francia) 

Desde Saint Remy, Salons de Provence hasta Arles y Nimes, un viento de esoterismo estremece las tierras provenzales que maternaron a Nostradamus y su descendencia.

El autor de las enigmáticas profecías fue médico de gran prestigio en la región y probada generosidad. Allá por el 1525 se dedicó con ahínco a curar epidemias y paliar los estragos de la peste.

La inmensa Catalina de Médicis lo visitó para pedirle que interpretara su horóscopo y cuando Nostradamus aseguró que su hijo sería un poderoso soberano, lo colmó de regalos. Si la gran reina descendía y de tan lejos a consultarlo, la corte y el resto de los mortales se apiñaron para obtener remedio y consejo.

César Nostradamus, a diferencia de su padre, destacó sólo en literatura publicando en Lyon, en 1625, unas soberbias Crónicas de Provenza.

Desde la muerte de Nostradamus el mundo se empeña en desentrañar el significado de sus profecías formuladas bajo la forma de cuartetas rimadas. Como la mayor parte de los vaticinios se los confirma en forma admirativa después de que éstos se han cumplido. 

La torre inclinada 

En 1601 el arboricultor Traucat convence a Enrique VI de que en los cimientos de la célebre torre Magna del centro de Nimes se encuentra un fabuloso tesoro de la época romana, acrecentado por el botín allí ocultado por los sarracenos. El monarca se asoció a las excavaciones con la generosidad que caracteriza a los reyes; los gastos de la empresa serían a cargo del interesado y, de hallarse el tesoro, dos tercios engrosarían las arcas de la corona.

Traucat se creyó destinatario de una centuria de Nostradamus, la que predice que un jardinero de Nimes se hará famoso encontrando un tesoro enterrado. Lograron detenerlo cuando los cimientos del monumento empezaron a tambalearse y la Torre Magna a salirse de quicio, quedando sólidamente inclinada con la forma insólita que exhibe hasta hoy.

Al jardinero no le quedó otra que volver a sus jardines, y al cultivo y difusión de la morera que, como nadie duda, era su verdadero tesoro, el anunciado por la profecía. Riqueza venida a menos, ahora que la seda, las torres y el propio Nostradamus son negocios cada vez más artificiosos, virtuales y sintéticos. 

Pan y circo 

Las arenas mejor conservadas de la historia romana están en Nimes. Hoy día las techaron con una suerte de caparazón de tortuga móvil, festejada realización de la arquitectura contemporánea.

Pensándolo un poco permite, con cierto esfuerzo, recordar los vapores y exudaciones de la sangre que por allí trascendieron.

Variados eran los espectáculos ofrecidos al comienzo de nuestra era por el gran anfiteatro nimeño; como aperitivo, ponían erizos en el morro de los perros, luego venían los combates entre hombres y bestias o bestias con bestias o ciegos con ciegos. El plato fuerte era siempre el degüello final de los vencidos. Para confundir y matizar el olor de la carne en descomposición, los esclavos, a la hora del almuerzo bajo las arcadas, vaporizaban perfumes bien densos sobre los dignatarios. Ahora nos contentamos nada más que con corridas, novilladas, rockeros y boxeo. En cuanto a los dignatarios, como siempre, siguen entrando gratis a todos los espectáculos del mundo y por lo general el perfume lo traen puesto.

Esta ciudad en el fondo es muy sentimental y sus jardines del XVIII lavan sus pies en lo que fueron alguna vez suntuosos baños termales; puede que alucinan todavía con los nefastos pero ardidos amores de Cleopatra y Marco Antonio que por allí, dicen, brevemente transcurrieron. Pero, modernidad obliga, no queda otra que resignarse con el veraniego y publicitado festival de cine peplum que deja graderías, templos y avenidas regados con aroma y detritus de pop corn, algo de marihuana y mucho de cerveza y de merguez.  

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PÁGINA Nº 16  

Agonía del decir 

Por Orlando Van Bredam (Formosa) 

Porque sí, porque no, porque la duda se hamaca como la luz de la esquina empujada por vientos huraños; porque Marcos debió decírselo y no se lo dijo, porque dejó que Rosa agregara un plato más, un par de cubiertos más y  un vaso más; mejor dicho: porque permitió que Rosa no quitara ese plato, esos cubiertos, ese vaso. Fue ese gesto leve, instantáneo, automático que Rosa ejecutaba todos los días con la vista en blanco, vacía, el que no se animaba a cortar, como tantos otros, claro, todos aquellos gestos que llevaban a Lucas porque decir es hacer, mejor dicho: deshacer y Marcos estaba deshecho antes de ella, más que ella tal vez. Ese mediodía o bien pudiera ser esa noche, como todas las otras noches desde hacía meses? semanas? no se hablaba más que de Lucas, como si Lucas estuviera allí, a veces, o hubiera salido simplemente al patio o hubiera marchado hacia la escuela. El la seguía con la silla que había aprendido a manejar con facilidad en el caserón paterno y húmedo donde las luces se descomponían contra las paredes altas y lejanas, él la seguía como si huyera de sí mismo, del hombre intacto que había quedado en alguna habitación llena de risas infantiles. Rosa lo esperaba para hablarle de Lucas, para decirle que lo notaba distraído, flaco, como enfermo, que tenía razón la maestra y que en los últimos días no había hecho la tarea y fijate, decía Rosa con los ojos neutros, fijate que la señorita tiene razón, todas estas hojas están en blanco, en blanco. Marcos izaba la cabeza como ante una obligación y afirmaba también con la cabeza, mientras sus piernas inútiles parecían desmentirlo, éste era el momento de decirlo, de soltar con seguridad, sin balbuceos, lo que había callado desde el primer día; pero no, prefería afirmar con la cabeza o decir que sí, que era cierto que Lucas ya no era el mismo, que efectivamente, él también lo había notado distraído, flaco, como enfermo y que esas hojas en blanco, tantas hojas en blanco, lo probaban. Rosa recogía los platos mientras él la seguía con la mirada, la miraba mirar ese plato intacto, ese vaso limpio, esos cubiertos sin usar y comentar también, con insistencia en los últimos días? semanas? que Lucas ya no comía como antes, que este chico me preocupa, Marcos, me preocupa, está inapetente; él iba a decírselo, porque qué  mejor que una sobremesa para aclararlo todo, para decirlo de una vez, pero no,  se callaba o afirmaba que era cierto, se lo nota inapetente, deben ser los parásitos diagnosticaba Rosa, el ajo es bueno para los parásitos sugería él con la crueldad de una gota de ácido, con la apatía de una piedra olvidada sobre una mesa. Y la vio a Rosa, esa misma tarde, pelar una cabeza de ajo, la vio también esa misma noche entrar en la pieza de Lucas y la vio salir decepcionada, es una lucha, Marcos, es una lucha, este chico no me prueba nada y tampoco el ajo. Ahí estuvo más cerca de decírselo, la esperó en la puerta de la pieza de Lucas y le atravesó la silla cuando salía y le dijo Rosa, Rosa; ella lo miró y se miraron y entonces él bajó la cabeza y dijo nada, no es nada, no tengo nada que decirte. Y Rosa lo apartó como al tacho de la basura y se fue por el corredor lleno de grietas penumbrosas y él la escuchó carraspear disgustada y entrar en la cocina. Y al día siguiente, muy temprano, escuchó ruidos en la habitación de Rosa, la imaginó vistiéndose con empeño como cuando iba a salir de la casa, pero no a un lugar cerca, no a buscar el pan, la carne o la verdura, no, Rosa estaba vistiéndose, seguramente, como cuando quiso ir a la comisaría aquella vez del accidente, cuando se vistió para ir al hospital pero después no quiso ir; movimientos rápidos, histéricos de tacos sobre el piso opaco de parquet, movimientos que él conocía, que él había visto con escándalo y furia, movimientos que ahora se veía en la obligación de detener. En pijama, saltó sobre la silla y salió  de su habitación y empujó la puerta de la contigua y la vio a Rosa, con ese trajecito oscuro que usaba para las mejores ocasiones, maquillada hasta la desmesura, tiesa hasta el ridículo como si no supiera caminar y con el cuaderno de Lucas en la mano.

-¿A dónde vas?- preguntó.

-A la escuela- dijo Rosa con los ojos escapados.

-No podés ir a la escuela – dijo Marcos sin energía pero con seguridad.

-¿Por qué?- preguntó ella pero no a él, sino a sí misma, como quien habla ante un espejo.

-Porque Lucas ya no existe, murió en aquel accidente en el que yo perdí mis piernas. Se acabó el juego.

-No es verdad- se dijo Rosa a sí misma y avanzó hacia Marcos que quiso impedirle la salida, pero ella movió la silla hacia adentro y salió de su habitación. Enseguida, Marcos la escucharía avanzar por el corredor ruinoso y atravesar el comedor lleno de ecos mortuorios y cerrar con violencia la puerta gigantesca de la entrada. La escuchó volver cerca del mediodía y sintió ruidos en la cocina como si estuviera preparando la comida. La encontró inclinada sobre la mesa en la cual había colocado dos platos, dos vasos y sólo dos pares de cubiertos. Se la notaba feliz, al menos eso le pareció a él cuando se miraron a los ojos.

-¿Vas a comer?- preguntó ella.

-Claro que sí- dijo él con una sonrisa que buscaba reciprocidad.

-Entonces acercá otro plato- dijo ella, muy seria y con los ojos llenos de furia.   

Después de días insípidos y rápidos, sin heridas ni cicatrices, hechos a la medida del abandono, Marcos buscó una fisura para hablar con Rosa; nada lo irritaba más que ese ritual del almuerzo o la cena, porque allí desembocaban los tres. El no se levantaba para el fingido desayuno en el que Rosa volcaba la leche que Lucas no había querido tomar,  tampoco para ver cómo la mochila de Lucas seguía allí en el respaldo de alguna silla de la cocina, porque este chico, Marcos, me está por volver loca, ya ni lleva mochila a la escuela, ¿es que nosotros también fuimos así?, le preguntó alguna vez Rosa y él cometió el crimen de decirle que no, que ellos eran distintos, que  sus padres no hubieran permitido tal cosa, pero que los tiempos cambian. Por eso, ahora prefería quedarse en la cama o en la habitación, levantado y escuchando la radio. ¿A vos te parece que se puede tratar así a una madre?, preguntaba ella y él sonreía, sólo sonreía y también preguntaba: ¿y a un tío, a un tío como yo, que prácticamente lo ha criado? Los tiempos cambian, decía ella y volcaba la leche y llevaba la mochila hasta la habitación de Lucas. Pero ahora, Marcos quería encontrar esa fisura, ese silencio endeble en el que era posible introducir palabras como quien mete una mano debajo de una falda esquiva. Es verdad lo que te dije hace un mes más o menos, empezó, cauteloso, sin quitar los ojos de ese rostro amable, erosionado por la amargura, que se había demorado después de la cena, más de lo normal, mejor dicho: más del tiempo que acostumbraba demorarse. Ella dejó que él siguiera: en aquel accidente, te acordás, volcamos con el auto, yo manejaba y mis piernas quedaron aprisionadas y las perdí, él estaba a mi lado y salió despedido, no llevaba cinturón, yo tengo la culpa, pero ésa es la verdad, nunca quisiste escucharme. Rosa lo mira ahora desde la decepción, hay una sonrisa que no se anima a nacer, amarga y perpetua, con la que le dice no podés decirme esto, no era así la cosa, no era así; él hace girar la silla y se le acerca, estira una mano sobre la cabeza de Rosa que se entrega, dócil, y que dispara ahora un arsenal de lágrimas remotas, ya frías, ya vacías de todo significado, y él la aprieta contra su pecho, y también llora, claro. 

Decir es hacer, pero hacer es decir. Un día de éstos, un día cualquiera de éstos, escritos en un tiempo inalterable, en un puro fluir por el caserón húmedo y distante, Rosa pondrá dos platos en la mesa y dos pares de cubiertos y dos vasos y lo mirará a Marcos con ternura, con la ternura recuperada que ya no mira con ojos blancos, ni neutros, ni opacos, sino con el brillo de dos bolitas encontradas en el jardín después de escarbar con entusiasmo. Sin embargo, también un día de  éstos, insípidos, más insípidos ahora cuando no se habla de nada, cuando las palabras no agonizan ni se exaltan, sino que se borran hasta desaparecer,  Marcos sentirá el deseo irrenunciable de buscar otro plato, otro par de cubiertos y otro vaso, con la urgencia de agitar el desorden, de ponerlo en la superficie, de seguir la partida.

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PÁGINA Nº 17

Dios soy yo

Por Esther Andradi (Ataliva - Alemania) 

Ibrahim Abdullah se rasgó la barbilla con sus dedos metálicos. ¿Cómo podría escribir? En la batalla había perdido el anular y el índice, y el pulgar aquel, que una vez compuso, era apenas una burda maniobra en el aire. Comprobó. Sintió que el metal le aplastaba la memoria del tacto, pero no tenía alternativa. Había que hacerlo. El Supremo Ministro le había encomendado esta misión. Reescribir. A él, nada menos que a él, mano derecha de Hermeneutes, el Director de las bibliotecas incendiadas, definitivamente arrasadas, letra sobre letra. Ahora le encargaban la reconstrucción. Los habían capturado juntos, pero mientras a Ibrahim lo trasladaron a una bóveda del hospital para curarlo, al viejo, que se resistió en todo momento a colaborar, lo encerraron en la cripta de la luz.

Habían recorrido cientos de kilómetros con ese destartalado vehículo. Nadie que conociese los riesgos de manejar se hubiera atrevido como ellos. No hablaban. Parecía que hubieran perdido la costumbre de la palabra, le explicaron a los puñetazos e hicieron sonar interjecciones en sus mandíbulas y oídos. Finalmente uno de los emisarios del Supremo le descubrió la cara magullada y habló:

–¿Te vas a acordar o no?

Para Ibrahim Abdullah la pregunta era su pesadilla. Todo lo había soportado, sin conmoción alguna, hasta que supo que la desaparición de los tesoros impresos era irreversible, tanto como la gravedad de Hermeneutes, su maestro, y la misión que el Supremo le adjudicaba ahora a Ibrahim, para que elija entre reescribir, o no ser. Como su pasado. Acordarse podría quizás, pero nunca iba a ser como el original.

–Y qué importa –le contestó groseramente la figura–. Ya no quedan originales en ninguna parte para comparar.

Volvieron a amenazarlo.

–El único original eres tú.

Las carcajadas retumbaron en sus oídos.

No podía creerlo. Memorioso había sido siempre, pero esto era mucho más de lo que podía imaginarse. ¿Escribir de memoria los textos...?

–Bueno, no todos, sólo aquello que el Supremo quiera, se entiende.

La guerra no había acabado ni con las calculadoras ni con las bóvedas del tesoro en los bancos, pero sí con la letra impresa: no había bibliotecas particulares posibles y desde que el Estado obligó a los ciudadanos a deshacerse de libros y papeles, toda palabra escrita se había perdido. Ibrahim sintió una angustia inconmensurable en la garganta, una contricción severa en el torso y le pareció que estaba partiéndosele el corazón, pero ni morirse lo dejaron.

Muertos los libros, vivan los libros, hubiera deseado pronunciar Ibrahim, pero calló. No eran tiempos éstos para abrir la boca. Una vez en el hospital, fue rescatado de la horda militar por Kalostro, el sacerdote.

–Olvídate –le pidió Kalostro, dueño y cancerbero, que desde entonces abría y cerraba la puerta de su celda.

Y depositó sobre sus rodillas esa máquina que se convirtió en su único contacto con el afuera..

–Es algo del otro mundo –susurró.

La habían encontrado en el fondo de la ciénaga, la menos oscura y tenebrosa, que ya llegaba hasta el hospital de campaña. Era un aparato pequeño, como un mínimo órgano lleno de teclados semejante a la Klavier que alguna vez tuvo Hermeneutes, aquel que hoy lloraba en la cripta de la luz cada vez que se escondía el sol, porque recuerda.

–Al fin y al cabo, el aniquilamiento no es tan problemático –le confió el sacerdote Kalostro–. La censura tendrá menos trabajo a partir de ahora.

El alivio del prelado sonó como una advertencia para Ibrahim Abdullah, condenado a sobrevivir el campo de batalla y la destrucción posterior para ver como el desierto extendía sus lenguas sobre los ancestros, devorándose lo que una vez fue vergel. La tierra, o como quiera que se llame, era ahora esa esponja llena de esquirlas que veía por el monitor del aparato que le entregó Kalostro.

–Serás el escribiente de la nueva era –seducía Kalostro al joven Ibrahim, que ya se sentía huérfano como discípulo–. ¿No decías que conocías los textos? ¿No eras acaso el terror de la documentación y la investigación? Ahora serás quien resucitará lo muerto y reconstruirás las palabras que recuerdes, serás el almacén de este resto de humanidad para que se sepa que somos poderosos, pero la aniquilación nos es ajena...

Kalostro se secó la frente como si el cinismo de su discurso le hubiera provocado algún escrúpulo.

¿Cuánto pesa un escrúpulo, Hermeneutes? ¿Cuánto? Rogó, gimió, se retorció Ibrahim, pero no había caso. Su Maestro ya no estaba ahí para responder, acaso no estaría más para nada, había quedado solo, definitivamente solo en esta tierra que alguna vez también había sido suya, de ambos, de millones, pero ahora ya no se podía caminar por ella ni usar las piernas, los que aún las tuviesen. La tierra que había sido de todos y de todas se había convertido en una ciénaga de plástico mortal para quien se aventurase fuera de su cápsula.

–Aunque los más pobres lo intentan –le contó Kalostro en un ímpetu de sinceramiento–, como no les queda otra... verás, siempre hay alguna loca que se atreve a quitarse todo y a gritar a la intemperie.

Y el monitor de la pequeña máquina se iluminaba para revelar el mundo exterior.

Ganas de eles, pensó Ibrahim. Morir por una lápida, lámina, lacerante, litigio, luz, lagar, lilith, leer pidió.

–Lágrimas –agregó el sacerdote–. Lágrimas y látigo te faltan.

Desde entonces practicaba. Todas las tardes, desnudo y silencioso, mutaba sonidos, palabras, letras, gárgaras, todo lo que pueda ser que no haya sido. Pero hasta ahora no le había sido posible reencontrar ni reescribir ni confirmar alguno de los antiguos escritos. El viejo Hermeneutes, en tanto, se retorcía durante los interrogatorios en la cripta blanca y pulcra y rechinaba por un poco de sombra. Basta ya de luz, déjenme en paz, bramaba el prisionero, mientras Ibrahim Abdullah tomaba nota de cualquier cosa que recitase el viejo Maestro.

Aquella tarde, Hermeneutes había despertado de su letargo y se abalanzó como gato enloquecido sobre Ibrahim, volvió a escupir como cuando lo habían recogido en la biblioteca humeante, mientras sus escribas se hundían en la ciénaga de plástico para siempre. Con ella desaparecían también las láminas, los mensajes, el papel, la última fibra de luz donde alguna vez habían dejado sus huellas los seres. Ninguno de los asesinos lloró. Definitivamente aliviados, los saqueadores se dedicaron a la farra viva de lotearse las escrituras y después eliminarlas para siempre. No habrá nada que las recuerde ni palabras que digan que alguna vez fueron, de aquí en más no serán nunca jamás y para siempre estarán fuera del mundo y el olvido. Perecederas serán. Fue la condena.

¿Cuán amplio es el olvido? ¿De qué color son sus praderas? Será como la pampa, acaso, como el desierto, los contornos bajo el hacha, se preguntó Ibrahim. En vano. Nadie vendrá a responderle. El viejo Hermeneutes acababa de expirar. Su vida ya no será. Su memoria tampoco. Y el viejo se hundió lentamente en la hirviente textura de la ciénaga que como todos saben, encierra el paraíso.

Entonces Ibrahim Abdullah comenzó a escribir, tembloroso, con sus dedos metálicos, aquello que le dictara su memoria, embelesado, poseso, como si copiara de algún papiro imaginario reflotado por un instante del olvido.

–Muéstrame lo tuyo, Ibrahim –le sobó el lomo por la noche el Supremo, que amaba el perfume de los jóvenes más que cualquier otro sentido y que hubiera dado gran parte de ese reino maldito por un poco más de belleza y menos de codicia. Pero, ah, la perra vida siempre se salía con la suya. Husmeó por sobre el hombro del joven, reconoció aquella frase que reproducía el monitor y entonces supo que todo comenzaría de nuevo.

–Lindo tu apócrifo, muchacho, dijo, y leyó en voz alta como si supiera:

“hen un lugar de La Mancha de cullo nonvre no quiero hacordarme...”  

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PÁGINA Nº 18                     

Posmodernidad y fin de siglo 

Por Liana Friedrich (Rafaela – Santa Fe) 

Posmodernidad  no significa precisamente muerte de las utopías; más se hubo constituido en el" disparador" que abre el gran debate de fin de siglo.

Desde el punto de vista humanístico, ha significado una reacción hacia el exacerbado individualismo de los tiempos modernos, cuyo exponente máximo fuera instaurado, en el transcurso del siglo XX, por las llamadas democracias autoritarias.

Más que con movimientos circulares, la historia se desplaza pendularmente. Esto lo vemos a diario en manifestaciones populares como la moda, o en otras no tan vulgares, como los movimientos artísticos, cuyos extremos máximos avanzan según los paradigmas griegos de lo apolíneo  versus lo dionisíaco ,es decir, desde las líneas sobrias, austeras, hacia el oscurantismo complejo y retorcido (o dicho de otra manera, desde lo clásico hacia lo barroco). En realidad, estas posturas antagónicas responden a una  concepción bipolar  del universo, basada a su vez en las dicotomías bien/mal , luz/oscuridad, blanco/negro, día/noche, guerra/paz, amor/odio...           

La crisis humanística finisecular reaccionó contra el concepto iluminista del sujeto autónomo, que se erigiera en "rey del universo", y cuyo ideal le hacía suponer que la sociedad progresaría ilimitadamente, gracias al poder del pensamiento y la evolución constante de las ciencias. Hoy las concepciones orientalistas, de carácter holístico y naturalista, invaden todos los foros de la cultura, oponiéndose básicamente al excesivo egoísmo individualista, y propugnando la ruptura  del  "yo" como categoría que se disuelve en la armonía cósmica. Una mente ecologista  se apodera de esta sociedad, donde no es posible admitir que el hombre domine la naturaleza como un demiurgo caprichoso y tirano, sino que es menester intentar una inserción equilibrada en ella. En conclusión, asistimos a la disolución del sujeto racional egocéntrico en la  otredad del "nosotros", para sumarnos así al Todo con el objeto de con-vivir en paz y armonía.

Como Lipovetzky, podríamos sustituir el término "posmodernidad" por "sobremodernidad", porque el momento actual es el resultado de los excesos de la sociedad posindustrial, (caracterizada por una saturación de las invenciones que no siempre responden a demandas reales, y por la aceleración en los tiempos y en las comunicaciones) la que nos sumió en una cultura "light" - "collage" irreverente de  "feelings" y "zappings"-  donde una cambiante gama de placeres, colores e imágenes nos deslumbra constantemente con sus falsos espejitos de pseudo-conquistador tecnológico siglo XXI... Para reaccionar al gran "vacío existencial " que plantea este filósofo de nuestro tiempo, y al consumismo como actitud de vida, es necesario interponer una postura trascendente, que  lleve al hombre a transitar caminos más elevados (los que, paradójicamente, no desembocan en el mundo físico sensible, sino que se adentran en el interior del ser). De ahí que la utopía de un mundo mejor, a partir del constante desarrollo progresista (el que paralelamente ocasionara la destrucción sistemática del equilibrio ecológico y una contaminación ambiental irreversible), demostró la falacia del racionalismo científico. Es por eso que la relación- aparentemente antagónica- entre  los opuestos debe necesariamente subsumirse en un Todo, cuya característica de unicidad es la que logrará superar las diferencias que nos enfrentan.

La culminación del siglo XX  dejó como saldo una actitud científica más amplia (la teoría de la relatividad de Einstein constituyó un antecedente, en este sentido), porque la verdad es relativa. No es absoluta, como pensaba el hombre moderno. Y el avance de la tecnología debe ser condicionado éticamente. Es así como una actitud crítica universal reencauza el camino de la ciencia, con grados de apertura crecientes, dando lugar también al mito y a la religión. Surge, por ejemplo la "medicina alternativa" como opción válida, y la razón va dejando paso a la intuición como instrumento viable de conocimiento.

Se ha dicho, además, que el fin de siglo implicó, desde el discurso posmoderno, la "muerte de la historia", porque si no hay lugar para las utopías, entonces, ¿podría acaso existir una opción de futuro? Es así como, en los países desarrollados se habla de la "post historia", caracterizada por el desarrollo económico como meta la crisis de representatividad política y el triunfo del consumismo, que sólo sirvió para ahondar las diferencias sociales, clausurando definitivamente los ideales de la modernidad. El racismo, el fundamentalismo, la marginación, la violencia y la droga son parámetros que indican el colapso del liberalismo occidental. De ahí que el pensador japonés Fukuyama sostiene que la instancia válida sería la constitución de una sociedad armónicamente integrada en el contexto natural. Dicha postura forma parte de una ética mutualista, junto con una concepción cíclica del tiempo, que desde el punto de vista oriental,  interpreta vida/muerte como las dos caras de una moneda, integrante de un mismo Todo.

Y para concluir  -también con una visión orientalista- los chinos registran el concepto de crisis  por medio de dos ideogramas: el primero significa peligro, y el segundo, oportunidad. Esto nos ofrece la posibilidad de responder ante los peligros de esta época de desencantos, de "carpe diem", de desigualdades marcadas o de falta de proyectos , con  la opción del CAMBIO, interpretado  como una transformación básica que debe partir en primera instancia del interior de nosotros mismos, por medio de la apertura existencial que nos conduzca a la integración. Lo universal no se halla centrado en lo homogéneo, sino en la heterogeneidad de  los sujetos (distintas etnias, religiones, credos, etc, etc). Sumemos entonces nuestras individualidades a la unidad del Todo. El inicio de esta NUEVA ERA no se halla determinado por condicionamientos astronómicos fijos; más bien podrá dar comienzo cuando no existan barreras que separen, dividan, segreguen... no sólo de carácter físico como el Muro de Berlín, sino más bien espirituales, porque en realidad, las primeras son sólo consecuencia de las segundas.  

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PÁGINA Nº 19  

Papá soñaba con hacer la guerra 

Por Irma Verolín (Buenos Aires) 

De mi padre sólo sé que pasó su vida preparándose para hacer la guerra. Todos los días, todas las mañanas, no bien se despertaba, empezaba a limpiar su revólver. Y lo hacía con lentitud, lo acariciaba despacio, muy despacio, hasta se diría con cierta sensualidad. Los ojos un poco bizcos, los dedos ágiles y una atención excesiva. Yo me figuraba que al final sus dedos debían quedar muy pero muy fríos. Lo imaginaba en el borde de la cama, con su revólver, dejándose estar, suave, calculadoramente, a esa hora en la que únicamente la luz de la lamparita eléctrica iluminaba la habitación, donde mamá dormía con los párpados hinchados. Y arriba, el cielo raso. Abajo, el piso cubierto con capas y capas de cera, brillando casi tanto como la hendija de la luz que horas más tarde tajeaba las persianas.

Se decía que papá estaba más preparado que nadie para este asunto de guerrear. La verdad es que él se esforzó mucho, siempre, en sus preparativos. Era capaz, incluso, de predecir acontecimientos, gracias al mapa del mundo que había colgado entre el almanaque y la hornalla de la cocina. Lo llenaba de chinches puntudas con banderines multicolores, que eran signos evidentes de avance o retroceso.

No está de más decir que papá hablaba muy poco de este asunto, aunque, por cierto, no era necesario: su vida entera giraba alrededor de aquel revólver como en torno a un eje. Sus ojos conocían de memoria el camino de las chinches con las banderitas que, en el mapa del mundo, interrumpían ríos, oscuras cadenas de montañas o la orilla delicada de los océanos.

Pero la guerra no llegaba. Llegaban, sí, rumores confusos, que quedaban vibrando en las bocas por donde iban y venían o en algunas páginas del diario con las que, tarde o temprano, mamá terminaba empapelando el tacho de basura.

Lógico es suponer que en ínterin el tiempo desparramó su harina y que mi padre trajinó por campos gastados, amarillentos, adentro de esos enormes bichos de metal. Me lo imagino acurrucado, hecho un ovillo, fumando uno de aquellos inaguantables cigarrillos negros, como Jonás en el vientre de la ballena, como tragado por un dinosaurio o de regreso, nuevamente, en la panza de la abuela.

Alguien dijo que papá soñaba la guerra igual que una jornada de fuegos artificiales, una fiesta muy importante, sin final feliz, con cuerpos humanos que danzaban camino al cielo. También se rumoreó que, en alguna ocasión, hubo un amago tan contundente que vieron a mi padre en la vereda con gesto desconocido, gallardo, desafiante, más atento que nunca, con los ojos mirando muy lejos. Mientras tanto el tiempo se iba deslizando igual que aire y pasó, pasó, pasó hasta desaparecer por un resquicio o por una grieta inimaginable.

Lo cierto es que a papá jamás nadie lo vio declinar en su espera. No olvidó limpiar su revólver cada mañana con la misma parsimonia con que mamá se retocaba el maquillaje de sus párpados. Ni tampoco dejó de curiosear el dichoso mapa atravesado por chinches y banderas. Entre tanto pasaron muchas cosas: pasaron de moda algunos que otros bailes y sus melodías, mi persona llegó al mundo en una tarde lluviosa y se quedó arrinconada en la casa de alguna tía, un hombre del hemisferio norte pisó la luna, crecieron y bajaron las mareas, se hizo más grande el agujero de la capa de ozono y se llenó de murciélagos el árbol de la vereda de enfrente.

Sé que los párpados de mi madre se fueron pareciendo cada día más a la piel de las tortugas y que el revólver de mi padre gastó pólvora en chimangos y que las banderitas adheridas con las chinches describieron infinidad de figuras con contornos que hasta llegaron a ser muy armoniosos. Y que el tiempo se escurría, blanco, y que se desbordaba como la leche cuando, sobre la hornalla, hierve a todo vapor.

No tengo dudas de que al pintar sus párpados mamá acostumbraba tener el mismo gesto que solía tener mi padre cada vez que se acercaba al mapa del mundo, como quien va a controlar algo que ya conoce demasiado. Tampoco tengo dudas de que todo fue muy lento para algunos y desmesuradamente veloz para papá.

Una noche entraron en casa muchos hombres dando gritos. Grandes alaridos. Papá venía con ellos. Que dejara lo que estaba haciendo, le ordenó a mamá, porque en la guerra no se hace nada. Entonces mamá primero se desmaquilló los párpados y después se fue corriendo a buscar aquellos pesados borceguíes, el casco, la chaqueta y el pantalón. Cuando mamá quiso tomarlos, una bandada de polillas escapó volando, se alzó, violenta, desde la ropa gastada, subió, se arremolinó y sobrevoló la cabeza canosa de mi padre. Y el almanaque se deshojó una y otra vez, se deshizo, se convirtió en finísimo polvillo, se pulverizó delante de los ojos de mi padre, que buscaba encontrar los números y las letras con sus días y sus meses, inútilmente. Así quedó papá durante varias horas, estático, mirando el almanaque con la cara de quien contempla un campo seco o bombardeado o una vieja foto de su adolescencia.

Hay quienes afirman que entonces la tierra se abrió, que se partió en dos mitades y los ríos salieron de su cauce. Que hubo terremotos, se dijo también. Sin embargo mamá sostiene lo contrario. Nada pudo pasar, nada había pasado. Sólo tiempo, tiempo tras tiempo, porque aquel día el patio se llenó como siempre de gorriones, los murciélagos del árbol de la vereda de enfrente continuaron allí y en la radio anunciaron que la temperatura iba a ser alta aunque soplaría un poco de viento.

De todos modos mamá asegura que aquella noche papá tuvo un sueño. En aquel sueño yo aparecía caminando desde el fondo de la casa, descalza, vestida de blanco y de pronto volaba o me deshacía en el aire. Lentamente el aire de la casa se volvía blanco. Y llegaba la noche y mi padre se despertaba y allí está todavía caminando por el patio. Entre las paredes blancas el cielo hondo lo está llamando. Mi madre lo mira dar vueltas y vueltas con la cabeza echada hacia atrás; le dice con voz muy baja, casi con miedo:

-Es hora de dormir.

Como mi padre ya está bastante sordo entiende que es hora de morir. Por eso no baja la cabeza, no quiere dejar de mirar la danza titilante de las estrellas. Se me ocurre que, observado desde arriba, papá ha debido parecer un pequeño punto blanco encerrado en un cuadrado que, siguiendo la ley primordial del Universo, da vueltas o gira, gira, gira.  

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PÁGINA Nº 20 – POETAS OLVIDADOS 

Humberto Alfredo Seri 

Por Manuel Bande (Entre Rios-Santa Fe) 

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PÁGINA Nº 21  

La encuestadora  

Por Beatriz Pustilnik (Buenos Aires) 

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PÁGINA Nº 22  

¿Para qué sirve hoy la poesía? 

Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires) 

Si la poesía tiene todavía algún sentido, en estos tiempos de miseria, es cuando continúa encarnando, a pesar de todo, aquello a lo que Dante aludió con tanta nitidez: “la gloria de la lengua”. La sociedad de consumo, la sociedad del espectáculo, nos han embebido en su atmósfera estridente y demagógicamente chata, falsa en el doble sentido de imitadora y deshonesta, que se ha convertido en el aire que respiramos, en una seudo-cultura populista y no popular producida seductoramente por los grandes medios masivos de incomunicación. Con sus efectos deletéreos sobre la espontaneidad creadora de la gente, inclusive del lenguaje, especialmente del lenguaje.

La cuestión es que si decae el lenguaje humano, decae la condición humana. Porque no usamos el lenguaje, insisto, somos lenguaje. Y cuanto menos lenguaje somos, somos menos humanos, menos hombre. Hemos vivido acaso sin percibirlo una mutación, y ahora estamos inmersos no sólo en una civilización cuyo centro ya no es el lenguaje sino que incluso ataca las fuentes del lenguaje. La crisis actual de la poesía no es entonces quizá tan sólo la de un mero género literario sino que, algo muchísimo peor, es la manifestación máxima de una carencia muy profunda en cuanto a la espontánea capacidad creadora de lenguaje por parte de los hombres.

Cada vez que hubo una gran poesía, por alquitarada y elitista que pareciera, siempre estuvo secretamente ligada, aunque fuera por oscuros meandros, con una lengua viva realmente hablada por un pueblo, por una comunidad. Ante la amenazante posibilidad de extinción de la gran literatura ¿cada uno de nosotros debería, como ya lo anticipó Ray Bradbury en su Fahrenheit 451, esconderse para preservar vivo, aprendido de memoria, el texto de un gran libro? ¿O será suficiente seguir escribiendo el poema?

Porque “la palabra no sería deliciosa si no significase una calidad”, ¿no es cierto, Gabriel Miró? Y el hombre que labra amorosamente el lenguaje que es a la vez suyo y general, íntimamente propio y al mismo tiempo de la especie, el solitario que cumple después de todo la más significativa y necesaria función social, pudo ser nítidamente percibido por Michel Butor, ya a comienzos de la década de los sesenta: “El poeta es aquel que tiene conciencia de que la lengua, y con ella todas las cosas humanas, está en peligro.”

Me parece sin duda evidente que la comprensible y valerosa reacción mundial de los ecologistas (a la cual hemos visto sumarse hace poco tantos partidarios de la paz) ha logrado, hoy, llamar la atención sobre las consecuencias deletéreas que la adicción suicida por el poder global y la riqueza obscena ha tenido sobre la calidad de la vida humana y de la vida sin más en nuestro planeta, poniendo el acento sobre los daños geográficos, ambientales, concretos y visibles. Pero me temo que todavía no se ha percibido la enormidad del daño psíquico, cultural, estético y esencialmente humano que hemos sufrido para adaptarnos a esta maquinaria que ha enloquecido, cuyo único y delirante objetivo es hacer más dinero del dinero, hasta el infinito. Y que, en consecuencia, sería necesaria también una lucha ecológica a favor de la condición humana, de la calidad humana de la vida humana. Sin abandonar en absoluto lo otro, por supuesto. Hay un agujero de ozono pero también un abismo (si es que no un cáncer) en el espíritu. omo casi todas las cosas del planeta, la poesía ha sido hoy completamente desacralizada. Y si tal pudo ser acaso el objetivo de las vanguardias de comienzos del siglo XX, seguramente no lo fue en el sentido actual. No creo por ejemplo que la fuente-mingitorio de Duchamp tenga la misma longitud de onda y la misma orientación de sentido que tantas “instalaciones” en frío y tanto supuesto “arte conceptual” hoy extrañamente asumido como neo-academicismo, casi siempre de carácter oficial y con patrocinadores multinacionales que nada tienen que ver, ciertamente, por ejemplo con gente como Lorenzo de Medicis. Después de todo, ya en el siglo XVI, Francis Bacon podía decir que “La verdad surge más fácilmente del error que de la confusión”. Y sobre todo del error que es errar, errante. En lo profundo, en lo visceral, cuando nos quedamos a solas y se acallan los ruidos y se apagan las luminarias, Rimbaud sigue en cuestión, y cuestionándonos.

Y para concluir, al menos por ahora, enfrentemos nuevamente aquella misma consabida pregunta, de una inocencia demoledora, que alguna vez me planteó en público un colega venezolano: “En la época que vivimos, ¿qué misión le asigna usted al poeta?”. ¿Cómo evitarse decir que quisiéramos que el poeta fuera capaz con su trabajo a la vez de realizarse como persona y de ayudar a todos sus hermanos, de enunciar la palabra necesaria, imprescindible y única, la palabra a la vez tan íntima y secreta, húmeda todavía del silencio de los orígenes, emergiendo en una orilla virgen del universo, y a la vez general, compartida, fraterna, solidaria, no tan sólo ofrecida sino también aceptada por los otros, que entonces la harían suya y le darían destino, aunque ese destino fuera el no poco glorioso de volverse saludablemente anónima, ya sin autor ni tiempo, encarnada en el fluir mismo de la vida y de lo humano? Ni traicionarse, pues, ni traicionar a los otros; y además, no traicionar la propia lengua, el propio idioma, el sonido que uno ha venido a traer al mundo. Y siendo uno ser la especie, tan bellamente bárbara e intuitiva como trágicamente condicionada por las culturas que se ha hecho o le han impuesto. Y ser la esperanza de un mañana mejor, la luz de la utopía sin la cual no merece la pena vivir. Y ser también, al mismo tiempo, la conciencia de nuestra irrisoria pero desmedida condición. Lo que somos, lo que podríamos ser, quizá lo que seremos. Pero bien sabemos que, por ahora, la única gloria honestamente deseable ya no es siquiera ni la de vivir en el corazón de los otros, de algún otro, sino más humilde y sabiamente el honor y el placer, la angustia y la ansiedad de haber escrito, de haber sido capaz del poema, que por nosotros circuló y ahora está vivo, fragante y tibio, latente carne de lenguaje, recién amanecido, temblorosamente inclinado, tendido, hacia los otros, hipócritas o no, semejantes, hermanos.  

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PÁGINA Nº 23 – POETAS LATINOAMERICANOS

La casa cerrada

La casa de mi madre sigue allí, en pie,
extrañamente en pie, como el tronco de un árbol
ya vacío a ras de la tormenta.

Pero nada se mueve en ella.
Nada bulle detrás de las paredes agobiadas,
nada pulsa, excepto el desamparo
que busca ansiosamente viejos ecos
en los amplios zaguanes,
donde el silencio anida como pájaro roto,
más penoso aún después de tanta música.

El reino de la ausencia:
esta es la verdadera ventana de la muerte,
que cristaliza todo lo vivido
en una urna imposible a los retornos.

Camino por las habitaciones
desiertas como espejos
que ya nada reflejan.
Con los muebles ausentes se marcharon
lo poco que quedaba de tu aura, madre,
y de nuestra presencia de infancias tan vividas
que su hálito terrestre
perfumaba aún mosaicos y rincones.

Quiero creer que tu saludo
desde la muerte fue veraz.
Que el sueño de las niñas
viéndote entrar de nuevo
con tu sonrisa de flor antigua
a la casa que nos vivió por medio siglo
fue un mensaje certero
para mi duelo sin respuestas.

Pero no hay resonancia en mi congoja.
La materia es tan sorda,
mi llanto tan espeso y tan urgente
que tan solo me queda este poema
donde converso a solas con la ausencia,
frente a aquel patio nuestro,
donde los árboles ancianos
sembrados por la mano paterna
-¿los recuerdas en su cortina de abandonos?-
se nos mueren también.

Julieta Dobles (Costa Rica) 

La suicida. 

Mariela recogió los párpados

a la hora en que las abejas

zumbaban en el huerto

su algarabía de olores y trabajos. 

A las tres de una tarde afanosa de verano,

Mariela retuvo en su pupila

un atisbo de sol

que alcanzaba aún la ventana del lado norte,

donde quedó sembrado el orégano,

el poleo y la menta

-que no sirvieron-

para arrancarle ese luto terrible

que significa

venir a la vida maldita. 

Mariela, la suicida

irá directo al cementerio,

que no se dirá misa por aquélla

que untó pastillas a sus múltiples sueños

y determinó que era mejor estar muerta

que arrastrar los días como un fardo… 

Marlene Bohle (Chile)

El iluminado

Un hombre descubre
en el bisonte las huellas
de su propia derrota:
la caverna lo sabe.
Luego, Saulo de Tarsis
junto a su caballo
y una ceguera premonitoria:
la defensa de una fábula:
Jesús ante el Monte de los Olivos
con miedo de ser Dios.
Judas, el zelote, sabe que
el Mesías es sólo un hombre
y devuelve las monedas.

Alonso Quijano en el suelo
y un haz de luz filtrándose
en los molinos: no hay
una Dulcinea de ventura;
Walt Whitman avizora que es
infeliz cuando su nombre
suena en el Capitolio:
un bosque lo espera;
José Arcadio Buendía,
frente al pelotón de fusilamiento,
recuerda el hielo:
Melquiades no descifra a Macondo
desde los pececitos de oro;
el poeta César Dávila Andrade
se encierra en los efluvios
de su Catedral Salvaje:
un cóndor ciego cae
envuelto en un gabán de plumas.

Y en un instante todos
saben que poseen un don:
ese don los arrastra hacia
la Vida, que es un presagio.
Todos dicen a su modo:
Padre, padre, padre
¿por qué me has abandonado?
 

Juan Carlos Morales Mejía (Ecuador) 

Afuera de la trampa
Dejadme por favor vivir mi vida,
amándola,
mordiéndola,
quitándole el veneno,
limpiándola.
Dejadme que me salve o me condene,
dejadme que vomite,
que sangre,
que sonría,
que cante por el fin de tanta guerra,
que llore por la guerra de los fines.
Dejadme que en silencio
escriba en vuestra culpa una sentencia,
que borre la sentencia de la culpa.
Dejadme que me hunda,
que gima,
que flote en lo intermedio,
que sueñe,
que pueda en una esquina
pisar un alacrán inofensivo.
Dejadme cuantas veces
firmar cada recado sin mi nombre,
dejad que me equivoque,
que escupa,
que piense,
que llame con bondad al malo bueno,
que llame con maldad al bueno malo.
Dejadme simplemente
que cuente por decenas,
qué coma con la izquierda,
que te ame sin remedio.
Dejadme por favor vivir mi vida,
que escape,
que reniegue,
que grite por las lluvias que se enlodan,
que ría por el lodo que se enlluvia.
Dejadme si queréis la trampa abierta,
que caiga el corazón con todo el peso,
dejad, pero dejad
afuera de la trampa mi cabeza.
 

Violeta Luna (Ecuador)

Pájaros nuevamente

Con terror, un pájaro cruza y descruza la frontera.
Zurce el inmenso espacio sospechoso y habitado por la muerte.

Un pájaro… muchos… todos… con ojo… huecos…
la oscuridad inminente… el hueso… la cáscara… la piel achicharrada…
el huevo… la semilla estéril… el plumaje roto…
resina en negro para todas las ocasiones.

Una bandada de pájaros desconcertados por la peste,
la pena, la multitud aprisionada en cubículos
y condenada a caminar y descaminar sus pasos.
Una colmena de humanos con ojos.

De mi lado tú, tu transparencia UNA y desgarradora
y del otro ellos, latiendo contra el paladar,
el tacto, la boca, un gato arañándome la espalda,
un agua viscosa y prieta,
que se mueve por todos los rotos de aquella montaña
desgarrando miles de gotas
molestosas, incesantes.

Y en la otra orilla ella.
Única mujer en el panorama con hijo
ausente de sí.
 

Lourdes Vázquez (Puerto Rico) 

Cada cuatro años nace una poeta suicida               

A Sexton, Plath y Pizarnik
               Nacidas en 1928, 1932 y 1936

Cada cuatro años la muerte
abre la llave del gas de una cocina,
se fuma un cigarrillo en el sofá y espera.

Otras veces enciende el motor de un automóvil
dentro del garaje
y canta Chair in the Sky,
un poco de jazz no despertará
a las muñecas recién maquilladas, piensa.

Cada cuatro años la muerte toma
anfetaminas para adelgazar,
pero se le pasa un poco la mano
y ya no despierta.

No se pone triste, ni alegre, ni neurótica, no.
pero cada cuatro años
la muerte amanece lúgubre
y observa la tarde roja
desde una ventana.
Alguien trata de invocarme, dice,
y cierra amargamente los ojos.

A mí me da pesar, no sé,
es como si ella quisiera decirnos
o contarnos algo desde su delgado rostro blanco,
como si estuviera cansada de estrangular mujeres.
Yo la conozco muy poco,
pero me consta aborrece su funéreo oficio.
Últimamente la han visto respirar cierto
aire suicida.
Cada cuatro años a la muerte
se le irritan los ojos,
sabemos que ha llorado, lo sabemos,
pero callamos,
sabemos también que busca algún vientre
y como ella no tiene el privilegio de la carne materna
aferra entonces sus fríos y delgados dedos en el primer ombligo que encuentra.

Por eso cada cuatro años algunas niñas ya vienen muertas. 

Francisco Ruiz Udiel (Nicaragua)  

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PÁGINA Nº 24 – NOTAS DE PARIS 

La gran figura del siglo XX: Jean Paul Sartre

En el centenario de su nacimiento. 

Por Irma Bignon (Santa Fe) 

En 1968 Jean Paul Sartre tiene ya su lugar en la historia de la literatura, y la estatura del gran escritor. Sus obras, escritas con violencia, están ligadas a un público específico, de una sensibilidad definida. Tiene el mismo entusiasmo y la misma soberbia de un mosquetero de la ideología de izquierda.

En su agitada biografía, una primera etapa, en 1940, hace de él un escritor irreversiblemente comprometido en la historia de su siglo; una segunda, en 1952, lo empapa de ideas marxistas; y los acontecimientos de 1968 lo hacen abrazar una tercera etapa que lo aleja radicalmente de los grandes partidos políticos, para alcanzar el status intelectual por excelencia. Quiere ser tan sólo un “compañero de las fuerzas populares”, aprendiendo, humildemente, “el lenguaje de las masas”.

El conjunto de la obra sartriana, en sus rupturas como en su continuidad, constituye una de las aventuras más sintomáticas de la época. Como el héroe de “Los secuestradores de Altona” (1959), Sartre hubiera podido proclamar: “Aquí, en este cuarto, yo he llevado el siglo sobre mis espaldas y he dicho: yo responderé. En este día y para siempre”.

La obra de Sartre comienza en el silencio de los años treinta, con novelas breves: “La náusea” (1938), “El muro” (1939); madura y prolifera durante la década del cuarenta: “Lo imaginario” (1940), “El ser y la nada” (1943), “Los caminos de la libertad” (1945); y alcanza notoriedad pública y desbordante después de su conferencia en Paris: “El existencialismo es un humanismo” (1945).

Sartre es el conductor de una escuela: el existencialismo, que dicta reglas de vida y de pensamiento. Su formación filosófica deriva de las reflexiones de Hegel, y se afirma en la corriente fenomenológica de Husserl y Heidegger. Estos filósofos alemanes no alcanzan la audiencia universal de Sartre. Éste encarna, en sus personajes dramáticos, las ideas difíciles que, bajo su forma abstracta, el público no hubiera podido comprender. Pero nos encontramos con que esas ideas responden a las necesidades de las jóvenes inteligencias, trastornadas por la guerra, shockeadas por el absurdo del mundo, asqueadas por la hipocresía. Así nace la moda “existencialista” que triunfa en los sótanos de Saint-Germain-des Près, adoptando una vida libre que favorece la difusión de la obra de Sartre. Como, por otra parte, el gran filósofo posee una notable inteligencia, un real talento dramático y un raro poder dialéctico, el éxito dura.

El existencialismo, plenamente desarrollado en “El ser y la nada”, pone el acento sobre la existencia, opuesta a la esencia que es ilusoria y problemática. La famosa fórmula de Sartre es: “La Existencia precede a la Esencia” (antigua fórmula de Platón). El hombre nace para nada, no es más que una existencia y no tiene esencia. Pero no debe desesperar. Por el contrario, le hace falta tomar conciencia de su libertad y de la importancia de sus actos.

Nos enfrentamos aquí a una filosofía de la conciencia, que viene por tradición de la filosofía francesa que se remonta a Descartes. Pero a diferencia de la conciencia cartesiana, la conciencia sartriana es un movimiento donde todo recae sobre las cosas. Existir es “ex-ister”, estar fuera de sí mismo. La conciencia es, en el mundo, abertura y pérdida a la vez. Existir es estar abandonado, “estar simplemente allí” –dice Roquentín en “La náusea”. “Pero si mi existencia es gratuita –continúa diciendo- el sentido no puede venir más que de mí, de mis actos y mis opciones: estoy condenado a ser libre, es decir, a elegirme sin ayuda exterior, y la angustia nace a partir de este descubrimiento de la libertad”.

El teatro es para Sartre el lugar privilegiado que le permite reflexionar sobre la realidad del ser y su impostura. Haciendo un llamado a los medios clásicos del drama burgués, el teatro sartriano es, ante todo, teatro de la libertad, que conduce a los personajes hacia la soledad crítica, irrisoria, adelantándose así al teatro del absurdo. “Huis clos” (1944) (“A puertas cerradas”) es una de sus mejores piezas. La acción se desarrolla en un infierno despojado. Para torturar a los hombres, la presencia de los hombres es suficiente: “el infierno son los otros”. “Huis clos” es el equivalente de la palabra de Mauriac: “Nuestra copia es remitida”. Esta irreversibilidad de la vida, la tortura de vivir bajo la mirada de los otros, constituye el sentido general de la obra.

Cinco carnets de hule a cuadros, escritos con una letra microscópica, es todo lo que queda del soldado Sartre, movilizado entre setiembre 1939 a marzo 1940 a los acantonamientos de Alsacia. Manuscritos extraviados, olvidados entre los papeles del escritor, para quien el orden no es su preocupación mayor. Al final de una larga jornada de entrenamiento, “aprovecha” esas “tristes vacaciones” para poner en orden sus ideas y reflexiones.

Colabora en las “Letras Francesas” y otras publicaciones clandestinas. Luego, de pronto, con una pieza de teatro, “Las moscas”, en 1943, llega la gloria. Nuestro escritor expresa con símbolos, lo que siente en ese momento todo un pueblo. Su filosofía comienza a atravesar el mar por la estela de la Resistencia.

La vida creadora y la vida de acción consumen la salud y el tiempo generoso de Sartre. La vida sentimental le complica a la vez que le endulza la existencia. El amor de Simone de Beauvoir es el amor necesario. Así Sartre y Beauvoir se apropian de una libertad que se extiende desde la aplicación consecuente de sus teorías filosóficas, hasta sus célebres amores.

Por un lado, la crítica y el público aplauden la propuesta sartriana; por el otro, se escandaliza, y hay un sector que se desentiende. Pero todos finalmente se reconcilian ante las bellísimas páginas de “Las palabras” (1963).

Jean – Paul Sartre nace en Paris en 1905. Al referirse a su niñez escribe: “Era el Paraíso. Cada mañana, me despertaba en un estupor de alegría, admirando la suerte loca que me había hecho nacer en la más unida de las familias, en el país más bello del mundo”. (“Las palabras”), 1963) ¿Cómo no instalarse el talento en ese cerebro tan meditativo y apacible, en ese campo tan propicio donde todas las condiciones estaban dadas? Desde muy pequeño se deja llevar por una pasión poco común en la infancia: la escritura. Pero él no elige su vocación; otros se la imponen. Por otra parte, él la siente desde el comienzo. Más tarde dirá como Chateaubriand: “Yo se muy bien que no soy más que una máquina de hacer libros”.

Su última gran obra es una tentativa de biografía integral de Flaubert: los tres tomos de “El idiota de la familia” (1971), aparecen como el resultado de un proyecto largamente acariciado de sicoanálisis existencial y análisis histórico, puestos al servicio de la filosofía sartriana, demostrando la unicidad de la neurosis de Flaubert, así como el espíritu objetivo del siglo XIX.

Se ha dicho que con la muerte de Sartre se acaba una época. Es verdad que en Francia, nadie ha llegado a ocupar el lugar vacío, ni a ejercer sobre los espíritus el poder de la palabra como la suya. De todos los libros que se han escrito sobre Sartre, el más ambicioso es sin duda “El siglo de Sartre” Ed. Grasset 2000, del gran filósofo francés Bernard-Henry Lévy. Fascinado por su personaje, Lévy se refiere a él como al “intelectual total”, al “hombre-siglo”, que “domina los debates de su época”, “que ensaya todos los géneros posibles”, “condensando y resumiendo su tiempo”.

Nos preguntamos: ¿qué queda, al final, de la palabra sartriana? Su inmensa obra, y, además, la gran aventura de poder filosofar.

Gaceta Literaria de Santa Fe Nº 125 - Otoño de 2005

Gaceta Literaria de Santa Fe Nº 125 - Otoño de 2005

Homenaje a la obra de: Antonio Berni

PÁGINA EDITORIAL.Acerca de los premios literarios..El escritor al que le ha tocado en suerte habitar en los arrabales de esta aldea global organizada para provecho de pocos y perjuicio de muchos, antes de comenzar a cuestionarse sobre el valor de los premios literarios debería preguntarse acerca de la utilidad de la literatura. Ese sería el punto de partida para entrar en las tradicionales discusiones bizantinas acerca de este asunto de obstinaciones, perseverancias y tenacidades al que lo conduce la simple necesidad de comunicarse con los otros a través de la palabra escrita.  Porque él se ha empecinado en hacer literatura en estos contextos poco propicios donde ni las clases sociales ni la mayoría de sus representantes parecen preocuparse demasiado por la difusión de lo producido por una intelectualidad que opera desde el anonimato, y ya debe haber comprendido que la literatura, como producto social, no detenta otro poder que el de esclarecer los tiempos de la búsqueda; el de legar al prójimo las armas necesarias para enfrentar a la desesperanza. Claro está que siempre se puede citar a Juan José Saer:  es únicamente a través de la lectura que el lenguaje (…)  encuentra su historicidad. Entonces entra en escena el libro. El libro como inapreciable objeto de desvelo; como último, íntimo e insustituible contacto con el lector.  Un objeto al que se accede a través de esa entelequia, esa especie en vías de extinción a la que solía conocerse con el nombre de editorial. Y solamente quien escribe desde una realidad social, histórica y cultural donde lo que queda de ellas ostenta la ignominia de sus indiscretas bancarrotas porque han sido arrasadas, engullidas, inmoladas en aras de los famosos meganombres que monopolizaron la actividad hasta transformarlas en mal enmascarados talleres gráficos y desde donde sobre - mueren en la deprimente vergüenza de vender al mejor postor sus más caros principios fundacionales, puede dar testimonio de que el acceso a la publicación depende de un poder adquisitivo privilegiado, que le permita, financieramente, hacerse cargo de los gastos. Circunstancia que no garantiza la calidad intelectual del producto ni el valor cultural del mensaje pero que, además, ni siquiera asegura una adecuada difusión de la obra.  Según Felipe Noé: el arte (…) siempre ha sido un fruto de la relación del artista con lo circundante, con su tiempo, con su lugar, un testimonio de esa relación y el fruto de esta relación. Por tanto, ante estos enlaces poco propicios, es lógico que el creador se aferre a los premios literarios como estímulo a su desvalido quehacer, pero también como promesa de acceso a la publicación. Y cuando decimos premios literarios estamos haciendo referencia a los que han sido creados por motivos de política cultural y sin espíritu de lucro, porque es, generalmente, en ellos, donde se logran incorporar mecanismos de deliberación nada tendenciosos y el jurado puede actuar con plena libertad e independencia, haciéndose cargo, en cierta forma, de un patrocinio que desvanece parcialmente la orfandad, todo lo que de oculto y de secreto rodea a las obras iniciáticas, ayudando a dar a luz ediciones modestas y semi – clandestinas en el cumplimiento de una función tutelar que haga posible, siquiera a unos pocos, el acceso a su lectura. Rosa Montero cree que: Escribir es un trabajo muy neurótico, estás siempre rodeando una especie de agujero, que es la nada, el sin sentido absoluto de lo que haces, y nunca llegas a tener la confirmación plena de que lo que haces sirve para algo. Por ello, es indudable que los premios literarios sirven, en los comienzos, como aliciente, como amable lisonja, como afectuosa palmadita en la espalda, como impulso a perseverar en la búsqueda de ese lenguaje común capaz de hermanarnos y, más adelante, como recompensa, como reconocimiento a toda una vida dedicada a la escritura. Momento clave en que el descubrimiento debiera darnos alcance para comprender que escribir nunca fue una manera de ganarnos la vida sino la única forma válida para no morir.  Si así lo aceptara, el escritor no caería en la trampa de andar peregrinando por los caminos de la incertidumbre sometiendo cada creación literaria a periódicas evaluaciones. Y solamente participaría en certámenes cuando estuviera convencido de la transparencia de la organización y confiado en la ecuanimidad de los jurados. Por ello, la mayoría de los que eligen exiliarse de la prepotencia, el cinismo y la megalomanía de aquellos que reparten los dudosos galardones con que suelen premiarse mediocridades y modas, los marginados de los círculos literarios oficiales, reniegan de los premios comerciales, de los premios editoriales y prefieren aquellos otros que, desde una atmósfera más proba y más discreta promueven algunas instituciones cuya integridad no presenta fisuras.  De todos modos, es probable que los premios literarios sean sólo un invento de algún irónico demiurgo capaz de regodearse en la paciencia con que el tiempo derrota todo resto de arrogancia o, mejor todavía, no sean nada más que una colina desde donde avizorar, avergonzados, nuestros desnudos y mezquinos horizontes preguntándonos acerca de esta absurda necesidad de ser reconocidos.  . PÁGINA Nº 2. Las puertas del cielo.Por Marta Ortiz  (Rosario).ICon el borde de la mano derecha se sacude una pelusa rebelde en la solapa del trajecito sastre negro. Abrocha el collar de perlas cultivadas de dos vueltas y el prendedor de la vaquita de san Antonio que Ariete le trajo de Bariloche hace una friolera de años y que si no se lo pone le parece que está desnuda. Un resplandor espeso desafía entre sus párpados como telones drapeados. Esta vez no va a fallar, nada de timideces ni discreciones, después el remordimiento le mordisquea los sueños y no la deja dormir. Hay que buscar un momento óptimo, el sector bien despejado, acercarse y tocar. Y si se justifica, redoblar el esfuerzo y hablar. Se acostumbró a tocarlas. Aprovecha cuando hay poca gente y va y las toca. A las amigas, nada más. La misma Ariete que la acompañó tantas veces opinaba que eso de tocar era una manía, una obsesión. Y sí, una obsesión, pero de otra clase. Por seguridad más que por obsesión. Para saber si las cosas se habían hecho como era debido y quedarse tranquila. Para que no se repitiera lo que pasó cuando se cortó Amelia, la primera, que cuando ella fue y la tocó estaba todavía tibiecita y medio blanda y no tuvo el coraje, todos rezaban oraciones y jaculatorias dirigidas por el nieto cura y la surtían de los más tiernos cuidados para hacerle más llevadero el tránsito a la vida eterna; y así, en esas condiciones, a Pía le fue imposible hablar; le dio no sé qué, una cosa de discreción, un pudor tonto y al final no supo con certeza si la enterraron viva o muerta, la querida Amelia no tenía esa frialdad y consistencia de mármol propia de los muertos. Y ahora claro, las pesadillas no la dejan en paz, un pozo negro borboteando imágenes de películas de terror, cuentos de muertos epilépticos, dopados enterrados vivos, comatosos profundos. Y si a esa galería de horrores le suma el resultado de la pesquisa en el geriátrico Los años dorados... Pía no era mujer de equivocarse dos veces. A Dorita, que fue la segunda en irse, súbitamente, sin dar tiempo a nada, la palpó con manos expertas y la encontró como era debido: fría y dura. Isabelita también, y Janet, la última, no hizo ni un mes todavía. Además, si algo brillaba débilmente favoreciendo la aceptación de esas tres muertes, ese algo era la llamativa coincidencia de que ninguna de las tres había tenido contacto con la residencia para ancianos. Y ahora Ariete, qué mala ocurrencia irse así, sin despedidas, como Amelia, como Dorita, como todas, antes de que ella pudiera buscar algún testigo, compartir con alguien lo que sabe y le pesa tanto en la cabeza y en el corazón. Las piernas no la sostienen, pierde el equilibrio al entrar, demasiadas emociones. Ojalá esté esperándola Finita, sentirse así de sola, tanto vacío de amigas, la puntada en el pecho cada vez que suena el teléfono. Si por lo menos sonara para decir algo bueno. ¡Ahhh!, allá está, menos mal, de la mano de Claudita y de Mimí, dos manojos de tristeza, pobres, tan unidas a la madre. II Con las yemas del índice y el pulgar de la mano derecha, Pía se abre el primer botón de la blusa de seda blanca. De pronto transpira copiosamente la cara y el cuello, se siente sofocada y lo que chorrea es puro sudor frío, parece una descompostura. Busca un lugar donde sentarse, tiene vahídos. ¿Será una broma macabra? Ariete le hubiera dicho: eso por andar tocando, por meterte en lo que no te importa. Pero sí, cómo que no le importa, sí que le importa, cómo no le va a importar. Calentita y blandita, ¿y ahora qué hago con lo que sé? ¿Cómo decirlo? ¿A quién? A ver si me toman por loca y me encierran, que cuando una es vieja lo primero que dicen es mirá lo que dijo esa vieja loca. Pero Pía sabe bien que ella no es ninguna loca. Vieja sí, pero loca no. Con Claudita o con Mimí imposible hablar, tan dolidas, deshechas. Ha de haber sido el rayo fulminante de ese geriátrico, no debió haber entrado nunca, quién hubiera dicho, en el fondo, muy en el fondo, para decirlo con todas las letras, las cretinas de las hijas no tuvieron corazón, y ahora lloran como dos regaderas; de culpa lloran, a ver si todavía estamos frente a un asesinato... Busca el espejito con marco de carey en la cartera, lo toca con los dedos pero no se anima a sacarlo, no tiene coraje, la van a ver meter la mano entre las puntillas hasta llegar a la nariz y seguro que en ese preciso momento alguien se le acerca a compartir el dolor y entonces, adiós prueba del espejo. Sería como sacar patente de metida, de alcahueta, la llevarían entre varios al reservado para la familia donde la atendería un médico amigo y le daría un sedante, como si los oyera: Pía era la mejor amiga de mamá, no acepta la pérdida, pobre, está tan afligida... Y quedaría allí petrificada como la abeja reina y la corte de zánganos revoloteando no la dejaría sola y ella sudando su secreto y su descompostura sin poder nada de nada... La última, la única coartada posible es hablar con Perico, el nieto de Ariete, a ver si entiende, decirle con discreción que se fije, que consulte... III Con los mismos dedos con los que abrió el primer botón de la camisa, lo cerró, porque de pronto dejó de sentir los hilos de sudor sobre la piel fría y empezó a temblar como si la agitara el viento y a enrojecer. -Perico, querido, sacáme de la duda... -¿Pía? -Vos estudiaste para médico... -Dos años, ¿por...? -¿Quién de ustedes estaba con Ariete cuando murió? -No, nadie, a las tres de la mañana... Una enfermera, la que la encontró muerta. -Fräulein Marlén. -Ni idea -Ah, ni idea... Y como casi médico que sos, ¿sabés si un cadáver de tantas horas puede estar todavía medio calentito y bastante blandito? -¿Qué me querés decir? -Que la toqué en la mejilla, la frente y las manos, lo hago con todas mis amigas, más que nada por seguridad lo hago, por si la hubieran dopado con alguna droga perversa como aquella que el fraile le dio a Julieta Capuleto... -aunque muy análogo no es el ejemplo, te confundo, eso es pura literatura-; pero mirá querido, de ahí a enterrarla viva, a enterrarnos vivas, mi amor, un solo paso... Nosotros los viejos parecemos condenados a morir en manos extrañas... La repentina oscuridad en la mirada de Perico reflejó, si no una gran conmoción, al menos una preocupación incipiente: -Pero Pía... -Y, tu abuela era mi mejor amiga... IV El médico consultado dijo que algunos cadáveres se enfrían más lentamente que otros, que depende de factores orgánicos y ambientales. Pero Pía no le creyó. Había trabajado duro para sacar de mentiras verdad en el geriátrico y sus conclusiones eran muy otras. Ni un punto de coincidencia con la medicina de libro del doctor Ruiz Valente, amigo de la familia. La tarea investigadora había empezado al día siguiente del entierro de Amelia. Calentita y blandita, tal como ella la sintió al tocarla. La primera sospecha creció limpia, de una sola tanda de primeras hipótesis y quedó ahí, agazapada al abrigo de su corazón justiciero: se le ocurrió la tarde cuando fue a retirar, acompañada de los hijos de la finadita, las pocas cosas que habían quedado en el geriátrico, y le vio relumbrar en el cuello a la jefa de enfermeras una cruz de oro que hubiera jurado era la que usaba Amelia y que en medio del estropicio causado por lo precipitado de la muerte nadie se acordó. Una y otra vez volvió mintiendo la búsqueda de un hogar digno donde recluirse cuando la vejez se le hiciera insostenible, “usted sabe, yo no tengo hijos ni sobrinos”, le dijo a la fräulein y le pareció ver un relámpago ávido atravesándole la mirada cuando pronunció esas palabras. Al cabo de un mes de remover cielo y tierra en ese resumidero donde su misma presencia acabó por parecer cotidiana; después de largos intercambios con algunos viejos todavía lúcidos, con los médicos, con los enfermeros a las órdenes de fräulein Marlén, como la llamaban todos; con los encargados de cocina y limpieza, con el jardinero, tuvo la certeza de que la tal Marlén los mandaba a los viejos en vuelo directo al paraíso, abusando de la complicidad tácita de algún santo non tan sancto que les abría anticipadamente las puertas del paraíso, previo pacto, además, de la coima con algún familiar turbio de esos que nunca faltan, que basta con poner una lupa sobre ciertas miradas, gestos, comentarios, para saber que están ahí, al acecho. Y que si se afina la puntería de la intuición, salta el responsable igual que un muñequito a resorte. Y la recompensa por la muerte de Amelia relumbraba en el cuello ancho de la fräulein de pómulos colorados y pelo platinado. Su arma era una droga letal de liberación progresiva. Por eso el enfriamiento retardado del cadáver de las víctimas. Por desgracia, tanto rascar la corteza de la verdad no le sirvió para salvar la vida de Ariete, ni tan perdida ni tan desvalida como para justificar el encierro de una semana en Los años dorados. Y ahora toda la acumulación de pruebas orales (esas que nadie le creería por vieja loca y mitómana), le chorreaban de la boca y de las manos, estalactitas, babas inútiles, incapaces de salvar a la amiga. Cuando cerraron el ataúd, Pía acababa de prenderse con dedos temblorosos el botoncito de nácar de la blusa de seda. Ariete se llevaba entre las manos una rosa blanca humedecida de sus lágrimas. Hubo un leve tironeo de opiniones: que la rosa sí, que la rosa no. Se la dejaron por ser un regalo de la mejor amiga y bueno, pobre Pía, si eso le hace bien, que le den el gusto, que Ariete se vaya con la rosa..PÁGINA Nº 3 – IDIOMÁTICAS.Un calificado congreso de la lengua.Por Jorge Alberto Hernández (Santa Fe).Del 17 al 20 de  noviembre pasado se llevó a cabo en la ciudad santafesina de Rosario, el III CONGRESO INTERNACIONAL DE LA LENGUA ESPAÑOLA, un importante acontecimiento cultural que tuvo como lema IDENTIDAD LINGÜÍSTICA Y GLOBALIZACIÓN, y que, como lo manifestó el director general de la Real Academia Española, que a su vez preside la Asociación de Academias de la Lengua Española, D. Víctor García de la Concha, basó el tema principal en la consideración de la expansibilidad de nuestra lengua en América Latina y en los Estados Unidos, reafirmando así la importancia de este idioma en el mundo actual. Anteriormente la reunión tuvo como sedes a Zacatecas (México) y Valladolid (España). Este acontecimiento de carácter universal se celebra cada tres años en una de las distintas naciones hispanohablantes. En el congreso, el activo e idóneo presidente de esta  Asamblea  dijo que “lo más sustantivo que tenemos en común las gentes y los países que formamos la comunidad iberoamericana, es la lengua. Si esa conciencia se aviva y se traduce en actos prácticos que contribuyan a una reforma y potenciación del sistema educativo, a la elevación de la cultura y el impulso de la lectura, se prestará un servicio impagable a la sociedad”. “La lengua es un organismo vivo, un gran condominio que constituye nuestro patrimonio. No es responsabilidad de las veintidós academias que hay en el mundo, ya que lo es de todos y cada uno de los que la hablan”, afirmó el incansable director del organismo español. Debemos tener presente que el idioma no es sólo la principal herramienta de comunicación entre los seres humanos, sino también la clave de nuestro pensamiento, ya que no hay pensamiento sin lengua. Esta reunión de personalidades estudiosas del idioma español se caracterizó por la seriedad de sus participantes, verdaderas autoridades en la materia, que constituyeron el centro de discusión de un tema fundamental para todos los hispanohablantes: Identidad lingüística y globalización. Durante cuatro días  los académicos, escritores, periodistas y empresarios reflexionaron sobre el futuro del idioma que se expande por todo el mundo y que por tal razón sufre la continua invasión de expresiones extranjeras a través de poderosos medios como son Internet y la diaria influencia de lo mediático. Tenemos que considerar que el español, por su carácter de lengua supranacional, constituye en realidad un conjunto de normas diversas que, no obstante, comparten una amplia base común. No resulta siempre fácil determinar cuál es esa base común, pues a la doble variedad, española y americana, se añaden los particularismos regionales y los condicionamientos que imponen el modo de expresión –oral o escrito-la situación comunicativa y el nivel socio cultural de los hablantes. Este congreso tuvo sus requisitos para los interesados en participar de él, los que hubieron de inscribirse previamente, con pago de aranceles, que una vez recibidos por los organizadores, comunicaban la aceptación (o no). El programa se plasmaba en una agenda de paneles simultáneos, con opción  por parte de los aspirantes, del temario establecido. Algunos de los propuestos, fueron: Tradición cultural e identidad lingüística; El español y las comunidades indígenas, hoy; Migraciones, lengua e identidad; La apertura hacia la universalidad: el diálogo con otras literaturas; El español de los textos cinematográficos; Medios de comunicación y creación de cultura iberoamericana; El espacio iberoamericano del libro; La enseñanza del español en el mundo; etc. Por lo tanto, al ser opcional la elección, los inscriptos no accedían a la totalidad de lo programado, sino a los rubros que habían  elegido. Todo este movimiento cultural se desarrolló entre el Teatro El Círculo y el Parque  España, en Rosario, con un sistema de contralor de asistencia por medio de personal que sabía contestar con suficiencia e idoneidad las dudas que surgían entre los cientos de concurrentes de todo el país, que se agolpaban  a las puertas de los establecimientos. Debemos tener en cuenta que el español es la segunda lengua de comunicación  internacional y que constituye ya una lengua planetaria. Como afirmó el escritor español Luis Landero al cerrar su ponencia, “la literatura debe purificar las palabras, las que el mundo actual manipula para apoderarse de la realidad, por lo que no podemos permitir que nos roben la palabra”. Hubo también  una serie de actividades que estuvieron incluidas en el congreso, por parte de figuras relevantes de las letras, como Ernesto Sábato (un emocionante homenaje refrendado con aplausos cerrados de un público que colmaba el teatro El Círculo), Ernesto Cardenal, José Saramago, Pedro Luis Barcia, Juan José Sebreli y otras prominentes autoridades en la materia, que no sólo fueron notabilidades invitadas como asambleístas, sino que recorrieron la ciudad, leyeron en público y colmaron con su prestigio y saber cada lugar al que asistieron. Hay que destacar que hubo una agenda de actividades paralelas con recitales, fuegos artificiales, obras de teatro, conferencias, etc. En este III Congreso Internacional de la Lengua Española se presentó también la edición conmemorativa del cuarto centenario de la publicación, en 1605, de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, dirigida a un público muy amplio de todo el mundo, muy cuidada desde el punto de vista filológico y de gran dignidad material, que cuenta con un glosario que recoge todas las palabras anotadas en el texto. Además se hizo público, por ahora en Internet y próximamente en edición gráfica, el Diccionario panhispánico de dudas, obra que viene a satisfacer la demanda existente de una publicación académica que oriente de modo claro y sencillo sobre las normas que regulan hoy el uso correcto de la lengua española. El propósito se centra en orientar al lector para que pueda discernir entre usos divergentes y que tiene la finalidad de preservar la unidad del idioma. Este Diccionario panhispánico de dudas, que cuenta con siete mil artículos, tiene como destinatarios naturales a todas las personas interesadas en usar adecuadamente la lengua española, sean o no hablantes nativos. Para facilitar la comprensión de su vocabulario se incluye al final un pequeño glosario de términos gramaticales que, con definiciones sencillas, aclara conceptos a los lectores que los necesiten. Queremos anotar las secuencias de la sesión plenaria de la segunda sección del congreso, en la que participaron, entre otros, Pedro Luis Barcia como coordinador-relator, Jorge Edwards, por la Academia Chilena de la Lengua, Ernesto Cardenal, por nicaragua, José María Merino, escritor español y Juan José Sebreli. Los mencionados estudiosos coincidieron en definir a la lengua española como forjadora de una identidad y advirtieron sobre los peligros de la extinción de las lenguas indígenas y del empobrecimiento del idioma en sus usos actuales. Presentándose como “escritor de ensayos”, Sebreli leyó a continuación una ponencia sobre El español como lengua del pensamiento, en la que distinguió dos puntos de vista sobre el lenguaje: “uno universalista y otro particularista antiuniversalista”. “No hay lengua que sea expresión de un solo pueblo”, dijo. “La pureza en la lengua, como en la realidad humana, es contraria a la vida. Toda lengua es esencialmente impura, babélica, mestiza, bastarda, promiscua, y está bien que así sea, apuntó.  Además suscribió la idea de la lengua española como forjadora de identidad al afirmar que “sólo la lengua de los colonizadores europeos logró crear un idioma común y, por tanto, la conciencia de comunidad continental americana antes inexistente”. Este acontecimiento de carácter universal que eligió a Rosario como sede oficial, no hace más que sumar méritos a los antecedentes culturales de una provincia que, como Santa Fe, se ha destacado siempre por su permanente relación con la intelectualidad, en sus diferentes manifestaciones. Y ello es motivo de profunda satisfacción.PÁGINA Nº 4 .Aquellas lluvias lejanas.Por Jorge Isaías (Rosario) .El rumor de la lluvia sobre la tierra mojada no produce ningún ruido, entonces el aviso viene desde antes, con ese olor que avisa la lluvia y que es irrepresentable y huidizo a las palabras.

De chico me imaginaba a la lluvia como una mujer que venía desde lejos, asabanando campos, humedeciendo parvas, persiguiendo los tordos que suspendían su lento columpiar en los alambrados y huían en busca de un refugio. También creía que si los cuises no escapaban pronto de ella morirían ateridos sin llegar a sus cuevas. Los únicos que yo suponía sobrevivientes de cualquier lluvia, tormenta o diluvio eran a los caballos, que con la cabeza gacha y el anca puesta contra el viento, resistían estoicamente los temporales más largos.

Cuando la lluvia venía en el verano era una fiesta. Al escampe iríamos, descalzos y libres, a jugar a los barquitos de papel en los hondos zanjones que recogían el agua de casi todo el pueblo y que escurrían hacia los campos, de los cuales no distábamos más de trescientos metros.

También otro juego podría ser la persecución arrojándonos bolas de barro que preparábamos rápida y diestramente para guerrear entre dos bandos con que se dividía la barra. Esto sería severamente castigado por la madre, si se enteraba, ya que odiaba los juegos violentos con el excedente de tener que lavar ropa embarrada.

En invierno, la lluvia era otra cosa. En primer lugar porque a veces no venía sola, sino acompañada de truenos hondos y grandes temporales. La cosa entonces se ponía melancólica, cuando caían esos eternos chaparrones, como un tropel incierto sobre los techos de cinc. Si era una chacra, iríamos al galpón donde se reunían los juntadores, quienes mateaban soberbios amargos para empujar unas tortas fritas crocantes que iban escurriendo de grasa sus mujeres y eso sí que era una fiesta, un manjar esquivo en los escurriendo de grasa sus mujeres y eso sí que era una fiesta, un manjar esquivo en los años que siguieron.

El espectáculo posterior a la lluvia en el campo era conmovedor porque quedaba todo reluciente, los colores muy vivos, quitando el polvo inestable que siempre acompañaba aunque sea en partículas breves a los animales, plantas y los sembrados y aún las más mínimas cosas.

Si uno se acostaba con la lluvia, era delicioso escuchar su golpeteo sobre los techos que eran todos de cinc, en esos tiempos. El claveteo era monótono, cuotas de una felicidad perdida y que alguna vez recupero de grande, durmiendo con la mujer amada, en lo posible. Pero en ese tiempo era, el arrullo perfecto para el sueño.

Y al otro día, si amanecía claro, era para despertar a un mundo nuevo, si uno estaba en su casa, en el pueblo, la lluvia podía ser en principio alegre, ya que podía oír el canto altanero de una pirincha rezagada que se plantaba ante el mundo y manifestaba su alegría, pero cuando las horas pasaban y el momento pluvial permanecía inalterable, el aburrimiento podía paliarse con los naipes, las revistas de historietas mil veces leídas o la nariz pegada al vidrio viendo cómo los teros domésticos se refugiaban bajo las plantas de granada o los múltiples sapos saltaban encantados mientras se oirían croar los ejércitos de ranas en la cañada de Compañy que nos quedaba muy cerca.

Un día, así, de lluvia furiosa, sin saber qué hacer ni "en qué entretenerme", tomé un viejo cuaderno y una lapicera que me había quedado de la escuela primaria y me senté en la pequeña mesa de la cocina ‑que aún conservo, donde mi madre amasaba‑ y comencé este largo y monótono camino sin retorno de las palabras.

Yo tenía 16 años, estaba enamorado, pero esa es otra historia que no interesa a nadie.

Lo cierto es que la lluvia en mi vida, siempre me produjo emociones más bien gratas, no soy de aquellos que se deprimen cuando oyen el tren de la lluvia sobre los techos o ven el látigo perseguidor de pájaros por las calles o ese certero relámpago que ilumina un segundo todo el universo o tiene que soportar la lluvia que ‑es cierto‑ trae sus inclemencias y su cuota de muerte en las inundaciones.

Pero también nos puede remitir a ese placer inexplicable, arcaico, que viene como un raro fulgor atávico y se enfrenta a nosotros, como si fuéramos los primitivos habitantes de un mundo que aún no conoce la injusticia.

.

Hiperdiccionario..Por Arturo Lomello  (Santa Fe).Lo que las palabras pueden significar cuando escapan de la costumbre.

Antro: lugar inhumano donde generalmente nos educamos los humanos. Antropología: ciencia que estudia el antro que da origen a los hombres. Anverso: cuando un verso no sale derecho. Arrumaco: presunto gesto de cariño que suele transformarse a los nueve meses en un bebé. Bacilo: bacteria que no vacila en arruinarnos la vida. Meretriz: prostituta académica. Mixto: ni chicha ni limonada. Mutante: dícese de la familia argentina que logra sobrevivir con $ 300 mensuales. Revolución: intento de imponer un nuevo orden que nos obliga inmediatamente a luchar contra el nuevo desorden. Senectud: edad en que empezamos a aprender a tocar el arpa. Suculento: lento pero bien provisto. .PÁGINA Nº 5 – NUESTROS POETAS.Esa mujer en bicicleta.
Esa mujer en bicicleta bajo la lluvia

         la fría lluvia del incipiente otoño

marcaba un ritmo lento y fugaz

junto a las primeras sombras de la noche.

Blandía, toda ella, un aire de zozobra

una lentitud del cansancio

una leve brisa de aún estoy.

Esa mujer, bajo la lluvia, en esta ciudad

llevaba todo el peso de la jornada

que se disolvía entre un pedal y otro

         entre una gota y otra de la lluvia

se disolvía y se espejaba en el lustroso asfalto,

entre las luces refractadas y las sombras.

Esa mujer, bajo la lluvia, persistía

como loca ilusión en bicicleta

como aventura haciéndose

como constancia de la vida.
Oscar Agú  (Santa Fe). Tu desnudez.
Miro tu desnudez

espléndida y fecunda

y en el momento de gozarla

recuerdo los desnudos

del campo de Treblinka,

los torturados,

los rotos y destruidos
 y no puedo besarte
siquiera como a Cristo

en los dedos sangrantes

de los pies.
.César I. Actis Brú (Santa Fe).La hoja en la tormenta.A mis espaldas hay hombres que hablan en otro idioma, reconozco el francés: siguen y comprendo algunas palabras. Entonces un pequeño mundo, abre su sombrilla de redonda sombra como diría el poeta; estoy aún instalado en él sin comprender por qué. Pienso que alguna vez alguien exaltó en lengua española la papa, el hígado, hierbas pestilentes y las islas, como rastros o señales del mar del oeste. Ese no soy yo, jamás seré. Los hombres hablan en otro idioma, yo apenas alcanzo a comprender el mío. La lluvia termina y aparece un cielo pleno de vahos. Por aquí siempre anduve, lo demás es una hoja en la tormenta.. Ernesto Costa Perazzo (Santa Fe). Sobre la arena.        a Guillermina, Vicente y Valentín.. Observo aquellas criaturas. Saltan la espuma del mar, ríen, juegan, resisten por encima de todos los pesares. La tarde se pliega entre nubes rosáceas horizontalmente felina.  El artificio del lenguaje desoye la brisa. Distrae. La vida pierde elocuencia más acá de los ojos. Cierro el diario y regreso a la orilla. No hay olas asesinas al acecho, casas de fuego devoradas por la memoria, ángeles y demonios encerrados en jaulas de papel.  Ante mí, niños ataviados de sol salto tras salto ascienden al sueño que no acaba.  Una sombrilla hundida en el médano sostiene la realidad a este lado del mundo. .César Bisso (Coronda). El buen color del día sobre las hojas. El buen color del día sobre las hojas de acelga castigadas por largas lluvias y langostas. Hoy es el color del sol, y recuerdo otros ritos, los perros se desperezan echados en la hierba, nosotros despejamos nuestras mentes que aguardaron tanto tiempo guarecidas en nubes dolorosas, tomamos mates junto a tapiales laureados por el musgo, remamos en la luz y tenemos el buen aroma del día a nuestro lado. Puede que mañana sea mejor, al menos igual, o quizás no tanto. De todas formas la langosta proseguirá con su tarea, comerá sol, mientras el musgo morderá el ladrillo rojo que guarda nuestras casas. Esperamos que este aroma no se vaya, nos devore con paciencia y se preste, al fin de la jornada inevitable, a despedirnos envueltos en el color del sol que captura el aire y enardece la tierra cuando las lluvias cesan..Roberto Malatesta (Santa Fe). Hay gente.
hay gente que cree tener virtudes propias

                       que en realidad son vicios ajenos

 
hay gente que pierde el conocimiento por accidente

   y gente que no abandona su ignorancia

                                                                  ni a garrotazos

 
cada vez más gente estudia para sombra

algunos se quedan en manchita marchita

otros llegan a tiniebla abismal

         con amplio campo de acción

 
hay gente que se apasiona por la arqueología

otros prefieren carrera menos complicada

como por ejemplo la olvidología

 
hay gente que desata polémicas

y gente que las vuelve a atar

 
hay gente que cree más en los seres de otros planetas

                       que en los de este

 
muchos infelices confunden su medio de vida

                            con el fin de sus vidas

 
hay gente a las que el médico

                 debería prescribirle morirse

 
hay gente que después de muerta se deja estar

                       y se hecha a perder del todo

 
hay gusanos tan gusanos...

                   que nunca serán mariposas.
. Rubén Vedovaldi (Capitán Bermúdez). La fuente . Agua dormida y sola no regada agua escondida, resguardada, dulce, cuerpo sin forma, pez que te resbalas. Agua que de ti misma te alimentas matriz, pupila, llama, plata líquida sólo por amor rebasada. (Yo era la hoja polvorienta lavada por la lluvia. El viento convertía mis huesos en un arpa, y descubrí la fuente, muy adentro.) Agua dormida y sola que en mí vives. Naufragué para siempre en tu lago llameante en tu seno de hielo.. Graciela Maturo (Santa Fe). PÁGINA Nº 6 .Ernesto CardenalSobre Dios, el hombre y la palabra. Por María Teresa Rearte Basla  (Santa Fe) .                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              Cuando escribo esta nota, está próxima la realización del III Congreso Internacional de la Lengua. Pero no es mi propósito referirme a éste, sino a Ernesto Cardenal, cuya presencia ha sido anunciada. Nació él en Granada, Nicaragua, en el año 1925 y obtuvo la Licenciatura en Letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de México. Más tarde, cursó estudios de posgrado en la Universidad de Columbia en Nueva York. Comprometido militante de la resistencia contra la dictadura de Somoza, encontró en ésta la motivación para sus epigramas políticos, si bien en este género abordó también otras temáticas, como es el caso de sus enamoramientos. Con el seudónimo, por razones obvias, de “anónimo nicaragüense”, sus epigramas políticos fueron difundidos fuera del país. Así los publicó Neruda en la Gaceta de Chile. En 1956 abandonó la militancia e ingresó en la trapa de Getsemaní, en Kentucky, donde el monje Thomas Merton, de reconocida influencia en la tradición cristiana y no cristiana, fue su maestro de novicios. Cardenal permaneció allí dos años y debió salir por motivos de salud. En Medellín, Colombia, concluyó sus estudios de Teología, regresando posteriormente a su patria, donde en 1965 fue ordenado sacerdote en la Catedral de Managua. Thomas Merton, que prologó el libro “Vida en el amor” de Ernesto Cardenal, relata así: “Sabía de sus apuntes y sus poemas. Me hablaba de sus ideas y meditaciones. También supe de su sencillez, su fidelidad a su vocación y su fidelidad al amor...” En el mismo prólogo, Thomas Merton afirma que “la sencillez lúcida y ´franciscana´ del P. Cardenal nos muestra el mundo no como lo vemos con nuestro miedo y nuestra desconfianza, sino como realmente es.” En esta obra en prosa, que contiene meditaciones contemplativas, Ernesto Cardenal nos muestra que en el escenario del mundo no sólo los hombres, sino todas las criaturas del universo han sido diseñadas para el amor. Durante su estadía en Colombia publicó “Salmos” y “Oración por Marilyn Monroe”. A ambas obras que, entre otras de intensa convicción y fuerza comunicativa, traducen el compromiso literario-político de Ernesto Cardenal, quiero referirme aquí. “Salmos” es un libro difícil de olvidar, porque en épocas de opresión, sometimiento y miserias de diverso orden, el poeta tensionó su verbo con el mensaje y el estilo del Salterio, que constituye “el tesoro de la lírica religiosa de Israel” (Biblia de Jerusalén). “Salmos” reflejaría hoy, como en el momento en que fueron escritos, la fe no como una cuestión teórica acerca de la existencia o no de Dios, sino como una temática existencial. El ateo, el idólatra, el indiferente, acumulan los privilegios que le permiten mantener el statu quo; pero que han perdido la dimensión trascendente de la vida. Cardenal nos deja ver aquí al hombre, que vive, sufre, canta y espera. Más que la duda, lo que experimenta es la esperanza. Una esperanza responsable y operante, que se torna acontecimiento liberador, en medio de las ataduras que aún hoy sofocan al hombre. Y le cierran la posibilidad de nuevos horizontes. De donde que el poeta ora, protesta, exige, agradece... Da cauce a la esperanza. Así lo escuchamos decir: “...El Señor es mi parcela de tierra en la Tierra Prometida / Me tocó en suerte bella tierra / en la repartición agraria de la Tierra Prometida...” (De “No hay dicha para mí fuera de Ti” Salmo 15). Desde el Salmo 1, que en la Biblia es como el prólogo moral y mesiánico del Salterio, en el que se oponen los dos caminos que se le presentan al hombre, el poeta va pasando por momentos de intenso drama y clamor, como también de alabanza a la gloria de Dios. Y concluye su obra de este modo: “... Todo lo que respira alaba al Señor / toda célula viva / Aleluya.” (De “El cosmos es su santuario” Salmo 150). “Oración por Marilyn Monroe” trasluce el sentir del poeta, que supo descubrir la relación entre la fe y la condición humana, huérfana de amor y protección, precisamente en el país más poderoso de la tierra. Y los estragos que la civilización materialista causa, entre reflectores y bambalinas, a una muchachita de extrema vulnerabilidad. Marilyn Monroe, convertida en sex symbol de un mundo y una época, es –al fin- objeto de desaprensiva y mortal manipulación. “Señor: / recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra con el nombre de / Marilyn Monroe”, escribe el P. Cardenal, que así prosigue: “aunque ése no era su verdadero nombre / (pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los / nueve años // y la empleadita de tienda que a los dieciséis se había querido matar) / y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje / sin su agente de prensa / sin fotógrafos y sin firmar autógrafos / sola como un astronauta frente a la noche espacial...”. El trágico final, que todos conocemos, toca la fibra íntima de Ernesto Cardenal, quien en misericordiosa súplica le encomienda a Dios: “Señor: / quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar / y no llamó ( y tal vez no era nadie / o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de los Ángeles ) / ¡contesta Tú el teléfono!” Con obras traducidas a otros idiomas, como el inglés, alemán, francés, italiano, polaco, etc., el poeta ha viajado mucho. Por América Latina, y como es fácil inferir ha visitado Cuba, viaje del cual cuenta en su libro “En Cuba”. Recorrió también Alemania, Francia, España, Suecia, Italia, la Unión Soviética, etc. Cuando en 1979 se constituyó el nuevo gobierno nicaragüense, Ernesto Cardenal fue designado Ministro de Cultura por la Junta de Gobierno de la Reconstrucción Nacional. Asimismo, en 1982, el gobierno de su país lo distinguió con la Máxima Orden de la Liberación Cultural “Rubén Darío”. Y lo condecoró, en 1985, en ocasión de sus 60 años, con la Máxima Orden de Augusto César Sandino, por los servicios prestados a su patria. El escritor es Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma Latinoamericana de Medellín, Colombia (1986), en reconocimiento a su contribución a los valores espirituales y culturales del pueblo nicaragüense. Y por su parte, en 1987, hizo otro tanto la Universidad de Granada y Valencia, España, por sus contribuciones de orden político y literario. Escultor destacado, fundó con unos amigos una comunidad en una isla del archipiélago de Solentiname, en el Lago de Nicaragua, donde –a la vez- promovió el desarrollo de cooperativas, fundó una escuela de pintura y dio nacimiento a un movimiento poético entre los campesinos. Sin ánimo de trazar una biografía detallada de Ernesto Cardenal, personalmente me resulta interesante la consideración de este escritor y poeta que realizó una vigorosa, lúcida y sensible síntesis, entre su fe religiosa, su compromiso socio-político, la literatura y el arte. Todo lo cual da pie al pensar y la reflexión acerca de Dios, la vida humana y los alcances y posibilidades de la literatura. Cierro esta nota, que trata de dar una visión de la intensa trayectoria del escritor nicaragüense, con esta cita que pertenece a su libro en prosa “Vida en el amor”: “El hombre es por naturaleza sed de saber, de conocer y de poseer, y ésa es la sed de Dios.”. PÁGINA Nº 7 . Los  verdugos .Por Ángel Balzarino (Rafaela). -¿Se ve algo? -No. -Tal vez no vendrá hoy. -Nunca falla.  Ya debe estar por llegar. Las palabras, proferidas en tono apenas audible, trasuntaban el estado de impaciencia y nerviosidad que embargaba a los cuatro hombres que, abroquelados en el hueco de una casa, permanecían quietos, los ojos clavados en la calle oscura y desierta, fuertemente cerradas las manos en los puñales disimulados entre la ropa.  (Una ráfaga de pujanza y legítimo orgullo lo invadió cuando, erguido en la litera llevada por sus hombres a paso lento, penetró en la plaza de Caxamarca y advirtió que todos los ojos se clavaban en él. Aquí estoy. Sin asomo de miedo ni vacilación. Hubiera querido gritar que ostentaba el título de emperador del magnífico y poderoso imperio incaico y estaba acostumbrado a enfrentar cualquier obstáculo y dificultad. Como el hecho de encontrarse allí, con una reducida escolta, para entrevistarse con los hombres llegados de tierras remotas. El intento por alcanzar la paz y la concordia revelaba sin duda una actitud precavida, plena de respeto, admiración y aun temor, en procura de evitar cualquier enfrentamiento en el territorio donde él contaba con toda la fuerza y autoridad. Cuando detuvieron la litera  en  el  centro  de la plaza, uno de los extranjeros se le acercó. A pasos torpes debido a la gordura fofa, con una gran cruz de madera colgada del cuello, sosteniendo en las manos una especie de caja, voluminosa, forrada de cuero. Entonces la sorpresa se transformó en desagrado y, por último, en furor descontrolado, tanto por el tono de la voz como por el sentido de las palabras que le iban traduciendo en su lengua. De pronto comprendió el propósito de los visitantes. Someterlos, en una postura altiva y exigente, más que lograr el establecimiento de un estado de unión y amistad. Como si fueran los dueños absolutos de todo el imperio y no ellos, sus hermanos de sangre, los hombres y mujeres nacidos allí y que, a través de generación en generación, aportaron su lucha y afecto y sacrificio para resguardarlo de cualquier peligro. El hombre amenazó con declarar la guerra y tomar sus bienes y provocar los mayores males si no aceptaba el requerimiento de reconocer a la Iglesia por señora y superiora del universo, y al Sumo Pontífice en su nombre, y al Rey y a la Reina de España como superiores y señores de esas tierras. A modo de corolario, lo instó a colocar una mano sobre la caja y jurar un compromiso de fidelidad y obediencia. -¡No! -lo apartó con gesto brusco y rabioso- ¡Jamás! La perplejidad e indignación enrojecieron el rostro del hombre gordo. Comenzó a mover los brazos y proferir gritos desaforados, como expresión de repudio o más bien en urgente pedido de ayuda. Abruptamente quedó revelado el engaño, la burla, el subrepticio ataque preparado por los invasores. Al surgir las figuras. Numerosas. Incontenibles. Demoledoras. Cubriendo la plaza desde todos los rincones. Y muy pronto el primer estampido quebró la quietud de la tarde soleada.)  Al trasponer la puerta, observó el habitual panorama de todas las noches: el carruaje, los soldados que formaban guardia, la soledad de la calle. Aspirando el aire que atenuaba un poco el intenso calor, ascendió al vehículo. Sí. Amo y señor de hombres y haciendas. El que dispone y ordena. Recostado en el asiento, sintió el deseo de lanzar una carcajada plena de satisfacción al imaginar lo que le esperaba: los amigos reunidos en el salón del Palacio; la comida sabrosa y abundante, acompañada con vinos especialmente elegidos; la charla salpicada con divertidas bromas; la compañía de una mujer para aplacar las urgencias del cuerpo. El recreo que podía disfrutar cada noche resultaba el premio cosechado tras la exitosa expedición al Perú. Pocos creyeron que podría hacerlo. Como si no hubiera tenido cojones para someter a unos indios miserables y extraer todos los tesoros de aquellas tierras.  Constituía una forma de cobrarse los esfuerzos, el acoso del hambre y las enfermedades, el desdén y la falta de apoyo que habían jalonado la ardua campaña a través de la cual se propuso no sólo conquistar gloria y riqueza, sino también llevar a cabo un desafío. Audaz. Irresistible. Lo hice. Fui y aplasté a esos indígenas y volví con un cargamento de joyas y oro como ningún conquistador pudo hacerlo jamás. Por eso ahora, regocijado, sólo deseaba recoger los frutos de su hazaña.  (Engañado. Como  un  pájaro  cayendo  inocentemente  en la trampa artera, preparada con cuidado y alevosía. Sin tener la menor posibilidad de evitarla, de esgrimir una defensa. Y ahora, encerrado entre cuatro paredes desnudas e inviolables, lo golpeaba sin piedad el recuerdo de la infernal escena vivida en la plaza de Caxamarca, con el remordimiento nacido del error, la improvisación o excesiva confianza con que había actuado ante los visitantes, sin presentir que, tras la apariencia de alcanzar una relación fraterna y pacífica, veladamente estaban maquinando la traición. Fulminante. Despiadada. Haber visto caer a hombres y mujeres de su pueblo por el disparo de los arcabuces y el accionar de las espadas y la carga briosa e incontenible de los caballos, le dejó un sabor amargo, la persistencia de una culpa que agigantaba el dolor, la furia, el resentimiento. Vengar la sangre de ellos. Hacer algo para proteger a mi pueblo antes de que sea completamente destruido. Rápidamente. No sólo para demostrar el poder del imperio incaico, sino también como una obligación o deber hacia quienes acataban fieles y obedientes cada uno de sus mandatos. Les haré pagar caro la muerte de mi gente. Se arrepentirán para siempre de haber pisado nuestras tierras. Y arrebatado por ese propósito, marchaba por la celda, incapaz de alcanzar un momento de sosiego y alivio. Días y días. Hasta que decidió efectuar una propuesta al jefe de los extranjeros. Deslumbrante.  Casi increíble. Comprar la anhelada libertad por todo el oro y plata que podía contener la pieza donde estaba encerrado. Notó el brillo de la codicia y el goce en los rostros de sus enemigos. Sin disimulo. Después, mientras llegaban desde todos los pueblos y montañas y más apartados rincones del imperio los preciados objetos que iban a representar su salvación, se dedicó a planear con ardor y meticulosidad el modo de concretar la venganza. Estas tierras son nuestras. El legado más valioso de nuestros antepasados. Y no permitiré que nadie nos eche de aquí. Obsedido por esa idea, esperó -sin tregua, consumido por la impaciencia, con odio creciente- el momento de ejercer plenamente los atributos que le confería ser emperador de los incas.)  -Ya parece inútil seguir esperando. -No debe tardar.  Viene todas las noches.   -A lo mejor hoy cambió de idea. El tedio de la espera impuso poco a poco un clima de malhumor y desmoralización entre los hombres. Abandonando la actitud cautelosa que los había mantenido apretujados junto a la pared, comenzaron a hablar con voz más fuerte y dar pasos cortos y nerviosos. -Tendríamos que haber ido a... -¡Silencio! ¡Escuchen! Los cascos de caballos desalojaron la quietud de la calle. -Sí. Ahí viene el carruaje. ¡Prepárense!  (No. No. Quemante, el grito. Provocado por el estupor, la indignación, el sentido de absoluta impotencia cuando los otros decidieron quebrar de manera abrupta el acuerdo establecido para recuperar su libertad. Por segunda vez tuvo la certeza de sufrir una burla cruel, de ser pisoteado como un mísero insecto. Al resultar claro que no estaban dispuestos a cumplir lo prometido.  Poco antes de vencer el plazo de dos meses para llenar la pieza de oro y plata, inventaron una siniestra artimaña. Feroces. Implacables. No quisieron correr el riesgo de que me pusiera al frente de mi pueblo para echarlos de nuestras tierras. Entonces lo acusaron de traidor, de estar preparando una conspiración, de rendir culto a dioses falsos. Como si aislado en la celda pudiera hacer otra cosa que dar pasos en círculo o lastimarse los puños golpeando impotente las paredes o sentir el peso lacerante de la soledad. Sometido a un juicio vilmente preparado, incapaz de articular la menor defensa, con los hombres y mujeres de su raza masacrados sin piedad por los visitantes, comprendió que estaba condenado de antemano. Sí. Ofrecerles diez o cien piezas como ésta llenas de oro también habría sido inútil. Sólo les interesa mi sangre. El trofeo más importante de la conquista. Y lo abatió el sentido de la derrota, no tanto por él, sino por su pueblo, por los queridos hermanos que siempre le dieron muestras de lealtad y confianza. Sin poder hacer nada para salvarlos de la esclavitud y la muerte. Y aunque presentía que una sombra ignominiosa iba a caer sobre el imperio afanosamente construido a lo largo de tantos años, no quiso otorgarles a sus enemigos el placer de verlo flaquear. No. Firme, hierático, casi desafiante enfrentó el suplicio.)  Permaneció recostado en el asiento mientras el carruaje efectuaba el habitual recorrido, como si necesitara un breve reposo antes de gozar, con pasión e intensidad, las largas horas de holgura que le deparaba cada noche. Sí. Un merecido premio. Reconfortado. Queriendo paladear cada segundo del halo de prestigio y gloria que había empezado a cosechar después de la triunfal campaña al Perú. Bruscamente se desvaneció la zona de placidez y regocijo. Una ráfaga de sorpresa, desconcierto, aun miedo, lo paralizó al detenerse el vehículo y percibir palabras entrecortadas y algunos golpes secos y contundentes. No pudo definir cuánto demoró en reaccionar. Vacilante abrió la portezuela. Al descender notó algunas siluetas movilizándose en la oscuridad de la calle. -¡Marqués Francisco Pizarro! La voz tuvo un acento lejanamente familiar. Creyó ser acosado por sombras del pasado. Impetuosas. Abrumadoras. -Sí. ¿Quién me... ? No pudo continuar. Figuras indefinidas cayeron sobre él. Silenciosas. Inmovilizándolo. Con decisión y vigor. Entonces sintió el frío acero en la garganta..  PÁGINA Nº 8.Tucumán.Por Sonia Catela (Ceres)  soniacatela@arnet.com.ar.  Marcho como una bandera, soy una bandera. Marcho como una bandera cuyo color irrita. Marcho para enfurecer. Flameo sobre las escaleras de la casa de gobierno y sin que lo pida, se me abre paso. Soy un fuego encrespado del que la multitud se aparta. Los examino, asustados por lo que extiendo en mis manos, un escudo y una provocación. Va delante de mí, una bandera de cedro, una prolongación de mi mismo,  la encarnación leñosa de mis ideas y realidad. Mi realidad es ese ensamblaje de tablas rectas. Sobre las baldosas, su reflejo. Y sobre los espejos, su reflejo. Marcho y camino y subo escalinatas y traspaso jardines, ondeando, en llamas, sin abrir la boca, sin que haga falta abrir la boca para que se sientan quemados por mi bandera. Voy directo como si el camino estuviera marcado con reflectores o como si los reflectores se encendieran a mi paso, por contagio de mi flama. Ni siquiera me detengo ante la arcada principal: la flanquean policías a quienes enceguece mi decisión, mi no pedir permiso, mi no titubear. Mi seguir y adentrarme en este emblema de poder,  yo, antagonista de ese poder y de las falsedades que ese tremendo poder encarna.    Camino con mi bandera y mi realidad adelante –verdaderamente, no las empujo, sino que ellas me levantan y me mueven-. Hiendo este salón oval con mi ofensa, lastimo ojos que se retiran, cuerpos que se apartan, alguien que se desvanece, y en el fondo, detrás del escritorio, la silla ornada como la de un monarca. El  gobernador. Me enclavo, rodeado de sumisión, yo un mástil con una bandera en un mar manso de cuerpos que susurran obsecuencias, “adelante, gobernador”, “así se hace, gobernador”. Mi realidad y mi bandera de pie, braman, los atraen y acallan. También el  magistrado me está viendo, y pasma su boca  y baja las manos como si se enjuagara en agua de perdones. –Insolente- expele de su recetario de palabras, y levantándose, se sostiene sobre un timbre. -Esto le corresponde- replico y coloco la realidad, abierta, sobre la tapa del escritorio, empujándosela. -Muévanse, sáquenlo de aquí- y el gobernador se retrae, con su histeria, su cuerpo; teme el ataque de esta madera muerta.    A su diestra, un burócrata murmura “bárbaro”; pero no se pone en movimiento. El movimiento retrocede ante la realidad que las tablas y su contenido abren encima del escritorio.   Marchamos, yo y mi bandera bajo el sol de Tucumán, encendiendo el mundo, prendiéndole fuego al pasado de quienes nos flanquean, dejándolos como un campo arrasado y listo para que brote otra planta; los funcionarios, secretarios, legisladores se espantan “pero cómo se atreve”, llevo una cruz bandera  y la deposito; les ubico su verdad sobre la caoba, aunque ellos vean solamente el puñado de huesos desnutridos de un niño que pueden ser de cualquier chico, pero son del mío, huesos que ya no jadean su derecho a la carne, los puros huesos con su pellejo reseco, descomponiéndose. “Su cosecha, gobernador”-, repito aunque en el salón del dignatario se siga representando el “cómo se atreve”, ya en ondas de movimiento, ya alegando que me aplicarán aquel artículo del código penal y aquel otro y el de más allá, y en movimiento me rodean y se apresuran a tapar el cajón, tapar mi verdad de madera con los sacos que se quitan, ocultarla con presteza bajo uniformes y trajes de secretarios y directores, y se la llevan y encapsulan, la ponen en cuarentena, contagiosa, y el artículo tal del código penal me retira del salón y yo marcho bajo el sol de Tucumán como si algo pudiera ocurrir y estuviera ocurriendo o fuera a ocurrir.. PÁGINA Nº 9 – PÁGINAS MEMORABLES. Juana de Ibarbourou. Poeta uruguaya nacida en Melo en 1892. Desde muy joven empezó a publicar los primeros poemas bajo el seudónimo de Juanita de Ybar. Su estilo inicial fue apasionado y sensual dentro de la órbita modernista, vinculándose luego al vanguardismo. Su verso, con el paso del tiempo, ganó serenidad y melancolía, haciéndola alcanzar el Premio Nacional de Literatura en 1959. Escribió Lenguas de diamante (1918), Cántaro fresco(1920); Raíz salvaje (1922); Ejemplario (1927); La rosa de los vientos (1930); Los loores de Nuestra Señora y Estampas de la Biblia (1934); Chico Carlo (1944); Los sueños de Natacha (1945); Perdida (1950); Azor (1953); Mensaje del escriba (1953); Dualismo, antología; Destino, relatos; Oro y tormenta (1956); Juan Soldado (1971), y varias obras para niños.  Falleció en 1979. . Elogio de la lengua castellana.

¡Oh, lengua de los cantares!

¡Oh, lengua del romancero!

Te habló Teresa la mística.

Te habló el hombre que yo quiero.


En ti he arrullado a mi hijo

E hice mis cartas de novia.

Y en ti canta el pueblo mío

El amor, la fe, el hastío

El desengaño que agobia.


La lengua en que reza mi madre

Y en la que dije: ¡Te quiero!

Una noche americana

Millonaria de luceros.


La más rica, la más bella

La altanera, la bizarra,

La que acompaña mejor

Las quejas de la guitarra.


¡La que amó el manco glorioso

Y amó Mariano de Larra!


Lengua castellana mía,

Lengua de miel en el canto,

De viento recio en la ofensa,

De brisa suave en el llanto.


La de los gritos de guerra

Más osados y más grandes.

¡La que es cantar en España

Y vidalita en los Andes!


¡Lengua de toda mi raza,

Habla de plata y cristal,

Ardiente como una llama,

Viva cual un manantial!
.La hora.Tómame ahora que aún es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano.

Tómame ahora que aún es sombría

esta taciturna cabellera mía.
 Ahora , que tengo la carne olorosa,
y los ojos limpios y la piel de rosa.

Ahora que calza mi planta ligera

la sandalia viva de la primavera
 Ahora que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida a prisa.

Después... ¡oh, yo sé

que nada de eso más tarde tendré!
 Que entonces inútil será tu deseo
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.

¡Tómame ahora que aún es temprano

y que tengo rica de nardos la mano!
 Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.

hoy, y no mañana. Oh, amante, ¿no ves

que la enredadera crecerá ciprés?
.Como la primavera..Como un ala negra tendí mis cabellos
sobre tus rodillas.

Cerrando los ojos su olor aspiraste

diciéndome luego:

-¿Duermes sobre piedras cubiertas de musgos?

¿Con ramas de sauces te atas las trenzas?

¿Tu almohada es de trébol? ¿Las tienes tan negras

porque acaso en ellas exprimiste un zumo

retinto y espeso de moras silvestres?
 ¡Qué fresca y extraña fragancia te envuelve!
Hueles a arroyuelos, a tierra y a selvas.

¿Qué perfume usas? Y riendo le dije:

-¡Ninguno, ninguno!

Te amo y soy joven, huelo a primavera.
 Este olor que sientes es de carne firme,
de mejillas claras y de sangre nueva.

¡Te quiero y soy joven, por eso es que tengo

las mismas fragancias de la primavera!
.Millonarios.Tómame de la mano. Vámonos a la lluvia
descalzos y ligeros de ropa, sin paraguas,

con el cabello al viento y el cuerpo a la caricia

oblicua, refrescante y menuda, del agua.
 ¡Que rían los vecinos! Puesto que somos jóvenes
y los dos nos amamos y nos gusta la lluvia,

vamos a ser felices con el gozo sencillo

de un casal de gorriones que en la vía se arrulla.
 Más allá están los campos y el camino de acacias
y la quinta suntuosa de aquel pobre señor

millonario y obeso, que con todos sus oros,
 no podría comprarnos ni un gramo del tesoro
inefable y supremo que nos ha dado Dios:

ser flexibles, ser jóvenes, estar llenos de amor.
.La higuera.

Porque es áspera y fea,

porque todas sus ramas son grises

yo le tengo piedad a la higuera.


En mi quinta hay cien árboles bellos,

ciruelos redondos,

limoneros rectos

y naranjos de brotes lustrosos.


En las primaveras

todos ellos se cubren de flores

en torno a la higuera.

Y la pobre parece tan triste

con sus gajos torcidos, que nunca

de apretados capullos se viste...


Por eso,

cada vez que yo paso a su lado

digo, procurando

hacer dulce y alegre mi acento:

"Es la higuera el mas bello

de los árboles todos del huerto".


Si ella escucha,

si comprende el idioma en que hablo,

¡Que dulzura tan honda hará nido

en su alma sensible de árbol!


Y tal vez, a la noche,

cuando el viento abanique su copa,

embriagada de gozo le cuente:

"Hoy a mí me dijeron hermosa".
. Despecho.

¡Ah, que estoy cansada! Me he reído tanto,

tanto, que a mis ojos ha asomado el llanto;

tanto, que este rictus que contrae mi boca

es un rastro extraño de mi risa loca.


Tanto, que esta intensa palidez que tengo

(como en los retratos de viejo abolengo),

es por la fatiga de la loca risa

que en todos mis nervios su sopor desliza.


¡Ah, que estoy cansada! Déjame que duerma,

pues como la angustia, la alegría enferma.

¡Qué rara ocurrencia decir que estoy triste!

¿Cuándo más alegre que ahora me viste?


¡Mentira! No tengo ni dudas, ni celos,

ni inquietud, ni angustias, ni penas, ni anhelos.

Si brilla en mis ojos la humedad del llanto,

es por el esfuerzo de reírme tanto...
.El dulce milagro.¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen. Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen. Mi amante besóme las manos, y en ellas, ¡Oh gracia! brotaron rosas como estrellas.  Y voy por la senda voceando el encanto y de dicha alterno sonrisa con llanto, y bajo el milagro de mi encantamiento se aroman de rosas las alas del viento.  Y murmura al verme la gente que pasa: -¿No veis que está loca? Tornadla a su casa. ¡Dice que en las manos le han nacido rosas y las va agitando como mariposas!  ¡Ah, pobre la gente que nunca comprende un milagro de éstos y que sólo entiende, que no nacen rosas más que en los rosales! ¡Y que no hay más trigo que el de los trigales!  Que requiere líneas y color y forma y que sólo admite realidad por norma. Que cuando uno dice: -voy con la dulzura, de inmediato buscan a la criatura.  Que me digan loca, que en celda me encierren, que con siete llaves la puerta me cierren, que junto a la puerta pongan un lebrel, carcelero rudo, carcelero fiel.  Cantaré lo mismo: -Mis manos florecen. Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen. ¡Y toda mi celda tendrá la fragancia, de un inmenso ramo de rosas de Francia!.  PÁGINAS Nº 10 y 11 – RESEÑAS DE LIBROS. Historias de uno – Ariel Giacardi– 60 ps. – Edición del autor - Santa Fe. Ariel Giacardi ofrece su cuarto libro de poemas con necesario compromiso de inocente. Un libro en el que no desarticula criaturas: ellas lo convocan, y él las deja hacer. Cada una en su historia, en su círculo virtual de ayes, de pensares, de vacíos. Un libro en el que no hay celebraciones, más que el goce de una metáfora o el paso de danza de una palabra que se desliza sobre otra, casi subrepticiamente, en el ritmo total. Giacardi, en el ritual de las emociones, llega a veces a la mutilación del instante. La gracia es una tangente, cuando no una cobardía. Y los seres, sus  seres (también él mismo, sobrenadando, siempre), laten y responden, entre los cuchillos de la angustia y esa dulce trepanación de la esperanza. Su poética, de pronto, conjuga las auras de dos grandes poetas hispanoamericanos: el español Rosales y el peruano Vallejo. Por ahí, los códigos de transparencia de Luis Rosales; por ahí, el duro acero de César Vallejo, con esa dramática de vida que conmueve y a la vez desconcierta. Belleza dolorosa la que conjuga Ariel Giacardi en estas Historias de uno. Una consagración de la existencia, quizá, por encima del tiempo, de los carriles temporales. Cristales sin brillo. Amores quebrados. Olvidos que se  espejan en la mirada del otro. Ausencias infranqueables. Su poética –más allá de un corpus determinado- obedece a los cánones de cierto desgarramiento compartido. Dolor en el encuentro/desencuentro, que el poeta burila sin tintas oscuras. Por el contrario, su voz (sin ahogar el grito) es una voz clemente, casi fresca, obediente a los secretos órdenes. La poesía no está en primera plana, dice. Porque no tiene senos como nardos, clama. Porque no vende sueños / no regala nada / no está bajo sospecha, denuncia. Piensa a veces que se nos fue / gota a gota / la inocencia. Pero recupera las huellas prodigiosas, propone maniatar las hogueras del cansancio, y por ahí, hallar los pájaros hilando un desabrigo: todo él con dedos de semilla.Poeta de pie, va descifrando destinos como historias, historias como juegos, juegos como mariposas. Como si no supiese que ya es tarde/ para algunas tristezas. Aunque la vida sea un convite irrenunciable: que yo quiero quedarme en esta vida / aunque no sepa la razón, quedarme / así como al descuido. Y continúa el poeta: Quedarme de este lado del abismo / a ver cómo sucede la intemperie, / los eclipses, la furia / la verdad que no alcanza, / y por qué no, la muerte, esa impericia / ese impuesto a la ausencia, ese  delito. Estos poemas cotidianos están nutridos por lo irrenunciable. ,,,y estar solo / muy solo / como Dios cuando reza o da las gracias / y ver / la soledad cómo edifica / la obcecada estatura de la ausencia,/ pero contigo / amor,/ pero contigo. Y al final del poema titulado Después de la tristeza, remata con resignada elocuencia: No sé si a usted le pasa, pero a veces / la noche es un resumen / una síntesis lenta, / sobre todo si hay dos o tres jazmines / en el rincón más tibio de la casa / que se mueren de pena / y una música blanda lo conmueve / y ella dice: qué largos son los días / pero usted no contesta. Belleza dolorosa que sobrevuela estados y pasiones. Como nube. Como pájaro. Y que asocia el hambre combatiente y las pesadillas largas, sin trincheras, con el reclamo que nos han devaluado la esperanza / y establecido turbias hipotecas / sobre cada fracción de nuestros sueños, / que a la vida le han puesto cuatro cifras / y un punto decimal, por lo que fuera. Y belleza, sin embargo, que más allá del asombro y la nostalgia, halla la gota de amor que sobrevive. La vital alfarería constelada.. J. M. Taverna Irigoyen (Santa Fe). La pasión y la excepción – Beatriz Sarlo – 270 ps. – Siglo XXI editores – Buenos Aires . La autora afirma en el prólogo de esta obra lo siguiente: “Hay razones biográficas en el origen de este libro. (…) Formo parte de una generación que fue marcada en lo político por el peronismo y en lo cultural por Borges (…)”. Esto hace que este ensayo tenga un marcado y sentido carácter personal. Incluye, y cada uno a su turno, tres personajes y hechos que dejaron su impronta en el escenario nacional, por lo menor en cierta época histórica: Eva Perón, devenida en emblema del Estado justicialista y una especie de heroína de las multitudes desposeídas, el secuestro y la muerte del Gral. Pedro Eugenio Aramburu y las ficciones literarias de Jorge Luis Borges. No pueden menos que sorprender, por lo menos a quien suscribe, las categorías con las que se maneja esta escritora inteligente y particularmente activa: la pasión, el grado extremo de tensión a que son expuestas las pasiones, y, a la vez, la racionalidad que se deriva de las que aquí son tratadas. Pero también hay que señalar el carácter de la excepción, a la que el libro apunta. Y que ubica en el marco del régimen político de ese momento en los siguientes términos: “Ninguna virtud, ninguna comparación, pareció inadecuada en el culto de la personalidad que el peronismo convirtió en el pivote de su política de masas.” Y refiriéndose a Eva Perón, pues de ella se trata, Beatriz Sarlo añade que “los héroes, los valientes y los excepcionales mueren jóvenes (…).” En la lógica de la pasión y la excepción, se desenvuelve la temática de este libro, que la autora concluye con una última y textual referencia: “En teología política, Schmitt escribe: ´En jurisprudencia, el estado de excepción tiene un significado análogo al del milagro en teología´ (cit. p. 43). Los montoneros, dice Beatriz Sarlo, posiblemente no se hubieran sentido inquietos por esta tesis.”. María Teresa Rearte Basla (Santa Fe).  El gusto del agua – Lermo Rafael Balbi – Ed. Responsable B. Enry Milesi – Imprenta Gutenberg – Rafaela. Lermo Rafael Balbi fue un querido amigo, escritor excelente y poseedor de altas dotes morales, que falleció tempranamente, el 21 de mayo de 1988, a los 56 años de edad. Autor de relevantes libros en prosa y en verso, conquistó diversos e importantes premios en serios medios de Rafaela y Santa Fe. Poeta de vida interior intensa, “que consigna momentos de desolación, angustias, revelación y sabiduría!, como bien lo señala Graciela Maturo en el prólogo de esta obra que nos ocupa: El gusto del agua, que termina de editarse con la responsabilidad de su gran amigo y albacea B. Enry Milesi, presente siempre en cuanto hecho se refiera a cualquier aspecto de la vida artística o personal de Lermo. Resulta una delicia recorrer las páginas de esta creación que reúne poemas inéditos y en parte recopilados de libros editados, en los que palpita la espiritualidad y la sapiencia de este verdadero poeta que pasó por la vida sembrando belleza con sus destellos luminosos y acertado decir. La vida de un artista verdadero no finaliza aunque no pertenezca ya a la tierra. Así, Lermo perdura con su espíritu delicado, su interpretación de la mitología y el amplio conocimiento de las cumbres literarias y la constante expresión de la opinión certera y el buen gusto, así como el rechazo de la chabacanería, la vulgaridad, la politiquería y la demagogia. Su poemario, de exquisito lenguaje y alto vuelo espiritual e imaginativo se pone de manifiesto en cada uno de los versos. Como cuando en Estamos solos, nos dice: “Volver a remontar el camino, hermano mío, / y todo, ¿para qué?. Cuando agujas de hielo restallan / en la hierba y tornan a herir la piel lo suficiente / como lo hicieron al morir las últimas flores / del estío”. O en Hoja olvidada, cuando manifiesta: “Y estabas aún temblante, hoja olvidada / del tiempo. En la ventisca crepitaba el leño seco / cauce de pavuras bajo el cielo plomizo / con la primera estrella distante y helada”… Comparable en orientación poética a su obra anterior: Orfeo se reembarca, como lo señala acertadamente la prologuista: “En este libro ahonda su introspección, emprende una aventura trascendente, acoge la muerte y asume su condición de criatura frente al misterio. Es el suyo un canto de transfiguración y conversión”. Siempre recuerdo las palabras de Lermo, que leí en el final de una nota publicada por el diario El Litoral, el 8 de diciembre de 1988, y que muestran en su plenitud a este hijo de Aráuz (“Muerto y celeste”, como denominó a su volumen editado en 1979, Premio Provincial de Poesía): “El efecto estético es, en definitiva, fundamental en mi trabajo literario, cosa que tal vez aparezca menos incontaminada, más eficazmente en mi poesía”.. Jorge Alberto Hernández (Santa Fe).  Santa Fe y sus Leyendas - Zunilda Ceresole de Espinaco - 93 ps. - Ediciones Culturales Santafesinas - Gobierno de la Provincia de Santa Fe - Secretaría de Cultura. Las palabras del prólogo corresponden al Departamento Literatura de la Secretaría de Cultura de la Provincia, que se inician con una cita de Neli Garrido de Rodríguez: "el alma de un pueblo tiene múltiples expresiones, pero quizás ninguna tan auténtica como las que reflejan sus leyendas tradicionales" Si bien el cuento ofrece al lector el placer de imaginar la acción y gozar del desenlace, la narración de leyendas significa, además, un esfuerzo  del autor para imaginar los personajes,  el paisaje, y, además, el conocimiento de las creencias populares que al final compondrán la textura de los temas, tan bien escritos por esta autora. Zunilda divide su trabajo en cuatro  partes: Flora, Curso de agua y peces, Fauna y Temas varios. En el primer relato de Flora: "Las florecitas silvestres", se aprecia la maestría de la autora para emocionar al lector, combinando las travesuras de dos niños con los juguetes sencillos de los chicos pobres, con la  naturaleza, con el sol,  con los colores del paisaje, y con un desenlace feliz. En Cursos de aguas y peces, aprovecha las leyendas para ilustrarnos con los nombres de las tribus indígenas que habitaron la región el relato de paisajes y escenarios que aun hoy se conservan. En Fauna se refiere a nuestros conocidos, El patito franciscano, Juan Soldado, La tacuarita, La cachirla, El chillón, El pato Sirirí, Los bichitos de luz, El Tero, El Carpincho y el Aguará Guazú, detallando también los nombres científicos de los mismos. Por último, en Temas varios, en "Milagro de fuego y humo", relata la fundación del fuerte Sancti Spiritu por Sebastián Gaboto, su destrucción por las indios timbúes y la salvación de los soldados sobrevivientes por San Blas, al que todos creyeron ver, indios y cristianos, en la enorme columna de humo que ascendía al cielo como si fuera su larga vestidura.  Los pollitos de la Virgen, La Virgen de Guadalupe, la luz de la cañada, Negritos del remanso, La Solapa, Origen de los toponímicos Tostado y Pozo Borrado y La tumba roja, completan esta serie de leyendas. Al finalizar esta última dice: "El mundo del mito es el mundo del milagro, donde como en un país, todo se hace posible; a pesar del avance de la ciencia, el hombre no ha perdido su tendencia a creer." Enhorabuena. Un trabajo esencial para la escuela de esta docente, escritora, periodista y mitóloga. . Manuel Bande (Entre Ríos-Santa Fe).  Por encima de los techos – Roberto Malatesta – 40 ps. - Editorial Leviatán – Buenos Aires. Es tan habitual conocer escritores olvidables; lo inhabitual resulta encontrar un libro que valga la pena ser leído. Tan vulgar decir que la poesía transforma la realidad; el milagro consiste en percibir esa transformación, magia que ocurre cuando el lector adhiere sin más a una dicción donde la palabra es objeto y comunicación al mismo tiempo. En estos términos, la poesía que escribe Roberto Malatesta no sólo es un milagro, también tiene algo de mágica. En efecto, su capacidad de observación, su auténtica manera de ver operan sobre el paisaje y lo consuetudinario con despojada lucidez, ahí donde materia y acontecimientos empiezan a volverse una magnitud espiritual de alto y comprensivo pensamiento. Lejos del naturalismo, lejos de cualquier pesimismo prejuicioso, en la notable sencillez de sus proposiciones, el lector va encontrando que vivir y morir por el honor de los hechos y las cosas, aún las mínimas, es una belleza posible, algo arduo y sin embargo, siempre tan próximo. Malatesta demuestra que el género que practica es ancestral y de todos, un habla esencialmente convivible: la altura de un níspero, como afición a la armonía que nos trasciende; la trágica invasión del río, conforme a su conflicto de realidades que nos deja perplejos hasta resolverse en un esperanzado extrañamiento. Confluencia entre naturaleza y cultura, otro reverso del cosmos y el hombre, este libro de un poeta cada vez más indispensable.. Javier Adúriz (Buenos Aires).  PÁGINA Nº 12 . La amante del capitán.. Por José Gabriel Ceballos  (Corrientes). Todavía el capitán Rafael Dacunda y sus oficiales y suboficiales se estaban yendo del pueblo cuando empezaron a manifestarse los rencores hacia Niña Belena, la amante del capitán. La antigua casa de ochava y ladrillos expuestos, que parecía hundirse en el arenal frente a la plaza chica, amaneció pintada en todo su largo con frases ignominiosas. Los injuriantes utilizaron hasta la puerta y las ventanas. Poco después, una madrugada, el vecindario escuchó por primera vez aquel odio hecho pedrea en el techo de Niña Belena. Poco después el cartero entregó allí los primeros anónimos. Tales venganzas, desde luego, eran ratificadas con desaires como la general negación del saludo, la cancelación del crédito en todo el comercio local, el reemplazo de Niña Belena como vocal de la Congregación de la Virgen, etcétera. Pero pasados cinco años desde el renacimiento de la democracia, la gente acabó por dejarla en paz. Eso sí, las distancias permanecieron. Si las pedreas y las cartas anónimas cesaron, no retornaron los saludos, salvo los de algunos por el puro hábito de andar saludando y otras escasas excepciones. Si nadie agredió más a Niña Belena, tampoco nadie se interesó en romper su aislamiento. Sus relaciones quedaron reducidas a su hermana viuda, a su criada negra y muda (quienes vivían con ella; la segunda, autora del niña adherido al nombre desde la infancia), a algunas beatas circunstanciales y al cura, que la confesaba los domingos en la iglesia para la misa de siete. De ordinario ésta era su única salida. Temprano, rápidamente y sin desviar la vista, caminaba ella las tres cuadras hasta el templo. Se sentaba atrás, en un banco que había junto a un altar lateral. A su lado, la negra muda, como haciéndole custodia. Misas aparte, poco y nada se mostraba. Raras veces aparecía en su puerta atendiendo al lechero o a un verdulero. Y muy excepcionalmente iba algún fin de mes a cobrar su pensión de huérfana soltera en el Banco Nación, trámite que casi siempre cumplía la hermana a la vez que cobraba su pensión de viuda. Por estos hechos se la vio envejecer. Su tupida melena negra, cuyo contraste con la alba piel le daba un atractivo principal, fue el primer tributo que su aspecto pagó a la soledad, en la forma de dos rodetes que no mucho después se volvieron grises. Su alta delgadez perdió la elegancia con que paseara sus sobresalientes títulos : reina de la primavera y reina de la sandía en la juventud, y más adelante, entre los treinta y dos y los treinta y nueve años, amante de aquel temible jefe del cuartel e intendente municipal, el capitán Rafael Dacunda. Una rigidez temerosa se apoderó de ella, una tensión profunda desplazó a la gracia. Sólo vestía ropas oscuras. Las arrugas invadieron su cara. ¿Cuánto Niña Belena añoraba la dictadura? La pregunta rondaba la casa de ochava como un fantasma infame. Seguramente, mientras el resto del pueblo procuraba conocer el destino de sus desaparecidos, reconstruir su dignidad destrozada, contener su odio, en aquella casa se recordaba con ternuras al verdugo y los siete años horrendos que éste ejerció el poder, años que la gente había aprendido a representarse mediante imágenes inseparables de Niña Belena. Niña Belena en el palco de las autoridades durante las ceremonias oficiales. Niña Belena de compras con un soldadito en un falcon verde. Niña Belena entrando a la Municipalidad a media mañana, andar monárquico, ataviada como una estrella de cine. Un colimba pasea los perritos regalados a Niña Belena por el capitán Dacunda. Niña Belena corta cintas inaugurales. Niña Belena baila con el chacal en el Club Social. Y también había un sonido, un inconfundible sonido que ligaba a Niña Belena con el horror y que siguió atormentando los cerebros por mucho tiempo: el rumor del automóvil que atravesaba el pueblo llevando al capitán Dacunda hacia su querida, en la alta noche, cumplida otra orgía de tortura y muerte en el cuartel. Se decía que el capitán era el más cruel durante los interrogatorios, de los cuales se ocupaba personalmente por las noches, dos o tres horas antes de visitar a Niña Belena. Que su saña con la picana eléctrica aumentaba mientras se acercaba la hora de reunirse con su amante, hasta poder transformar a un ángel en el peor conspirador subversivo, como que sus subalternos solían reservarle los presos más duros para el final. Cuando los vecinos oían aquel motor nocturno se preguntaban a quiénes, a cuántos infelices el chacal acababa de convertir en desaparecidos. Pero poderoso puño es el tiempo, y apacigua cualquier rencor. Como quedó escrito, en un lustro Niña Belena estuvo libre de los zarpazos del odio, aunque no de la soledad. Se creería que la gente consideró suficiente condena para el futuro aquella terrible soledad que la convivencia con la hermana viuda y la negra (dos sombras) no alcanzaba a disimular. Quizá lo que ocurrió en su espíritu ocurrió por la muerte de la hermana. Por lo menos, muchos -la mayoría en el pueblo- así lo explicaban, y el corto lapso transcurrido entre dicha muerte y la llegada de las mujeres de pañuelos blancos, suponiendo que éstas acudieron enseguida de recibir el llamado de Niña Belena, corrobora la conjetura. Motivada por aquella muerte, en extrema soledad, Niña Belena empezó a sentir el peso de las confidencias del capitán Dacunda como algo insoportable. Descargar su alma de tales secretos se le habría vuelto una necesidad tan grande como respirar. Una confesión con el cura no le habrá parecido bastante. Y no halló otro modo de aligerar su angustia. (La hermana viuda murió cuando Niña Belena ya sumaba sesenta y pico de años, por una enfermedad fulminante. Pobres exequias tuvo. Ambas manos bastaban para contar a quienes se arrimaron al velatorio y solo cuatro coches formaron el cortejo fúnebre). Lo cierto es que unos cuantos meses después de haberse muerto la hermana de Niña Belena llegaron al pueblo unas extrañas mujeres. Unas diez, ancianas, y se hospedaron en el único hotel. Llamaban la atención especialmente por los pañuelos blancos que cubrían sus cabezas. Este detalle, sumado a la tristeza reconcentrada en los rugosos rostros, hizo pensar al principio en monjas veteranas. Varias veces en los primeros cinco días las ancianas visitaron a la ex amante del capitán Dacunda. Al sexto día llegó un moderno automóvil con hombres de apariencia severa y con gruesos portafolios. El vehículo se detuvo frente al Juzgado de Paz y a los pocos minutos se supo que traía a un juez federal y a sus secretarios. A la mañana siguiente comenzó la función. Niña Belena caminaba adelante. Una desteñida sombrilla al hombro, un largo vestido otrora lujoso, sereno el gesto. Dos pasos atrás iban el juez local, el juez federal, los secretarios. Atrás, las ensimismadas ancianas, con la blancura de sus pañuelos vibrando en la plena mañana, unos policías, unos peones municipales con palas, picos y otras herramientas, y la criada de color, quien ya apenas andaba. Pronto la curiosidad se generalizó en el pueblo y hubo una multitud tras Niña Belena. Cuando ésta se detenía y señalaba hacia un lugar preciso, los secretarios procedían. Si lo señalado era una puerta, un secretario se adelantaba, llamaba y a quien saliera le leía y le entrega una orden judicial. Así fueron apareciendo los desaparecidos, después de tanto olvido, en sitios que nadie hubiese imaginado jamás. Huesos ya a medias deshechos, algunas calaveras aún con el espanto del último grito. Dentro de las casas, en veredas, en patios, en huertas, en gallineros. En paredes. Bajo el sillón del dentista, bajo la caja fuerte del banco, bajo las butacas del cine, en las aulas de la escuela, en el Club Social, en el prostíbulo, en el probador de la modista. Bajo las mesas donde se comía diariamente, bajo las camas donde se dormía cada noche, en este zaguán, en aquel baño, en este living, en todas partes, en todas partes.... PÁGINA Nº 13 – POETAS ARGENTINOS . Casi en la línea que limita la pobreza . casi en la línea que limita la pobreza me mojo los labios con lo que me es dado  algo me dice que todo es bendición que hasta en el más perfecto caos hay cierto orden  alrededor de esta casa por ejemplo  en estas cosas pienso mientras destapo los desagües de la cocina  meto treinta y seis sapos en una bolsita de supermercado y pienso que en alguna cosa nos parecemos  no tienen la menor idea de a dónde irán a parar pero aún así cantan-. Sergio Rigazio  (Buenos Aires). Hamaca.. Estoy en cama             (la enfermera  se llama Erminda) Por la ventana que da al patio,  mi hermana pasa a bordo de una hamaca. Pasan también las moras, el verano,  las chicharras. Ha de ser octubre, como esta tarde, o tal vez noviembre, y el calor agobia, porque mi padre que llega del trabajo, se ha soltado, cosa extraña, la corbata. Yo estoy en cama. Y Ana pasa alegre,  viva, a bordo de la hamaca. Habrá sido de vidrio el aire, como esta tarde.. María Teresa Andruetto  (Córdoba). Sosiego . Otra vez termina un día, otra vez apenas               hoy, horas, pasos                         un aliento y detrás, en la espalda,               la desnudez de lo que ya                                            he muerto.                           Otra vez otro aliento y  sin porque,               y tal vez sin mí,                                          este callado gracias que se abre noche,                                     este silente amén que lo recoge todo.    .  Hugo Mujica  (Buenos Aires)  .             I.Esa pantera negra que me habita  y que aguarda en un rincón oscuro     para quemar tu corazón cuando te vas sabe que si la destruyo moriré con ella a poco tiempo del delito. Dice que sólo quema tu corazón cuando te vas aunque vos no sepas que te vas y que tu cuerpo es una sombra azul que invento cada noche sobre el lecho.. Sonia Rabinovich  (Córdoba). De amores suburbanos.4. Cerraron el ciber. La gente escandalizada  de tanto sexo al costo punto com salió a comprar caricias por dos pesos y besos sinceros  en tres pagos con tarjeta sin recargos menos IVA.. Esteban González  (Chaco). La patota.                  Así, de pronto, en medio de la fiesta, del rock, del rap, del crash, el homo sapiens se desnuda.  Husmea, demarca el territorio, y con airadas manos recupera su hacha.  Bestia plural, compacta,  la patota despliega su dominio, acorrala a su presa.  Con infinitos pies, con infinitos puños, con sus arcos y flechas, con sus viejos garrotes, con sus 45, la bestia numerosa desmantela,  desangra a la fragilidad.  Y aunque indiferente o recelosa,  la patota es esclava de una honda pulsión;  con anónimo rostro hace saber quién es: borbota su rugido, ese almíbar impune que atraviesa los tiempos.  Y ahí, en la vereda, puro estorbo, yace el muchacho aquel que sólo fue a bailar,  una noche cualquiera, a comienzos del siglo Veintiuno.. Máximo Simpson (Buenos Aires).  La  palabra. Sin tu voz somos        Nunca Nadie           Nada.           Sólo  palabras.  Sin tu silencio somos raíz de escarcha..                               Ana  Emilia  Lahitte  (La Plata). PÁGINA Nº 14 . Nos..Por Julián Gustems  (Barcelona). Como sea que el muchacho llegaba algo tarde, la Reina empezó a impacientarse. Había perdido la hora de la peluquería y eso era imperdonable. Se dirigió al Rey y a los Afables, gritando su desconsuelo. “¿Quién se ha creído que es este infeliz?” - sus gritos retumbaban entre los muros. - “Cuando llegue le dais diez latigazos”.  Pero al verle se le dulcificó el rostro.  El joven llegaba sudoroso, con grandes muestras de desconsuelo. Iba acompañado de frailes, sanadores y vicereyes, Afables y señoras de buen ver. La Reina apreció la belleza del muchacho y lamentó ser vieja y ser Reina, porque ambas cosas impedían soñar con noches de luna, perfumadas de jazmín. Pero era vieja y Reina y debía contentarse con las manos rugosas del Rey. Así era la vida y así debía aceptarla, pero era en menoscabo de sus sueños de mocita cuando allá en su tierra se le llenaba el pecho de misterios.  La Reina suspiró y se entregó al diálogo.  - “Vais bien acompañado” – indicó.  -         “Así es mi Reina y Majestad. Pero si me siento feliz es por poder veros tan hermosa” – mintió el muchacho. Y añadió: “Me olvidé de traeros rosas, pero os traigo algo mejor, os traigo un nuevo mundo”.-          El muchacho extendió sus planos sobre las rodillas de la Reina.  -         “Aquí está la China, la India y el país del azafrán” – comentó, señalando con su dedito el mapa cartapacio…-          “¿Y Ávila, dónde está Ávila?” – preguntó la señora Reina. “Aquí está Ávila “ – aseguró el mozo. - “En este puntito vagabundo está Ávila”. La Reina no le dio validez pero dijo: - “Bien” - para quedar como una señora. La Reina suspiró profundamente, se admiró de que en un papel cupieran tantos países, incluso su Ávila querida, miró al Rey Su Señor, miró a los Afables y al final se dirigió al capitán de los frailes: “Dice el muchacho que va a darme un mundo”. El capitán de los frailes alzó la mirada al cielo, se tocó el pecho y dijo que sí, que la China y la India y las Bahamas.  - “Pero la expedición costará sus dineros” – sugirió la Reina. - “No tantos como darán los beneficios de su regreso. Traerá oro y plata y alguna cosilla que agradará a la Reina Nuestra Dama y Señora.” - “La expedición la pagarán los judíos y costará mucho menos de lo que se piensa, para mis condominios bastarán un par de puercos y dos barriles de vino” – exigió el muchacho. - “Pero habrá que abastecer a la marinería” – sugirió la Reina. - “La marinería comerá de lo que pesque” – aseguró el muchacho. La Reina volvió a sucumbir a la dulzura de sus palabras. - “Sea”. – sentenció. - “Se prepare el viaje a la China”. Preguntó de dónde era el mancebo. - “No se sabe de cierto pero parece ser que es catalán. Habla muy mal el castellano”. – indicó el capitán de los frailes. - “¿Catalán?” – preguntó Nuestra Señora la Reina. Y agregó – “¿No es de ese país que siempre está reivindicando tonterías?” - “De ese sitio es el mancebo” - aseguraron los Afables. - “No importa. Que se haga el viaje sin más demora. Y que así quede escrito” – sentenció la Reina. Así quedó escrito y así pueden leerlo algunos pocos privilegiados que saben leer los librotes de piel de cerdo que se guardan en algunas bibliotecas del país, libros encerrados en encerados armarios de caoba. A la orden de la Reina se preparó la expedición que fue de once naves, con sus marineros, capitanes y rameras. Se alzaron a la aventura de los mares, enarbolando los estandartes de la tierra de castillos, cantándose, junto a las oraciones, lindas jotas patrióticas. El encuentro con los monstruos marinos no se cuenta en la crónica de aquellos tiempos pero se sabe que ocho de las naves fueron arrastradas al fondo de los mares sin darles tiempo a decir “Amén”, que era la palabra más pronunciada en aquel siglo. Por fortuna llegaron a la costa de la China tres de las naves flotadas, en una de las cuales iba el mozuelo de los descubrimientos. Se tardó en llegar a las costas de la China porque era un país del que sólo conocía su folklore, o por decires de los juglares. Al divisar la China los marineros se afeitaron las barbas, se vistieron con sus mejores prendas y saltaron a tierra. Los nativos les esperaban con gran regocijo pero al verles vestidos con tanta elegancia no pudieron contener sus risas. - “¿De dónde sois ustedes?” – les preguntaron los chinos. - “Venimos de la Iberia” – respondió nuestro muchacho – “¿Ustedes son todos de aquí? ¿De dónde se llegaron?” - “Nosotros no hemos llegado pues siempre fuimos de aquí” – le respondieron con malas caras – “Nosotros somos los indios.” - “¡Los indios!” – gritaron los peninsulares con entusiasmo. A los nativos no les hizo gracia tanto griterío, pues estaban acostumbrados al silencio de las selvas. Pero decidieron ser amables con los recién llegados y les dieron la bienvenida, los frailes empezaron a canturrear sus sermones y a darles – como agradecimiento – carcomidas piedras de Cuenca. Y también - ¡cómo no! – sedas y cruces de esparto. Para celebrar el acontecimiento se preparó una suculenta comida a base de ajos cocidos, patatas a la pobre y zanahoria de Logroño. A los chinos la comida les pareció algo imposible de superar pero, para corresponder, ofrecieron cerebros de mono y filetes de tiburón. El muchacho se presentó como almirante y sucumbió a los encantos de una india. El resto de los marineros también sucumbió. De regreso llevaron tomates diminutos como perlas, ratas enormes, tabaco y ron. Todo lo cual iría a parar a los placeres reales. La Reina se sintió feliz de ver de nuevo al muchacho. Volvió a soñar con dulces praderas y anchos desfiladeros donde el perfume de la menta se imponía. Se sentía más joven y atractiva y aunque no se atrevía a confesárselo, ligeramente arrastrada a mil pensamientos pecaminosos. Pero sobre los ensueños imperaba su obligación de Reina y Madre de las Iberias y Reina, además, de la recién descubierta China. Por esto, en vez de hundirse en tristes cavilaciones se dijo que la China y la Cochinchina bien valían el sacrificio de su fidelidad. Pensó que, sin ella, aquel catalán y la China y la Cochinchina y las enormes ratas y el tabaco y el ron hubiesen estado sin ser descubiertos durante siglos y siglos y que bien valían los descubrimientos de las patatas y los reducidos tomates porque con ellos, y gracias a ellos, los restaurantes podrían, en un futuro, ofrecer platos exquisitos. .  PÁGINA Nº 15 . Me piden una nota para “La Gaceta Literaria” y extraigo este texto de hace unos años, escrito luego de la experiencia emocionante de haber asistido al  velatorio de un artista excepcional cuya pintura admiré desde que ví un primer cuadro suyo. Quiso la suerte que yo estuviera entonces en su ciudad. Y así lo viví..  GUAYASAMIN EN “VASIJA DE BARRO”  El pintor de la ira, la ternura, y los andes ecuatorianos. Por Olga Zamboni  (Misiones). «Pintar es una forma de oración al mismo tiempo que de grito.  Es casi una actitud fisiológica y la más alta consecuencia del amor y de la soledad.  El artista no tiene modo alguno de evadirse de su época, ya que es su única oportunidad. Ningún creador es espectador; si no es parte del drama, no es creador.» Oswaldo Guayasamín. Marzo de 1999 fue un tiempo de pérdidas: en una misma semana callaron la pluma de Bioy Casares y el violín maravilloso de Yehudi Menuhin; poco antes el poeta ecuatoriano Pedro Jorge Vera y el cineasta director de Odisea del espacio; y, el 10, Oswaldo Guayasamin, artista plástico mestizo y quiteño -su nombre significa en quichua “ave blanca volando”- que plasmó en tres etapas una obra monumental en pintura y escultura. Y así las denominó: “Huacayñan: El Camino del llanto”, “La Edad de la Ira” y “La Edad de la Ternura”, documento vivo de reclamo social por los desheredados y al mismo tiempo una altísima cima de arte acendradamente latinoamericano y por ello mismo universal. Un arte que –siempre lo vio así- es combate:  “Esta es mi forma de luchar” -dijo. “Mi pintura es para herir, para arañar y golpear en el corazón de la gente”.  Quisieron las circunstancias que yo estuviera entonces en Quito, había viajado para el encuentro “Palabra de escritor en la Mitad del Mundo”. Había pensado conocerlo personalmente, ya que una vez anterior sólo -y era bastante- había admirado su magnífica obra en museos y en la Casa-Fundación que lleva su nombre. Lejos estaba de imaginarme que ahora lo vería, sí, pero en el féretro, con expresión tranquila en su atezado rostro, elegante en la muerte de un traje marrón claro de hilo. Rodeado de cuadros, hijos de su genial imaginario, de dolorida solidaridad para con el mundo indígena americano del que formaba parte, y de los otros, sus numerosos hijos carnales. Algunas coronas, entre la que se destacaba una de Fidel Castro; otras de curiosa factura: flores secas pintadas artísticamente. Personalidades y gente de pueblo. Llegar al salón donde descansaba su cuerpo fue de una emoción inenarrable. A lo largo de la entrada por un jardín, rosas hincadas en tierra a modo de señalero. Y una fuente, con aguas inundadas de pétalos de flores. Un cantor al son de su requinto entonaba una triste melodía andina de adiós al maestro. Allí, en el silencio atónito: Guayasamín había muerto a los 79 años, en Baltimore, de un sorpresivo y fulminante ataque al corazón cuando nada hacía esperar tal fin y su última obra monumental, la “Capilla del Hombre”, quedaba inconclusa. Yo meditaba, emocionada, ante las dramáticas manos de sus “Hijos de la Ira”, ante la ternura desgarradora de una ”Piedad” colocada en la pared tras el féretro, ante uno de sus Autorretratos, al frente del salón, en aquellas palabras de Pablo Neruda a propósito de Guayasamín:  “Pensemos antes de entrar en su pintura, porque no nos será fácil volver”.  (Efectivamente, una vez visto algún cuadro suyo, será difícil olvidarlo). Y de pronto, fue un rumor entonado, que en colorida procesión inundó el recinto. Callamos más concentradamente aún para percibir hasta el mínimo movimiento: el de las voces, portadas por indígenas pertenecientes a todas las etnias del Ecuador;  allí estaban con sus trajes típicos, velas encendidas en las manos y los mil y un gestos de un ritual quizá milenario para despedir al amigo, al artista y al hombre. Distinguimos en el canto unas palabras: “Taita Guaya, taita Guaya” (=“Padre Guayasamín”)  Asistíamos a un ritual sobrio y sentido, emocionante, en que el arte y los colores andinos de pueblos aborígenes ecuatorianos tributaban, de un modo nunca visto por mí, las honras fúnebres al Maestro y que no era, para nada, un espectáculo fabricado o convencionalmente folklórico, nada de eso. Luego, nos presentaron al poeta Jorge Enrique Adoum, su gran amigo, quien pronunció sentidas palabras en el sepelio: “Yo no vengo a hacer el elogio de Oswaldo sino a enterrarlo. Vengo a enterrarte, Hermano, como tú querías y quisimos todos una vez frente a un cuadro tuyo: en el fondo oscuro y fresco de una vasija de barro” Y entonces nos enteramos de cómo fue gestada esa bella canción oída tantas veces en la voz de Mercedes Sosa y de Los Andariegos sin haber conocido jamás su historia. “Vasija de Barro”, la canción que todo el pueblo, en coro espontáneo, entonó cuando llegaron los restos del Maestro al Aeropuerto Mariscal Sucre de Quito y posteriormente en su sepelio: 
Yo quiero que a mí me entierren como a mis antepasados
 en el fondo oscuro y fresco de una vasija de barro. De ti nací y a ti vuelvo, arcilla, vaso de barro con mi muerte vuelvo a ti, a tu polvo enamorado “Vasija de Barro” había sido creada en conjunto por Guayasamín, los hermanos Valencia, Benítez y el propio Adoum, quien nos contó cómo nació la idea, en una de las habituales reuniones de amigos, a partir de un cuadro del pintor, y luego la composición -compartidas letra y música- de la canción que fue cantada después en todo el mundo. Y justamente de canciones se trataba el grandioso espectáculo que en 1996 se realizó durante tres días consecutivos bajo la denominación de “Todas Las Voces”. En él participaron cantantes de todo el mundo como Alberto Cortez, Joaquín Sabina, Luis Eduardo Aute, Ángel Parra, Silvio Rodríguez, Inti Illimani y nuestros compatriotas Mercedes Sosa, Fito Páez, León Gieco, Víctor Heredia, Piero y César Isella. El motivo de este evento fue buscar adhesiones para el último proyecto del artista que ocupó sus últimos veinte años de vida: “La capilla del Hombre”: queda como sueño inconcluso. Un homenaje a la América precolombina y un llamado a echar abajo las fronteras que separan a los pueblos y establecer entre ellos verdaderos lazos de amistad. Está inspirado, según Guayasamin, en el Templo del Sol construido hace tres mil años e incluiría representaciones de hechos y costumbres, hombres y dioses del pasado indoamericano. Queda a ser completado por sus discípulos. Guayasamín sobresalió como muralista y aun en sus pinturas es dable observar notas de muralismo. En 1982 se inauguró uno de 120 metros en el Aeropuerto de Barajas, en Madrid; otros están en el centro cívico de Guayaquil y en la sala de sesiones del Parlamento ecuatoriano, testigo de la toma de posesión, en 1988, del presidente Rodrigo Borja, a quien pudimos ver en el velatorio. Este último mural mide 360 metros cuadrados. Cuando salimos de la Casa, en una altura, allá abajo caía la tarde sobre la ciudad de Quito, la misma que Guayasamin pintó en azul, en rojo, en gris. En el Ecuador crisis de crisis. Los Bancos han cerrado sus puertas, han congelado los depósitos, hay huelga de taxis; su moneda, el sucre, está devaluadísima. Y Guayasamin ha muerto. Estamos tristes. Miramos las montañas. Más allá se alza el Volcán Pichincha, que mantiene su “alerta amarilla”. Leemos un graffitti:  “Qué explotará primero, señor, el Pichincha o el pueblo de Ecuador”)  Posadas, marzo de 1999 / febrero de 2005.  PÁGINA Nº 16 . Manzanas de caramelo. Por Irma Verolín (Buenos Aires). No visitaba a mi tía sólo para comer aquellas manzanas, ni siquiera para contemplar de qué modo ella ocultaba el verde agua bajo una íntegra capa de marrón dorado. Iba a su pieza también para escucharla. O tal vez para escucharla nada más. Los sábados especialmente los sábados, yo aparecía por la pensión. La encontraba, por lo general, recostada en su cama, abanicándose con un papel de diario en verano o emponchada con la manta gris en invierno. Sobre la mesa ella ya había puesto, junto al Primus, un paquete de azúcar y unas cuantas manzanas. Me daba un beso, ridiculizaba mi acné y luego decía la frase de costumbre: los granitos se van si viene un novio; de lo contrario hay que esperar que termine la adolescencia. Después ella permanecía de espaldas a mí, frente a la pequeña olla sometida al fuego debilucho del Primus que oscurecía lentamente la precipitada lluvia de azúcar. Primero mis dientes atentaban contra la película endurecida. El ruido resquebrajoso, casi igual al de las puertas de goznes desaceitados, me repercutía dentro de la cabeza. A veces algunas esquirlas puntiagudas me lastimaban el paladar, pero por suerte la saliva no tardaba en deshacerlas. Entonces mi mano, la que sostenía el palillo pegajoso, se aflojaba un poco. Después masticaba el centro. Yo detestaba aquel centro blanco, brillante, ácido, que no hacía otra cosa que estirarme la línea de los ojos y fruncir mi nariz. En fin, me apresuraba a devorarla y le entregaba a mi tía el palillo que ella introducía en la segunda manzana. Más de tras manzanas, o quizá cuatro, me era imposible comer. Tía agitaba la cabeza con movimientos chiquitos, hacia la derecha y la izquierda, como diciendo: mirá qué estómago insignificante tenés ¿eh?...¿no comés más? Del movimiento de cabeza pasaba a la pregunta consabida: estaban ricas? Sí, tía, riquísimas. Y yo ya no dudaba de que ella iba a hablar a más no poder. Sabía, además, que sus relatos repetían un orden que comenzaba con la evocación del carnaval del cuarenta y nueve. Con una mano libre para adornar sus palabras y con la otra haciendo jarra sobre su cintura, rememoraba, entonces, aquel carnaval. En media hora se había inventado, con un vestido viejo, un traje de mascarita. Todo era cuestión de ingenio. De más está decir que el vecino, el de la otra cuadra, no sospechó, ni por asomo, que la mascarita que enronqueció su voz durante toda la noche, había sido ella. Es que los antifaces tenían velo. Cuando mi tía llegaba a esa parte de la historia, la sonrisa, iniciada en su boca, se le desparramaba por la cara. Le coqueteé, sí, le coqueteé, me decía levantando los hombros, y el muy atolondrado no se dio cuenta, ¿sabés por qué no me casé con él?, porque era petiso. No me gustan los petisos, vos sabés. A pesar de lo jovencita que yo era en el cuarenta y nueve, ya estaba enterada de que un petiso te quiere mandar. Acordáte de lo que te digo, un petiso es un inseguro de tres por cinco. Mirá lo alta que soy. Enseguida veía las piernas altas de mi tía subiendo a la mesa. Desde allí, blandiendo el palillo pegajoso de la manzana comida, lanzaba carcajadas. Carcajadas de puta de baja estofa, diría mi abuelo. Se reía mucho y sin bajarse de la mesa enumeraba la lista de pretendientes que desechó. El judío con plata, blanco igual que un papel secante y, por si fuera poco, lampiño. El fesa que amasaba los ravioles con cara de galleta de campo. Don Juan, el ferretero, oxidado como los tornillos que vendía. El capataz de nariz colorada. Y el chacarero. ¿Cuál chacarero, tía? ¿Cómo no te acordás?, el que tenía la hermana paralítica. Ah, sí, ya me acuerdo. De la vida de tía toda la familia estaba al tanto. Ella misma se encargaba de divulgarla. Que trabajó en la fábrica desde los quince años, que la echaron, que fue empleada doméstica, que cobró para acostarse, que un folklorista la engrupió con la promesa de ponerle una casa: muebles, cortinas, vajilla, todo lo necesario, hasta que se esfumó con guitarra y bombo y nunca más se supo. También que tuvo que hacerse diecisiete abortos. Yo conocía los pormenores, ella me los contó. Cada uno duró ocho minutos exactos. Duele, sí, y yo miraba el reloj. Un reloj cuadrado con números romanos. Por eso sabía cuándo el asunto estaba por terminar. Ocho minutos. A la mañana y en ayunas. Los gestos de mi tía fueron siempre exagerados. Cejas alzadas, ojos en blanco, manos hacia cualquier parte. Tengo la impresión de que sus conversaciones lograron atraparme durante los últimos años de mi adolescencia, casi todos los sábados, porque con esos gestos ella creaba la intriga y el suspenso. Hasta se me ocurre que sus tonos de voz no significaban demasiado. Una tarde me dijo: A veces pienso que si me hubiera casado mi vida no sería así. ¿Cómo así?, le pregunté. Así, me contestó, mientras, separando una mano de la otra, miraba la distancia entre mano y mano. De esta confesión hará más o menos seis meses, la última vez que la visité. Ahora, con los ojos clavados en el aluminio percudido de la pava, acaba de decirme: estoy en amoríos con un separado, quince años menor que yo, qué me contás. Es locutor de radio, horario nocturno. Viene aquí a la mañana tempranito. La dueña de la pensión anda pregonando que me va a echar, que éste no es lugar para esas cosas. Tendrías que verla, dice "cosas" y arruga la nariz como si estuviera oliendo mierda. Tía, ahora, hace silencio y yo miro la jaula y advierto que, desde que se le murió el canario, a ella le ha recrudecido el buen humor. La observo: agarra la manija de la pava como resistiéndose a acariciarla. Sus uñas, en las que restos de esmalte diseña contornos de mapa, desaparecen detrás de la manija negra. Su cara, en un segundo plano y allá, del otro lado de la puerta, el patio con las macetas vacías. Ahora el pico de la pava se inclina medio desesperado y los ojos de mi tía le lanzan guiños imperceptibles a la jaula desocupada del canario. Estoy viéndole la punta de los dedos en un primer plano que pone en evidencia que se le termino la acetona hace, por lo menos, dos semanas. La pava echa por el pico vapores desconsolados mientras los ojos de mi tía se estiran, de tanto en tanto, hacia el patio. Yo sigo mirando la pava o sus uñas. Ella me está diciendo que recibe cartas de un admirador. Es un antiguo admirador que no anda escaso de recursos. Tiene dos casas alquiladas y un coche. No te voy a mentir, me dice, el coche no es un último modelo, pero lo tiene hecho un chiche. Hace años que le escribe y a veces la viene a visitar. ¿Es morocho, tía? A vos siempre te gustaron los morochos, le digo. Es castaño, me contesta, y tiene canas en las sienes; eso le da un aire interesante. Tía, ahora, ceba el mate con una parsimonia casi trágica. Vuelvo a mirarle las uñas y me acaricio automáticamente la mejilla. Para esquivar el espectáculo deplorable de sus uñas le miro la cabeza; no se peinó. Son las cuatro de la tarde y todavía no se peinó. Y me dice: se vienen los calores, estamos en octubre... ¿Y vos en qué andás?. En lo de siempre, le contesto, escribo. Inventa una mirada de simulado horror y dice: ¿escribir? ¿se puede saber qué escribís? Cuentos, escribo cuentos, tía, me escucho decir. Entonces escribís mentiritas, mentiritas... ¿otro mate? Sí, tía, gracias. Descubro en su cara una sonrisa plácida, de labios pegados, dulce, apenas insinuada: una sonrisa que junto con las cejas levemente alzadas ponen en mi tía algo parecido a un mensaje que podría ser el siguiente: ya comprendo, ya no hay nada que hacer, así todo está bien. Me doy cuenta de que ha hervido el agua y se lo digo. Ella, con la pava en la mano, busca en el cajoncito de la mesa de luz la llave del baño, abre la puerta y se va. (Antes ella me aseguraba que una mujer a los treinta años consigue cualquier cosa, siempre y cuando no sea un bagayo. Cómo lo voy a olvidar: ella entonces tenía treinta años y solía acariciarse la mejilla con el dorso de la mano pegajosa por el caramelo de las manzanas. Acordáte, a los treinta una mujer ya tiene experiencia y no está fané todavía. No hay pergamino acá, me decía, señalándose la cara) Tía está otra vez sentada frente a mí. Ha hecho un batifondo terrible con la puerta, con la silla, con el Primus. El me manda cartas, escucho que me dice, me escribe cartas, pero yo no se las contesto. ¿Por qué no se las contestás, tía? No hay que darle demasiada bolilla a los tipos, me asegura, porque se engrupen. Le pregunto cómo se llama el tipo y tarda en responderme. Después dice: se llama Pedro. Pienso que en el caso de que Pedro exista debe de escribir con faltas de ortografía. Ahora mi tía mira el mate con cierta consternación, pero sin perder demasiado tiempo suelta un gritito histérico y con una actitud desafiante me dice: no te conté que el verdulero anda chusco detrás de mí. ¿Cuál verdulero, tía? ¡Mirá la pregunta que me hacés!, el de la esquina, me aclara, como dándome a entender que soy estúpida, desmemoriada o no sé qué. ¿El viejo?, le pregunto. No es viejo, che, es un tipo maduro, me dice, enojada. Y no es que quiera hacerla rabiar, en realidad no tengo la menor idea de qué verdulero habla, por eso insisto: ¿cuál? Y agrego: ¿El turco que vive con la madre? Sí, sí, sí, me dice con fastidio, turco es pero la vieja no tiene para mucho; está consumidísima la pobre. Como no puedo compadecerme de la madre de quien no conozco, le pido a mi tía que le ponga tanta azúcar al mate. Creo que nada más que para devolverme el reproche me pregunta: ¿Y se puede saber qué vas a conseguir escribiendo cuentitos? La miro y no le contesto. Ella se levanta, camina, me da la espalda y se apoya suavemente en el marco de la puerta. No hay un solo malvón en las macetas y yo imagino que ahora ella piensa en eso. Le adivino los ojos buscando algún malvón en las macetas despintadas. No mueve la cabeza, supongo que ni siquiera pestañea, sin embargo sé que dentro de un rato, sin darse vuelta y con un tono de voz entre maravillado e interrogativo, me va a decir si me acuerdo de cuánto me gustaban las manzanas de caramelo..   PÁGINA Nº 17 . Sin SOS hasta SDM es HDP. Por Rogelio Ramos Signes (Tucumán).    Con la vertiginosa carrera del tiempo (potenciada de manera desaprensiva en estos últimos años) el lenguaje escrito, y hasta el hablado, han sufrido numerosas modificaciones. Esto no sólo se debió a la incorporación de lunfardismos, barbarismos, neologismos y germanías de toda laya, sino también a la adopción de siglas y de cifras por parte del periodismo, en primer lugar, y de la lengua con la que a diario nos comunicamos.    La sigla («letra o signo que se emplea como abreviatura de una palabra» según los diccionarios de figuras filológicas) se ha incorporado a la lengua activa como símbolo de premura en las comunicaciones. Así lo aceptamos, así lo entendemos y, por supuesto, lo decimos mal. Mencionamos algo tan simple como una SRL (Sociedad de Responsabilidad Limitada) y damos por sentado que es «una sigla», cuando en verdad deberíamos hablar de «siglas», ya que SRL está compuesta por tres siglas: la ese, la ere y la ele.    Hace algunos cientos de años esto de las siglas no era muy frecuente, tal vez porque no habían tantas sociedades, entidades y agrupaciones que requirieran de una denominación más breve. Se usaba en los documentos oficiales, sí, aquello de SDM (Su Divina Majestad) y alguna otra zalamería ya caída en desuso, como MPS (Muy Poderoso Señor) o MSM (Muy Señor Mío); pero todo lo que ha crecido esa costumbre en estos tiempos, es algo que apabulla a cualquiera.    Sucede que cada grupo, por razones operativas, incorpora sus propias siglas al hablar cotidiano. La desazón se genera cuando la comprensión de esas siglas se da por sobreentendida e intenta incorporárselas en otro ámbito. De esta manera es como a diario (y en los diarios, vea usted) nos encontramos con textos que nos hablan del PBI, de los ATN, de las AFJP e inclusive de la CAME, gracias a los eficientes servicios de SNI, ANSA, DYN y DPA. Perdón. Creo que ya hace largo tiempo que me perdí en esta maraña de palabras sigladas que mucho pretenden y poco explican.    Antes era más fácil. Estaba la CGT (Confederación General de Trabajadores), estaba la AFA (Asociación del Fútbol Argentino, y alguna vez Amateur Football Association), estaba el rótulo latino INRI (Iesus Nazarenus Rex Iudaeórum) que llegó a usarse como palabra, estaba el QEPD de las necrológicas (que en paz descanse), pero llegó el ACA y la ACA (Automóvil Club Argentino y Acción Católica Argentina, respectivamente) y la AAA (Asociación de Actores Argentinos) y su homónima AAA (Asociación de Árbitros de la Argentina) y su recontrahomónima AAA (la tristemente activa Alianza Anticomunista Argentina, luego llamada Triple A para diferenciarla de las dos anteriores que nada tenían que ver con esa lacra). Y así fue como la popularísima SA (Sociedad Anónima) quedó corta y necesitó de una SACI (o SAIC) y de una SACIF y de una SACIC y hasta de una SACIFIA. Luego llegó la SH (Sociedad de Hecho) con una finalidad algo más casera. Y así como en alguna época un funcionario de mediano rango no podía preciarse de tal si no inventaba y ponía en circulación su propia planilla, hoy en día ya casi es imposible ir a tomar un café con un amigo si no le ponemos un nombre (una sigla, ¿vio?) a nuestro acto compartido.    Algunas veces los nombres se deciden buscando una sonoridad: ALCO (Anónimos Luchadores Contra la Obesidad; es decir Gordos Anónimos) y otras veces decididamente no: UTGRA (Unión de Trabajadores Gastronómicos de la República Argentina), tanto como para dar dos ejemplos que son las puntas opuestas de un mismo ovillo: la comida. Asimismo están los que buscan una palabra existente y con sentido en sí misma, para luego desmenuzarla en siglas. Ese sería el caso de HIJOS (Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio) que es toda una declaración de principios; pero también sería el caso de un grupo de rock llamado ANIMAL, cuyo significado deliberadamente desconozco, y que nada (pero nada) tiene que ver con el maravilloso grupo inglés Animals de los años ‘60.    De la misma manera en que hay siglas aceptadas desde siempre, por países de diferentes lenguas, como el SOS (Save Our Souls) para pedir ayuda, hay otras como NATO y AIDS, que son usadas en su metátesis castellana OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) y SIDA (síndrome de inmuno deficiencia adquirida), sin preocuparnos demasiado, en este último caso, por no haber sabido que ya había una SIDA anterior (Società Italiana di Assicurazioni) sin relación alguna con el otro tema. Pero, inicial más inicial menos, sabemos que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura es la UNESCO, y que el Fondo Internacional de Emergencia de las Naciones Unidas a Favor de la Infancia es UNICEF. Aunque las letras en nuestro idioma no coincidan, es el sentimiento lo que debe coincidir.    ¿Recuerdan ustedes el noticiero UFA (Universal Film Aktiengesellschaft)? ¿tienen presente la WATA (World Association of Travel Agencies) que no guarda ninguna relación con cierta panza sudamericana? ¿saben que existía ABRACADABRA (Abbreviations and Related Aeronyms Associated with Defense Astronautiques Business and Radio-Electronics) en extraña conjunción de cifra y de lo que venga? ¿escucharon hablar del BRUTO (Brussels Treaty Organization)? ¿imaginaban que CAFTA (Central American Free Trade Association) nada tenía que ver con la cocina árabe, y que en la SED (Sociedad Española de Difusión) no encontrarían bebidas? ¿sospechaban que la COCA (Cooperativa de Olivicultura, Citricultura y Agraria Concordia, de Entre Ríos, Argentina) no estaba relacionada con la droga ni con las gaseosas ni con Isabel Sarli? ¿intuían que NITO (Norges Ingeniör Og Teknikerorganisasjon) podía ser el diminutivo de Mariano? ¿creían que el PUS (Paysan d’Union Sociale) requería de un desinfectante, que OSA (Ontario Society of Artists) terminaría en un zoológico, que NATA (National Aviation Trades Association) iría a parar al colador, o que el CID (Criminal Investigation Department) era una oficina relacionada con las campañas bélicas de don Rodrigo Díaz de Vivar? ¿qué me dicen de la FIFA (Féderation Internationale des Foot-ball Associations)? al menos ¿qué me dicen de la primera vez que escucharon nombrar a la FIFA? Todos los malpensados se equivocaron. Se equivocaron de cabo a rabo; porque CABO, tal vez, quiera decir Comando de Asistencia Bengalí Obligatoria, pero no es seguro; y RABO, Residuos Arábigos Bordados en Oro. No sé. Estoy improvisando, ya que todo es posible, salvo dar por sentado a quien todavía sigue en pie. Hasta no hace mucho PC sólo quería decir Partido Comunista, pero hoy en día casi todos tienen una PC (Personal Computer) en su casa, aunque algunos detesten a los comunistas, amen el american way of life y suscriban a las tradiciones occidentales y cristianas.    Los especialistas en el tema aseguran que las mejores siglas son las de tres letras, pero no las que forman en sí mismas una palabra pronunciable (USA, CAT, NOA, IVA, OCA, TOP, UFO, UOM, TIA, NEA, ONU, ALA, COB, CIA, UTA, FUA, VIP) porque eso sería algo rebuscado; sino las que deben ser pronunciada letra por letra (sigla por sigla) a saber: ADN, BCG, HBO, TNT, DNI, PRT, DGI, LSD, BBC, IBM, TDK, ATC, KGB, FMI, JVC, PCI, EPS, BMW, BGH, PVC. Y como la voz de los entendidos no debe ponerse en duda, es que concluye aquí (con timidez y respeto) este texto de RRS, hijo de RRD y de FST, amigo de EDG para más datos, y con las formalidades del caso. Atentamente. SSS (Su Seguro Servidor)..  PÁGINA Nº 18 . Navidades. Por Alfredo Di Bernardo (Santa Fe). Atardece, y la peatonal es un vaivén incesante de gente que circula cargando bolsas y paquetes de todos los tamaños y colores. Desde las vidrieras, la figura omnipresente de Papá Noel con sus renos y su trineo incita a comprar regalos. Y los transeúntes se esmeran en obedecer su insistente mandato comercial. Lo curioso es que sus rostros no reflejan signos de felicidad. Parecen preocupados; se muestran apurados. ¿Y la alegría pura del regalar?  "Allá están más baratos", dice una señora por aquí. "¿Viste ése que funciona a batería?", entusiasma un caballero a su hijo por allá. "Má, yo quiero ése", decreta un pequeñín a babor. "Esas Nike son una masa", se engolosina un adolescente a estribor. "A papá las de poliéster no le gustan", le explica a su hija una mujer de finos anteojos negros. Palabras, retazos de conversación monotemática que voy pescando a medida que me desplazo con dificultad entre el gentío.  El viento norte arrastra el sonido de las campanas de la Iglesia del Carmen. Nadie parece escucharlas. Será por eso que suenan casi afónicas, como si supieran de antemano que es inútil, que los humanos que pueblan la peatonal no habrán de recordar debidamente cuál es la razón que dos mil años atrás, originó el inminente festejo. Ingrato destino el de mártir, pienso. Alguien se toma el trabajo de ofrendar su propia vida para salvar a toda la humanidad, y veinte siglos después, los salvados celebran su nacimiento con una orgía consumista-gastronómica a la que ni siquiera lo invitan. Una promotora muy simpática me sale al paso para ofrecerme, por enésima vez en los últimos diez días, dos celulares al precio de uno. Me pregunto cómo reaccionaría si le contara lo que venía pensando. Desisto de la idea; después de todo la chica simplemente está cumpliendo con su trabajo. Por enésima vez en los últimos diez días, digo que no y sigo mi camino. Doblo por Lisandro de la Torre hacia el oeste, cruzo San Jerónimo, llego a 9 de Julio, cruzo otra vez, giro hacia el sur. El mismo calor, la misma humedad, otros sonidos. Pero haber dejado atrás a la marea compradora de gesto tenso me brinda una clara sensación de alivio. Por un costado de la calle avanzan dos chicos. No deben tener más de 10 años. Uno lleva puesta una camiseta de Colón devaluada por sucesivas intemperies; el otro viste una remera que quizás alguna vez fue blanca, pero ahora presenta un color indefinible. Entre los dos, van empujando una mezcla de carrito y carretilla sobre la que viajan, amontonados, algunos cartones y bolsitas de residuos bamboleantes. Paisaje repetido; a nadie sorprende el espectáculo. Yo mismo, al principio, los miro sin prestarles mayor atención. Pero justo cuando pasan a mi lado, escucho que el de Colón le dice al otro: "uh, ¿sabé qué bueno si llegamo a encontrá un tacho grande, todo lleno de basura?". El pibe grafica su ilusión con un movimiento redondeado de la mano, como si acariciara el lomo de un gran animal invisible. Y hasta le brillan los ojitos al decirlo. Inevitablemente, pienso en el desfile de bolsas y paquetes que acabo de ver en la peatonal. Comparo las expectativas que circulan, paralelas, aquí y allá, separadas por sólo doscientos metros de distancia, y me asombra asombrarme todavía al comprobar la lejanía sideral que divide a las unas de las otras.  Los chicos del carrito-carretilla siguen andando hacia el norte, en busca de su sueño cartonero. Me dejan, sin siquiera sospecharlo, esta flamante tristeza, esta impotencia de saber que no puedo hacer por ellos más que ponerme a escribir este relato. (Quizás Papá Noel los tenga en cuenta y ponga en su camino las sobras de un almuerzo, un par de zapatillas no tan rotas, o el milagro de un juguete tirado por error)..   Leer las piedras.. Por Luisa Futoransky  (Francia). Las ciudades, como los amores tienen diferentes maneras de revelarse ante nosotros. Una manera de entender la ciudad contemporánea es desentrañar la relación y tratamiento que brinda a sus ruinas. Leer las piedras porque ellas son, más que nada ni nadie, depositarias de utopías, caprichos o ignorancia. Los planos de las ciudades de nuestro tránsito definen un croquis que va de nuestras plantas a nuestro imaginario quien les restituye la dimensión única e intransferible  de la emoción.  Qué canto de sirena poseen las ruinas, para atrapar generación tras generación a los viajeros. Tal vez la palabra que mejor convenga para referirlas sea fascinación porque, objetos de horror o de contemplación, la indiferencia les es ajena.  Las ruinas desmienten de por sí, la frágil pretensión del concepto de obra concluida. Domesticadas, embellecidas o enigmáticas, simples o laberínticas, pilladas o pulidas, conjugan en sí, en forma irrefutable el tiempo pretérito condicional de lo vivo para evolucionar dentro de un presente mineral, un señorío vegetal o también un refugio atávico y animal. Testimonios de cuidado o de barbarie, su destino es estar alejadas, desde el comienzo, de la función primera a que las construcciones fueron destinadas por sus arquitectos y contemporáneos. Los esfuerzos para visualizarlas de los peregrinos que convocan, son ímprobos: Concebirlas policromas en su palidez, íntegras en sus fragmentadas mutilaciones, bulliciosas en el mercado de la vida ante su desorbitada mudez. Sobre todo dignas, ante el desfile incesante a que la avidez por divisas de nuestro tiempo las somete. Casi siempre sufren interminables manipulaciones ya que se las desplaza, entierra y desentierra con periódica arbitrariedad. Las ruinas, como los osarios, prueban, la abolición de las fronteras y  nacionalismos laboriosamente pergeñados. ¿La nueva pirámide del Louvre evocará acaso el espíritu chino de su arquitecto o más bien la pompa, circunstancia y ansiedades de nuestra época? ¿El visceral paralelepípedo del Centro Pompidou revelará la arquitectura italiana o inglesa de fines del siglo XX (a causa de sus creadores) o el espíritu libertario que alentó el mayo 68 francés?  Se trate de Roma, Grecia, Jerusalén o Potosí, ruinas de desierto, o de fondo marino, de reliquias o doblones, las ruinas conocen un común denominador: son escrituras a descifrar entre escombros y publicidad de bebidas universales para la sed. Qué sed. Para encontrar respuestas los viajeros van de ruina en ruina, las coleccionan y atesoran, incluso las ideológicas. Para satisfacer nuestra desmesurada apetencia de ellas los arqueólogos, antropólogos, los museos y la pluralidad de sacerdotes o conceptores turísticos -cuando no los ejércitos o los rapaces tombaroli que viven de desvalijar todo tipo de ruinas-, nos ofrecen nuevos mausoleos y despojos. Nuestro engolosinamiento es tal que cada generación continúa a producirlas y producirlos pues siempre habrá viajeros para seguir la signalética con los nuevos dardos de la visita; se trate ya del Domo atómico de Hiroshima, el Ground Zero de Nueva York, los budas dinamitados de Bamiyán, o del 'Aquí estuvieron' los antiguos barrios de Beirut, Dili y Sarajevo. Con o sin luz y sonido que realcen nuestra perversidad. Tal vez por eso, cada vez que aprendemos nuevas técnicas, actualizamos de inmediato nuestra relación con las ruinas. Una de las primeras realizaciones de los multimedia fue reconstruir, también ellos, ruinas virtuales que tienen la calidad y cualidad de ser indoloras. Por lo menos hasta ahora. .  PÁGINA Nº 19 .La cremería.Por Patricia Severín (Santa Fe). Catalino Sureda, según como se levantara, caminaba para un lado o para el otro.Vivía justo en la curva doble. Allí donde el camino espiralea en ese. Unos cuantos pollos, una decena de patos, tres o cuatro lecheras y un sulky para ir a comprar la provista, era todo lo que había ahorrado en la vida. "Lo otro se lo llevó el vino", refunfuñaba su mujer.  A la curva de don Sureda, la llaman La Cremería. En los tiempos de Frondizzi, cuando se hicieron los últimos planes de recuperación del campo, Tolosa, el que vive en La Magdalena, se animó a poner una fábrica: sacaban crema y hacían quesos para vender en la ciudad cercana. Ahora, los vidrios están rotos, las puertas sacadas de cuajo, el techo amenaza levantarse con cada tormenta y ya no hay ningún tambo por la zona.  Allí vivía Catalino Sureda. Y su mujer. Ella llevaba contabilizado en una libreta de almacenero, chiquita y sucia, todos los días que no se hablaban. Cada mañana, lo primero que hacía al levantarse, era abrir la libreta, poner la fecha y luego una cruz. Así día tras día, ya llevaba contados más de veinticinco años. Fue a raíz de la partida del último hijo. Se quedaron solos. Ella tenía las manos cuarteadas de hacer el tambo, mañana y tarde, desde que se juntaron. El hijo no se fue por el tambo. No quiso seguir viendo como volvía maltrecho, de uno u otro lado, don Sureda. Para el este a media legua, le quedaba el boliche. Camoatí, a dos. Allí se dirigía las tardes de verano: esas que son largas y entran en la noche, inacabables. Cada estación sin importar heladas o el sol de norte, lo encontraba caminando. "El vino le reventó en la cabeza", le comentaba su mujer a los pollos cuando él salía con el bastón. Andaba con dificultad y con un sombrero se espantaba las moscas. Iba a buscar su vino todos los días. A veces, el encargado de Paraje el 11 lo levantaba de la banquina; Catalino Sureda era un bulto oscuro rodeado por el viento. Tendría unos catorce cuando comenzó a changuear por el pago. Después, de peón en La Cremería. Buscaba las lecheras a la madrugada y sólo paraba al atardecer cuando el camión recogía el sobrante de leche. Lo demás lo elaboraban. -Quiero adelantar para levantar el rancho- lo escuchaba Tolosa cada vez que iba por la paga- juntarme con mi Negra y tener por lo menos una yunta. Había venido de lejos: algunos pensaban que del norte, pero él aseguraba que de la provincia de Córdoba. Cuando el vino lo tomaba, contaba una historia deshilachada a la que nadie prestaba atención: Mi padre usaba el látigo para los quince. Mamá se escondía con los más chicos debajo de la mesa. Los demás la tapábamos; hacíamos una rueda alrededor. Cuando el látigo me hizo esto, me fui. Se corría el pelo hacia un costado y mostraba una cicatriz larga y abultada que seguía por el cuello. Qué habrá sido de ellos, balbuceaba. Luego perdía los ojos a través de la ventana y no decía una palabra más aunque se le siguiera la conversación.  Levantó una pieza y trajo a la novia del pueblo. La habitación, el fogón a leña y el excusado, cambiarían pronto. No hay nadie mejor que mi Negra, decía. Los fines de semana le ayudaba con las paredes y pronto el baño ya estuvo adentro. Ella también hacía el tambo, preñada, o con el crío a cuestas. Con el segundo, ya tenían cocina y heladera a kerosene. No quiero más chancletas, cuando tenga el varón, vos en la casa y él me ayudará en el tambo Y hablaba todo el tiempo del que iba a nacer.  Pero el tercero nació muerto.  La culpa es de las heladas y de ésta que porfía maniando las vacas. La dejó en el hospital y se fue al boliche. Allí empezó. Cualquier excusa era buena para llegar al bar. Ni siquiera el ataque en la mitad de la vida, lo frenó a don Catalino. Después vino otro varón, pero ya no le importaba y sólo hablaba del muertito. Hacia los ochenta, Tolosa liquidó el tambo. No se puede trabajar, vendo las vacas, la ordeñadora, el tractor, le dijo, a vos te dejo unas lecheras y el sitio si querés quedarte. Por lo que vale a quién se lo voy a ofrecer. Además no puedo indemnizarte. Te lo cambio por lo que te debo.  Se quedaron en La Cremería. Después de todo ya no había ese olor nauseabundo ni tantas moscas dando vueltas. Siguió ordeñando y se le ocurrió criar pollos, pavos y lechones y cazar algunas nutrias para ir tirando. Vendería en Camoatí y si tenía un poco de suerte también en La Magdalena; pero bromatología le cerró el emprendimiento pues dijo que no reunía las condiciones de higiene. Les dejó una pila de formularios, una multa de quinientos pesos y la citación para el descargo a los tres días, en la capital de la provincia. Catalino Sureda, miró hacia el este y se caminó la legua La casa se le fue apocando y los hijos partieron a la ciudad cercana. El varón se hizo remisero y las mujeres se emplearon como doméstica una y de cocinera en la escuela Nº 64, la otra.  La inundación barrió con lo poco que había en la casa. Ella se empecinaba con los pollos, hacía la quinta y llevaba la leche y huevos a vender al pueblo. Se acostumbró a renegar con los bichos y a hablar con ellos. Cuando aún increpaba a los hijos, lo hacía como si hablara con Sureda; pero a él no lo miraba. Luego ellos partieron y no le dirigió más la palabra. Don Catalino siguió yendo mañana y tarde hacia uno u otro lado. Por las noches quedaba en la banquina.  Cuando pasaba el encargado de Paraje el 11, lo devolvía a su mujer. La Negra miraba seria, gruñía y salía a insultar a los perros. No tiene mala bebida, decían los vecinos, sólo chupa y recuerda.  El ataque le dio una madrugada. Ella reparó después de un grito. Parecía muerto, pero abría un ojo y murmuraba bajito unas palabras que no podía entender. Creyó que era el fin. Se equivocó. Los médicos le dijeron que ya no iba más, pero se recuperó pronto. Los hijos le trajeron una silla de ruedas, lo llevaron a La Magdalena para masajes y ejercicios. Le dará otro ataque, ni hay que gastarse, Sureda siempre contraría, chillaba porfiada. Volvió con su bastón y la promesa de cuidarse. Despacio y erguido, rumbeó al este. Y cuando las fuerzas lo ayudaron, hizo la legua hacia Camoatí.  Tampoco pensaron que moriría en su cama y que una noche cerrada llamaría a su mujer, bien en sus cabales. El viento golpeaba las celosías con furia y azotaba las tipas en cada ráfaga. Se acomodó a medias en el catre y le pidió que le pasara más cobijas. Ella, de pie, lo miraba desde la puerta. Dijo Hace tanto frío. Y empezó a hablar: de su padre, del látigo, de sus hermanos, de cómo se le achicaba el corazón pensando en su madre y de cuánto había llorado a escondidas la partida de los hijos, que la había querido, a ella, que la había querido siempre y desde el principio y tanto, perdón le pidió, que lo perdonase. Ella seguía parada y se recostó contra la pared. Después, que por favor le dijese siquiera una palabra para no irse sin escuchar su voz. Lo miró. Por favor, murmuró. La mujer no se movió de su sitio. .  PÁGINA Nº 20 – POETAS OLVIDADOS. Leoncio Gianello.Por Manuel Bande  (Entre Ríos-Santa Fe). Decir que Leoncio Gianello es un desconocido, es una impertinencia, una grosería y casi un agravio. Pero en esta página no recordaremos al hombre público, político, e historiador de renombre que durante casi todo el siglo XX, consagró su vida al estudio y al servicio de la sociedad que lo reclamó casi constantemente. Recordaremos al Gianello poeta, una faceta eclipsada por las otras condiciones sobresalientes de su personalidad, y si bien su poesía es reconocida en su tierra natal, no debiera ser olvidada en los claustros nacionales, porque Gianello perteneció a la generación romántica de Entre Ríos.  Muy tempranamente inicia su producción poética -apenas veinte años- con su "Canto a Jesús", Primer Premio en los Juegos Florales de Río Cuarto (1928). Casi inmediatamente, en Bolívar, es premiado por su "Canto a San Martín" y  luego es galardonado por su "Canto a Entre Ríos". De ahí, su producción poética alcanza gran difusión en distintas publicaciones. Pareciera que el tiempo no le alcanza para editar su poesía.  Escribe dos novelas, " La espiga madura", editada por Colmegna en 1948 y "La Delfina", una historia documental sobre la mujer de Pancho Ramírez, matizada la trama por su imaginación para componer el largo y breve periplo de la heroína. "Historia de Santa Fe", "Historia de Entre Ríos", "Historia del Congreso de Tucumán", "Diccionario Histórico Argentino", son enormes trabajos, que sumados a sus actividades políticas y académicas, nos hacen comprender su capacidad y talento para conjugar el tiempo.  En 1988 edita su único libro de poemas "Casi Antología",  en donde podemos advertir la enorme  sensibilidad y  ternura de su espíritu. De él transcribimos: "Romance para una calle pobre": "Eran como esta calle / algunas de mi pueblo: / con los tapiales bajos, / abiertas hacia el cielo / Y las últimas cuadras / florecidas en cercos. / Eran como esta calle / algunas de mi pueblo; / con un lecho de estrellas / y la luna en el medio. / Eran como esta calle / algunas de mi pueblo, / esas que anduve un día / paseando tu recuerdo. / Y porque eran como esta, a esta calle la quiero”.  En "Regreso" dice: "Gualeguay era el pueblo de mi niñez, la vida / tenía claros contornos de sueño y primavera, / y el corazón entonces, andaba la primera / vereda de ilusiones, la que nunca se olvida. // Hubo una niña rubia, de trenzas, escondida / en el libro de estampas de aquel tiempo que fuera; / y en el patio de casa la luna florecida / hizo que con angustia de versos me sintiera... // Tus calles y tus plazas su amigo me han llamado, / y esta  tarde - destino de rama desgajada - / un viento de caminos me arrancó de tu lado. // Pero hoy, por inversos senderos, con mi anhelo / regreso hasta tu plaza de infancia transitada / para cortar la estrella más alta de tu cielo!  En "El Veterano": " Don Crisanto Taborda, hombrazo de los de antes, / con su ancho rostro aindiado y los ojos vivaces, / que en el año cuarenta estrenó su bravura / peleando en Sauce Grande. / Y su clarín rabioso picaneaba la sangre / enristrando en las lanzas el filo del coraje." /.../ Tiempo después llegó la hora de Caseros ,/ nunca su vió mañana tan azul y tan limpia, / fue como si los ojos azules de Lavalle / miraran desde el cielo... // A la voz de Don Justo, usted cargó primero. / ¡Qué abanico de lanzas se abrió bajo la tarde! / ¡Qué huir  de "colorados", arrojando el coraje / como cosa pesada para andar más ligero! / Sólo en el palomar unos cañones tercos / se podían tutear con Usted y su gauchaje. // Cuando volvió a la tierra, el hijo casi mozo / parecía traerlo de vuelta del pasado / y Usted que no sabía lo que eran esas cosas, / vio en las manos del hijo enraizar el arado. /.../ Centinela y baquiano de los ojos sin sueño,/ Usted salvó en Ñaembé el cuerpo de mi abuelo / con dos claveles tibios mojándose en el suelo /..../ y los viejos caminos trajeron hombres nuevos, / y el sudor de los gringos floreció en las cuchillas.../  Y así quedó dormido una noche cualquiera, /  ¡fue de un galope al cielo por camino de estrellas.!/.../ Don Crisanto Taborda, hombrazo de los buenos!, / Ya nadie lo recuerda... ! Pero yo lo recuerdo" Leoncio Gianello nació en la ciudad de Gualeguay, Entre Ríos, el 12 de septiembre de 1908, y murió en la ciudad de Santa Fe, el 21 de junio de 1993..  Una escuela indefensa. Por Manuel Bande  (Entre Ríos-Santa Fe). Es una pena no poder defender la escuela con alguna esperanza de éxito. Lleva demasiado tiempo el esfuerzo de tanta gente, que ya los brazos  van cayendo. No poder defender algo tan puro, tan útil, tan simple, tan solemne y tan importante como una simple escuela, que es el Templo de la formación primaria de los hombres. ¿Es que acaso los Templos ya no sirven? Ni siquiera podemos defender al maestro de escuela. ¿Todo está perdido? ¿Ha llegado la destrucción de la enseñanza a tal punto que no se pueda recuperar? ¿Son los maestros, los niños, o los jóvenes, los responsables del descalabro? No podremos saberlo hasta dentro de muchos años. No se trata simplemente de la falta de solución ante los reclamos de los maestros, postergados siempre. No se trata solamente de adecuar los claustros, de modificar planes,  de atender la problemática de los hogares.      Es que aquellos malformados de la educación de ayer, han alcanzado los cuadros dirigentes, y son ellos, los mediocres y los "semi educados", los que instrumentan el destino de la sociedad. Ya en aquella época todos reclamábamos de la escuela la atención suficiente para formar hombres de provecho. Pero ayer como hoy los reclamos no se oyen. La docencia ha sido perturbada por las luchas sociales, instrumentadas y sostenidas por un sindicalismo sin más méritos que alentar la justicia de sus reclamos, sin importarles al parecer las consecuencias. En el medio de esta "balacera" se encuentran desprotegidos los niños y el porvenir de los hombres y de la Patria misma. Miles de maestros, sin renunciar a sus derechos, no coinciden con el método. Los maestros normales han sido formados con el temple sarmientino y a esos miles de maestros los avergüenza esta clase de lucha. Es que ellos saben que la escuela es algo más que un salario y un edificio digno. Hay un abuso de todos los gobiernos para tratar el tema. Todos sabemos que ellos prefieren sus prebendas y sus presupuestos y mienten cuando se refieren a la educación.  Pero eso que debiera resolverse en las urnas, no es óbice para que la escuela abra sus puertas todos los días para recibir a los alumnos. No hacerlo incita a la violencia dentro y fuera del aula y el principio de autoridad se va deteriorando peligrosamente. De todos modos, hay siempre un maestro que sigue en las escuelas de las villas más miserables, en los campos, en los montes, en las montañas y en los lugares más inhóspitos y abandonados de la Patria. Allí donde no llegan los diarios y las noticias parecen provenir de otra galaxia. Porque ellos y un puñado de chicos, todos los días enarbolan la bandera y cantan, y están más preocupados por la educación de sus alumnos que por sus propias necesidades. Cabría preguntarse si todo este meritorio esfuerzo es suficiente para que el joven no se deforme en los estados superiores de la educación. .  PÁGINA Nº 21 . Compañía. Por Patricia Suárez  (Buenos Aires). Recuerdo especialmente a mi tía Rosa y a mi tía Ruth. Eran las hermanas de mi padre. Lo habían criado en el caserón de los abuelos, lugar que mi padre solía evocar algunas veces, en la sobremesa de los domingos, y animado por un vaso de oporto. Él recordaba, sobre todo, el álamo en el centro del jardín, un álamo blanco. Siempre que hablaba de cuando era chico, él, mi padre, decía que había sido feliz, completa, completamente feliz. Mi tía Rosa se casó y enviudó, y mi tía Ruth permaneció soltera hasta el fin de sus días. De ahí que mi tía Rosa cuando se quedó sola le ofreció a Ruth que se mudara con ella, ¿qué iban a hacer solas, las dos, cada una en su casa, tejiendo y murmurando los puntos de sus tejidos, lentamente, levemente, como quien reza por los muertos familiares? Mi tía Ruth accedió. Había existido el amor, y el amor había pasado, ahora existía la compañía. Mi tía Ruth se mudó a la casa de Rosa un otoño, recuerdo especialmente el polvillo de los plátanos en el aire, y a mi hermano Julio enojado, peleando a grito pelado con el tipo de las mudanzas para que tuviera cuidado con la loza, con la vajilla de porcelana, con los encajes, con los albumes de familia, con la tetera china, con las cosas, en fin, que poseía la tía Ruth. La recuerdo muy especialmente.  Mi tía Ruth era inconfundible. Cuando era chica se cayó de una escalera y se rompió un hombro. Nunca le pudieron arreglar bien el hombro, y le quedó deformado. Puntudo, encogido, hacía parecer que ella siempre estaba pidiendo disculpas. Los días de lluvia se echaba encima un piloto azul, de hombre, y usaba unos zapatones como domingueros, brillantes, que le quedaban un poco grandes. En total, mi tía Ruth no pasaba del metro cincuenta. Sería porque había pasado mucho tiempo sola y había estado reconcentrada en sí misma todo ese tiempo, que usaba una muletilla cuando hablaba, siempre salía la frasecita a colación en las conversaciones largas, mientras jugábamos al dominó o a las cartas. Ella sabía decir: Yo soy como soy y ustedes son como son, ¿es o no es? Y es raro, pero nunca le discutimos su muletilla, nunca le preguntamos qué quería decir en verdad, qué nos hacía a nosotros diferentes de ella... Todo el día estaba haciendo cosas, iba de un lado para el otro, plantaba y cuidaba las flores del jardín minúsculo de casa de tía Rosa, o copiaba moldes de ropa de las revistas que después regalaba a las vecinas, para que se cosieran una solera o un mameluco para el marido. Todavía me parece verla, inclinada ante la mesa redonda del comedor, con un centímetro enrollado al cuello en el estilo en que una diva se enrolla una boa de plumas, con sus anteojos de lectura caídos sobre su nariz, atenta al trazado de la tiza sobre el papel manteca. Mi hermano y yo adorábamos a tía Ruth. También mi tía Rosa era muy agradable. Era la cocinera de la familia: tartas de todas clases, guisos; tenía incluso, cierta facilidad para aprender recetas de comidas típicas de otros países: goulash, por ejemplo, ñoquis alemanes, o empanaditas árabes con comino, canela y tomillo. Recuerdo, claro que sí, ¡si es como si lo tuviera aún en la punta de la lengua!, recuerdo muy especialmente el sabor entre picante y dulce del comino, su regusto de madera de árbol.  Era, además, mi tía Rosa una gran entendida de música: poseía una colección de más de cien discos, todos de pianistas. Cuando íbamos a su casa nos hacía sentar sobre una alfombra gruesa que un poco olía a orín de perro, y nos decía: Estos son los grandes pianistas. Todavía recuerdo, por ejemplo, una melodía de Liszt que duraba veintiún minutos con cuarenta y cinco segundos. Esa era la cifra exacta. Si me concentro, a veces, en la noche, retumba en mis oídos aquella melodía: Primer año de peregrinaje, Suiza, o algo por el estilo, algo que había compuesto Liszt. A mí sólo me preocupaba el pastel de manzana mientras sonaban estas cosas en casa de tía Rosa; yo le llamaba tarta, pero ella explicaba que, si tiene tapa es pastel, si está descubierto es tarta. Me parecía, en aquel tiempo, que yo no escuchaba la música, que yo sólo estaba atenta al pastel - su sabor, su olor, la forma en que se volvía crocante cuando estaba adentro de la boca -, y hoy, hoy recuerdo muy especialmente los discos de la tía Rosa. Después, con el tiempo, cuando salieron los compacts todo se le volvió a ella confuso: no entendía bien el mecanismo, se conformaba con oír los discos, las grabaciones cada más nebulosas en los discos de vinilo, cada vez más sutiles, los pianos que sonaban como viniendo de habitaciones, de galerías lejanas, los sonidos que se deshacían: el tiempo había vuelto a la música leve como la carne de un niño... Recuerdo muy especialmente a mi tía Rosa y a mi tía Ruth, cuando fueron envejeciendo. Fue más o menos en el otoño del ‘90, cuando Luis y yo fuimos al supermercado que está al fondo de la avenida. Le pedí que me acompañara. Había que hacer la compra del mes y como la nena cumplía años había que comprar los saladitos que se comen en las fiestas. Ibamos en el auto; manejaba yo, porque él estaba cansado, nunca sé por qué tiene que estar tan cansado justo los sábados a la tarde cuando hacemos la compra del mes. A la altura de Iriondo, me paró el rojo del semáforo. No había nadie en las veredas; era un día de frío, aleteaba entre nosotros el viento de mayo. Un chico pasó muy rápido haciendo picar su pelota, ram, ram, hacía la pelota, y dobló en la esquina de Iriondo. Ram, ram, todavía me parece oírla picando en el cemento de la vereda. Había dado el verde, y arranqué. Y entonces con el rabillo del ojo la vi: ella estaba caminando por ahí, ella, mi tía Ruth. Ni siquiera me vio, no se detuvo, y dobló en la siguiente esquina. Luego desapareció. Le dije a Luis: - Vi a la tía Ruth.  Luis me preguntó: -¿Estás segura? Claro: ahí estaba la tía Ruth - le dije.  El se quedó callado. - Pero, Edda, - dijo él - tu tía Ruth murió hace dos años... - Luis - le dije- yo te juro... Claro: lo recordé en ese momento. Igual doblé por Crespo, a ver si alcanzaba a mi tía Ruth. Me fijé atentamente, casa por casa y puerta por puerta; aceché cada sombra, y Luis se fijó conmigo. Pero no la vimos. Ya no vimos a la tía.  Estacioné en Crespo y Cochabamba, y me quedé pensativa. ¿Qué había sido? ¿Ella? En esa esquina había un plátano que destilaba tenuemente su polvillo amarillo. Luis dijo: -Quedáte si querés, yo voy hasta el mercado y vuelvo... -. Yo le dije que bueno, que lo alcanzaba enseguida, que comprara mientras tanto lo que estaba anotado en la lista, y me quedé adentro del auto, con el volante en las manos, haciéndome preguntas. Miraba para los costados, y suplicaba, Tía Ruth, si eras vos, por favor, aparecé de nuevo, habláme, ey, habláme como antes, habláme, me siento triste, triste, tía, por favor..., pero ella no apareció, no. Había cosas que yo hubiera querido decirle, uno, uno vive como si fuéramos eternos, y nunca se alcanza, no, nunca se alcanza a decir todas las cosas... Me quedé un buen rato así, no sé cuánto tiempo, se me borró la noción...  No hay nada que yo odie tanto como la nada; la nada me levanta en la noche de la cama, y doy vueltas y vueltas entre las cobijas, y más vueltas daré a partir de ahora, con preguntas que ni siquiera tienen forma, y la nada, la nada, siempre estará la nada y una melodía que dura veintiún minutos con cuarenta y un segundos exactamente. ¿Qué anda mal conmigo? Ey, habláme, ey, ey, habláme, supliqué, pero nada, ningún sonido que yo pudiera escuchar. ¿Qué es lo que pasa? Ey. ¿Qué es lo que anda mal? No me estoy sintiendo bien últimamente, tía. Quiero un poco de compañía, compañía, eso es todo, ¿es mucho pedir acaso?: tengo nostalgia de la época en que me sentía tan acompañada. Debe hacer demasiado tiempo que tengo un mal día, ya. No hay nada que yo odie tanto como la nada. Recuerdo especialmente a mi tía Rosa y a mi tía Ruth. Eran las hermanas de mi padre y vivían a dos casas de la mía... Mi tía Ruth era inconfundible: se había caído de una escalera cuando chica y le había quedado el hombro deforme. A mi tía Rosa le gustaba escuchar música: escuchaba a los pianistas, decía ella. Cuando íbamos a su casa nos tirábamos sobre la alfombra que siempre olía un poco al paso de Dino, el perro salchicha que ellas tenían para compañía, y oíamos discos durante horas. A veces yo me revolcaba con el perro por la alfombra: era mi idea de la diversión. Mi tía Ruth me miraba hacer y decía: ¿Cómo podés hacer eso? Una chica de tu edad. Después meneaba la cabeza, resignada y comentaba: Bueno, al fin y al cabo la religión está en la sonrisa de un perro. Así decía: que la religión es la sonrisa de un perro. Pero otras veces, sin embargo, cuando me veía con Dino, preguntaba: ¿No querés otro poquito de compañía? Y se sentaba también ella en la alfombra y jugaba con el perro y conmigo y me hacía cosquillas. Cosquillas. Recuerdo sus dedos al hacerme cosquillas bajo las axilas. La clave era: ¿Querés un poquito de compañía?, y ya se tiraba ella en la alfombra. Por lo general, mi hermano Julio y yo nos aburríamos con la música de los pianistas y comíamos galletitas y dulces que cocinaban las tías: creo que fue así como nos volvimos personas obesas. Algunas veces, cuando mis tías estaban de humor, recordaban el álamo blanco que tenían en el caserón de los abuelos. Las recuerdo muy especialmente cuando hablaban del álamo blanco. Mi tía Ruth decía:  -¿Estará bien el álamo con la gente que tiene ahora la casa?  Hablaba del álamo como de una persona viva.  Y mi tía Rosa, que era la más melancólica, y se había puesto un poco sorda con la edad, le preguntaba:  -¿Quién? -¡El álamo! -decía la tía Ruth a los gritos-. Yo todavía, en los sueños, me trepo al álamo, me caigo y me rompo el otro hombro. Al final, -decía ella, y se reía- los hombros me quedaban parejitos.  Recuerdo muy especialmente aquellas palabras de la tía Ruth. Luis volvió, había comprado todo mal, todo caro y la mitad de lo que estaba anotado: nunca voy a saber por qué él es así. Pusimos las bolsas en el baúl del auto, y me prometí, apenas llegar a casa telefonear a mi hermano Julio. Todavía no lo he hecho, es cierto. Supongo que es porque no he podido. .  PÁGINA Nº 22 . Todo Raúl Galán. Por Rodolfo Alonso (Buenos Aires). Grave compromiso me pareció ocuparme de las Obras completas1 de Raúl Galán, en el suplemento literario del diario tucumano “La Gaceta”. No apenas por la ambiciosa dimensión del título, que en forma comprensible sugiere algo quizás humanamente inalcanzable, sino también porque ese jujeñísimo escritor (nacido en Ledesma en 1913, y cuyo destino iba a verse truncado por un accidente automovilístico en la bonaerense Baradero, medio siglo después) es sin duda –en medio de un grupo tan espléndido y significativo como el que se reunió alrededor de La Carpa, memorable y fundadora-- uno de los más exigentes y hondos poetas del Norte argentino a mediados del siglo pasado. A quien, además, le tocó ocupar un espacio destacado en los primeros tiempos de la misma benemérita página literaria, donde publicó poemas, ensayos, intervenciones y críticas bibliográficas casi hasta sus últimos momentos. Hay mucho contexto alrededor, entonces, de esas cuatrocientas páginas donde se ha reunido la cuidadísima y exigentemente breve producción poética de Raúl Galán, cuyo limpio abolengo viene manando tanto desde el límpido Siglo de Oro castellano como desde nuestra propia copla transparente y legítima, y que sigue relumbrando como siempre con su don de lenguaje hecho música y sentido (“En las lomas del aire las palomas, / en las ramas del viento, las retamas.”). Pero también su narrativa o su teatro y, sobre todo, debo confesar que como un rico descubrimiento para mí –que a tantos de los ahora muy muchos supuestos productores del género les beneficiaría compartir--, su exigente labor en el ensayo y en la crítica, una indagación honda y aguda sobre la permanencia y el destino de la poesía hoy, insisto, tanto o más urgentemente necesaria que entonces), que lo convierte en uno de los pocos poetas de su generación capaces de ratificar nuevamente el revelador apotegma de Baudelaire: “Sería imposible que un crítico se convirtiera en poeta y es imposible que un poeta no contenga un crítico”.  Con una sensibilidad y una agudeza que a mi modesto entender son sorprendentes, y con un talante a la vez firme y comprensivo, que lo lleva a valorizar actitudes que no eran la suya (“y en nuestro país, el cultísimo grupo de la revista Poesía Buenos Aires defendió e incluso sobrepasó la posición de Benn”), y a proponer una amplitud con respecto a la cual el tiempo no ha hecho probablemente más que darle la razón: “Y cuando estemos en condiciones de dar con nuestra propia voz, testimonio del milagro, utilicemos los instrumentos que en ese instante sean más adecuados para la confidencia. En filigranados zéjeles árabes o en audaces polirritmos, en cerrados sonetos o en abiertos versos libres, en cadenciosas liras y silvas o en ceñida prosa, puede cumplirse por igual la tarea, la ardorosa tarea del poeta.” Y esto lo dice alguien de una exigencia tal que, en el comentario a un joven poeta de entonces publicado en aquellas páginas tucumanas, después de elogios ciertos no se corre en decirle, públicamente, que “este joven homérida se duerme a veces a pierna suelta... Se ha dejado traicionar por algunas imágenes fáciles y manidas... versos mal medidos como este falso endecasílabo en un bello soneto con acento dominante en sexta... cuyo ritmo, quebrado por la ausencia del acento uniforme impide la sinalefa necesaria... sin la cual las once sílabas se vuelven doce”. ¿Quién, en la zafia banalidad de esta época, y dónde, si fuera posible, se animaría hoy a este coraje intelectual sin complacencia o compromiso? Como me ocurrió allí mismo, la primera vez que la ví, a veces suelo demorarme imaginando, encantado, lo que habría de gustarle a Raúl Galán, tan amante de crepúsculos y alturas, esa plaza que en la capital jujeña lleva merecidamente su nombre, abierta contra el cielo como un acantilado, en lo más alto del barrio Ciudad de Nieva. Tanto como me conmovería volver a descubrir esa foto casi mágica que ha de andar rodando entre los recuerdos de la familia de Daniel Giribaldi, que nos sorprendió a los tres con su aura en Buenos Aires, una noche de 1958, cuando Raúl Galán quiso dedicarme uno de los últimos ejemplares de la primera edición tucumana de su Carne de tierra, “a cuenta de un libro que deseo leer” y que el destino cruel ya no me iba a permitir ofrecerle.. 1 Obras completas, de Raúl Galán (Cuadernos del Duende, col. Memoria del viento, San Salvador de Jujuy, 2004).. Presencia de Raúl Galán.. Por Nicasia Baunaly  (Tucumán). Poeta esencial, de honda palabra, necesaria y despierta. Pero por sobre todo, fecunda. Porque multiplicó su alma sobre el mundo desde un pacto entrañable con la belleza, ese plus existencial que sólo el hombre puede elevar hasta el símbolo y desde éste, hacia Dios. Ética y Estética se abrazan y confunden en comunión gozosa sobre la imprescindible sustancia de sus poemas, que rezuman fe en Dios y en sus criaturas. Oficiante celoso y desvelado de la poesía, indagador del alma humana, cuyos paisajes íntimos y enhiestos llevó magistralmente a la palabra, Raúl Martín Galán supo legarnos la luz hermosa de su espíritu. Ciertamente, la inspiración le fue dada, pero especialmente bajo la forma de una sabiduría sutil y eterna: como todos los grandes y genuinos poetas de la historia humana, supo desde un principio para que sirve la poesía. Para construir el alma, para acompañarla en la ardua travesía de la vida. Para que crezca el amor, de mano en mano, para que ascienda el honor de vida en vida, para que Dios florezca grano por grano en su creación y letra por letra en la obra del hombre que lo celebra. He ahí dos destinatarios de su verbo profundo.  Raúl Martín Galán dejó para nosotros una obra iluminadora, de rumbo claro y letra precisa. Su conocimiento y dominio perfectos de la preceptiva literaria no admite dudas respecto de su oficio poético, cuya excelencia resplandece, especialmente en sus sonetos. La actitud, humilde y respetuosa de este laborioso hortelano (tal como él mismo se nombra en la primera línea del citado soneto) frente al trabajo literario, declara que no estamos ante una escritura improvisada. Por el contrario, estamos ante una obra canónica, ante un río de letras y palabras que, consumando una misteriosa paradoja, no necesita transgredir ningún cauce formal para desbordarlos todos, exponiéndose ilimitadamente sobre las praderas del alma. Y para hacer su música. Una vieja, tradicional y ortodoxa definición de la poesía reza: “la poesía es la música del idioma”. Por cierto, el adagio se cumple y se celebra plenamente en los textos de Raúl Galán. Ritmos y rimas cabales construyen efectos armónicos inolvidables, añadiendo a la lectura el goce especial de lo melódico, que sin duda alguna es el efecto que tiende a perdurar con mayor fuerza cuando leemos poesía. He ahí otra de las palabras certeras que funcionan como llaves, o como claves, para abordar la obra poética de Raúl Galán: armonía. Sus textos señalan que supo cultivarla como actitud vital, como vocación insobornable del espíritu y como gesto conductor de su escritura. Los poemas del “Réquiem por un enemigo”, del libro titulado “Carne de tierra”, constituyen un buen ejemplo. Sus poemas impugnatorios, que son pocos pero que ciertamente los tiene, con temáticas que declaran un compromiso de índole social (“Colla muerto en el Ingenio”, “El Runa y yo”, “¿Acaso no hay un vaso de agua ya?”) denuncian determinadas formas convivenciales signadas por esa violencia que surge del enfrentamiento de códigos culturales, historias y posiciones disímiles y diferentes de la sociedad. Pero lo hacen sin trasladar el gesto violento a la materia del lenguaje. Al contrario: la violencia contrasta con la armonía y la íntima sutileza de las palabras que la denuncian, de la materialidad del poema, que es la letra escrita. Lo cual declara la elección hecha por el poeta. Inclinada a la expresión serena, reflexiva, estéticamente bella, su poesía, no obstante, no elude el énfasis. Simplemente lo coloca a un nivel más profundo, metafísico diré. No habla con palabra altisonante, sino íntima. He ahí la armonía. Que entonces, eleva sus construcciones poéticas hacia las cumbres de lo universal, vale decir, de la percepción de lo humano en su esencia, ardua, gozosa, dolorosa, misteriosa, mortal, inmortal. Consustanciado con su tierra, Raúl Galán supo alumbrar al hombre, como haciéndolo nacer y alentar desde el paisaje geográfico, físico, y a éste, supo iluminarlo desde el hombre, como otorgándole el alma sufrida de este habitante. Dios, como interlocutor existencial, pasea por allí, enamorado de su obra, frente a un testigo humilde, un viejo cardón arrodillado..  Raúl Martín Galán nació en Ledesma, Jujuy (1913). En 1950 egresó como alumno “cum laude” del Profesorado de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán. Fue profesor de esa misma Casa de Estudios, como así también de las Universidades de Buenos Aires y de La Plata. Trabajó en el periodismo casi toda su vida. Presidió la Comisión Provincial de Cultura y el Consejo Provincial de Educación de su provincia natal. Integró “La Carpa”, movimiento literario que nucleó a poetas de la talla de Manuel J. Castilla, Raúl Aráoz Anzoátegui, María Adela Agudo, Julio Ardiles Gray, Nicandro Pereyra, Julio Posse, Guillermo Orce Remis, Jaime Dávalos, Sara San Martín y otros. Publicó los siguientes libros de poemas: “Se me ha perdido una niña” (1951), “Carne de Tierra (1952), “Ahora o nunca” (1960) y “Canción para seducir a un ángel y otros poemas” (obra póstuma). En lo que respecta a su obra en prosa, es autor de “El viaje alucinado” (1952), “La señal”, “Una rosa, un clavel” y “Martín ya tiene novia”. En el género ensayo se ha publicado: “Raíz y misterio de la poesía”, “Prosas varias”, “Tres estudios del Humanismo español”, “Maimónides y su guía de los perplejos” y “Alfonso el Sabio y el uso literario del castellano”. Finalmente, “Crítica Bibliográfica” recoge comentarios acerca de obras literarias de diversos autores. Murió a la edad de 50 años, en un accidente automovilístico ocurrido en Baradero, provincia de Buenos Aires (1963)..  PÁGINA Nº 23 – POETAS LATINOAMERICANOS. Esos que se extrañan.. Vuelven a casa llorando.
No respiran, loran la ventisca del alma.

Ansían,

se sienten encerrados, solos

completamente solos

de maletas vacías.
 Esos que se extrañan contienen el olvido porque no quieren borrar nada, ni la mirada furtiva ni la sábana ni la distancia. Se despiertan a las tres de la mañana y se extrañan tanto  que tienen que devolver palabras rodar cuerpos, creer que les queda alma.  
Esos que se extrañan, aman
 quizás sólo un día, pero para siempre. 
Recogen el recuerdo y lo arman y lo arman
 en el cuerpo, en otro cuerpo, en la frente, en la nada sorben el aire de los desterrados pisan la tierra del exilio encuentran las miradas perdidas y se extrañan.. Carolina Escobar Sarti (Guatemala). Guerra.. Como cuando éramos niños  volvieron palabras reminiscentes de historias lejanas de viajes aventuras - Bagdad Basora Jerusalén Damasco Omán – pero no eran ahora esas historias En el Golfo Pérsico  ardía el petróleo el planeta imágenes de aves atrapadas  en mantos negros recorrían las pantallas  nuevos símbolos del día después - advertencias apocalípticas – aunque era hasta agradable el espectáculo de luz y sonido el marco oscuro o velado - como en sueños o en cuentos – alguna cúpula lejana donde un muecín llamaría a oración - una luz fulgurante – - una estrella fugaz  con el poder de alguna antigua lámpara – y el estruendo final de los misiles que otra vez habían dado en el blanco: Bagdad desaparecía como una página más de Las Mil y una noches. Sylvia Riestra  (Uruguay). Palabra.. la palabra palabrea a letra limpia entro un beso en su labio bélico baja la voz se agacha cubre su desnudez suda su diptongo la palabra hembra dable penetrable hundo mi puno en sus vocales débiles la rajo la bloqueo la hago mía y le arranco el sexo a manotazos a poesía a palabrota hasta que sangra de magia la palabra esa muchacha.. Alex Pausides  (Cuba). ¿Será que soy un amanecer sin darme cuenta?.
Aquella hora dormida cuando la noche

se apodera de cada estrella,

de cada paso sigiloso,

de cada grito archivado en sus pliegues.
 Se sienta en un sillón enorme, inamovible
a releer un libro de camanchaca,

donde las páginas gotean

agua recia que había sido sangre.
 Despunta un resplandor en el horizonte.
Un niño despierta,

con los ojos muy abiertos atisba el silencio,

y el que va a morir esta noche

sabe que ya es de mañana.
. Helena Ramos (Nicaragua). sucede que me canso de ser mujer . Sucede que me canso de ser hombre Pablo Neruda. sucede que me canso de ser mujer  sucede que entro en las oficinas empequeñecida, estereotípica que camino por las calles como si no existiera  sucede que me canso de ser sombra, de ser cuota de estar siempre detrás de la cortina y no existir tampoco en los cantos generales  sucede que me agota repetir el nombre que sea intercambiable mi apellido sucede que me agobia dar explicaciones sucede que me enrabian las miradas sucede que me gasta ser vendida  sucede que me canso de mis caderas de ser tetas gigantes por televisión de necesitar un seudónimo talla tres  sucede que me canso de parecer débil y que susurren los balcones si ando sola  el olor de la cebolla me hace llorar a gritos y solo quiero un descanso de calderos y de cloro solo quiero no ser mapo, sábanas ni escoba ni pirámides de ropa sucia amontonada  sucede que me canso de ser mujer sucede que me canso de mi pelo de las faldas, de los trajes, de las flores de los colores pálidos de las pantallas y las pulseras  sucede que me canso de ser mujer pero tal vez si fuese hombre no me cansaría . Nicole Cecilia Delgado (Puerto Rico). El día después.. Hoy, a orillas de noviembre, otra vez la mañana se robustece en la maravilla de todos sus aromas, vuelve a fundarse el canto de los pájaros,  los amarillos son más amarillos que nunca, el violeta retoma su color de infinito, las palabras amadas huelen a fresca primavera,  el agua moja la vida de los sueños, la ciudad es un laberinto habitable, de la jornada huyó sin destino la palabra urgencia, las tiendas de la dicha abren las 24 horas, cada página del diario está repleta de jazmines, el cielo baja a dos cuadras, girando a la derecha,  y la luna es de nuevo un interminable beso con futuro.. Mario Rubén Álvarez  (Paraguay).  PÁGINA Nº 24 – NOTAS DE PARÍS. Amin Maalouf o el sentido de la universalidad.. Por Irma Bignon (Santa Fe). Amin Maalouf es hombre de viajes y de cuentos; de cuentos como viajes, en el tiempo como en el espacio, donde se unen sus dos pasiones: la Historia y el encuentro de las culturas. Al escucharlo hablar lo imaginamos tanto caminando junto a una caravana en pleno desierto, como sentado al lado del fuego en un sillón de su departamento parisino. Nace en el Líbano en 1949. Es católico confeso. Su lengua es el árabe, pero su educación es francesa. Crece en un medio cultivado donde la escritura, bajo diversos modos, es una cuestión de familia, que se transmite de generación en generación. Cuando niño asiste a las clases de la Escuela de las Hermanas Francesas. Desde muy joven se convierte en periodista del diario “An-Nahar” cubriendo siempre las notas de los grandes conflictos del momento: el sitio de Raigón, las revoluciones de Etiopía, las guerras árabe-israelíes. En 1976, deja Beirut por Paris. Por tercera vez, ve su país en guerra. En Paris, entra a trabajar en el diario “Joven África” donde llega a ser jefe de redacción. Comienza su carrera de escritor como ensayista histórico cuando publica “Les Croisades vuez par les Arabes” (Las cruzadas vistas por los árabes) Ed. Lattès 1983. Su pasión por la Historia le hace decir: “Siempre he tenido ganas de contar la Historia vista desde el otro lado, es decir, del lado del que no se tiene costumbre de escuchar”. Para ello, lee libros de siglos atrás con gran minuciosidad, anotando detalle por detalle, hasta el más mínimo: el uso de la moneda, los precios de los alimentos, deteniéndose en descripciones de los objetos más insignificantes, para dar más veracidad al relato. Luego nace “León el Africano”, Ed. Lattès 1986. “Todo se produjo en forma natural – comenta.- Comencé a escribir y puedo decir que a partir de los primeros párrafos de esta mi primer novela, ya había comprendido cómo transcurriría mi vida: siempre escribiendo. Abandoné mi trabajo y me consagré enteramente a la escritura”. Todos los personajes de sus obras son emblemáticos. Pero quizá el de esta, su primer novela, el más interesante de todos. León, llamado “el Africano”, se debate en medio de una Granada convulsionada, pronta a caer en manos de los Reyes Católicos. Su vida – hecha de pasiones, de peligros y de honores que puntualizarán los grandes acontecimientos de su tiempo – es fascinante. León mismo se define de esta manera: “De mi boca, escucharán el árabe, el turco, el castellano, el hebreo, el beréber, el latín y el italiano, porque todas las lenguas, todas las plegarias me pertenecen. Pero no pertenezco a ninguna. No soy más que de Dios y de la tierra, y es a ellos que un día próximo volveré”. Maalouf siente y vive cada uno de sus personajes. Lo que transmite es un poco lo que él es, lo que no es y quisiera ser. El héroe de “Samarcanda”, Ed. Lattès 1988, es hedonista y el de “Los jardines de la luz”, Ed. Lattès 1991, es asceta. Trabajando en esta última novela, comenzó a sentirse diferente. Y hasta adelgazó. Ahora bien. Nosotros nos preguntamos: ¿hay exigencias en sus personajes? Creemos que sí. Sobre todo una gran exigencia moral que el mismo Maalouf llama “orgullo de los mortales”. Un ejemplo sería el poeta ciego que aparece en “El Viaje de Baldassare”, Ed. Grasset 2000, siempre tan respetado, viviendo en una humilde casa, donde no hay nada, solamente él, sentado en el piso, envuelto en la oscuridad. Su renuncia a las cosas terrenas y a los placeres lo convierten en el soberano de la ciudad. En 1993 recibe el premio Goncourt por su novela “La Roca de Tanios”, Ed. Grasset. Traducida un poco por todo el mundo, relata las aventuras de Tanios, el cristiano de la Montaña, un tanto asceta, un tanto epicúreo. Siendo hombre de Oriente y de Occidente, todo tiene un significado en la identidad de nuestro escritor. No piensa que esta diversidad sea ruptura, sino riqueza. Nunca suprime. Siempre agrega. Cree que hay que evitar una pertenencia unívoca y exclusiva. Pertenencia no significa sistemáticamente adhesión para él. El principio de identidad debe responder a una sola causa, ya sea partido, religión o etnia, rehusando toda forma de discriminación. Es a partir de estas cuestiones que escribe “Las identidades homicidas”, ensayo, Ed. Grasset 1998. Su último libro “Orígenes”, Ed. Grasset 2002, más autobiográfico que sus obras precedentes, describe el exilio y la dispersión de su familia en el mundo. La nostalgia es omnipresente en su vida. Cuando niño, oye hablar constantemente de la casa de sus abuelos en Egipto, la de sus bisabuelos en Constantinopla. Luego, la guerra del Líbano lo aleja de los lugares que le son tan queridos. Siente que tiene tras suyo un rosario de casas abandonadas y países perdidos. “Soy el resultante de una civilización que tuvo su hora de gloria y que ya no la tiene más” – dice. Y con gran optimismo agrega: “La vida y el mundo contemporáneo me cautivan. Vivimos una época extraordinaria donde somos infinitamente más libres que en cualquier otro momento de la humanidad. La progresión de los regímenes democráticos, la extensión de los conocimientos, el poder de la ciencia me apasionan y hacen que tenga por la vida una inmensa gratitud”. Políglota, elige escribir en francés. Para él, no es hacerlo en lengua extranjera. “Cuando vivía en el Líbano y escribía para el diario una nota de política internacional – recuerda – lo hacía en árabe. Pero cuando se trataba del texto de una novela o de un ensayo, lo hacía en francés”. Se siente bien tanto en Francia como en el Líbano: en los dos países experimenta la misma verdadera y profunda pertenencia. Pero asevera: “Mi patria es la escritura”. De sus reflexiones deducimos que el hecho de que los hombres, pertenecientes a diferentes desarrollos intelectuales, puedan leer las mismas historias, reaccionar, sonreír, indignarse ante los mismos textos, es por cierto una manera de crear una pasarela entre diversas culturas. Esta es una de las funciones del arte. En la música es diferente. Quizá porque no tiene necesidad de traducción. Mientras que la literatura existe solamente en las lenguas. El libro debe traducirse para que el mensaje pase de una sociedad a otra, hasta llegar a aquéllas las más alejadas, con un sentido muy fuerte de la universalidad. Maalouf habla de viajes como otros hablan de su casa. Para él, es natural estar hoy en Italia, mañana en Francia, pasado mañana en Medio Oriente. “El Creador me ha prestado cuarenta años que yo he dispersado a merced de viajes: mi sabiduría ha vivido en Roma, mi pasión en El Cairo, mi angustia en Fez, y en Granada aún vive mi inocencia” – escribe en uno de sus libros. Reconoce sentirse más a gusto en lugares donde se hablan diferentes lenguas, donde hay diversas culturas que se juntan, se entrechocan, se mezclan. Cuando asiste a asambleas donde hay gente que llega de treinta países diferentes, se siente verdaderamente bien. Cuando se encuentra en un lugar donde todo el mundo pertenece a un mismo país y habla el mismo idioma, ya no se siente tan bien. Amin Maalouf es un escritor prodigioso. Historiador, novelista, ensayista. Sus obras atrapan al lector por su talento y erudición. Pero es ante todo, un europeo que sueña con el día en que el Cercano Oriente entre, al fin, en la Unión Europea.